Cartas a
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Savio Ramogar



Las revistas del corazón


Vive en un país de África, en torno al golfo de Guinea, un amigo de Savio Ramogar, se llama Lamboni. Enterado por Internet, por satélite, por la radio, por otros medios de información de lo que ocurre en España, envía a su amigo todos los meses un largo correo electrónico en el que le cuenta sus impresiones sobre lo que oye, lee, se comenta… sobre el país de su amigo Savio.

Uno de esos correos es el siguiente.

Hola, amigo Savio:


Hoy he recibido las revistas de cotilleo que me acabas de enviar. Gracias por pensar en mí. Además, recibo a menudo de otros amigos españoles periódicos y revistas de todo tipo. ¡No veas cómo me alegra contemplar y observar de lejos, desde estas tierras lejanas de África, a través de estos medios y desde Internet, a la sociedad española, pues a través de estos medios consigo hacerme una imagen bastante fiel, aunque quizá algo distorsionada, de cómo ha ido evolucionando la sociedad que conocí antaño! Los periódicos me informan sobre todo de la situación política en España, de la palabrería de los dirigentes, de la oposición, de los grupos que tiran y tiran hacia sí tratando de sacar la mejor tajada de las debilidades de los gobiernos, de la corrupción, del despilfarro de los «reyezuelos» y déspotas de algunas Comunidades Autónomas. Pero hoy no me quiero fijar en la política ni en los políticos que observo de lejos. Hoy ojeo con pasión y humor las revistas, esas revistas que llaman de corazón, sentimentales, de famosos y famosillos…

Creo, me dicen, que dichas revistas se compran como el pan de cada día por parte las amas de casa, las empleadas del hogar, las trabajadoras empleadas fuera del hogar, las secretarias en empresas, las cajeras de los grandes almacenes, de los supermercados y de las tiendas, etc., etc. ¿Será verdad todo eso? ¡Menudo negocio para sus dueños! Creo que en ningún país del mundo hay tantas revistas y programas de televisión del cotilleo, que ahí llamáis «del corazón». ¿Quién habrá inventado ese eufemismo? ¿Por qué será? ¡Cómo le gusta a tu sociedad mariposa mariposear y tener tantos mariposones! Y en realidad, ¿por qué no? Cuando en las mentes sólo hay vacío, están huecas, con algo habrá que rellenarlas, ¿no?

Mira, amigo Savio, creo —escribo de lejos y juzgo a partir de lo que leo, oigo y veo—, que tienen razón los extranjeros que visitan España, y que van a tu país a divertirse. Dicen —lo he oído muchas veces— que los españoles son muy divertidos y juerguistas. En realidad, creo más bien que ahí, sobre todo el mundo femenino, la gente se aburre como las ostras. ¿Será verdad? Entonces, se recurre al cotilleo —la «prensa del corazón»—, a las revistas que llevan las murmuraciones y el cotilleo hasta la propia casa. Pasan así horas y horas a ver lo que hacen los demás, a contemplar a los ídolos del momento. ¡Qué guapos, qué bien vestidos, qué elegantes, qué suerte tienen esas gentes ricas, esos aristócratas que se permiten esos lujos, esas casas de ensueño que tienen, esas fiestas que dan y cómo se invitan entre sí! Ni tú ni yo, amigo mío, tenemos esa suerte, pero nos contentamos con verlos a ellos en estas fotos tan bonitas, tan llamativas… Mucha, mucha gente, las mujeres en particular, dan la impresión de que no disfruta de lo que tiene; ¡disfruta viendo, contemplando, admirando lo que tienen los demás!

Para que se vendan bien, para hacer negocio, los hábiles editores de esas revistas «del corazón» o del cotilleo recurren a menudo al morbo: ¡hay que alimentar a las fieras para que no pasen hambre y no decaigan las ganas! Y no sólo las fieras se alimentan de lo que les echan las revistas. Por si fuera poco, aún recuerdo lo que me contabas en tu última carta sobre los programas de la televisión de tu país —de todos los canales nacionales y locales—. ¡Oh! ¡cielo! Resulta que en España las escenas de cotilleo —la telebasura, como decís ahí coloquialmente— superan en horas de emisión, en audiencia, en atracción, en comentarios… al resto de todas las emisiones. Ni la cultura, ni los reportajes, ni las noticias, ni los deportes, ni las películas… ¿Será verdad? ¿Será verdad que nada consigue adueñarse tanto de la audiencia de los españoles como las emisiones de cotilleo? ¿Ya nada llena la mente de millones de españoles como el cotilleo, ese deporte nacional de siempre que nunca se ve saciado? Ya en los tiempos que pasé en tu país, a la televisión se la llamaba «la caja tonta». ¿Siguen llamándola hoy así? Yo, por mi parte, la llamo «la caja hueca» donde sólo hay risitas, risotadas, cuentos y cuentillos, comentarios jocosos, comentarios sobre famosillas y famosillos, actores ricos y actores guapos bien pagados y bien subvencionados...

¡Con qué cara de envidia parece contemplar la gente sencilla, la «gente mariposa», al famosillo, ya sea en las revistas del cotilleo, en la tele! (porque la televisión hace y deshace a los famosillos del momento, a los artistas, a los actores, presentadores…). ¿Sabes, amigo Savio?, no te añado nada nuevo si te digo en qué se entretiene a la gente ociosa de allí y de aquí en las televisiones y las revistas de cotilleo. Me llama la atención en particular lo que veía estos días en las revistas: a ver quién es el o la más sexy de los famosillos de la TV o de las revistas; a ver quién es la o el más guapo, atractivo, deseado entre tantos competidores. Incluso —y no te lo pierdas: ¿lo habrás visto tú también?— (cito un periódico de cotilleo): «¿Quiénes son los —chicos o chicas— que tienen el mejor culo de España?». Los concursantes deberán enviar una fotografía de su trasero. Los ganadores —y sobre todo las ganadoras— recibirán premios, obsequios, viajes gratis, etc. También lo habéis podido ver en un programa de Televisión Española. ¡Válgame Dios! Esto es, parece ser, amigo Savio, el ocio de la juventud de tu país y la alegría —claro está— de los que viven del negocio y ocio del cotilleo. Porque, no hay que olvidarlo, todo eso no es más que negocio de unos pocos listos que se aprovechan de la estupidez e incultura del común de la gente, de la gente mariposa. Los primeros son unos pobres diablos; los segundos, nadan en la abundancia gracias a la necedad e ignorancia de los primeros. ¿Lo ves tú así en tu país?

Rumor y cotilleo parecen alimentar las horas que se le dedican durante el tiempo que la gente nada tiene que hacer para que no se aburra; son migajas que alimentan a los ociosos que dejan pasar el tiempo hasta que el tiempo pueda con ellos. Esto es, como ya se decía en nuestro tiempo —¿se sigue diciendo aún en la actualidad?— un deporte nacional español: ¡cómo apetece contemplar las intimidades de los demás, sobre todo de las y los famosillos de la tele y las revistas del corazón!; ¡cómo gusta meterse en la vida de los demás, morderse unos a otros, maldecir al prójimo, crear envidias, despellejarse! Y ¡menudo éxito tienen dichos programas! Leí un día lo que decía un periodista (Raúl del Pozo) algo más serio que los que se dedican al cotilleo: «Despellejar a la gente supone un éxito seguro; si te metes con alguien en un artículo, cuentas sus bajezas, sus cohechos y sus vicios, tienes el éxito asegurado». Y añade, haciendo alusión a las revistas de cotilleo que tengo entre las manos y a la telebasura: «Lo que se vende y se premia son iconos, biografías, aureolas, celebridades de televisión. Primero se lanza al famoso, después, se venden sus cuernos, sus bautizos, sus divorcios, sus abortos»… ¿Estás de acuerdo, amigo Savio?

Mientras ojeo las revistas pienso a menudo: ¿quiénes son esas «celebridades», esos «iconos» de la televisión y de las revistas del corazón? Para mí, amigo Savio, son esas mariposas que pasan la vida de flor en flor, ajenas al peligro, pavoneándose de sí mismas, personajes etéreos, vaporosos, con alas luminosas, casi transparentes que reflejan mil colores, pero que son superficiales, sin consistencia, etc. Esta, esa, este, ese, aquel, aquella que cambia de marido o de mujer o de amante como se cambia de calzado; que muestra sus encantos e intimidades sin pudor ante millones de mirones; que muestra el mejor «culo», los mayores pechos —como una buena vaca lechera—, el mejor peinado —donde anidan los pájaros—, los mejores pendientes… para que millones de españolitos les admiren sentados en sus cómodos sofás, cansados de no haber dado golpe durante todo el día; que no hablan más que de «glamour», de flechazo, de enamoramientos que no duran más allá del instante; que se emparejan hoy, de desemparejan mañana y pasan la vida mariposeando; que hoy se aman, mañana se odian y nunca están satisfechos de nada ni de nadie y lo cuentan tan contentas en los medios. ¡Cómo se lo pasa mucha gente contemplando a esos divinos personajes, fuera del común de los mortales, la envidia de los pobres mirones que no pueden alcanzar semejantes alturas!

De lo que leo, deduzco lo que probablemente se comenta a menudo entre la gente mariposa cuando se deja llevar por las apariencias. Seguro que has oído cosas de lo más extraño: «Hay gente para todo». Así, lo que podría ser una excepción, una cosa rara, algo que sólo ocurre de higos a peras, se convierte, en el mundo de los famosos, famosillos, de las revistas del cotilleo o del corazón, de la telebasura… en algo cotidiano, normal, alegre, divertido. ¡No faltaba más! ¡Cómo atraen esos programas de televisión para gente inculta, aburrida y vacía! Ocurre otro tanto con las revistas de publicación y compra semanal con sus «divertimóvil», «olemóvil», «Top música», «top model», «topless», «topten», «juegos», etc., etc. Y se oyen gritillos, murmullos... de esas gentes: «Mira qué guapos», «mira qué elegancia», «ese está como un tren», «esa estrena nuevo look», «vaya cómo se pelean por la novia, por el novio», «estos pueden llegar al altar o ante el concejal»; «después de la pelea, verás, esos se reconcilian… para volver a pelearse»; «¡qué suerte!: acuden a la televisión, aparecen en las revistas de cotilleo para insultarse unos a otros, decir chorradas… y ganar millones»; «es que tenemos una televisión muy rica —con el dinero de todos— que se puede permitir tirar así el dinero… a los puercos». A que lo oyes a tu alrededor y lo lees en las revistas, amigo Savio.

Como ves, esta es la sociedad occidental, rica, ociosa, vacía, relativista, sociedad avestruz que se mira a sí misma encerrada en su torre de marfil; sociedad mariposa, superficial, animada o empujada a ello por las administraciones públicas, por los políticos: «pan y juegos», dan los políticos; y los que mueven los hijos de los dineros dan incultura para que la gente se revuelque en la basura. No, tanto como eso, no ocurre en mi país; aquí la gente está en otras ocupaciones más importantes y no tiene tiempo que perder en mirar y admirar a los demás. Como no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír, seguro que para muchos de tus conciudadanos, lo que te comento aquí es puro cuento chino, como el proverbio del «efecto mariposa».

Un abrazo, amigo Savio,


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SAVIO RAMOGAR es el seudónimo de un escritor y traductor que vive en Madrid.


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