Carta abierta a las cenizas póstumas
y venideras de la poesía

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Juan Arabia



Jorge Monteleone, ha conjeturado sin el mínimo reparo, en una entrevista de La Nación (publicada hacia fines de mayo) que la poesía ha atravesado todos los hechos relevantes de nuestra historia. De eso —desde ya— no cabe ninguna duda. Es más, podríamos decir que la poesía, como género ideal en sí, ha traspasado a la realidad misma de lado a lado.

Lo curioso, o más bien ya lo peligroso de la conjetura, es que el mismo autor (al que generosamente podríamos llamarlo así) cree reflejar en su selección a la historia misma de la poesía de nuestro país.

En primer lugar, creo que a muchos nos gustaría saber que entiende Monteleone por «historia». Es una falacia y falta de compromiso por parte del profesor hablar de la historia de un país, y más de un país del tercer mundo como lo fue y será Argentina, sin tomar la precaución de esclarecer al menos su «método histórico»; si es que acaso tiene alguno.

Todos se han puesto de acuerdo en celebrar 200 años, cuando en verdad, lo primero que uno debe preguntarse es qué es lo que se está festejando. Para las familias menos afortunadas, se trató de un paseo gratuito (como también ocurrió con la muerte de Alfonsín), en la que desfilaron hasta policías y militares como si se trataran de héroes nacionales. No hay mejor representación que la suma de esos días como un notable reflejo de la realidad de nuestro país…

Si mal no recuerdo, creo que ni siquiera la literatura (para darle un término genuino a cada uno de los géneros que la conforman) incluyó su protagonismo en alguna parte de los «festejos». Siempre que, claro, no entendamos por literatura jugar a la «rayuela» por la 9 de julio, con Marta Minujín como representante del parlamento de la ociosa clase comandada por Contastini.

Pero hay algo aún más peligroso, y que se relaciona de una manera explícita en el discurso de Monteleone. No nos habla sólo de historia, sino también de los conflictos que se manifiestan en diversos poetas de ideologías opuestas.

¿Qué responsabilidad ética puede tener un hombre que no sólo utiliza términos que sigue sin esclarecer, sino que se manifiesta como consciente de una alteridad a la que en ningún momento hace justicia en su selección?

Es simple resumir la historia en un puñado de «poetas», y sobre todo cuando muchos de ellos son simplemente oportunos para el mercado de las editoriales. Por poner tan sólo un ejemplo, hablemos de Cortázar: su caso es muy interesante, pues se trata de un autor que conoce la mayoría de las personas. Sinceramente pregunto: ¿Qué ha hecho este autor por la poesía de nuestro país? ¿Cómo ha enriquecido al género? Es una pregunta muy sencilla, pues hay muchos autores que han vivido para ella, que han reformulado y puesto en juego no sólo su dinero para editar poesía, sino su reputación misma como escritores, y ni siquiera son mencionados en la antología. Esto no es, claro está, en contra de Cortázar, un hombre que ha dejado uno de los legados más importantes en nuestro país en materia literaria. Simplemente se está advirtiendo que él dedicó la mayor parte de su obra a la narrativa, y que su aporte poético, desde ya, fue casi nulo. Pero nos sirve como referencia —y repito, Cortázar no sólo es Cortázar, sino que también fue una de las tantas víctimas de lo que aquí intento poner en pie— para dar un ejemplo claro y preciso sobre el interés mercantil que comporta esta obra; que, como todo interés de esa índole, deja afuera toda pasión: sin duda el principal componente de la poesía.

Sin duda creímos, como advierte muy bien Luis Benítez en su carta abierta, que la poesía era algo marginal, un producto destinado a unos extraños marginales. Las editoriales nunca arriesgan en nuevas voces poéticas, y, cuando lo hacen, es sólo a expensas del dinero mismo del autor. Generalmente el caso contrario ocurre cuando los autores se transforman en clásicos o «curiosamente célebres», y que justamente por tener tirajes menores (pues como sabemos, el lector de poesía es de los menos usuales) aumentan a precios exorbitantes.

La editorial Alfaguara logró una vez más encender las cortinas del humo político que aún deja el festejo de los 200 años del bicentenario, fundiéndolo con el máximo credo actual de nuestra sociedad: el mercado. Su resultado no es nuevamente el de opacar, porque para realizar semejante empresa habría que dilucidar al menos un vestigio de lo verdadero.

Sin dudas esto no es un esfuerzo en vano, como muchos han dado respuesta a las exclamaciones de los poetas que se expresan por medios de cartas abiertas en medios no oficiales. Una carta, precisamente es abierta, porque puede cerrarse en cualquier momento.

El problema mayor —que sin dudas ya ha quedado en manifiesto en las expresiones de muchos poetas— es que la mayoría del público no especializado en poesía (sin dudas, los principales y futuros consumidores del libro) no decodificarán necesariamente los acontecimientos dentro de las mismas estructuras ideológicas en las que han sido codificados, o producidos. De allí el riesgo de una selección, y de allí el gesto autoritario de Monteleone y la naturalización que desencadena como estela en sus 992 páginas.

De esta manera, un género que había dejado casi de existir, es decir, que ahora aparece dentro de la circulación social; ahora reaparece (y esto no resulta casual) justamente reivindicado por el «campo intelectual argentino».

Pero este problema, sin dudas, refleja algo mucho más grave: si generaciones de poetas, los cuales muchos de ellos han publicado el doble o más de lo que pudo publicar en vida y muerte Monteleone (por supuesto, a expensas de dinero académico, estatal) y hoy son borrados y olvidados por la historia… Me pregunto: ¿Qué pasará con aquellos otros? ¿Qué pasará con las generaciones venideras, aquellos hombres y mujeres que hoy comienzan a escribir poesía?

Sin embargo creo que todo esto nos debe servir, y más que nunca, para escribir y compartir poesía. No se trata de lamentaciones, ni vanidades, ni mucho menos. Borges mismo lo decía, en referencia a un poeta menor de una antología: «¿Habrá suerte mejor que ser la ceniza, de qué está hecho el olvido?».

Y es que posiblemente el oficio de todo poeta se resuma en eso: en traducir y/o reflejar lo que la historia, dentro sus condiciones materiales, intenta borrar o eludir con su paso.

Lo demás, como decía Verlaine, es sólo literatura.


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Juan Arabia



Juan Arabia (Buenos Aires, 1983) dirige la Revista Megafón: http://revistamegafon.blogspot.com/




N. de R.- Para aquellos lectores que no estén al tanto de este tema, sugerimos la lectura de dos artículos que pueden ampliar su visión sobre el mismo: La poesía que construyó la patria en dos siglos (Diario Clarín) y Las 200 omisiones de la antología «200 años de poesía argentina» (Razón y Revolución - Organización cultural).