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Foster y Wren (III)

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Mario Rodríguez Guerras


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Foster hace lo que debe, puede que piense que su genio le lleva a su obra, pero hace lo que está obligado a realizar por necesidad. Debajo de sus formas existe un sentido aunque el autor le ignore. El sentido procede de una evolución del arte. El sentido en general se ha concebido como correspondencia con un orden de la naturaleza por la que, a una cuestión, sucede otra de la misma forma que sabemos que si abrimos la mano la piedra caerá a la tierra. Cuando se conocen los antecedentes del arte actual se entiende que éste es su consecuencia necesaria. Por aplicación del principio de causalidad podemos determinar la evolución del arte desde su origen hasta el momento actual. Esta evolución, a la que nos hemos referido como el orden de la naturaleza, puede entenderse mejor como una necesidad, es decir, que no hay otra cosa, que no existen infinitas e indeterminadas consecuencias a un estado determinado. Que en la naturaleza las soluciones, empleando una expresión coloquial, son habas contadas. Hemos formado intuitivamente el concepto orden a partir la sucesión regular de los acontecimientos. No existe ningún orden ni ninguna ley, en la naturaleza simplemente las fuerzas actúan sobre la materia, como los motivos sobre la voluntad, con asombrosa regularidad.

Foster, que sólo es un símbolo del arte actual, únicamente imprime su estilo personal a las obras que ejecuta conforme a una tendencia general que le viene impuesta. Es inocente de su determinación. La lógica acabó con los dioses; y la revolución, su consecuencia, con los reyes. La ciencia, símbolo de la lógica, acabó con el arte. Y aunque el hombre no se arrodillaba ni ante dioses ni ante reyes, acabó postrado ante la razón.

Cuando en la cuestión del amor a la ciencia el hombre se percató de su incoherencia, acabó por alabar al hombre mismo. Esta posición nada tiene que ver con el humanismo griego o renacentista, pues no se ama en el hombre la aspiración a la elevación del hombre, sino su naturaleza: se ama al animal hombre, especialmente al desprovisto de toda cultura que significa una manipulación de su naturaleza, de su nueva naturaleza, porque en la evolución de la consideración del hombre no hay un retroceso a posiciones iniciales, hay una nueva posición inicial sobre una valoración que tiene en cuenta todo el pasado: para negarle. La nueva naturaleza del hombre es la naturaleza social: se han acabado las valoraciones biológicas, y ya no existen hombres, sólo existen ciudadanos. A partir de esta nueva posición, en la que el hombre debe estar desnudo y por ello se niegan las fórmulas culturales anteriores, posiblemente se repetirá la evolución en las mismas formas que hubo en la posición anterior, y lo sabemos por una simple razón, porque no hay otra cosa. La alternativa sería la inacción pero inacción sólo significa una pausa, quizás como en oriente, una pausa eterna, tras la cual el primer paso vendrá determinado. Ambas soluciones son posibles; lo que desconocemos es su forma pues el estilo lo determina su tiempo y sus creadores.

El ciudadano piensa que es posible crear nuevos efectos estéticos, y que las fuerzas y los motivos producirán las consecuencias dispares en la materia y la voluntad que le resultan convenientes a sus intereses. Mediante la fantasía es posible eliminar ciertas condiciones del proceso pero en la realidad lo que hace es ocultarse las intervenciones en ciertas parcelas y sus consecuencias. No es tanto la fantasía de las posibilidades de la creación como la fantasía de una ocultación de las consecuencias no deseadas lo que produce este progreso.

La sustitución de la realidad por la artificialidad social producirá nuevos valores. El resultado será, como en toda evolución, una reducción de la idea del hombre y una superación de su fenómeno. No olvidemos que, a pesar de todo el humanismo renacentista o griego, la conducta de aquellas épocas era brutal y hasta en su justicia había una violencia que hoy nos resulta inconcebible.

Hemos ido demasiado lejos con respecto a la posición de la obra que comentamos, la cual sólo es una disculpa para tratar la cuestión de la evolución del arte como expresión del sentimiento del hombre. Frente a la evolución tradicional del arte, en que la arquitectura era la primera forma de transformación, pues la escultura añade la forma a la geometría de la arquitectura y la pintura el carácter a los logros de la escultura, la nueva estética debería partir de la forma, cualidad escultórica, pues debería exigir una evolución de la cultura alcanzada. En consecuencia, la arquitectura, relacionada con la base, pierde el carácter de abanderada en la trasformación del arte. Su lugar lo ocupan las nuevas tecnologías y las formas naturales, conceptos opuestos, que han sustituido a la influencia que debiera tener la escultura tradicional en la aportación del contenido formal en el arte.

Esta arquitectura ha quedado rezagada con respecto a las aportaciones que están realizando otras artes y la obra comentada es, con respecto a corrientes anteriores cercanas en el tiempo, muy avanzada; pero con respecto a los avances que se han alcanzado en otras manifestaciones artísticas —sin valorar esas trasformaciones ni esas nuevas formas de arte— todo un clásico.

2

Estamos tan acostumbrados a comer naranjas sin pepitas que ya nadie recuerda la incomodidad que aquello suponía y los que lo hacen le agradecen a la ciencia ese progreso. Esta modificación del fruto ha sido debida a una modificación del objeto del fruto, destinado ahora al fin social de satisfacer el hambre del hombre, pero no sabemos si la naturaleza estará tan agradecida por esta modificación científica de su condición ya que la ha vuelto estéril.

Le tiraremos la naranja al asno que lleva rato con su ¡Iiii-Aaaa! ¡Iiii-Aaaa!, a ver si, mientras se la come, le hacemos callar. Parece molesto porque no quiere llevar su carga. ¿Tendremos que atender los rebuznos y las coces de un asno encabritado que no quiere hacer su trabajo como si fueran razones? El animal reclama sus derechos y, por lo que veo, los viajeros se los reconocen. Pronto levantarán un templo en su honor. No parece que de esta forma la caravana vaya a llegar a ningún destino. Si al menos oyéramos los potentes rugidos del león o las risas de un niño tendríamos algún motivo para confiar en sus palabras. Porque nosotros amamos a quienes se conceden obligaciones y miran hacia el horizonte.

No por no ser entendidos abandonaremos nuestro camino, al contrario, nos alegra la música que oímos en nuestro corazón. ¿No oís también vosotros esa música?: Mis pies están deseando bailar. ¿Alguien más quiere bailar?


(Leer: 1.ª parte de este artículo / 2.ª parte)


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@ sustituida direccionroja[at]gmail.com

Ilustración artículo: Hearstowernyc, By User:Alsandro (Own work) [Public domain], via Wikimedia Commons.