El talento y
el valor










una serie de reportajes por

Guillermo Ortiz López
 

____________________________________________

Borja Cobeaga.
De Vaya Semanita a
la alfombra roja de los Oscar


«Lo primero que pensé cuando me dijeron que estaba nominado a los Oscar fue que sonaba a chiste». Es un chiste muy bueno: dos compañeros de clase en la UPV y compañeros de piso en Madrid, ambos por debajo de la treintena, consiguen pisar la alfombra roja de Hollywood. Nacho Vigalondo y Borja Cobeaga, de las clases de Patxi Urkijo a los abrazos con Spielberg.

Borja pide una cerveza y se la bebe en seguida, estamos al lado de su casa, en la glorieta de Atocha, una franquicia llamada Los Zuritos. Nos conocimos en el Festival de Medina del Campo y concretamos la entrevista en Segovia. No ha sido fácil. Desde su nominación, no para de enlazar conferencias, festivales, guiones, cursos y otras entrevistas.

«Al principio fue una locura —admite—. Sólo podías pensar en salir adelante en medio de la marea de cosas por hacer: DVDs, pósters, invitados, periodistas... Seguí el proceso con cierta distancia. El corto ganó el Festival de Aspen y de ahí pasamos a los diez preseleccionados y el día que daban las nominaciones finales, yo estaba grabando un anuncio y ni siquiera quise enterarme. Ya sabía que me iba a llamar todo el mundo tanto si lo conseguía como si no. Un amigo incluso me mandó un mensaje la noche anterior que decía: “la única finalidad de este mensaje es ponerte nervioso”».

Eso que Borja es un tipo de todo menos nervioso.

Tampoco es mitómano, por eso al principio Hollywood no le intimidaba. «No “era” mitómano, pero te acabas volviendo, es inevitable —matiza—, por ejemplo, estás con Steven Spielberg... Cuando yo era pequeño y ya quería dirigir películas, todos los familiares venían y te decían “¿qué?, ¿vas a ser como Spielberg?”; Spielberg es el director por antonomasia, y de repente está ahí en la fiesta de nominados. Es de una irrealidad absoluta».

Como por ejemplo compartir mesa con Will Smith y su mujer, con Iñárritu y su mujer, con David Martí, quien acabaría ganando el premio a mejor maquillaje por El laberinto del Fauno.

«Nos fuimos 30 amigos para allá y yo tenía la sensación de que no quería que pasara la semana nunca. No quería que se acabara... aunque cuando pasó, fue casi un alivio poder volver a la vida normal». Éramos pocos no ganó el Oscar, se lo llevó el musical West Bank Story, una comedia que recrea el conflicto entre Israel y Palestina en clave de Leonard Bernstein. Queda el recuerdo, claro. Y una atmósfera inigualable:

«En Los Ángeles todo el mundo vive para el cine. Está lleno de carteles, de anuncios. Estar ahí y nominado es la rehostia. Se vive muy en serio. En la ceremonia, todo el mundo cumple como profesionales. Nadie bosteza, nadie se aburre, todos son conscientes de que es la gran noche y que hay que cumplir».

La primera vez y el mundo de los cortometrajes

Pero Borja Cobeaga no cayó al mundo nominado al Oscar, claro, antes hay un trabajo y una trayectoria.

Como hemos dicho, estudió Comunicación Audiovisual en la UPV, compartiendo campus con Nacho Vigalondo, Borja Crespo y Koldo Serra —«ellos son más de género, mucho más influenciados por los cómics, yo soy más costumbrista...»—, hizo su buena porción de cortos en vídeo, y cuando ya tenía el guión de La Primera Vez decidió enseñárselo a su gran musa, Mariví Bilbao.

«Era un pequeño corto en vídeo que pasó a cine por una subvención. Yo conocía a Mariví de los cortos de Koldo Serra, era el buque insignia del corto vasco, antes de pasar por Aquí no hay quien viva, pero siempre le daban papeles de macarra...». En La primera vez no, Mariví hace de virgen de 70 años que llama a un gigoló para desquitarse.

«Las madres y las abuelas son los personajes que más me interesan. Son muy observables, como personajes y como público. De hecho, es como si buscara la aprobación de las madres, es una buena señal», dice riendo.

Con Mariví Bilbao siguió a su siguiente proyecto, Éramos pocos, y ahí ya se consolidó definitivamente en el cerrado mundo del cortometraje: festivales, selecciones, premios... «Te sientes como un caballo de carreras. Siempre son los mismos cortos en cada festival y es casi un milagro que no acabe en una guerra mezquina, en una competitividad insana. Eso creo que es porque en el fondo todos somos majos, así que nos acabamos haciendo amigos».

Amigos como, por ejemplo, Luiso Bermejo y Jorge Dorado, directores de La Guerra y ganadores del Premio Almería en Corto 2006.

«El premio consistía en una subvención para rodar un wéstern en Almería, pero ellos no querían hacerlo. Les estuve insistiendo tanto que al final me propusieron que participara, así que hemos hecho tres cortos de cinco minutos, sin ninguna unidad ni puntos en común».

Un wéstern costumbrista y cómico, claro. Río puerco: la historia de un sheriff que no se lava desde hace años, exactamente desde que le dejó la dueña del saloon. Ante la visita del Gobernador Marshall, todos en el pueblo le piden que cambie de aspecto, que no dé esa imagen... «Tomé la idea del sueño que tiene Pepe Isbert en Bienvenido, Mr. Marshall y convertí a Marshall en un gobernador. Al principio no me gustaba el wéstern, pero gracias a Patxi Urkijo y sus clases me empezó a apasionar por lo arquetípico que es y todas las variaciones que se pueden conseguir dentro de esos arquetipos. Por ejemplo, la película de Koldo Serra, aun estando ambientada en el País Vasco y en los ‘70, es más un wéstern que una película de terror...».

Adaptar el estilo propio a un género. Confundir el costumbrismo vasco con trajes de época del Oeste americano... ¿Qué es lo que hace bueno a un cortometraje, en cualquier caso? «Ceñirse a una idea, ser muy fiel y contar exactamente lo que quieres contar, sin irte por las ramas. La mayoría de los cortos que ves de gente que empieza mejoran si les quitas algo del principio o del final o del medio y dejas sólo la idea central desarrollada». Borja viene de un taller de guiones en Galicia con Nacho Vigalondo y sabe de lo que habla. «No hay que caer en digresiones e intentar abarcar demasiado». Aprender a escribir, también en el mundo de los guiones, es aprender a borrar.

De Gran Hermano a Vaya Semanita

«Paso al largo porque quiero ganarme la vida con esto y con los cortometrajes no te da para ganarte la vida». Claro, por eso, tanto él como Nacho, como Koldo combinan cine con televisión, anuncios, video-clips. «Yo empecé como realizador en Zeppelin, hice Gran Hermano II, III y IV. Después de eso y con el éxito de La primera vez me llamaron de la ETB para hacer un programa piloto, les gustó y me encargaron dirigir Vaya semanita».

Para los que no lo sepan, Vaya semanita es un ácido programa de humor de la televisión vasca en el que se parodia la situación política y social sin dejar títere con cabeza. «Al principio, no funcionaba. Salíamos en los zappings pero no teníamos audiencia. Así que decidimos ser más cañeros. Y cuanto más cañeros éramos, más audiencia empezamos a tener. La idea era hacer un Informe Semanal pero en broma. Hay capítulos que me gustan más que mis propios cortos», afirma.

«Jugábamos con la ambigüedad moral y política: cada partido pensaba que nos metíamos con el otro, era una crítica que se podía entender por muchos sitios. Intentábamos hacer un humor liberador, de la calle. Llevar los chistes de la cuadrilla a la televisión, una especie de catarsis». Vaya semanita se convirtió en el programa más visto de la ETB y Borja se volvió a Madrid para colaborar en Splunge, pero las cosas no fueron tan bien. «Aprendí mucho, claro, pero no era una cosa tan personal y no funcionó».

Y, después, ya saben: Éramos pocos y Hollywood. Borja hace recuento de los mejores cortos de los últimos años: Sintonías, For(r)est in the Des(s)ert, Cirugía, Avant pétalos grillados e intenta recordar los mejores que haya visto nunca. Como es una labor inmensa sólo menciona Invulnerable, Campeones, Mala Espina y, por supuesto, Código 7, una de las obras maestras de Nacho Vigalondo.

Planes de futuro: Otegi haciendo de Robert de Niro

Es tarde y anochece sobre el Reina Sofía. Unos inmigrantes terminan su partido de fútbol en el patio y los niños vuelven a casa para cenar. Nos quedamos hablando de literatura. Nacho Vigalondo alucina con Philip K. Dick, y Borja es más terrenal: «Me encanta Patricia Highsmith, sobre todo los relatos. Me gustan no sólo por sus historias de misterio sino por el cuidado que pone al describir cada escena, es capaz de poner exactamente qué cenaron, cómo era cada habitación, qué llevaba puesto cada personaje, qué gestos hacían...».

Quedan para el final los planes de futuro. «Ahora mismo estoy con la segunda versión del guión para un largo. Es un encargo de Telespán, una comedia sobre el mundo de la cocina».

Sin embargo, esa no es su gran apuesta personal. Esa queda para un poco más tarde. Ocho apellidos vascos, se llama. «Es una historia tipo Los padres de ella pero en vez de Robert de Niro, el padre de la novia es algo así como Arnaldo Otegi, y es una representación y crítica de “lo vasco” pero en comedia».

Algo que, yo al menos, pagaría por ver.

Nos levantamos de nuestra mesa junto al ventanal, Borja invita, andamos hacia su casa y nos despedimos ahí. Hablamos de festivales pasados y futuros, experiencias como concursante y como jurado y los dos sabemos que nos volveremos a ver. Es un mundo demasiado pequeño como para evitarse, un mundo en el que dos compañeros de clase acaban en el Teatro Kodak compartiendo asiento con Kirsten Dunst.

Fin del chiste.


_____________________________
Reportaje por Guillermo Ortiz López
Web de Guillermo Ortiz: http://www.guilleortiz.com/



Revista Almiar (Madrid; España) - n.º 34 - junio/julio 2007 (Aviso legal)

Literatura l Fotografía l Pintura y arte digital l Artículos l Página principal