«La Revolución Venezolana es una chatarra ideológica»

___________________________

Entrevista a Alberto Jiménez Ure,
por Juan Carlos Vásquez [*]


—¿Vives la soledad del escritor? ¿Necesitas compartir lo que escribes con alguien? ¿Grupos o tertulias literarias, familiares, amigos...?

—Soy, entre los hijos de (Eva) la primera, un desterrado. En la actualidad, mi único arraigo está representado en la figura de mi hija Venus (de sólo 12 años). Territorialmente, soy un desarraigado: un fustigado e incomprendido apátrida. En cambio, mi pequeña y yo somos aliados. Vivimos solos: soy su padre y su madre, su custodio, cobijo y quien ilumina su sendero. Por otra parte, admito que me agrada ser leído. Me divierte mucho, me intriga ad infinitum. Entre mis lectores y yo existe un tácito pacto para sempiternamente hibernar la disputa o comunión que pretendía emboscarnos. No doy a nadie mis libros cuando están en fase prenatal o evolutiva. Empero, ya publicados me place obsequiarlos a personas que presumo les gusta leer. Bebiendo licor en tascas, ocasionalmente discuto con intelectuales sobre Literatura y Política. Igual sobre la Filosofía: esa, «la impúdica», mi Alma Mater. Y sobre Deus y el Demonio, que sí existen. Alrededor de Abraxas, que también vive y al cual todos conceden audiencia por su investidura de vieja data.

—¿Con qué género te identificas más?

—Los críticos literarios y quienes suelen analizar mis textos en los claustrofalaces de la Educación Media o Superior afirman que soy, fundamentalmente, un narrador. Quizá por esa causa, yo debería comulgar con ellos y decir que me identifico más con la Novela o Cuento. Pero, en mi defensa frente al fraude ante el cual nunca capitularé, admito que no tengo una «partida de nacimiento oficial» respecto a géneros literarios. Durante mi niñez, escribí distinto a lo que me exigían en la escuela. A veces formulé ideas, pero igual expelí mis tormentos. En otros instantes vertí al papel (cuentos) invenciones quizá «macabras». No eran tiempos de «procesadoras de palabras» y la ficción manuscrita era un supremo acto ritual, tanto como hoy lo es propagar historias o pensamientos mediante la Tecnología Multimedia. De ese modo desahogaba mis miedos infantes, mi indefensión y profundo desarraigo que jamás se revertiría en mi existencia.

—¿Qué te sirve de fuente de inspiración?

—Mi «perversa» psique, mi percepción de una realidad pródiga en sucesos «malignos», mis vivencias, mis lecturas filosóficas, las «abominaciones» de la especie menos inhumana a la cual parece que pertenezco y que jamás cesan, mis bienaventuranzas y tragedias.

—¿Qué diferencia, entre tus primeras obras y las más recientes? ¿Cómo definirías tu evolución?

—Similar a los espermatozoides que tras la falotración son eyectados para competir por fecundar un óvulo, mis libros no parecen diferir mucho en curso del tiempo. Están diseminados. Unos parecen más tenebrosos, otros más filosóficos o perturbadores de conciencias. Fueron expulsados de mi hereje y profana mente, con obvios propósitos de fecundación. Si fracasan o tienen éxito, ello no exterminará al embrión.

—Hay libros que siempre recordamos a lo largo de la vida, ¿Cuáles conservas en tu memoria?

—Cuando no soy quien los recuerda, me los recuerdan los lectores: las novelas Aberraciones, Adeptos, Facia y Desahuciados. Mis libros de cuentos intitulados Suicidios, Abominables, Macabros y Maleficio. Mis enunciados poéticos Luxfero, Lucubraciones, Revelaciones, Deus y Aciago. Mis Pensamientos profanos, Epitafios, Pensamientos dispersos (…)

—¿Qué estás leyendo actualmente y por qué?

—Tengo interés en conocer lo que escriben los más jóvenes y en leer ensayos de profesores universitarios (Los hijos de Acteón, de Mantilla Chaparro, por ejemplo). Siempre releo a filósofos clásicos como Shopenhauer, Mill, Niestsche, Prohudom, Marx, Cappelleti, Sartre, Séneca y otros. Hace poco leí El niño que fui, de Saramago (no me gustó, muy frívolo). Un libro de una chica que afirma ser mi discípula, y que me impactó, titulado Mundo inmundo (Marie Josue Saintux). Me encanta la generación de relevo de los Herederos del Caos que conformamos los hacedores nacidos a partir de la mitad del Siglo XX, y que, durante el alba del XXI, todavía podemos ser, mediante nuestros escritos, A la Humanidad Lesivos o Venerables. Qué importará a los desahuciados del mundo.

—¿Tienes planes, alguna obra nueva?

—Tengo inéditas dos novelas breves: Escorias y Decapitados. La antología máxima de mis cuentos, titulada Absurdos, y El despotismo (ensayo) que me gustará publicar durante el 2009. Fueron escritos entre los años 2007 y 2008. No escribiré durante varios meses, porque me siento intelectualmente fatigado y porque el nefasto ambiente político venezolano me inquieta u ofusca.

—¿En tu trayectoria como escritor, cuáles han sido las trabas y los procesos mentales que han desligado todos los inconvenientes para que tu obra fluctúe con propiedad?

—Mis días infantes fueron felices, aun cuando plagados de «espectros» de mi imaginación, en un campo petrolero venezolano. Mi pubertad no fue tan apacible y estuvo expuesta a los peligros de la pre-iconoclasia que finalmente daría fama al desenfreno e irreverencia de los jóvenes de la famosa Década de Los Años Setenta (Siglo XX, claro). Mi adolescencia fue sitiada por los alucinógenos, el rock, la disipación sexual, lecturas filosóficas, el hessenianismo, sartrenianismo, camusianismo, millernianismo, beatlesianismo, the peace and love, la ruptura y ningún concilio con quienes emprendieron guerras mundiales (había que esputar contra las ideas imperantes). Mi edad adulta ha estado signada por una responsabilidad que no pretende exculparme. Trabajé durante casi treinta años en una de las universidades venezolanas más vetustas, venerables, nunca senil, de origen clerical. Estoy en situación «de retiro legal», pero todavía mantengo cierta presencia en sus recintos.

—¿Qué opinas de la Literatura Venezolana, algún autor que desearías comentar?

—La venezolana es una nada reprochable literatura, parida por talentosos escritores: algunos de los cuales, inexplicable e inexcusablemente, se han colocado en decúbito frente a quienes capitanean ese insulto a la inteligencia denominado Revolución: que no gobierna para el vulgo sino que inflige, que fortuitamente lastima, manipula con inmoral propaganda, infecta conciencias y tima a los ingenuos e ignorantes.

La «Revolución Venezolana» es una chatarra ideológica producto de inteligencias abortadas durante los Siglos XVIII y XIX, y que, eufemísticamente, pretenden difundir bajo el nombre de Socialismo del Siglo XXI. Si menciono uno, dos, tres autores venezolanos que me persuaden (…) Si lo hago, quienes no sean incluidos en mi sumario podrían sentirse aludidos. No me interesa querellarme con canallas, con quienes capitulan por mendrugos, fatua figuración pública o por cobardía. No es lícito inclinar volitivamente la cerviz frente a criminales con poder de mando político.

—¿Cómo nace tu obra Escorias?

—Se trata de una novela rigurosamente existencialista, con algunos elementos que estigmatizan mis ficciones y que críticas como la profesora costarricense Shirley Yorleny Montero Rodríguez califica como post-modernos. Mi edad y mis depresiones me han convertido en una persona más vulnerable, motivo por el cual mis experiencias con los personajes que protagonizan en Escorias me afectaron tremendamente. Al extremo que intenté suicidarme un par de veces, con sobredosis de antidepresivos mezclados con licor. Anhelé se me oficiara un tedeum.

—Dentro de la novela vemos un fuerte referente en el alcohol, ¿lo utilizas para escribir?

—No, nunca escribo cuando bebo. Tampoco platico con Baco todos los días. Puedo dejar de libar durante meses. No rindo culto a la bohemia. Quise consagrarme al ascetismo, pero me gustan las mujeres.

—Dicen que leer un libro es iniciar una aventura y dejarse en manos de un guía que te conduce a un lugar por descubrir. ¿A dónde se puede llegar de la mano de Alberto Jiménez Ure?

—Si no está psíquica e intelectualmente alerta, quien me lea con excesivo apego podría estar cometiendo un gravísimo error. En cualquier calle, me ha ocurrido toparme con jóvenes que se han arrodillado ante mi para llamarme Luxfero y ello me produce estupor.

—En una frase de tu obra la Vindicación del Caos, dices:

Aquí estamos La Naturaleza y yo:

En el Panorama de la Literatura Venezolana,

Un hacedor que inspira suspicacias

Y murmuraciones malsanas.

¿De alguna manera te sientes excluido?

—No excluido. Me siento sistemática y absurdamente difamado, inculpado por cometer una literatura distinta y descarnada. No soy el monje, monstruo o degenerado que irrumpe en las tramas de mis novelas o cuentos. Frente a mi narrativa, soy el pontífice que se aparta. Pero, si adhiero a mis enunciados poéticos. Ese soy. Ya no narrador omnisciente, sino quien no teme a las Tinieblas cuando forzosamente transita por la jurisdicción de los que andan por el mal sendero.

—¿Has tenido algún maestro indiscutible?

-No. Nadie, jamás, se atrevió a ser mi «maestro». Pero, durante mi iniciación literaria pública, tuve el padrinazgo de Juan Liscano. Fue un notable poeta y ensayista venezolano de gran prestigio internacional. Amigo e interlocutor de Octavio Paz, Cabrera Infante, Neruda, Borges, Bioy Casares, Victoria Ocampo, Vargas Llosa, Otero Silva, Carlos Fuentes, Reinaldo Arenas, Alejo Carpentier, Uslar Pietri, Rómulo Gallegos (…). Fue asesor de algunos presidentes de Venezuela y pertenecía a una familia de pudientes, de propietarios de bancos.

—¿Qué consejos darías al lector de esta revista, hombres y mujeres con ganas de reflejar sus propias historias?

—Que no tiene sentido ser un hacedor maquillado y temeroso. No importa qué pueda suceder o qué consecuencias pudieran generar nuestras invenciones o testimonios, nuestro librepensamiento. Los escritores no tenemos por qué ser culpables cuando procedemos guiados por la Razón Inmutable.

—Regálanos unas últimas palabras sobre cualquier tema que te interese...

—Durante los siglos VII-IV a. de C., los intelectuales griegos versificaron sus reflexiones y se produjo, sin interdicciones, el parto de ese objeto de la discordia que en nuestra realidad y tiempo conocemos como (Literatura) Poesía. Todos los textos eran escritos en versos y tenían rasgos épicos. La guerra por la dominación entre poblaciones fijaba esos cantos, esas formulaciones. Al cambio de las cosas, queda explícita su inmortalidad.

 

___________________
[*] Juan Carlos Vásquez es fundador de la Revista de Creación Los Herederos del Caos (California, EE.UU.).

ILUSTRACIÓN ARTÍCULO: Fotografía del escritor cedida para esta entrevista, publicada originalmente en: http://herederosdelcaos11.tripod.com/id29.html