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novela tropece con un angel

Tropecé con un ángel

novela de Felicidad López Vila
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Aura conoce a Om en una librería y desde ese momento, se enamora locamente de él. Recuperará la fe en sí misma descubriendo aspectos de la vida desconocidos para ella. Sin embargo, Om tiene que revelar su secreto: él es su ángel guardián y ha venido para salvarla de caer en un camino erróneo mientras intenta ganarse sus alas. Al revelar su identidad, Om desaparecerá y será amonestado en el cielo, convertido en un ángel con las alas atadas...


* * * * *

Tropecé con un ángel

(fragmento de la novela)


Se acercaba la navidad, en las calles se respiraba paz y los centros comerciales estaban de gente a rebosar.

En mi corazón había muerto el espíritu navideño desde hacia mucho tiempo.

Las luces que adornaban las grandes avenidas con miles de bombillas, no podían iluminar mi vida, porque yo seguía sumida en mis propias tinieblas.

El peregrinar del día a día se convertía en una terrible pesadilla.

Mi mundo era en esos momentos un cúmulo de circunstancias circunstanciales; sin saber como ni porque todo cuanto acontecía a mi alrededor empezaba a caotizarse.

Supongo que no acabé de asimilar la separación de mis padres. Era aún pequeña para entenderlo y el ser el objetivo principal de sus peleas, como si fuese un reparto más de sus bienes me crispaba los nervios.

A mi hermano toda aquella desagradable situación le afectó en menor grado.

Él era más fuerte tenía más coraje y pese a su corta edad fue un apoyo vital para mi madre.

Hoy es un adulto brillante, la vida lo ha tratado bien, mucho mejor que a mí.

Me siento orgullosa de él y me gusta que siga cerca protegiéndome, siempre corro a sus brazos cuando tengo miedo como lo hacia de niña. Si algún día se fuera a vivir por su cuenta sentiría mucho su ausencia.

En la actualidad mi vida transcurre con una ligera monotonía: estudio en la facultad de filología alternando las clases con el trabajo de dependienta, en una librería fantástica, rodeada de alhajas retóricas.

Mi novio me dejó hace unos meses, sin motivo aparente, aunque sospecho que se ha liado con su compañera de piso.

El roce hace el cariño y pasaba más tiempo con ella que conmigo.

Seguimos viéndonos a veces, todavía somos amigos, e incluso en una ocasión me pidió que volviéramos a salir juntos.

No le hice el menor caso, estábamos en una fiesta de cumpleaños cuando me lo propuso y no tenía a ninguna de sus amigas intimas con quien divertirse un rato.

Como he citado anteriormente mi vida era monótona y aburrida, hasta que un día de navidad tropecé con ÉL al doblar una esquina, y transmutó el bucle negativo que rodeaba toda mi existencia…

Aunque mejor será que eso lo cuente más adelante y empiece la historia por el principio

Al despertar sentí frió, llevaba tres días seguidos lloviendo y a pesar de tener en mi habitación el radiador encendido, la humedad del ambiente calaba en los huesos.

Era sábado y tenía que ir a trabajar a la librería, estaba realmente agotada de tanto estudiar toda la semana.

Me hubiese quedado durmiendo hasta las tres de la tarde, pero necesitaba el dinero porque mi economía últimamente iba en descenso.

Desayuné rápido yendo apurada de tiempo y después de una ducha bien caliente salí de casa corriendo.

El autobús que llevaba hasta el centro de la ciudad había partido hacia escasos segundos, pero afortunadamente el encantador de mi vecino, un joven de mi edad al que le divertía espiarme se ofreció a llevarme al trabajo en su coche.

Aunque no me apetecía tener que darle explicaciones, no pude negarme ante su ofrecimiento o llegaría demasiado tarde a la librería, un despido inoportuno era lo que menos me convenía y la dueña era muy estricta en los horarios de trabajo.

De camino hasta el centro charlamos sobre el tiempo, un tema socorrido al que recurro continuamente cuando subo en un ascensor con desconocidos.

Al llegar mi vecino aparcó a escasos metros de la puerta, y en la despedida quiso convencerme para regresar a recogerme.

Mi negativa fue rotunda, aunque con una buena excusa.

Por suerte para mí, la jefa se retrasó, posiblemente estuviese comprando regalos familiares en el centro comercial de enfrente.

La afluencia de gente hasta la hora de comer fue continua.

Como no cerrábamos al medio día, pues debíamos aprovechar las ventas que proporcionaban las vísperas de la navidad, los compañeros fuimos turnándonos para pegar un bocado en la hamburguesería de al lado.

La tarde fue todavía más ajetreada, ya no recuerdo las veces que subí y baje las escaleras de la segunda planta en busca de poemas y libros de aventuras.

Para colmo de mis males, después de cerrar la librería tuve que quedarme a ayudar a mi jefa a hacer el inventario.

Mientras la mujer tuvo el detalle de ir a por unos bocadillos de tortilla de patata porque la noche iba a ser larga, yo apoyé mi cabeza en el mostrador de la entrada cerrando los ojos.

A los pocos minutos, las campanillas que colgaban del techo cada vez que se abría la puerta repiquetearon.

Sobresaltada abrí los ojos poco después de oír a alguien toser, levantándome de la silla de un salto.

Un chico rubio de ojos azules venía buscando un libro.

Me sorprendió que Alicia se fuera a por los bocadillos sin cerrar la puerta con llave. Miré la cristalera del escaparate y la persiana de seguridad si que estaba puesta.

—Disculpa, he venido a recoger un libro que encargué a la propietaria hace dos días —dijo el joven alto y delgado.

—¿Me dices el título?

—Mi vecina es una musa.

—¡Y mi vecino un alcahuete! —proferí sonriendo pensado en Javier.

El muchacho de complexión atlética me miró asombrado sin cesar de reír.

—Oooh, lo siento…, pensaba en voz alta. Ahora te busco tu libro.

Miré en el estante donde guardaban los encargos, tomándolo en mis manos para dárselo al muchacho.

—Gracias —dijo él mirando fijamente mis ojos.

Después de pagarme se despidió cruzándose con Alicia en la puerta.

Devoré el bocadillo de tortilla de patata y me puse inmediatamente a trabajar, en un tiempo récord acabamos el inventario, y Alicia tuvo que acercarme hasta mi casa porque a esas horas ya no pasaba el autobús.

Al día siguiente estaba tan cansada que no me levanté ni para comer, cuando desperté mi madre y mi hermano se habían marchado.

Mi madre me dejó una nota pegada en el frigorífico diciéndome donde estaba, y mi ex-novio una llamada en el contestador automático excusándose por el plantón recibido el anterior fin de semana.

Opté por no contestarle, pues en esos momentos lo prudente era callarse, sabía que se llevaba demasiado bien con su compañera de piso: una alocada universitaria de moral distraída, con muchas amigas y amigos qué pasaban los fines de semana de fiesta en fiesta.

Introduje una pizza en el microondas y después de comérmela me acicalé despacio y salí a la calle a que me diera el aire.

Andaba deprisa porque tenía frió y al doblar la esquina de mi calle tropecé con un chico alto y rubio, que casi me tira al suelo.

—Lo siento —dijo recogiéndome el paraguas—. ¿De qué te conozco?

No sé si realmente no me recordaba o disimulaba. Pensé en decirle que de nada, pero antes de abrir la boca él salió de su amnesia voluntaria.

—Tú eres la chica de la librería. ¿Cómo te llamas?

—Aura —contesté en voz baja— ¿Y tú?

—OM —dijo indagando en mi mirada.

—«Ommm- nipotente, u ommm- nipresente» —respondí sin reprimir las carcajadas— ¿En qué pensaba tu madre cuando te puso el nombre?

—En lo mismo que la tuya, cuando pensó en el tuyo.

Es curioso pero cuando me respondió no me enfadé, me gustó su sentido del humor.

—Ya veo…, bromeas. Es un diminutivo—dije siguiéndole el juego— Puesss, encantada de volver a verte Oz.

—Lo mismo digo, Laura.

—¡A-u -ra! Me llamo Aura; no Laura —le rectifiqué enfurruñada.

—¡OM!, me-lla-mo- om. No OZ, como el mago —dijo riéndose en mi cara.

Y tras darse media vuelta me dejó allí plantada.

Anduve varios kilómetros sin rumbo fijo, de repente empezó a chispear con más fuerza y sentí más frió. El Pub al que siempre iba con mis amigas quedaba cerca y al entrar en él me senté en la barra a esperar que vinieran.

Pedí un batido de chocolate muy caliente y al cogerlo entre las manos, se me derramó encima de la chaqueta de antelina del caballero de al lado.

—Disculpe, le pagaré la tintorería.

—Me conformo con que me invites a un café —dijo mientras se limpiaba con un pañuelo.

—Uhiii…, ummm…, ¡no me había dado cuenta de que eras tú! ¿Qué casualidad? —declaré, al tropezarme de nuevo con él—. Tantos Pubs que hay en la ciudad y has tenido que venir a este.

—Vengo a menudo.

—Pues debes ser incorpóreo, porque yo vengo aquí con frecuencia y nunca te he visto.

—No te habrás fijado bien — rebatió OM sonriendo.

—Puedes estar seguro que un «guaperas» como tú no pasa desapercibido.

Cuando me di cuenta lo que le dije, me puse roja como un tomate; muerta de vergüenza.

Él pareció no inmutarse, es más, gastó una broma con el color de mis mejillas que poco a poco iba en aumento.

Me quedé muda de repente esperando que él cortara el hielo.

Por fin se decidió a decir una de las típicas frases de siempre, que se utiliza en un caso como este:

—¿Desde cuándo trabajas en la librería?

—Desde hace un año, compaginándolo con los estudios de filología —dije algo más tranquila.

—¿Y tienes tiempo para todo? —preguntó sorprendido.

—Sólo trabajo los sábados y cuando en la facultad tengo fiesta —comenté satisfecha—. Y tú, ¿a que te dedicas?

—Soy Mensajero

—¡Qué trabajo tan apasionante!

No debí decir eso pensé inmediatamente, aunque mi frase no pareció molestarle.

—Lo es créeme. Es mucho más emocionante de lo que imaginas.

No le hice ningún caso, pensé que me estaba mintiendo y quería quedarse conmigo.

Sugirió que nos sentáramos en una mesa para seguir charlando.

Le pedimos al camarero dos batidos calientes de chocolate; él esperó unos instantes antes de probarlo. Yo, impaciente bebí y me quemé los labios.

Om sonrió ante mi actitud inquieta.

—Saber esperar el momento oportuno, ayuda a que el tiempo corra en dirección hacia nuestro destino —dijo, siguiendo sonriendo—. Apresurarse innecesariamente produce un retroceso.

Yo me quedé embobada mirando su sonrisa. No sé por qué había dicho esa frase que no venía a cuento, por haber bebido un sorbito de batido caliente. Quemar mi lengua no era un hecho trascendental, aunque si lo era no tener paciencia.

Miré el reloj simulando que estaba ansiosa por ver a mis amigas, pero para ser sincera no tenía ningunas ganas de que vinieran. Quería disfrutar el mayor tiempo posible de estar a solas con Om, no me apetecía nada compartirlo.

En ese momento hubiese deseado que mi ex- novio me estuviese viendo, dejarme sin ninguna explicación lógica me puso de los nervios. Aunque en el fondo de mi corazón, pero muy en el fondo, le agradecí que no me dijera que me había puesto los cuernos.

Como por arte de magia mi deseo se vio cumplido. Giré la cabeza para recoger el abrigo que se me cayó en el suelo, y me lleve una desagradable sorpresa que cuando miré hacia la zona del reservado y reconocí su silueta en medio de la penumbra; haciéndole revisión de amígdalas a otra de sus amigas.

¿Cómo podía tener tan poca cabeza de ir a los mismos sitios que yo iba, para que lo viera?

Aunque mis amigas me avisaron de su carácter libinidoso no me convencí del todo hasta que no lo vi con mis propios ojos.

—¡Será cabrrr…!

Antes de acabar el adjetivo malsonante me contuve sustituyéndolo por el de cretino, no quería causar mala impresión a Om con un vocabulario que normalmente yo no utilizaba.

Para justificar mi arranque de rabia tuve que contarle toda la historia. Después de haberlo hecho me quedé sorprendida de contarle mi vida amorosa a un desconocido, el primer día que lo conocía.

Él escuchaba atento como si realmente le importara lo que me pasaba. Sospeché escasos segundos de que escuchara pero no atendiera, finalmente, me di cuenta que, realmente, tomaba interés por el tema cuando se permitió hacer un breve inciso en la conversación; con un comentario que me encantó:

—Tú te mereces algo mejor.

Lo dijo con una entonación que me encandiló mientras fijaba su mirada azul cielo en mis ojos negros.

Mientras yo hablaba y me desahogaba de mis frustradas relaciones amorosas, él no hizo un solo comentario de su vida privada.

Tras haberlo hecho me di cuenta que tenía que haber cerrado mi boca, no era bueno que un futuro pretendiente supiera demasiado sobre mi vida intima, temía que me etiquetara con un calificativo poco acertado sin conocerme de nada.

Aunque Om no parecía la clase de persona que juzgaran a los demás por lo que contaran; o al menos esa era la impresión que a mí me daba.

Durante la conversación mire varias veces por el rabillo del ojo la zona del reservado. Mi ex-novio sin saber que lo estaba espiando continuaba explorando minuciosamente el cuerpo de la exuberante mujer que tenía entre sus brazos.

¿Cómo pude perder un año de mi vida saliendo con ese idiota?, pensé indignada.

Om, volvió a mirarme fijamente e hizo el segundo inciso:

—Nunca se pierde el tiempo, los aparentes errores de nuestra vida nos enseñan experiencia y sabiduría.

Paré mi monologo de golpe pensando si él sería capaz de leer mi pensamiento, o simplemente era un observador preciso capaz de detectar mi estado anímico a través de mis gestos, palabras y miradas. Era mensajero y estaba acostumbrado al trato directo con los clientes, con lo cual deduje que sería un buen conocedor de la psicología errabunda.

Llegué a la conclusión que sólo fue casualidad que la frase que dijo encajara en el contesto preciso de mi pensamiento.

El tiempo fue pasando y me iba relajando; sorprendentemente se me estaba olvidando que a pocos metros de mi mesa, un hombre con el que compartí algo más que arrumacos disfrutaba gratamente de otra compañía femenina que no era la mía.

Om seguía sin despejar los labios y a mí me reconcomían las ganas de saber si tenía novia o era libre como el revoloteo de los pájaros.

No me atreví a curiosear por temor a que pensara que era una descarada. Lógicamente si perdía su tiempo conmigo no estaría comprometido, aunque cuando mi ex-novio lo estaba quedaba con quien le venía en gana y yo pasaba horas esperándolo, desesperada.

Y hablando del diablo, tras de haber disfrutado de un magreo extenso con la siliconeada rubia de piernas largas, se dirigía hacia nosotros en busca del aseo de caballeros.

El corazón comenzó a latirme con fuerza de rabia y en un impulso repentino de despecho acerqué mis labios hacia los de Om y fingí darle un beso.

Digo fingí porque le di un beso como se lo dan los actores en las películas poniendo mis labios en su barbilla.

No sé cuál de los dos se quedó más sorprendido por mi gesto tan imprevisto, pero cuando mi «ex» se metió en el aseo de caballeros, me disculpé inmediatamente con Om explicándole mi reacción; justificando mi comportamiento.

Om dejo escapar de una onomatopeya discreta, sin embargo, a mí me pareció oír que alguien ponía el grito en el cielo. Sería mi novio muerto de celos.

—¡Por el amor de Dios!, ¿has visto lo que ha hecho esa mujer?

—Ha fingido darle un beso —dijo Sara a su celestial compañero, restándole importancia.

—Pero es su ángel guardián y tiene prohibido tener contacto carnal.

—¡Qué exagerado eres! —exclamó Sara— Además la chica no sabe quién es.

—Tú siempre justificando a tu discípulo. Estas situaciones deberían estar bajo control — rebatió—. Si hubieseis mandado a esta misión a un ángel más experimentado esto no hubiese pasado.

¡Cualquier día de estos, dejáis a un ateo a las puertas del cielo!

—Mi noble y buen compañero tú serás siempre el fiel guardián del umbral del paraíso, las llaves te pertenecen desde hace siglos.

—Sara me hago viejo… Tú perteneces a una generación moderna como la de Om, veis las cosas desde otro prisma.

Sara se hecho a reír inmediatamente ante la observación de su compañero: En la eternidad no se envejece. No hay espacio ni tiempo; todo lo que sube baja manteniendo el equilibrio entre los opuestos.

—Tranquilízate y confía en él —le sugirió la celestial bendita—. Om tiene pocas plumas en las alas pero el «Todopoderoso» le ha encargado esta misión, y él mejor que nadie sabrá lo que hace.

—Tienes razón, de todos modos está te siempre vigilándolo, puede necesitarnos. Esa chica tiene una parte negativa extremadamente fuerte —sugirió el guardia de las llaves—. No será fácil reconducirla hacia la luz.

Ajena a la conversación divina, Aura veía por el rabillo del ojo como Ricardo salía del lavabo para regresar junto a la rubia de la minifalda de cuero. Al llegar a su altura la saludó mosqueado y ella lo ignoro por completo, simulando no oírlo.

—Parece que los busque adrede —comenté, refiriéndome a Richard y a antiguos amores—. ¡A cuál de todos es más desvergonzado!

—No lo dudes los buscas. Cada individuo atrae hacia si mismo el aprendizaje que necesita en la vida —me confirmó Om—. ¿Realmente deseas tener una relación estable con alguien, o por el contrario buscas ser independiente y pasar el rato con un hombre, de vez en cuando?

Me quedé estupefacta con sus palabras. Desde que mis padres se separaron ningún hombre mereció mi confianza.

Tenía pánico a comprometerme. Aquel joven desconocido estaba revelándome una gran verdad que me negaba a aceptar: —yo provocaba la atracción de esa clase de hombres porque no quería estar en la tesitura de formar una familia—.

El recuerdo de mi infancia me aplastó como una losa y heridas no cicatrizadas resurgieron en mi memoria.

No quise admitir con mis palabras que estaba en lo cierto y con tono de indignación le contesté inmediatamente.

—¿Estás insinuando que yo soy como ellos?

—En absoluto. Todavía no has encontrado al hombre digno de tu confianza. Al hombre que te haga cambiar ese comportamiento rencoroso y te muestre un camino con diferentes alternativas.

De nuevo me puse en guardia, estaba otra vez en lo cierto pero mi reacción fue volver a enfadarme.

—Cuando quiera un consejo gratuito ya te lo pediré, mientras tanto abstente de dármelo.

—Pues pensaba darte otro acerca de tu vestuario —dijo tan tranquilo.

Mis pupilas empezaron a dilatarse y la bilis aumentaba su porcentaje en la víscera. Me contuve en no decir una grosería e intentando guardar la compostura le pregunte que tenía de malo mi indumentaria.

—Debe ser por empatía a estas fechas que vas tan adornada como un árbol de navidad —contestó con retintín.

Me revisé de abajo arriba sin poderlo evitar, y solté una carcajada enorme cuando caí en la cuenta de las baratijas que llevaba encima.

—Y… ¿algo que objetar sobre mi maquillaje? —pregunté observando la pulcredad de su ropaje.

Pensé que se cortaría y no me contestaría pero no lo hizo. Además de ser mensajero debía estar pluriempleado en un salón de estilistas.

Acercó su mano derecha a mi barbilla y con suavidad dirigió mi rostro hacia una tenue luz que emanaba de un minúsculo foco en la pared.

Se quedó unos segundos contemplando mis ojos y mientras me miraba me sentí una mujer afortunada, por estar junto a un hombre de su calidad humana. Mi maquillaje era horrible pero a él lo único que le importaba era lo que había detrás de las ventanas de mi alma.

—¡Eres realmente hermosa deberías dejar de utilizar mascaras! —exclamó simulando que hablaba del maquillaje.

—Las mascaras me protegen, deshacerme de ellas sería como deshacerme de una parte importante de mi misma —declaré sabiendo a lo que se refería.

—Así que detrás de toda esa fachada de mujer fuerte se esconde una niña tímida e incomprendida —me dijo secándome con una servilleta unas lagrimitas que resbalaban por mis mejillas—. ¿Cuál es tu historia?

—La historia de una familia rota, una adolescencia difícil y varios desengaños amorosos —respondí con reparo—. ¿Y la tuya?

—Te la contaré mas adelante, cuando seamos amigos —respondió con cariño.

—¿Tú crees que se puede ser amiga de un hombre que te gusta?—le pregunté sin pararme a pensar lo que decía.

Sonrió y no contestó. Se levantó, pagó la cuenta y me ayudó a ponerme el abrigo para salir fuera.

De nuevo me pareció oír otro grito; seguramente sería Richard invadido por los celos.

—Saraaaaaa —gritó el guardián de las llaves alterado llamando a su compañera.

La mujer celestial dejo su tarea y acudió volando, rauda, desde la séptima avenida de nubes nacaradas.

—¿Qué sucede? —inquirió asustada.

—¡¿La Harley era necesaria?! ¡Menuda ostentación!

Una flamante moto aguardaba en la puerta del Pub esperando a que Om la pusiera en marcha.

—Ha de jugar en su terreno, con sus normas, de lo contrario no conseguirá que le abra su corazón y no podrá ayudarla —lo relajó Sara—. Tengo permiso del «Jefe» para hacer lo que he hecho.

El paseo en moto fue corto y al dejarme en la puerta de mi casa me quedé con las ganas de que me pidiera una segunda cita, no obstante, mi intuición me dijo que volveríamos a vernos...



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Felicidad López VilaEn 1987, a Felicidad López Vila, tras dudar entre matricularse en las facultades de Filosofía o Psicología, un casual e imprevisto viaje le cambió el rumbo de su vida y se interesó por el estudio de las terapias alternativas, la metafísica y la parapsicología, al tiempo que cursaba estudios en la Escuela Oficial de Idiomas y desarrollaba su faceta como pintora.
En el trayecto, un desconocido le propuso escribir un libro y aunque al principio se negó, finalmente acabó accediendo al quedar fascinada por la dualidad abstracta de la existencia.



Ξ Web de la autora:
http://www.blogs.ya.com/mariaaixasanz/


Tropecé con un ángel:
Registro general de la propiedad intelectual.
N.º de asiento: 09/2004/2710
ISBN:978-84-96621-45-9

· Información sobre la adquisición de esta obra en la web
de la autora: http://felicidadlopezvila.iespana.es/



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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 38 / febrero - marzo de 2008
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