Una mirada al anticlericalismo
de Blasco Ibáñez

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Johari Gautier Carmona


Si un autor ha de ser destacado por su militancia y la clara expresión de sus ideales en su obra novelesca es, sin ningún lugar a duda, Vicente Blasco Ibáñez. Sus marcadas ideas anticlericales, estribadas de un laicismo inspirado en el modelo francés, le han seguido en gran parte de sus repetidos exilios, han aparecido en muchas de sus obras literarias y siguen siendo hoy centro de numerosos debates. Entender el anticlericalismo de Blasco Ibáñez es acercarse a la realidad de la España de principios del siglo XX, todavía conmocionada por el desmantelamiento de sus colonias, divida entre republicanos y monárquicos, anclada en un estancamiento económico que contrasta con el crecimiento de sus vecinos europeos.

Si bien en la novela El Papa del mar el autor hace referencia a las luchas de poder que carcomen la institución religiosa, es en la novela La Catedral (publicada en 1903) que desvela sus más mordaces y severas críticas. En ella aparece un activista político, debilitado y cercano a la muerte, que busca en la Catedral de Toledo un refugio tranquilo para pasar los últimos días de su vida. Como el mismo autor, el activista, Gabriel Luna, comparte las experiencias de un exilio en Francia y Estados Unidos, la pasión por la difusión de los valores republicanos y su actividad política clandestina que hacen inevitable asociar directamente su discurso con el de Blasco Ibáñez. El diálogo que mantiene con algunos clérigos y trabajadores de la iglesia, siempre sustentados en la experiencia del personaje y una retórica panfletista, son tan revolucionarios que acaban espoleando al personal a la rebeldía y a la insumisión, pero más impactantes son todavía algunas de las revelaciones de los sujetos de la catedral que acaban rechazando un falso discurso impuesto por la Iglesia.

Entre las grandes críticas dirigidas a la institución religiosa, Blasco Ibáñez insiste a menudo en su alianza con los máximos poderes y los lazos estrechos que mantiene con la monarquía, yendo incluso a hablar de la servidumbre de los monarcas de España hacia la Iglesia católica. Sobre esa relación duradera de intereses (establecida en los tiempos de la Inquisición) se funda también el antimonarquismo del autor, muy virulento y alimentado por el republicanismo francés. El periodo de fanatismo e intransigencia religiosa que supone la Inquisición es, según Blasco Ibáñez, el principal causante del inmovilismo de la España de principios del siglo XX. Por eso, como activista político y en el contexto de una Europa en pleno movimiento, sus críticas se dirigen hacia ese clericalismo representativo de un orden vetusto y opresivo. A través de su protagonista principal, el hombre subraya que «los pueblos que han roto con el Pontificado, volviendo para siempre la espalda a Roma, son más prósperos y felices que aquella España que dormita como una mendiga a la puerta de la Iglesia». Estos son duros comentarios que revelan la ruptura social de la época y, sin embargo, las críticas del autor valenciano no se limitan a ese nexo político, también toman en cuenta los rechazos por parte de la Iglesia de los últimos hallazgos científicos, las teorías evolucionistas de las especies vivientes y otras leyes de funcionamiento universal. Esa constante oposición a las Ciencias naturales y matemáticas refuerza el autor en sus consideraciones y le incita activamente a denunciar el principal interés de la Institución católica que reside en mantener una población ignorante y sumisa para perpetuarse en el poder. La crítica de Blasco Ibáñez va incluso más lejos de la generalidad y compara la diferencia de conductas que pueden existir entre el clérigo francés y el español y concluye que la parte española es más reticente a hablar de avances o simplemente a dialogar.

Por otro lado, y a través de personajes sencillos que cumplen la simple función de retransmitir sus ideas políticas, el autor demuestra en La Catedral su rotunda oposición a la santificación de clérigos y altos representantes de la Iglesia. Dice que «no dejan de ser humanos y pecadores», refiriéndose implícitamente a las necesidades humanas y al fomento de un modo de vida antinatural dentro de la institución que incita a las mentiras y a la creación de mitos falsos. Blasco Ibáñez presenta la beatificación como el resultado de una doble moral y de una hipocresía oficial. Habla abiertamente de relaciones amorosas entre sacerdotes y monjas, insiste en que no es una novedad y que es un secreto a voces. Pero el autor valenciano se muestra incluso más severo con el orden injusto que describe en la Iglesia y dibuja a una institución que practica la explotación violenta de los sacerdotes de la base y que se sostiene gracias a las pésimas condiciones salariales que aguantan estos últimos. Denuncia que «Al terminar la dominación religiosa en España, sólo los de abajo han sufrido las consecuencias. El sacerdote es pobre, el templo es pobre también, pero el príncipe de la Iglesia conserva sus miles de duros al año…». Por fin, es interesante estudiar la comparación que hace Blasco Ibáñez entre su concepto de familia moderna y la familia que caracteriza a la Iglesia católica. Según él, el diálogo y la tolerancia que prevalece en la primera, más dialogante y abierta, choca con «el honor tradicional y bárbaro» de la segunda que castiga y rechaza sin remilgos. En su novela, el autor presenta a una familia rota como una célula cruel que reproduce el rencor y el sectarismo de los dogmas religiosos vigentes.

Pese a que muchas de las críticas evocadas por Blasco Ibáñez ya no pueden ser consideradas de actualidad (debido a la liberalización y democratización del modo de vida español), sin embargo, otros muchos elementos permanecen intactos como la intromisión de la Iglesia en ciertos ámbitos políticos y el rechazo de ciertas libertades o avances (como el de la sexualidad, los anticonceptivos o el derecho al aborto). No obstante, parece ser que la fe ciega que tenía el escritor valenciano en la Ciencia como motor de desarrollo, prosperidad y tolerancia (y que también menciona con aires inspirados en La Catedral) ha sido duramente objetada. Los grandes conflictos que han marcado el siglo XX y los inicios del siglo XXI demuestran que la Ciencia y el conocimiento en general sólo son factores de felicidad para algunos y de sufrimiento para muchos otros. La Ciencia no es una solución a todos los problemas de nuestra sociedad ni tampoco los preceptos de grandes religiones institucionalizadas y dominantes. Es necesario reflexionar sobre la necesidad de una espiritualidad, sin excesiva institucionalización, y sobre las palabras de Blasco Ibáñez: «El hombre es Dios, el mundo es Dios también».



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JOHARI GAUTIER CARMONA (1979), es un joven narrador español nacido en París (Francia), amante de los viajes y de las experiencias culturales. Actualmente reside en Barcelona, ciudad central dentro de su creación literaria, tras una estancia de tres años en Inglaterra. La escritura representa, para él, un modo de conciliar la riqueza de sus raíces caribeñas y españolas. Ha publicado cuentos de ficción en antologías como Qué me estás contando, de la Editorial Hijos del Hule e Historias Verdaderas, de Silva Editorial. Es el ganador del premio Relatos de viaje de 2007, organizado por Ediciones del Viento y finalista de otros numerosos premios. Ediciones Irreverentes ha publicado en Abril del año 2009 su novela El Rey del mambo y el mismo año la Editorial Almuzara edita su libro de Cuentos históricos del pueblo africano.

Entre otras distinciones, ha sido ganador de la «Convocatoria literaria 2009 en favor de los 8 objetivos de desarrollo del milenio» (organizado por L´Associació Cultural Letras Comprometidas y el Ayuntamiento de Cardedeu) y del II Premio de Relatos de Viaje de 2007, organizado por vagamundos.net y patrocinado por las Ediciones del Viento, con su relato Un austriaco en Colombia.

Web: http://joharigautier.blogspot.com/

johari_gautier[@arroba]hotmail.com

* ILUSTRACIÓN ARTÍCULO: Blasco Ibañez, [Public domain], via Wikimedia Commons.