Reflexiones sobre las Noticias secretas
de Jorge Juan y Antonio de Ulloa

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Rosa Marcela Gallego Reyes


Antonio de Ulloa y de la Torre nació en Sevilla el 12 de enero de 1716. Hijo del economista mercantilista Bernardo de Ulloa y de Josefa de la Torre-Guiral. Ingresó en la Real Academia de Guardiamarinas de la marina española. Junto a Jorge Juan, también miembro de la expedición, fue el descubridor del platino en Colombia. A su regreso a Europa en 1745, su navío fue capturado por los británicos y Ulloa detenido y enviado a Inglaterra. Allí tomó contacto con la Royal Society, en la que fue admitido como miembro y que, finalmente, le permitió regresar a España, donde fue nombrado capitán de navío y recibió el encargo de recorrer el continente para tomar conocimiento de los últimos avances científicos. Fue el fundador del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, el Observatorio Astronómico de Cádiz y el primer laboratorio de metalurgia del país; y miembro de la Real Academia sueca, la Academia de Berlín y correspondiente de la Real Academia de Ciencias de París. Volvió a América como gobernador de Huancavelica (Virreinato del Perú) y superintendente de las minas de mercurio de la región. Fue además el primer gobernador español de la Florida Occidental, pero fue expulsado por los colonos franceses, que no aceptaron el dominio español. Durante su mandato prohibió el comercio y la entrega de armas a los indios. Participó en la organización de la flota del virreinato de Nueva España (actual México) y capitaneó la última gran flota de Cádiz al nuevo continente. Alcanzó el grado de teniente general en 1779 y fue designado director general de la Armada española, cargo que ocupó hasta su muerte el 3 de julio de 1795 en la Isla de León (San Fernando, Cádiz).

Jorge Juan y Santacilia nació en 1713 en Novelda, Alicante. Fue científico y marino español. Estudió Gramática e ingresó en la Escuela Naval Militar de San Fernando. Participó en la expedición contra Orán y en la campaña de Nápoles. En 1734 se embarcó, junto a Antonio de Ulloa, en la expedición organizada por la Real Academia de Ciencias de París a las órdenes de Charles de la Condamine, para medir un grado del meridiano terrestre en la línea ecuatorial en América del Sur, específicamente en la Real Audiencia de Quito (el actual Ecuador), lo cual se hizo en Quito, su capital, territorio en aquella época bajo el dominio de la corona española. En la expedición se determinó que la forma de la tierra no es perfectamente esférica y se midió el grado de achatamiento de la Tierra. Jorge Juan permaneció nueve años en América, estudiando la organización de aquellos territorios por encargo de la corona. A su regreso, Fernando VI le ascendió a capitán de navío. El marqués de la Ensenada le encargó viajar a Inglaterra para conocer las nuevas técnicas navales inglesas y a su regreso se hizo cargo de la construcción naval española, renovando los astilleros. En 1757 fundó el Observatorio Astronómico de Madrid y fue nombrado Jefe de escuadra de la Armada Real. Murió en Madrid en 1773.

El género reflexiones sufre una modificación por estos marinos cuando reciben la orden del Gobierno de que informen sobre las colonias de ultramar. Esta meditación de la situación va guiada por el cuestionario propuesto por sus superiores, pero los autores añaden a esos datos algunos juicios de carácter crítico. Ellos mismos en el texto de 1748 nos recuerdan la misión que les han encomendado:

«Uno de los asuntos principales que nos encargaron en la instrucción fue el que nos informásemos de los parajes que permanecen habitados por los indios bravos, la inmediación que tienen ellos a nuestras poblaciones, las naciones que los componen y la facilidad o dificultad que haya para reducirlos con su genio y costumbres» [1].

En cuanto al tema tratado no hace falta recalcar que está relacionado con la realidad porque es la realidad misma la que están describiendo estos autores con reflexiones sobre ella. La estructura del texto se basa en párrafos breves por su relación con los diarios de a bordo, aunque sus observaciones anotadas se caracterizan por la amplitud y el detalle que sobrepasan el estilo tradicional de los escuetos diarios o itinerarios que se confeccionaban para la mar. El texto tiene una estructura no muy rígida pero no puede considerarse que sean divagaciones porque en un primer momento explican sobre qué van a tratar y siguen un orden. Primero informan del paisaje y luego justifican que los indios no adopten la religión católica.

El uso del yo, en este caso del nosotros, viene dado por la garantía personal que ellos ofrecen sobre las informaciones contenidas en el discurso. Esa primera persona del plural aparece en numerosas ocasiones: «informásemos», «insertaremos», «tenemos», «procuraremos», «podemos», «y esto es lo que vamos a declarar»... A los receptores de la obra no se hace mucha alusión, aunque sí se puede apreciar su presencia.

Además puede notarse la preocupación por el lector cuando aparecen paréntesis. La información que se incluye en ellos puede ser interpretada a modo de aclaraciones para que se entienda mejor lo que se está contando: «[...] (cuyo país empieza ya a ser montañoso, húmedo y cálido) [...]»; «[...] (como acabamos de decir)»; «[...] (y aun en las mismas comunidades se cree) [...]».

En este texto no sólo encontramos noticias objetivas sino que aparecen además apreciaciones subjetivas y meditaciones. Esta mezcla de estilos se puede apreciar en los siguientes fragmentos: «[...] hacia el oriente, tienen principio las habitaciones de los indios infieles, tan poco distantes de los españoles que con subir a lo alto de las cordilleras [...]».

Hay que resaltar también que sus descripciones de costumbres, paisajes y pueblos carecen de la rígida secuencia temporal caracterizadora del viaje. El protagonismo de los marinos aparece en muchas ocasiones pero ellos no se ponen en primer plano. La subjetividad está muy presente en todo el texto, como bien puede apreciarse en el siguiente fragmento:

«Las naciones que pueblan todos aquellos anchurosos y largos espacios son muy numerosas, y cada población suele ser una y distinta en lengua de sus inmediatas, y aunque en lo general de las costumbres no sea muy sensible la diferencia, se nota, no obstante, alguna variedad entre ellas, ya sea en los falsos ritos de su idolatría, ya en el régimen de su gobierno o ya en el conjunto de sus propiedades».

Más claro aún aparece el subjetivismo en este otro fragmento:

«No podemos negar que los indios son por su naturaleza inclinados a la ociosidad, a la idolatría y a todo aquello que es propio de la irracionalidad en que viven, porque en todas las naciones del mundo es natural, y se experimenta, que cada una aprecia como las mejores aquellas costumbres, modales y religión en que nació y le criaron; por el contrario, cualquiera otra extraña no le parece bien, ni se hiciera a ella sin grande repugnancia y fuerza. Por esto, no sólo se debe extrañar el que los indios sean difíciles de reducir a otras costumbres diversas a las que están habituados, cuanto se opone el trabajo a la ociosidad o la racionalidad a la barbarie, sino que es digno de admiración el que, sin mayos contrariedad, se encuentre docilidad bastante en algunas naciones para admitir misioneros y recibir los ritos y leyes de una religión que los obliga enteramente a abandonar sus falsos ídolos, a dejar sus antiguas y ya connaturales costumbres [...]».

Aquí sí que se puede valorar que estamos ante una reflexión propiamente dicha y que está llena de subjetividad en cuanto a que habla por ejemplo de «falsos ídolos». Para estos autores ésta es una razón de por qué los indios no se convierten a la religión católica a la que le siguen otras razones como el mal trato que los españoles han dado a los indios, la falta de misioneros o que cuando éstos llegan de misiones «son empleados para otros asuntos y fines de la misma religión, sin que nunca llegue el caso de que vayan a predicar y extender el Evangelio entre los infieles».

Al punto el texto va concluyendo con un ejemplo histórico: nos cuentan que al imperio inca se sometían las naciones voluntariamente para gozar de sus beneficios. Y ya cuando terminan con el ejemplo aparece una valoración de los autores:

«Cierto que, en este particular, se hace digno de la mayor admiración y de todo aplauso el ver en unos pueblos como los de los incas en aquellos tiempos de su gentilidad y del primer establecimiento de aquel imperio, la suma política de sus leyes, el buen orden de ellas y la sutileza de las máximas que guardaban en su erección para que, haciéndose cómodas a los indios, las apeteciesen ellos mismos, y se diesen sin dificultad al yugo de la obediencia».

Como se puede comprobar el fragmento rebosa de subjetivismo. Termina el texto con una conclusión final que es una valoración pero se pueden seguir añadiendo argumentos a este tema de la religión y los indios:

«Si se consigue que se reformen los abusos introducidos contra los indios, y que se les trate como es justo y correspondiente a hombres, se puede esperar que tendrán un éxito feliz las misiones, y que en tiempo muy corto se logrará lo que, en el mucho que ha pasado desde la conquista acá, no se ha podido conseguir».

Como vemos en esta conclusión los autores tras exponer los motivos dicen que si se superan esos errores se conseguirá la adhesión del indio a la religión católica.

Estos marinos fueron conscientes de la importancia del valor testimonial que tenían sus experiencias y observaciones. Ellos confeccionaron mapas de puertos, describieron el funcionamiento de instituciones administrativas y analizaron la actividad colonial, reflexionando sobre posibles medidas para corregir sus vicios y aprovechar sus singularidades. De vuelta a España se entregaron a la autoridad esas noticias recogidas durante diez años y tras ser seleccionadas y ordenadas, fueron publicadas bajo el título Relación histórica del viaje a la América Meridional, en 1748.

Resulta curioso que parte de ese material quedó reservado al gobierno bajo el nombre de Discurso y reflexiones que fueron consideradas como «noticias secretas». Desde el punto de vista del estilo, estos marinos se apoyaron en su costumbre de escribir un diario de a bordo. No obstante, esas notas tomadas día a día necesitaban una remodelación antes de ser ofrecidas al público. Lo que escribían eran impresiones inmediatas que carecían de orden de unidad y de corrección. Es por este motivo por lo que aquello que se publicó no se correspondía exactamente con los escritos originales, sino que además de realizar una elaboración necesaria, el gobierno eliminó para la versión de la imprenta todo lo que le pareció oportuno para que no llegara a oídos de nacionales o extranjeros.

Podemos afirmar que sus testimonios de sus propias experiencias constituyen una autobiografía aunque no contengan las digresiones iniciales sobre la ascendencia familiar o los incisos morales para justificar acciones que aparecen siempre en el género autobiográfico. Ellos no pretendieron dar una visión global de una vida sino sólo lo relacionado con los hechos que concernían a la misión temporal que les había sido encomendada. En esta época, otros españoles también emprendieron viajes bajo pretexto pedagógico o informativo donde se podía diferenciar entre viajes privados para completar la formación intelectual y viajes becados por el Gobierno.


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[1] Todos los fragmentos que aparecen en el análisis y comentario de esta obra han sido extraídos de Sánchez Blanco, Francisco, El ensayo español, Vol. 2, El siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 1998.

ILUSTRACIÓN ARTÍCULO: Antonio de Ulloa, By Litografía [Public domain], via Wikimedia Commons.



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Rosa Marcela Gallego Reyes
es licenciada en Filología Hispánica y en Lingüística.

Contactar con la autora: rosa_m_rota [at] hotmail.com