Acerca de la poesía, el alma,
los espejos, los griegos y el lenguaje

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Andrés G. Muglia


Considerando el arte desde el punto de vista del espectador. Y observando la puesta en función (en el espectador, y sobre todo en el lector) de lo que en el idioma inglés tiene más que ver con el watch que con el see. A saber, no el mirar, sino el mirar (ver) con atención, con total atención una «cosa», en este caso una obra de arte, pongamos como ejemplo un poema.

Retomando por otro lado el concepto de espejo, tan explotado por psicólogos y analistas, y sobre todo por Borges. De paso atendiendo a las conclusiones de ellos sobre el espectador, en este caso el de este espectador que «cree» estar viéndose a sí mismo. Cree reconocerse sin considerar que esta imagen es solamente la superficie de lo que «es», no ve el «interior», solamente la superficie. Quien invierte este juego es Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, donde el protagonista ve, en el retrato que envejece por él, un espejo de las corrupciones de su alma, en tanto que su aspecto físico permanece indemne.

En este orden de ideas, y derivando de estas consideraciones acerca del espejo, se me han desprendido, no sé exactamente por qué causas, algunas analogías del espejo con la obra de arte y puntualmente con el poema. Si el espejo es la devolución de la imagen completa de la persona (la externa), la poesía encontraría un paralelismo inverso al del espejo y más relacionado con lo que Wilde propone en su novela. El espejo que se relaciona con lo interno. El retrato de Wilde devuelve lo interno, la imagen cruda del alma del protagonista. Siempre estamos hablando de una persona con su reflejo. En el caso del espejo, de su reflejo externo, en el caso de la pintura de Wilde, del interno. En el poema se da un juego adicional, el autor nos presta «su» espejo, para que intentemos ver nuestro reflejo (el interior). En este caso el juego se estaría produciendo entre dos personas: espectador – artista a través de su obra.

De tal suerte el lector se inclinaría sobre el poema como quien se asoma delante de un espejo, en este caso sería el alma del lector que se inclina sobre el poema, se trata al menos de un ente abstracto (el alma), que se inclina sobre un ente concreto (el poema), que es el que traduce o intermedia a otro abstracto (el alma del poeta). Aquí es donde se produce la revelación o la nada, la nada como no-respuesta. Cuando el lector comienza la lectura puede suceder que se produzca un extraño fenómeno que denominaremos aquí como «reconocimiento». Este fenómeno no se produce con el total del poema, al contrario, será mucha la suerte del lector para que esto se produzca con parte de un poema, después de haber leído (no necesariamente consecutivamente, ni consecuentemente) muchos de ellos. Este «reconocimiento» es la identificación del lector con lo que se dice en la poesía, pero no una identificación superficial, sino en un plano de fondo, de reconocimiento en lo profundo de la significación de las palabras, y sobre todo del sentimiento. Es cuando las palabras le hablan al alma del lector, y este se siente incluido en estas palabras. El verso, si se trata de uno, sigue quedando encendido en su interior con la resonancia de un acorde, como algo que «tocó» (y ésta es la mejor metáfora que encuentro para expresar esta sensación) el alma.

Este inclinarse del alma sobre este espejo-poema, este reconocimiento ocasional de esta parte del alma con esta parte del poema, lo podríamos simbolizar mediante la imagen de la persona frente al espejo. Pero el alma no se verá reflejada completamente, solamente algunos de sus rasgos se nos verán revelados, como si de nuestra cara sólo pudiéramos ver un ojo, parte de la comisura, un perfil vago. Después nuevamente la oscuridad hasta el próximo encuentro fortuito.

Fortuito sí, porque esta revelación, este deslumbramiento, esta identificación momentánea sólo ocurre de vez en cuando y es en vano buscarla. Su encuentro depende de variables tan disímiles como el estado de ánimo del espectador, su receptividad hacia cierto lenguaje, la facilidad o hermetismo con que el artista se comunique o exprese lo suyo, etc.

Entonces, se me impone recomendar la lectura de la poesía, no como el mero disfrute de un goce estético, que es una de las consecuencias más deseables de su lectura, y lamentablemente también una de las limitaciones que ésta posee para algunas personas que no pueden acceder (por diferentes motivos no necesariamente relacionados con la capacidad intelectual), a este tipo de goce. Hay un adicional, más pragmático si se quiere, para quienes ven en la consecución del goce estético (ya difícil de conseguir de por sí), una pobre razón para la lectura. Este adicional es el de conseguir, mediante estos reflejos salteados, laterales, asimétricos, asistemáticos e imposibles de buscar (repito), conocer mejor nuestra alma. De a poco, como quien ilumina con chispas una gran y oscura caverna (gracias Platón), y sabe que lamentablemente estas chispas no dependen de él. Un simple consuelo: es deseable estar atentos para que cuando se produzcan, descubramos algún tesoro que llevamos adentro sin conocerlo, o algún terrible secreto, porque también los hay encerrados en esta misma caverna. Así, lentamente, ir conociéndonos, en una tarea interminable (porque el alma muta), y que no promete mayores recompensas.

No en vano los griegos consideraban la poesía y la música como las Artes Mayores (así con mayúsculas). Lejos de neo-estilos, o de revisiones viciadas (ya Winckelmann lo hizo por nosotros), me permito decir que el error frente a estos posicionamientos de las artes mayores y menores parte de intentar encuadrar-etiquetar o clasificar en un mismo género disciplinas tan disímiles como la poesía, la alfarería o la arquitectura. Todas son, con diferencias, actividades del espíritu, pero la cocina también lo es y nadie (salvo algunos entusiastas de las metáforas sobrecargadas) llama artista a un cocinero, por bueno que este sea. En este sentido es que, considero sí con los griegos, que la poesía, antes que la prosa tal vez, se encuentra más cerca del alma (para hablarle). No porque se encuentre alejada de lo «manual», esto también tiene una honda significación en los griegos, que consideraban lo manual como algo indigno (esto en líneas muy generales), sino más bien porque al utilizar la poesía el lenguaje de significantes tal vez más cercano a la unicidad de sentidos (la palabra), y a pesar también de que el lenguaje articulado posee una infinidad de variables que someten al significante a una variedad de significados, es en sí mucho más accesible al espectador.

Más accesible decimos que, por ejemplo, la pintura, que debería ser por definición más cercana al goce estético porque al no poseer un número normado de significantes, posee mayor amplitud para la manifestación del sentimiento. Pero a su vez posee la tara de la amplitud del significante (cada pintura, o para ser más claro cada pintor inventa si tiene suerte sus propios significantes), por tanto, y el ejemplo más claro es el de la pintura abstracta, el mensaje interior del artista vs. interior del espectador, naufraga a veces en la decodificación del significante. El goce estético será entonces en este caso, menos accesible a quien no esté preparado en este juego del lenguaje pictórico.

Por otro lado, la prosa se encuentra no tanto como inhibida, pero sí más condicionada que la poesía para articular este mensaje hacia nuestro interior. Descripciones, configuraciones de personajes, estructura del relato y otros tantos corsets, condicionan la emisión de un mensaje de estas características. Empero, existen novelistas que pueden intercalar a pesar de todo, este tipo de mensajes, forzando muchas veces los límites existentes entre prosa y poesía, o entre la simulación de una realidad y la creación de una realidad alternativa; afortunadamente sobran ejemplos.

La poesía estaría entonces a medio camino entre la prosa, que intenta decirlo todo, y la pintura, que crea su propio lenguaje a cada paso. Liberada de la estructura de la prosa (también de la métrica tratándose de la poesía moderna), pero siendo aún accesible al espectador que comparte un bagaje de significantes medianamente convencionales con el autor.

Es por estas razones que la poesía sería (a mi entender) el medio menos imperfecto, para intentar este reflejo, igualmente imperfecto, parcial, pero revelador, de nuestra alma.

Les dejo, no pudiendo resistirme a esta tendencia personalista de expresarme a través de lo que escribo, y de que el tono de mi voz se me escape entre las comisuras de estos renglones paralelos, algunos textos que me reflejaron algún día, con la salvedad de que seguramente no los reflejarán a ustedes, porque cada alma es diferente y se reflejará fatalmente en otros espejos:


      eufórico: «...soy la garganta de París, y me beberé si me place el
universo...». (G. Apollinaire)

        nihilista: «...Estas y otras cosas demuestran que la vida gira
sobre un eje podrido...». (Ch. Bukowski)

        luminoso: «...¡Ay mi blusa marinera!
                      Siempre me la inflaba el viento
                      al divisar la escollera...».
                                                  (R. Alberti)
 
        enamorado: «... Y tú me dirás: “¡Busca!” inclinado la cabeza,
        -y nos dedicaremos a buscar a esa bestia
        que viaja demasiado...».
                                                   A. Rimbaud
      

 

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ILUSTRACIÓN DEL ARTÍCULO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©