
El mirlo y los griegos
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Carlos Montuenga
El otro día, acababa de salir del metro para
dirigirme a mi trabajo. No serían aún las ocho de la mañana, pero las calles
estaban ya transitadas por un buen número de personas que iniciaban sus
obligaciones diarias, aunque la mayoría de los comercios permanecían cerrados.
Los focos del alumbrado dejaban amplias zonas de la calle sumidas en una
penumbra opaca, de la que emergían las siluetas borrosas de los viandantes. Iba
yo a cruzar la calle, cuando atrajo mi atención algo que brincaba por el suelo,
unos pasos por delante; al acercarme un poco más, pude ver que se trataba de un
pájaro negro, esbelto y de pico amarillo, un mirlo creo, dando saltitos y
girando la cabeza de un lado a otro con aire asustado. Al verme, se apresuró a
esconderse debajo de un coche estacionado en la calzada. Me quedé observando un
momento y estaba a punto de continuar mi camino, cuando el mirlo salió de su
escondite y se plantó en el bordillo, ladeando la cabeza y mirándome con
insistencia. La actitud del pájaro me intrigó ¿se encontraba perdido, o tal vez
le inquietaba algo que yo no podía percibir? Durante un instante tuve la
sensación de que quería decirme algo, pero sobreponiéndome en seguida a una idea
tan ridícula, pensé que el pájaro sólo esperaba que le echara alguna cosa que
poderse llevar al pico; así que me palpé los bolsillos de la gabardina para ver
si me quedaba algo de... pero de improviso el mirlo dio media vuelta y se alejó
saltando calle abajo, como si algo en mi comportamiento no le inspirara
confianza o hubiera llegado a la conclusión de que estaba perdiendo el tiempo
conmigo. Miré desconcertado a mi alrededor, por si alguien más había presenciado
la escena, pero sólo alcancé a distinguir a una muchacha morenita de aire
caribeño y expresión ausente, a la que veo bajar a veces abrazada a sus libros,
hacia la estación de Alfonso XIII, y al portero del número 136, afanado como
siempre en dejar reluciente el trozo de acera que corresponde a su portal. Así
que me encogí de hombros y seguí andando hacia el laboratorio en el que trabajo,
mientras, poco a poco, la luz turbia del amanecer se iba imponiendo sobre el
alumbrado eléctrico.
La verdad es que, bien pensado, no creo que mi
encuentro de aquella mañana con el pequeño personaje tuviera nada de particular.
Es cierto, no obstante, que durante milenios la gente ha creído ver en ese tipo
de sucesos manifestaciones de fuerzas ocultas y de oscuros designios hilvanados
con el destino de los hombres. La explicación de los fenómenos naturales no
descansaba como ahora en el análisis racional, y el conocimiento bebía en las
fuentes de la intuición y la fantasía. En las antiguas civilizaciones que
florecieron en Asia Menor, los astrónomos consideraban el firmamento como un
inmenso libro, en el que el porvenir humano estaba registrado por medio del
alfabeto luminoso de los astros, y entre los antiguos egipcios era común la
creencia de que los dioses podían encarnarse en ciertos animales, que se
convertían así en criaturas sagradas y eran albergados en los templos. Fueron
los pensadores griegos quienes se percataron del poder arrollador de la razón y
empezaron a elaborar una visión del mundo ordenada según claves racionales. La
emoción de estos hombres debió ser indescriptible, a medida que se afirmaba en
ellos la convicción de que era posible hacer coincidir la textura del pensar con
la del ser; que los conceptos puros, codificados por medio del lenguaje
matemático, permitían construir un universo mental capaz de reproducir el mundo
externo y desvelar las leyes invariables por las que éste se rige. El
pensamiento culminó así hazañas que hoy día nos llenan de asombro: en el siglo
tercero antes de Cristo, cuando nuestro planeta era aún un vasto mundo
misterioso y desconocido en su mayor parte, Erastótenes de Cirene midió la
inclinación del eje de rotación de la tierra y determinó con exactitud increíble
la longitud de su circunferencia. Hacia la misma época, Aristarco de Samos
realizó una primera determinación de las distancias relativas de la tierra al
sol y la luna, y obtuvo resultados que, además de desautorizar la creencia
general de que ambos astros se encontraban a distancias parecidas de nosotros,
le permitieron entrever, muchos siglos antes que Copérnico, que el sol ocupaba
el centro del Universo.
Así pues, algo de incalculable valor había sido
desvelado: a diferencia de las percepciones sensoriales y de nuestros propios
sentimientos, siempre inseguros y cambiantes, los conceptos puros se comportaban
según leyes rigurosas e inmutables y la labor del sabio, de acuerdo con el
pensamiento socrático, debía consistir en orientar la vida en función de la pura
objetividad, desconfiando de las convicciones espontáneas, meras opiniones
sujetas a error que no deben considerarse como auténtico saber. La humanidad se
fue instalando progresivamente en ese nuevo reino de la razón, que ofrecía una
base incomparablemente más firme que el mundo en continua mutación de nuestro
entorno vital.
El progreso incontenible de la física a partir del
siglo XVII, hizo concebir el sueño de que una ciencia basada en la razón y
perfeccionada hasta sus últimos límites, sería capaz de reducir cualquier
acontecimiento localizable en el tiempo y el espacio a esquemas accesibles al
conocimiento. Siempre que se pudiera describir con suficiente exactitud el
estado inicial de cualquier agrupación de átomos —aquellos componentes últimos
de la materia que Léucipo y Demócrito habían imaginado por vez primera— sería
posible predecir sus interacciones y nada parecía impedir la descripción, en
términos físicos, de sucesos tan distantes como el desarrollo de una semilla, la
explosión de una estrella o los procesos fisiológicos que acontecen en el
cerebro de un hombre que acude adormilado a su trabajo o en el de un mirlo
aturdido por el trajín de la ciudad. Con paso decidido, la razón llegó a
encumbrarse hasta pretender someter a sus principios no solo a la realidad
material, sino también a todo lo humano. Pero precisamente en el campo de la
física, la aparición a principios del siglo XX de la mecánica cuántica y la
teoría de la relatividad, hizo tambalearse el admirable edificio que se
sustentaba sobre los fundamentos establecidos por Galileo y Newton, provocando
una nueva revolución en nuestro modo de describir el mundo, al tiempo que
desaparecían las fronteras que desde la antigüedad clásica habían separado al
observador externo de los fenómenos observados.
No faltan motivos para pensar que vivimos el
inicio de una nueva era, marcada por la certidumbre de que más allá del mundo de
lo racional que nos mostraron los griegos, se extiende un vasto océano en el que
todavía no sabemos orientarnos, aunque la humanidad ha sentido su presencia
desde la época remota de los orígenes.
Aguas oscuras, en permanente agitación, sobre las
que a veces brillan fulgores que no proceden de nuestros esquemas lógicos de
pensamiento.
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Carlos Montuenga
es Doctor
en Ciencias.
Contacto con el
autor: cmrbarreira @ hotmail.com
Fotografía: Pedro M. Martínez
(Templo de Poseidón - Cabo Sunión; Grecia)

