Imágenes de mujeres fantásticas:
La opinadora

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Carolina Aguirre
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Hay sólo dos formas de sobrevivir a una cena con «la opinadora». La primera es ser sordo, y la segunda, es dejarse conmover por la vergüenza ajena que despiertan sus sentencias. No hay nada más. Si uno es incapaz de sentir pena y no tiene problemas auditivos, lo más posible es que la termine amordazando antes de que traigan el postre.

La opinadora, como su nombre lo anticipa, es una charlatana ignorante que no puede controlar su frenesí parlanchín. Se mete en todas las conversaciones sin pedir permiso, abriéndose paso a los gritos pelados, con el fin de lucir su infinito abanico de apreciaciones. Cualquier tema es bueno para opinar. Cocina, educación, seguridad, nanotecnología. No deja pasar nada. Sobre todos tiene una anécdota sin remate o alguna teoría que mal aprendió de la televisión.

Su educación es haragana y pueblerina, pero piensa que nadie se da cuenta. Todos sus conocimientos los adquirió mirando cirugías y documentales en el Discovery Channel y leyendo las columnas de la revista «Viva» del diario Clarín. Jamás abrió un libro que no esté de la mesa de autoayuda, ni estudió un tema completo, ni se planteó ir a la universidad. Su biblia es el control remoto y el Código Da Vinci.

Además, tiene un gabinete de asesores que siempre está conformado de la misma manera: una amiga abogada (que conoce todos los casos policiales famosos), una que vive en Estados Unidos (y vio de cerca el derrumbe de las torres gemelas), una que tuvo cáncer (y vivió en carne propia mafia de las obras sociales), una de familia adinerada de apellido aristocrático (especialista en etiqueta y farándula) y un sobrino que trabaja en una multinacional de internet o telefonía (que conoce todos los secretos de Google y Echelon).

Amparada por la sabiduría parcial de sus ministros, la opinadora se considera habilitada para exponer, como si fuese una eminencia, la infinita sarta de pavadas que se le viene a la cabeza. Sólo procura utilizar una fórmula sencilla: arranca con la fuente que certifica la idoneidad de su burrada y listo. «Mi amiga, que vive en New York, dice que el derrumbe de las torres fue nada, pero nada que ver como dijeron los noticieros», «Yo soy amiguísima, de siempre, de toda la familia Pueyrredón, y él sabía muy bien lo que estaba haciendo. Se sabe desde hace años. En San Isidro todos lo sabíamos».

O para formularlo de manera más precisa, sería algo así:

[vínculo habilitante] + tema + [opinión o secreto a develar] + {gesto de viveza: guiño de ojo con cara de joker, alzado de cejas, revoleo de ojos}

Esta grieta en la veracidad de sus sentencias encuentra su origen en una falla conceptual que arrastra desde la adolescencia: la confusión entre la proximidad sentimental de su asesor y la capacitación del mismo. Ella cree que su confianza en el testigo es lo que lo vuelve confiable. No entiende que su sobrino es otro nerd del montón. Para ella, que sea el que más sabe de internet en su familia lo convierte en un gurú internacional.

Otro método de opinión esterilizada que usa mucho es el certificado invisible. Arranca todas sus oraciones con la palabra «Dicen», creyendo que la mente del receptor completará esa idea con opiniones calificadas. «Dicen que la próxima guerra será contra Cuba», «Dicen que el dólar se va a siete pesos después de las elecciones». «Dicen que Menem mismo mandó a matar a su hijo».

Sin embargo, si alguien, curioso, le pregunta quiénes son los que «dicen» semejante cosa, se indigna y grita que «los que saben», o «la gente», o «todo el mundo», cuando en realidad, lo único que todo el mundo sabe es que su disparate es obra de la televisión vespertina. «Dicen que hay que comer seis veces por día» «¿Por qué? «Porque es lo mejor, eso dicen los que saben. Se descubrió hace poco. Se hizo un estudio, que salió en el diario, en una Universidad de los Estados Unidos de Norteamérica y se descubrió».

En internet, la opinadora rebota de página en página, avisando cómo hay que escribir, qué dice su amiga abogada, qué receta no es original, y cómo se hace en Estados Unidos. Corrige blogs, artículos del diario, e información general de lo más diversa.

Es la pionera de todas las mitologías berretas que circulan por la calle y transportista fiel de rumores tontos que no le importan a nadie. Desde que «sandía con vino te mata» hasta quien se va a divorciar en la televisión. Cualquier premisa dudosa que ande dando vueltas por ahí se le pega como un bicho al parabrisas de un auto. Cualquier cosa. Total, dicen que el saber no ocupa lugar. ¿Quiénes? Los que saben, por supuesto.


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Carolina Aguirre

tiene 29 años, es guionista y está obsesionada con las comedias, la estructura narrativa, los gatos mullidos y las dietas para adelgazar.

Sus guiones de cortometrajes y mediometrajes fueron premiados en diversos festivales y concursos alrededor de todo el mundo (Festival de Rosario, Festival Internacional de nuevo cine latinoamericano de La Habana, San Diego Latino Film Festival, SAVI, Festival independiente de Barcelona, San Francisco Film Festival, Concurso de cortometrajes TVE Versión Española).

Su primer blog, Bestiaria, un inventario de estereotipos de mujeres, fue finalista por dos años consecutivos del Weblog Awards (2006 y 2007) en Estados Unidos, finalista como mejor blog en español del mundo en BOBs THE BEST OF BLOGS 2007 organizado por el diario Deustche Welle en Alemania, ganador del premio Intel por Mejor Blog de Arte y Cultura de Latinoamérica, y premiado por la revista Todas por mejor artículo femenino, en España.

Este año, esos textos y otros nuevos serán parte de una antología bajo el sello Emecé, y de su primer libro, que acaba de salir a la venta bajo el sello Alfaguara.

Actualmente colabora con diversas revistas y publicaciones de Argentina y administra La peleadora, en el diario Crítica.


Foto de la autora: Elena Paoloni - elenapaoloni@gmail.com

Otros artículos de esta serie: La afectada / La gavilana /
Somos lo que no comemos / La opinadora