|

La Mitad de los Cristales,
de
Adolfo Marchena
y
Luis Amézaga
___________________
Juan Manuel Uría *
«Quiero hacer dibujos que golpeen a ciertas
personas» le decía en una carta Van Gogh a su hermano Theo. Tanto Luis Amézaga
como Adolfo Marchena se han unido en este libro para escribir desde la misma
premisa estética: el arte a puñetazos. La literatura filosa. La prosa poética
honesta y sin concesiones. Quien lea La Mitad de los Cristales no saldrá
indemne. Sirva esto de aviso al lector desprevenido. Porque acabará golpeado.
Porque cada uno de los 114 textos es un puñetazo. Un puñetazo que, como querían
los surrealistas, conmueve. Pero es esa conmoción precisamente lo que ha de
provocar la literatura. La buena literatura. Y La Mitad de los Cristales
lo consigue. Una rareza entre tanto libro aséptico que se publica hoy en día.
Libros que no huelen a nada. Y un libro debe oler, a rosas o a mierda, pero
oler. «Al principio fue el asesinato, luego llegó el verbo. Dos escritores se
sientan en la mesa de un café, en Dortmund». Así comienza uno de los textos. Y
aquí empieza todo. En el Dortmund. Donde los escritores proyectan escribir el
libro. Y se conjuran. ¿Qué es La Mitad de los Cristales? ¿Un libro de
relatos? ¿De poemas en prosa? Me resisto a encapsular el libro en algún género.
Tanta manía que nos entra siempre con la clasificación y con el orden. Porque,
además, la buena literatura, la que conmueve, es inclasificable. Es
intergenérica. ¿Qué es La Mitad de los Cristales? Un buen libro.
Literatura de la buena. De la que huele y golpea. Cada relato es bello en el
sentido surrealista de convulsivo. Y la belleza será convulsiva o no será.
Porque soy de los que piensan que la literatura ha de hacer eso, conmover,
remover, incomodar. Todo menos dejar al lector indiferente. Todo menos
entretener, como si la literatura sólo sirviera para entretener. Este título es
un arma. Porque huye y busca un arma, y hace de esa arma un libro. Y el que lo
lea sentirá ese impacto en la conciencia, en la cabeza, en el corazón o en el
alma. O todo junto. No hay más que decir.
* Autor del libro
Quién es Werther.
_______DOS
TEXTOS DE LA MITAD DE LOS CRISTALES_______
Medias
El escritor observa a través de la concavidad de las
medias. Un bosque lejano en la ribera de la barra. La
mujer que ojea una revista. Ruido en la esquina del
tránsito. Las marionetas han dejado de bailar y beben
cerveza caducada. El hueco que deja la tapa de la
alcantarilla se torna entrada de un hormiguero. Las
medias cubren los abismos, las piernas de seda de una
mujer morena. El escritor desvía la mirada y se adentra
en la jungla de su cabellera, pintura acrílica. En la
distancia de los corceles enlutados. El negro de la
noche y los vestidos de novias descontentas. Cualquier
acercamiento a la conversación revela un trance. Mirar
no deja de ser un gesto oneroso. El escritor regresa a
las páginas y la mujer morena desaparece entre el cutis
de las medias.
Parte de la misma tajada
Las líneas
discontinuas de la carretera nos leen el futuro. Somos tan frágiles que no
guardamos una copia de seguridad. ¿Me llamabas? Quién eres tú. Soy yo mamá. Mi
hijo era mucho más guapo y más alto y vestía con elegancia. Mira, llueve. No,
son lágrimas, mamá. Qué hago aquí. Estás en casa, conmigo. ¿Ya lo sé, te crees
que me he vuelto loca? Ven que te peine. Que me peine la niña. En esta casa no
hay niñas, ya no. Berta tiene cuarenta años y vive en Valencia. Quién es Berta.
Tu hija, mamá. Deje de llamarme mamá, impostor. La mente da vueltas en busca de
una pista fiable. Tortura es sufrir sin saber quién sufre. No es posible la
muerte digna cuando se deriva de la vida autómata. Bebe, mamá. Me quieres
envenenar. No digas bobadas. Un rayo de sol y deja de prestar atención a las
caricias. Allá que se van sus ojos para perderse sin remedio. Los gatos son
menos indiferentes a lo humano. Pero también les gusta la luz que calienta. En
qué soñará su madre, piensa mientras tira el pañal sucio. Se está volviendo, a
pesar de las apariencias, en un ser amargado. Su madre está desaparecida en un
laberinto y él ha hipotecado una posibilidad de vida, la que fuera. Dos por el
precio de uno, murmura cuando acaban de dar las señales horarias en la radio.
______________________________
______________________________
|