La trasgresión

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Mario Rodríguez Guerras



I. Las buenas formas

1.- Literatura

La redacción de textos ha sufrido la trasformación que aventuraban los escritores del siglo XIX que ya exigían que la forma predominara sobre el contenido. Pero aquellos, Flaubert, por ejemplo, no descuidaban, a pesar de su requerimiento, el fondo de su novela y este citado figura entre los grandes psicólogos de la literatura.

No era su petición tan tajante como expresaba con sus palabras pero los novelistas posteriores las tomaron al pie de la letra. Cada idea es una puerta a un mundo sobre el que, una vez abierta, ya no se tiene ningún derecho, y este fue el caso de la literatura pues la corrección del lenguaje, que era el acabado perfecto del trabajo a que se obligaba el pensador, tuvo una descomposición en sus dos partes y la apariencia adquirió independencia frente a una existencia que antes sólo tenía justificada en cuanto exquisita dama de compañía de una figura principal, el contenido.

La independencia de la forma y su reconocimiento social la obligaron a adoptar maneras artificiales, en parte, debido a la mala influencia que produce todo lo social —la hinchazón que se requiere para estar a la altura de los demás— y, en parte, debido a la falta de un armazón que la sustente y la obliga, así mismo, a engordarse para adquirir un cuerpo que la permita permanecer erguida. El servicio sin servicio a un fin carece de sentido y no se puede encontrar forma de establecerle, ni tan siquiera mediante la fantasía.

Sin embargo, aquella propuesta tuvo éxito y no fue debido a su calidad sino, dicho sea con todos los respetos, a la falta de ella que se permitía, pues la creación de un estilo personal de escritura que exige el engrandecimiento de las expresiones hace que olvidemos que escribir consiste en trasmitir ideas, y siempre se trasmiten, pero siempre las mismas. A los escritores se les facilita su trabajo y al lector su labor.

El hecho es precisamente interesante. Debemos entender que el mundo está invertido y que, acostumbrados a verle en una posición en la que los vicios le han dejado, nos sea más difícil, y casi siempre imposible, comprender la verdad y concebirle sobre sus pies. Pues ha sido la exigencia del público, realizada no por éste sino por otros en su nombre e interés, la que propuso reducir el contenido de las obras. El prestigio social del autor o del tema es suficiente para dotarlas de un reconocimiento público.

2. El arte

De la misma forma que en la literatura, el arte había procedido a dar valor y preponderancia a la apariencia, que resultaba ser lo más concreto de la obra, y se había abandonado el interés clásico por el contenido.

Podemos decir que lo material de la obra se convirtió en lo esencial en el arte y tanto es así que llegó, finalmente, a deshacerse de la figura y a presentarse sin el armazón que la justificaba. La expresión: El arte por el arte, indica la independencia que adquieren las partes de la obra clásica y el derecho que se las reconoce a la existencia individual. Más aún, refleja la pretensión de extender tal derecho a los demás ámbitos de la vida social, y tengamos en cuenta que el arte desde el siglo XX va a la vanguardia de los cambios sociales y que, por medio de él, podremos anticipar otros cambios que tendrán lugar en la sociedad.

Cómo, entonces, se ha podido considerar la trasgresión del arte del siglo XX como forma respetable en la sociedad, cuando, además, ¿pretende tener un significado? Por el interés. La incoherencia con los principios no es obstáculo para su aprobación, nadie se ha percatado de ella.

3. La sociedad

Considerada la sociedad como un cuerpo tendría la misma estructura que una obra de arte, es decir, una parte real y una parte aparente. Sometido este cuerpo a los mismos principios que al arte, el aspecto externo se habría impuesto, negándose valor y existencia a la parte real, la que invisible carece de concreción y no se la echaría en falta; muy al contrario, también en la sociedad su eliminación produjo gran satisfacción, pues ya resultaba molesta.

Las formas son también en sociedad ahora lo esencial. Se impone lo políticamente correcto. Una sociedad compactada elimina las diferencias. La igualdad, exige la misma apariencia.

Pero una grave contradicción social es la reclamación de sus derechos por parte de los mismos que han exigido guardar las formas. Y nótese esta doble contradicción, la de la fuerza utilizada frente la corrección política que exigen; y la reserva del derecho en una sociedad a la que ellos mismos exigen igualdad de derechos.

Las formas frente a la esencia se pueden mantener en mundos fantásticos y en los artificiales: allí donde los efectos no son visibles, en sociedades cerradas. Lo políticamente correcto es aceptado en una sociedad que había eliminado de todos los aspectos de su cultura la parte real y ahora se muestra únicamente la parte aparente como efecto de la perfecta coherencia social.

Por ello, los gestos simbólicos, sólo se entienden en mundos idílicos y mientras no se vean enfrentados al mundo real. Todos esos gestos los desarrolla el manierista quien nunca se ha ocupado de la esencia de sus actos.

Si el arte nos puede ofrecer, como hemos presentido, algún indicio de qué cambios podrán producirse en nuestro mundo, sólo tenemos que ver cómo el arte oriental se codea con el occidental y conquista nuestros mercados, posiblemente como otro signo de que la cultura occidental corre peligro. Si no corrige el prejuicio de suponer que sólo la apariencia es lo esencial del arte tendremos que presenciar cómo las formas son imitadas y superadas por artistas de otras culturas, y cómo éstas superan a la nuestra; pero lejos tenemos la esperanza de una oportuna reacción.

Europa perdió su hegemonía artística frente a Norte América después de la II Guerra Mundial y creía haberse reservado la ideológica. Pero las obras de sus autores no eran más que la justificación de una corriente política de la que pretendían su continuación indefinida, algo forzado, otro acto aparente, que ya no tenía sentido en vista de los cambios sociales que se habían producido. Únicamente USA mantuvo algunos principios culturales tradicionales, y no tanto su esencia, como había hecho Europa, como sus formas, pero, al menos de esa manera consiguió permanecer entre nosotros. Las presiones europeas y su ejemplo, han acabado por influir en una sociedad que hasta ahora se había mantenido indiferente a las opiniones externas y han eliminado los restos de la tradición. La tradición de una cultura que no ha tenido parangón en toda la «historia universal», salvo por los efímeros resplandores de la estrella fugaz que fue la cultura ática de la que nos hablan con admiración algunos astrónomos y cuyo rastro en el firmamento les sirve para localizar otras estrellas que, más cercanas pero menos luminosas, todavía nos alumbran.

 

II. El graffiti

Se explica el significado ideológico que hay detrás de esta forma de expresión que se corresponde con el existente en otras parcelas de la sociedad.

El graffiti, expresión más alta del sentimiento de la cultura underground, se ha concedido a sí mismo derecho de ciudadanía en nuestra sociedad. Una de las causas de esta arrogación es la falta de una adecuada definición de lo que es el arte, que provoca que hasta los auténticos artistas nos presenten trabajos que, según un criterio más riguroso o, si se quiere, según un gusto más clásico, no se sabría si incluir entre una alta conquista de la humanidad por haber encontrado una nueva forma de expresión o entre los desperdicios que deben ser eliminados después de la fiesta de presentación. (Es de sobra conocido que en la exposición de Damien Hirst en la galería Mayfair, a la mañana siguiente de su inauguración, el personal de limpieza tiró la obra a la basura pensando que eran los restos de la fiesta [1]).

Otra de las razones es el derecho a la libertad de expresión. Se trata de justificar todas aquellas formas que establecen la supremacía de lo social sobre cualquier otro principio. Este exceso de un supuesto derecho constituye una perversión tanto de la forma como de la esencia, o como se dice cuando se trata de esta cuestión, del fondo y de la superficie. El acto físico consiste en la alteración de una propiedad ajena, y las razones que se dan, la libertad y la cultura, se consiguen mediante una tergiversación de la razón.

El éxito, o su aceptación general, no indica la validez del acto sino que tal éxito se debe a la conveniencia de defender una postura con unos argumentos que se desea se consoliden para poder esgrimirlos cuando llegue el caso de defender otras posturas.

Nuestra mejor defensa: si esto es arte llévatelo a tu casa, ha quedado destruida cuando no sólo los compradores privados sino las instituciones públicas han adquirido estas obras y las cuelgan en sus paredes. Aunque no son exactamente esas obras, sino que ellas fueron la base para una expresión posterior. En cuanto a los compradores, se dejan asesorar, por lo que todo el mérito es de los marchantes que les excitan hasta el éxtasis ante un mercado que provoca no sólo la subida de sus inversiones, también el deseo, supuestamente original, de poseer. En caso de duda, léase la teoría de Deleuze sobre la producción social del deseo.

El derecho de este artista pone en tela de juicio verdades ya consolidadas. Una sociedad que no es capaz de advertir las diferencias, establece la igualdad de todas las formas de expresión y se refugia en una referencia, en el concepto arte, dentro del cual parece aceptable incluir toda manifestación plástica. Si esto es arte, si esto es comparable a La Gioconda, entonces ¿Quién puede negar que mis palabras, bien que a veces carezcan de argumentos, tengan también derecho de ciudadanía, deban ser atendidas y, en consecuencia, reconocidos los derechos que con ellas se reclaman? Si ha quedado establecido aquel derecho del arte underground a llamarse arte mediante el uso de unos argumentos y unas posturas sociales que se han admitido, nada impide que ese mismo mecanismo obre el milagro de trasformar todo lo que toque, no ya en arte ni en oro, en algo mucho más valioso: en un derecho social.

No todo el mundo se atreve a llamarse artista, pero todo el mundo defiende las posturas más nuevas del arte porque se las entiende como un avance en el reconocimiento de derechos sociales. La ilusión por una nueva era del arte que nadie ha definido sólo significa la intención de acabar definitivamente con todo lo anterior.

Estos hombres quizás no sepan lo que quieren pero saben lo que no quieren. Lo que pretenden es eliminar las expresiones relacionadas con los antiguos conceptos sociales que para mantenerse requerían una tensión constante. Hoy el poder le tiene el número y se ejerce mediante la simple manifestación. Este planteamiento artístico se puede realizar porque previamente se había ensanchado el concepto de arte para que pudiera alcanzar las propuestas que tenían que satisfacer las necesidades de un nuevo espectador que no es estético, sino social, y el hombre ve en la trasgresión artística la imagen de una constante ampliación de sus derechos sociales. El todo vale del arte se va extendiendo, como principio ya consolidado, a los demás aspectos de la vida social, con las consecuencias que se derivan de esta nueva consideración del arte.

El hombre que quiere embarcarse en la aventura de buscar nuevas posiciones artísticas nos dice que quiere dejar los antiguos territorios que siente inhóspitos, cuyo aire le asfixia; que es un ser que se siente natural, un ser no sujeto por normas que quiere un arte sin ataduras capaz de expresar su esencia, y que no soportaría someterse a otras condiciones que las que su naturaleza reclama.



(1) Donald Kuspit, El fin del arte, Akal, Madrid, 2006.



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@ sustituida Contactar con el autor: direccionroja[a]gmail.com


IMÁGENES: (Cabecera) Twee figuren; Travesties uit Lapin Agile (1950), Gouache on paper by Gustaaf Sorel; Photo made by Georges Jansoone on 24 December 2005 [GNU Free Documentation License, Version 1.2], via Wikimedia Commons | (En el cuerpo del artículo) Fotografía por Pedro M. Martínez ©


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