Oímos caer
como un chorro de piedras

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Leopoldo González Moreno


El orador es una metáfora desprendida de la piel morena de la tierra, poesía en voz baja escondida en las rocas, en las ramas secas donde los campesinos se pierden como notas en las cenizas del tiempo convertido en polvo, sombras…. nada.

Toma entre sus dedos el color del hambre, la esperanza de un niño flotando como una sinfonía en el crepúsculo de un cuento palpitando en el eco de un lienzo de papel.

Como un tejedor de sueños, va entramando las palabras bajo todos los cielos y a la medida de todos los calendarios sin dejar de pronunciar un discurso que no saliera de la combustión de sus huesos:


«Porque yo soy un verdadero hombre del pueblo, descendiente

de veinte razas desgraciadas que me han legado juntamente

con su amor a la libertad, todos los dolores de su antigua

humillación». [1]


Ve como José Cueli a los hijos de la gran Tenochtitlan, heredero sin posesión de nada, pero con todo en propiedad, resquebrajados en la tierra fecundadora de los dioses, durmiendo bajo la gran noche de piedra:


«Ese mexicano de lerdo andar y quijotescos sueños

de tono monorrítmico en su voz cubierta con

sombrero de palma, bajo la gran sombra del ahuehuete». [2]


Pues bien, el orador carga el rumor de estas voces como si su espíritu estuviera escondido en las entrañas de los teocallis, caen sus palabras en vientres fantasmas, rendidas en la tierra oscura que las rodea, siente en cada paso cómo gimen las hojas secas que han visto en la noche un alma en pena llorar:

«Nuestro paisaje está poblado de tumbas, del alma de los antiguos

mexicanos muertos en todos los sacrificios. Sus voces, sus quejas,

sus lamentos, suspiros, sollozos, arrullos, se escuchan por los que

saben escuchar, apenas llega la noche». [3]


Oímos caer como un chorro de piedras, las palabras de ánfora en ánfora arrancadas del vientre amarillento de un libro preñado de voces, triste y mudo evocado por José Alvarado como un árbol de invierno con las hojas caídas, esas hojas son las palabras ya marchitas sin llegar a escribirse… algunas fueron de un orador y las dejó morir… siguen murmurando lentas y amables en los rincones de nuestras montañas y en los rincones de nuestra historia:

«La historia es el lugar de encarnación de la

palabra poética…

El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al

crear un lenguaje, por la palabra el hombre es una

metáfora de sí mismo». [4]

 

México es una pirámide de palabras ardientes y confusas, montón de letras desmoronándose en las olas del mar donde el orador encuentra debajo de una estrella de cristal, como en el libro de El principito, «la inmensidad de mundos que encierra nuestro mundo».



Para hacer de este país

     un mundo donde las letras construyan todos los mundos

                        donde quepan todos los niños

                                    donde rían todas las razas

                                            donde sueñen todas las mujeres

                                                    y donde canten todos los oradores.





NOTAS:

[1] Ignacio Manuel Altamirano. Obras completas, tomo I, Secretaría de Educación Pública, México, 1997 p. 49.

[2] Santiago Ramírez. El mexicano, psicología de sus motivaciones, Grijalbo, México, p.18.

[3] Una alacena de alacenas, Ediciones Bellas Artes, México, 1970 P. 105, 106.

[4] Octavio Paz. El arco y la lira, FCE, México, 1997, pp.34, 186.



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Leopoldo González Moreno

(México, D.F. 1963).
Licenciado en Derecho por la UAM y Maestro en Investigación educativa por la Universidad Pedagógica de Tamaulipas. Ha publicado para revistas universitarias como Asterión, de la Universidad del Atlántico entre otras.


Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©