La violencia simbólica del lenguaje

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Yelenny Molina Jiménez


La cuestión de la violencia se ha abordado desde disímiles aristas: filosóficas, morales, políticas, legales, históricas... pero quizás no tanto, desde mi punto de vista, desde la del lenguaje. Podríamos decir que el lenguaje es una realidad dotada de fuerza, a merced de la cual, podemos hacer cosas y hacer que se hagan cosas. Y algunas de esas cosas son violentas.

Según la etimología latina, la violencia es una fuerza. Este término proviene del vocablo vis que significa fuerza y que, a su vez, da origen al sustantivo violentia y al adjetivo violens. Entonces nos surge la interrogante de cómo puede algo tan espiritual llegar a poseer tanta fuerza y sobre todo violenta. Pues bien, el lenguaje no sólo transmite información sino que sirve para hacer otras muchas cosas como reanimar, alentar, convencer; pero también intimidar, amenazar, insultar...

El lenguaje es tanto reflejo de la mente humana como canal de transmisión de pensamientos y emociones; él mismo representa un modo de hacer tangibles las acciones. Esto significa, al decir del filósofo J. Austin, que «se habrá hecho algo al pronunciar esas palabras». Y esto se refleja en la siguiente frase «te prometo que lo haré», pues, al pronunciarla, el sujeto se compromete a realizar algo. De esta forma, al decir algo, se puede, incluso, cambiar el rumbo de los hechos o alterar el estado de las cosas.

Emitimos secuencias que tienen una forma fónica y un significado, pero que tienen también una intencionalidad y provocan determinados efectos. Hay enunciados que tienen la propiedad de poder realizar, en ciertas condiciones, el acto referido en el contenido proposicional, es decir, hacen algo por el simple hecho de decirlo (te bautizo en el nombre del Padre…).

Entonces, ¿qué somos capaces de hacer con las palabras? No sólo transmitimos información, con ellas cambiamos el estado de cosas del mundo: nos comprometemos y así modificamos la situación («Sí, quiero», durante una ceremonia de matrimonio) Justificamos nuestras acciones y así evitamos, por ejemplo, una penalización, o conseguimos la renovación de un contrato.

Prometemos, amenazamos… y logramos dirigir la acción de nuestros interlocutores hacia comportamientos que nos benefician. Entonces, si usamos la palabra con violencia, para amenazar, asustar o coartar a los demás, generamos situaciones de peligro o agresión en una sociedad.

Al hablar de los ataques verbales, un insulto puede ser una manifestación de la agresión verbal. Sin embargo, existen formas del lenguaje, como la amenaza, que son tan negativas como el insulto. Esos actos pasan, muchas veces, desapercibidos. Esto se debe a que, al estar más encubiertos, se prestan a varias interpretaciones. Es por ello que a veces no podemos precisar el límite entre: una amenaza, un consejo y una promesa (no hagas tal cosa porque te puede pasar esto).

El uso del discurso para intentar mantener una situación de desequilibrio es otra forma del uso violento y solapado diría yo, del lenguaje. Quisiera ilustrar este punto mencionando la obra de Ibsen La casa de muñecas. Si examinamos exhaustivamente el aparentemente dulce lenguaje del marido de Nora, la protagonista que tantas críticas recibió, nos percataremos de que realmente su verdadera intención es mantenerla sumisa, jugando el papel que se supone corresponde a la mujer burguesa. Su lenguaje aquí no es violento en tanto que no supone daños físicos, se trata más bien de violentar su espíritu y no su cuerpo. Como dije antes, de una forma muy sutil, se trata de tronchar el desarrollo ajeno, de mantenerlo dentro de los límites prescritos socialmente. Es por ello que el daño es simbólico pero, sin dudas, no menos real.

Hemos constatado que el lenguaje puede ser vehículo de la violencia. El tono con el que nuestro interlocutor nos interpela puede convertirse en un signo de una posible agresión que nos amedrenta. Las palabras causan ciertos efectos en nuestra vida cotidiana pues el lenguaje constituye una forma de acción, como ya hemos explicado. Entonces, deberíamos reflexionar un poco (aunque parezca un simple juego de palabras) sobre qué decimos y cómo lo decimos, a final de cuentas, somos lo que decimos.



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Yelenny Molina Jiménez

Es Licenciada en Letras. Se desempeña como profesora en el Dpto. de Estudios Socioculturales del Instituto Superior Minero Metalúrgico. Imparte las asignaturas de Literatura latinoamericana, Literatura cubana y Apreciación literaria. Su línea de investigación es sobre la relación que subyace entre medio ambiente y literatura, también le interesan los aspectos relacionados con el reflejo de la identidad y el enfoque de género en la literatura latinoamericana.

Contactar con la autora: ymolina [at] ismm.edu.cu


* ILUSTRACIÓN: Pieter Bruegel the Elder - The Tower of Babel (Vienna) - Google Art Project-x1-y0, Pieter Brueghel the Elder (1526/1530–1569) [Public domain or Public domain], via Wikimedia Commons