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La penúltima controversia
de José Saramago
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Luis A. Henríquez Lorenzo

Titulo como titulo con muy consciente intención este artículo. En efecto, La penúltima controversia de José Saramago, ahora que ha muerto el ilustre escritor portugués —hoy viernes 18-6-2010, alrededor de las 12 del mediodía (hora tan cara a la poesía celebrativa y pura de Jorge Guillén), en su casa de Lanzarote—, lo es porque la última, la última de las controversias y la más trascendental acaso de entre todas las posibles, es la que ya está teniendo con la nada (si es que lo que existe en el más allá es la destrucción y la nada), en la que al parecer afirmaba creer; o con Dios, en quien afirmaba no creer. Pero en cualquier caso, ello acontece fuera del mundo de los vivos.

Ahora que acaba de morir el último premio Nobel de Literatura de las letras portuguesas, tengo muy presente los estupendos y muy pedagógicos o profesorales retazos y semblanzas que de la vida y la obra del universal escritor portugués, afincado en la isla de Lanzarote desde el año 1993, hace apenas unas horas le escuché llevar a buen puerto a Manuel Hernández, en la actualidad contertulio del programa del Canal Las Arenas Plató Las Palmas, y viejo profesor mío de Historia en Secundaria. Me sorprendió gratamente porque siendo D. Manuel Hernández, Manolo para amigos y muchos de sus alumnos, especialista en Historia, demostró solvencia en contenidos propiamente literarios. De modo que tengo presentes esos retazos y semblanzas porque yo quisiera señalar que, más allá de los tópicos fúnebres que suelen emitirse en momentos sucesivos al fallecimiento de una personalidad de gran relieve, en efecto para mi gusto y sensibilidad de lector José Saramago era un excepcional narrador. O lo que es lo mismo, un literato de altura, muy audaz en su propuesta narrativa.

Empero, no me parece que Saramago fuera lo que se dice un pensador; mucho menos, un filósofo sistemático, y no digamos un teólogo. De manera que su última obra, Caín —que aún no he leído—, según el parecer de un teólogo tan «díscolo» y por ende tan poco sospechoso de conservador y derechoso como es el muy veterano y curtido en mil batallas José María Castillo —en cuyo blog titulado Teología sin censuras tanto participó quien estas líneas escribe, firmando con seudónimo—, es la obra de un excelente literato que, demostrando que de exégesis bíblica no sabe nada —o quiere dar a entender que no sabe nada, para así concebir una obra literaria adrede provocativa—, interpreta toda la historia bíblica, que es historia salvífica, al pie de la letra. Con el resultado de la presentación de un Yahvé cruel, vengativo, sanguinario, déspota, sediento de sangre.

Con todo, el ex jesuita y ya octogenario teólogo granadino no insulta al escritor portugués (para algunos, de mentalidad ibérica, internacional: vamos, portuñol, sobre todo portugués pero también algo español); se limita a mostrar sus discrepancias en el terreno o ámbito teológico, sin por ello negar el pan y la sal al escritor José Saramago, el pan y la sal de su excelencia literaria. Así las cosas, en verdad estoy planteando con estos términos el asunto porque ahora que acaba de morir el escritor portugués no puedo sino recordar el cómo fue tratado por algunos sectores de la derecha católica que, seguro que muy disgustados por el ateísmo militante y radicalmente anticlerical de Saramago, no reaccionaron precisamente poniendo la otra mejilla sino devolviendo injuria por injuria —siempre que Saramago injuriara en su momento al Papa, a la Iglesia, cosa que no tengo del todo clara—. Triste espectáculo me pareció entonces, porque en algunos arrebatos de esa enérgica repulsa, recuerdo perfectamente haber leído juicios apocalípticos de sumarísima condena (tales como «pronto te pudrirás en el infierno, ateo y comunista de mierda»; «ya verás pronto cómo Dios sí existe y entonces ya será demasiado tarde porque te estarás pudriendo en el infierno», y otras por el estilo).

Y sobre todo, junto a tales críticas, como abriéndose camino entre ellas, ninguna alabanza a la labor social del ciudadano José Saramago, a su indudable compromiso con causas nobles y humanitarias —no con el comunismo, que en eso también he discrepado siempre yo de su postura ideológica—. Lo quiero dejar escrito ahora en que escribo este artículo, permaneciendo el cuerpo del insigne escritor portugués aún insepulto. Ninguna alabanza a su excelencia literaria. Ninguna.

Pero aún es más: algunas de esas furibundas críticas las supe, desde un primer momento, procedentes de personas pertenecientes a una organización como el Opus Dei. En ésta, debe haber, sin duda, personas excelentes, familias muy numerosas, y hasta algún que otro esfuerzo misionero: bendito sea Dios. Pero también hay un exceso de clasismo, de aburguesamiento, de pactos con el neocapitalismo y las riquezas. Y claro, los mismos que criticaron de esa forma desaforada a Saramago, que acaba de morir, justificados detrás del visceral ateísmo y contumaz anticlericalismo del autor de obras como La caverna o Ensayo sobre la ceguera, a la vez que no señalan que nunca se supo que José Saramago viviera, mientras pasó por este mundo sin creer en Dios, como un elitista burgués, silencian que cientos y cientos de miembros de esa organización de la Iglesia católica deben pertenecer a los sectores empresariales más adinerados, todopoderosos y pudientes de la sociedad española. Y esto, sencillamente es que no es justo. Ni evangélico.

Incluso yo mismo, a través de una amiga residente en el norte de la España peninsular, llegué a conocer hace unos pocos años, con ocasión de una pequeña estancia que me permití por tierras peninsulares, a varios miembros de esa organización —cuyas excelencias, las que quiera que sean, ya digo, no deseo poner en solfa o entredicho— pertenecientes a una misma familia muy numerosa. Vivían en un esplendoroso y gigantesco chalet que vieron estos ojitos míos rodeado de hectáreas de bosque, entre los que había piscinas, campos de tenis, otras instalaciones deportivas, y hasta un pequeño campo de fútbol. Recuerdo que en esa oportunidad yo llevaba casi siempre unas sandalias de las llamadas guarachas; confieso que me sentí extrañamente observado, como inquisitorialmente, por personas puede que excelentes, no lo sé —solamente Dios es el juez—, pero afectas a un clasismo nauseabundo; enamoradas del dinero y de las riquezas de una manera que…

Según me llegó a comentar mi amiga, ella misma conoce a otra mucha gente de esa organización que piensa exactamente igual. Exactamente igual de conservadores, derechosos, elitistas, adinerados y clasistas. Y encima algunos, demonizadores de José Saramago. Tan demonizadores como silenciadores de que no se sabe que José Saramago, ateo militante y anticlerical irredento, viviera como un perfecto burgués clasista y adinerado, pero sí que sabe que muchos católicos de derechas nadan en la abundancia, en la sobreabundancia elitista, clasista, neoliberal y burguesa, en tanto el profeta de Nazareth, en vida no tenía ni chalés ni fincas amuralladas incluyentes de pistas de tenis y hasta campos de fútbol…

En fin. Una oración o un minuto de silencio por José Saramago. Él no creía en Dios —aunque si Dios existe, Dios seguramente sí cree desde la eternidad en Saramago—, no creía en la vida eterna; sin embargo, la fama postmorten a la que tanto cantó Jorge Manrique en su inmortal Coplas por la muerte de su padre D. Rodrigo Manrique, ya está cubriendo de gloria a José Saramago. No es nada, claro, en comparación con la eternidad. Pero ahí queda.



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LUIS ALBERTO HENRÍQUEZ LORENZO es Licenciado en Filología Hispánica. Profesor de Lengua y Literatura españolas.

Ilustración artículo: Image from Presidencia de la Nación Argentina [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.


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