Roberto Arlt:
cross
de melancolía

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Gabriel Cocimano


«Estoy monstruosamente solo [...]
No me importa nada. Dios se aburre igual que el Diablo»
Erdosain
(«El lanzallamas»)


Desmesurado y mordaz, el universo de Roberto Arlt está atravesado por una atmósfera de seres despreciables, perversos y decadentes sumergidos como rostros furtivos entre la multitud de una gran ciudad desencantada. Diagnostica la incertidumbre que provocan las nuevas relaciones urbanas, plenas de hacinamiento y masificación.

Como un cronista callejero describe con ironía, sarcasmo y cierta nostalgia el derrumbe de una tradición suburbana ligada a la ruralidad, y el crecimiento de una modernidad que hizo de la Buenos Aires de su época —las primeras décadas del siglo XX— una ciudad de mutaciones permanentes: «Ya no están más ni el molino ni el mirador ni el pino. Todo se lo llevó el tiempo (…) [En el lugar] se distingue la puerta del cuchitril de una sirvienta. El edificio tiene tres pisos de altura». La evocación de la ciudad que se destruye y deja paso a otra nueva contiene un dejo de alta melancolía: «la gente vivía otra vida más interesante que la actual; quiero decir con ello que eran menos egoístas, menos cínicos, menos implacables. Justo o equivocado, se tenía de la vida y de sus desdoblamientos un criterio más ilusorio, más romántico. Se creía en el amor».

Más allá de su escritura directa y descarnada, los personajes arltianos suelen redimirse en los recovecos de la tristeza y el dolor, de cierta tragedia y pesimismo que los hacen más humanos. En Los Lanzallamas, una de sus criaturas expresa: «cada uno tiene que conocer en la vida muchas tristezas. Lo notable es que cada tristeza es distinta de la otra, porque cada una de ellas se refiere a una alegría que no podemos tener. Usted me habla de catástrofes presentes, y yo me acuerdo de sufrimientos pasados; tengo la sensación de que me arrancaron el alma con una tenaza, la pusieron sobre un yunque y descargaron tantos martillazos, hasta dejármela aplastada por completo».

Los recuerdos asaltan a sus torturados personajes, paralizados por su decadencia, doblegados por su agobio: «deliberadamente hace pasar ante sus ojos paisajes anteriores, recuerdos, sucesos; pero su deseo no puede engarfiar en ellos, resbalan como los dedos de un hombre extenuado por los golpes de agua, en la superficie de una bola de piedra». Estos seres no tienen escapatoria: siempre el autor imagina para ellos una salida radical: «Por qué no habrá en la noche un camino abierto por el cual se pueda correr una eternidad alejándose de la tierra… (…) Quisiera ser lanzado al espacio por una catapulta, pulverizarse el cráneo contra un muro para dejar de pensar. La vida, de un rápido tajo, ha descubierto en él la fuerza que exige una Verdad».

El pesimismo feroz rige las andanzas de sus antihéroes, y hasta arbitra sus acciones. Muchos de ellos crueles, deformes, dementes o codiciosos, estos seres sin fe ni ilusión van en busca del destino sabiendo que su resultado no arroja esperanzas: «Existen millones de mujeres —postula el Astrólogo, otro personaje de la misma obra— que en este mismo minuto preparan un guiso en la cocina, millones de hombres que jadean en la cama de un hospital, millones de criaturas que escriben sobre un cuaderno su lección (…) todos estos trabajos se hacen sin ninguna esperanza, ninguna ilusión, ningún fin superior. ¿Se puede saber qué sentido tiene la vida?». Alude, implícitamente, al mito de Sísifo, en tanto héroe absurdo, que se aferra a la vida sabiendo que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanzas.

Seres atrapados por la angustia, aunque escojan los atajos del robo, el crimen, la estafa o la delación. Buscan una salida, pero saben que en ella no encontrarán la felicidad ni los redimirá el amor. «¿Para qué aferrarse en estériles luchas si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?».

Su desencanto metafísico y escepticismo brotan en su obra como un sino profético: «Ahora hay que predicar el odio y el exterminio —sostiene en boca de alguno de sus personajes—, la disolución y la violencia. El que habla de amor y respeto vendrá después»; para hacerlo concluir de manera categórica: «Yo creo en un único deber: luchar para destruir esta sociedad implacable (…). Cobarde, astuto, mezquino, lascivo, escéptico, avaro y glotón, del hombre actual debemos esperar nada».

La incomunicación y la soledad. La incapacidad para hallar el amor y la mujer como símbolo de perversión. En una de sus Aguafuertes porteñas, Arlt confiesa no creer en las mujeres, aunque ésta convicción no le impida buscar el trato de ellas, y desnuda sus preferencias: «Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mujeres que provocan en mí un respeto extraordinario (…) Me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida». Pero pronto retorna a su escepticismo: «He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse. Cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inestable, aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me casé con ninguna».

Arlt retrata en sus personajes la angustia del hombre contemporáneo, obligado a vivir en un mundo sin fe ni ilusión redentora. Conoce el bajo fondo de la Buenos Aires de su época, y escoge seres enlodados de ambiciones y miserias, en oposición al burgués bienpensante que respira en esa ciudad de elegantes cafés, monumentos y avenidas de modernidad. Sus seres —a diferencia de éste— no fingen, se muestran en su ruinosa esencia: son rufianes, macrós, asesinos, estafadores y prostitutas. Y escoge esa ciudad sotánica y marginal, en la que sus criaturas desarrollan la acción: sitios degradados, pensiones, buhardillas, espacios oscuros, de atmósferas densas, en donde describe con fluidez la corrupción, la incomunicación, la tragedia humana, la indiferencia y el dolor. Estos seres arltianos provienen de los arrabales, y muchas veces instalados en el centro de la ciudad intentan imponer sus planes, confundidos en el anonimato de una urbe que tritura las señas de su identidad.

En ellos, el tema de la soledad se abate, una vez más, desalentador: «está absolutamente solo —dice sobre Erdosain en Los Lanzallamasentre tres mil millones de hombres y en el corazón de una ciu­dad. Como si de pronto un declive creciente hubiera precipitado su alma hacia un abismo; piensa que no estaría más solo en la blanca llanura del polo. Como fuegos fatuos en la tempestad, tímidas voces con pa­labras iguales repiten el timbre de queja desde cada centímetro cúbico de su carne atormentada». La soledad y el silencio lo torturan: «lo van aislando del mundo sucesivas envolturas perpendiculares de silencio, que caen fuera de él, una tras otra, con tenue roce de suspiro».

Estos personajes admiten la certeza benjaminiana de la melancolía: el sentimiento de vivir en un mundo vacío. En su descripción del atormentado Erdosain, Arlt diseña con precisión aquella certeza: «un enigma abre su paréntesis caliente en sus entrañas; este enigma es la razón de vivir. Si le hubie­ran clavado un clavo en la masa del cráneo, más obsti­nada no podría ser su necesidad de conocer la razón de vivir». Y le hace vomitar todo su dolor, todo su desgarro: «Sé que vivo sumergido en el fondo de una desespera­ción que no tiene puestas de sol, y que es como si me encontrara bajo una bóveda, sobre la cual se apoya el océano (…) Donde vayas irá contigo la desesperación. Sufrirás y dirás como ahora: “Más lejos todavía”, y no hay más lejos sobre la tierra. El más lejos no existe. No existió nunca. Verás tristeza adonde vayas». Otro personaje, el Rufián Melancólico, brama su angustia existencial: «¿Qué hago aquí, en esta ciudad? Estoy aburrido. Mi vida no tiene objeto». Y concluye, con la obstinación de su destino perentorio: «¿Acaso la vida es otra cosa que la aceptación tranquila de la muerte que se viene callando?».

Estos seres persiguen con desesperación un destino claramente incierto. El vacío en el que se encuentran y su entorno social los lleva a actuar con el caótico impulso del sinsentido de sus existencias: son inventores, agitadores de causas perdidas, soñadores, revolucionarios, jugadores compulsivos. Aristóteles hallaba dos tipos de melancólicos: uno tranquilo e inerte, y otro exaltado y furioso. Los melancólicos antihéroes de Arlt pertenecen a esta última clase: son vehementes, obsesivos con el dinero, revulsivos e inescrupulosos. La obsesión del autor por el mundo del delito, la estafa o la sordidez sugiere que en él los sueños utópicos han llegado a su fin. La figura del inventor es parte fundamental de esa obsesión: así, sus personajes sueñan con gases venenosos, rosas metalizadas, cartas bombas u organizaciones secretas con las que poder subvertir un orden social injusto e instalar un paraíso soñado. El propio Arlt fue un frustrado inventor: llegó a patentar unas medias irrompibles para mujeres, motores de superexplosión y se metió en todo tipo de proyectos imaginativos, que nunca logró sacar adelante.

Roberto Godofredo Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) concibió su literatura como una convicción y una necesidad. «El futuro es nuestro —escribió— por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula». Su origen social, su ideología y su instinto lo condujeron hacia los extremos, hasta una especie de marginalidad redentora en la que el tono melancólico se desliza sabiamente como contraste de su prosa provocadora, apasionada y vivaz.



Fuentes:

- Arlt, Roberto: Los lanzallamas, Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora S. A., 1968.
- Arlt, Roberto: Aguafuertes porteñas, Buenos Aires, Losada, 1958
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- Garzo, Gustavo Martín: Arlt, el Africano, en:
www.clubcultura.com/clubliteratura.
- Zeoli, Hugo Matías: Arlt, la ciudad de las aguafuertes porteñas, en Quaderns digitals.net, 2003.



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Gabriel Cocimano nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1961. Licenciado en Periodismo (Universidad Nacional de Lomas de Zamora), ensayista e investigador en áreas culturales, ha publicado numerosos artículos en medios gráficos nacionales e internacionales (Todo es Historia, Sumario, Gaceta de Antropología de España, entre otros) y expuesto algunas teorías en eventos educativos (VI Congreso Latinoamericano de Folklore del Mercosur). Productor de radio, participó en espacios independientes (Radio Cultura FM 97.9 y FM 95.5 Patricios) abordando diversas temáticas: arte, salud, música ciudadana y espectáculos. En abril de 2003 publicó El Fin del Secreto. Ensayos sobre la privacidad contemporánea (Editorial Dunken).

Página web: http://gcocimano.iespana.es/


ILUSTRACÍON ARTÍCULO: Roberto Arlt (1935), See page for author [Public domain or Public domain], via Wikimedia Commons.