El talento y
el valor










una serie de reportajes por

Guillermo Ortiz López
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Vanexxa, recuerdos de La Mala Rodríguez
con doble incógnita intercalada


La Mala Rodríguez empezaba su primer disco con la siguiente declaración de intenciones: «A mí no me saques tu genio que te lo mato». Era un disco duro, violento, rabioso... Vanexxa, con la que muchos la comparan, sigue un camino parecido pero con un tono distintivo de feria ambulante, de cabaret alemán, de «pasen y vean», repitiendo una y otra vez «Funcionario bueno, funcionario muerto».

Chicas valientes, temerarias casi.

Primera visión de Vanexxa en el Elástico, discoteca madrileña de sábado noche. Un espectáculo con bailarines y sombrero, con una sensualidad y vitalidad que desbordan pese a la hora, pese al aturdimiento del público, pese a los problemas de intendencia.

La conciencia de que hay ahí algo muy bueno, diferente, especial, desde los primeros ritmos de Cuentos chinos —«fue lo primero que grabé con Killer B», reconocería después— pero también La desheredada, claro, la canción que le ha dado cierta fama en el mundo underground, de pequeñas salas y descargas de Internet, y que parece que puede llevarla a cotas más altas —o más bajas, según definamos la palabra éxito...

Y es que Vanexxa tiene claro lo que es triunfar y lo establece así desde el principio, y es importante que todos lo entendamos bien, porque su disco es eso, porque ella es eso y porque, además, es muy probable que lleve razón: «Triunfar es algo completamente subjetivo, nada que ver con lo que los demás opinen. Consiste en hacer lo que tú quieres y estar orgulloso». De acuerdo, y para eso, por supuesto, hace falta talento y también valor. Atreverse a que los demás te juzguen es complicado, atreverse a que uno mismo sea el juez, una heroicidad.

Segunda visión: en Subterfuge Records, uno de los clásicos de la música indie española desde los tiempos de Dover, Los Fresones Rebeldes, Sexy Sadie... los mágicos ‘90. Un lugar extraño, contradictorio, ambiguo, si se quiere. Como su nueva estrella. Una oficina de rock situada enfrente de la flemática Embajada Británica, en pleno barrio de Chamberí, quinta planta de un edificio con un ascensor de los que te alegran el día: rejilla, paso lento entre las filas de escaleras, incluso un pequeño asiento acolchado que recuerda tiempos de posguerra...

Vanexxa, casi irreconocible, apareciendo detrás de Gemma, la responsable de prensa. Viene de hacer dos entrevistas seguidas pero está fuerte y con ánimo y no quiere descansar y me despido de un pequeño gato que se encarga de provocar desgracias —como todos los gatos— y entramos en una sala enorme con botellas de agua, mesa de reuniones y varias sillas...

La esperanza y «los otros»

Es complicado explicarlo. Parece tenerlo todo tan claro... Es tan directa en sus respuestas que uno se siente pequeño a su lado. Quizás sea ella, quizás sea yo, imposible saberlo. El caso es que el torrente Vanexxa, el mismo que explota en los escenarios, me pasa por encima en cada respuesta entusiasta, en cada explicación de la idea principal de su disco, de sus canciones: «Soy la desheredada».

¿Y cuál era la herencia? «La esperanza».

Un mundo que nos ha quitado la ilusión, la amenaza de unos «otros» sin rostro, los que no nos valoran, los que han establecido las reglas, los que no permiten la excentricidad y sólo buscan el resultado. Imposible el término medio y ella misma lo reconoce: «Uno pone la esperanza fuera y de repente se da cuenta de que no te van a dar nada. Si quieres considerarte actriz, tienes que trabajar con Almodóvar. No puedes decidir lo que eres al margen de los resultados que ofreces. O triunfas o se ríen de ti, o vendes muchos discos o eres una loca».

Ante eso, la ironía, el escapismo, el truco de feria ambulante, la carretera y el cambio permanente, construir personajes pero que no son ajenos a uno mismo. Herencia de Cristina Rota y es que no olvidemos que Vanexxa, más que rapera —o, más bien, además de rapera, aunque a ella no le gusta considerarse así— es una mujer de teatro.

La huella de Cristina Rota está en cada gesto, en cada declaración. «Estuve seis años allí y fue una de las mejores cosas que he hecho nunca. No sólo te inculcan cómo actuar, cómo trabajar un personaje... sino el valor de la independencia creativa, lo que cuesta esta profesión, aprender a respetarla, disfrutar del esfuerzo... Sé que suena un poco a Fama pero es que es así».

Una perspectiva desde la que ver la vida, un posicionamiento claro. «Ideología», lo llama ella varias veces. Y de ahí que pasara de popera con ritmos Rosenvinge en 1992 —apenas 16 años, Recuerdos de mi adolescencia con BMG, su primer disco— al hip-hop crítico, rebelde, de la calle. «Yo no me considero una rapera, pero no soy una pija, ya lo ves, vengo de la calle y tengo un mensaje crítico que transmitir. El hip-hop me fascina por eso, no sólo por la pasión por la lírica, el gusto por la rima, por buscar la palabra exacta, sino por su actitud».

El hip-hop como medio de expresión y la ausencia de término medio

Sí, es probable que el hip-hop sea el movimiento musical que más cuida el mensaje, que más cuida la forma, huyendo en lo posible del tópico amoroso, y en el que es más fácil expresarse, desahogarse, romperse, jugar con las palabras para sacar lo que hay dentro... Pasar de Electra a Edipo, de Antígona a Holden Caulfield. Hay margen para todo.

«No he tenido nunca ningún problema con la gente del hip-hop porque saben que soy sincera en la vida y en el escenario. No hacemos lo mismo. Nosotros nos movemos más cerca del cabaret, con mucha interacción, mucho espectáculo... Tenemos un punto caótico, contradictorio, ambiguo... pero siempre dentro de la sinceridad».

Espectáculos con «La China» Patino, buenas relaciones con la Mala Rodríguez, años de teatro en verso con la Fundación Shakespeare, musicales en los que interpretaba a Pipi Calzaslargas... algo así como tres vidas en una. Personajes contradictorios pero con conciencia, con valentía, con actitud... Increíble que no conozca a la catalana Mürfila, se llevarían tan bien...

«Yo no pensaba en editar un disco. Llevaba un año y medio o por ahí con el espectáculo de Vanexxa, en pequeñas salas. Grabar era un sueño en el que no pensaba. Pero se ha cumplido y está bien».

Se rompe o se raja —el propio título del disco ya deja clara la imposibilidad del término medio, la afirmación rotunda de la individualidad frente al entorno hostil— es un deleite para el aficionado al psicoanálisis. Para mí, por ejemplo. Prácticamente en todas las canciones aparece una figura paterna, le digo, y Vanexxa sonríe y aclara: «Pero de maneras muy distintas, a veces es claramente Electra como en Quiero papá, otras veces es más irónico como en Puedo hacerlo bien. En Pony girl es más una cuestión de autoridad, el reflejo de la autoridad que siempre se busca en un padre o una madre».

Y frente a la figura paterna, la figura materna, transformada en ex novia. «Es que los tíos sois muy pesados con las ex novias, me ha pasado varias veces de quedar con un tío que me interesa y para romper el hielo que se ponga a hablar de su ex novia, ¿y a mí que me importa su ex novia o lo que le hizo?». Completamente de acuerdo.

Un feminismo moderado. Una individualidad irredenta

No es una feminista, no se considera una feminista... pero tampoco acepta que las cosas hayan cambiado demasiado en la sociedad. Así define la imagen de la mujer en Mi mujercita: «Me esforcé en ser femenina: guapa, correcta y sumisa». «Yo, lo siento —dice— pero la mayoría de los tíos no os enteráis de lo difícil que es ser mujer, de la cantidad de barreras que siguen ahí y que hay que saltar cada día. Conversaciones en las que te incluyen y otras en las que te excluyen automáticamente sólo por ser tía. Es desesperante».

Por eso, le resulta especialmente divertida la letra de Hey —Julio Iglesias— cantada por un tío y por eso la quería cantar ella, como mujer, y con tintes rock. «Por eso y porque tiene muchas connotaciones familiares, la escuchaba mucho de pequeña». Versionear a Julio Iglesias: eso es una muestra de valor y de contradicción. Huir de las comparaciones abstractas pero regodearse en las concretas: «Por supuesto que me encanta que me comparen con La Mala o con Nina Hagen o con Christina Rosenvinge... ¿cómo me va a molestar si yo las adoro?».

Pues sí, hay algo de la delicadeza de Christina, algo de la rebeldía punk de Nina Hagen y mucho del desencanto versado de La Mala. «Me encantan vuestros discos —reconozco— porque son como un chute de vitalidad. Si estás de bajón, te pones Lujo Ibérico y te quieres comer el mundo, contigo, me pasa igual».

Y no es fácil, porque uno tiene que convivir con muchas dudas y muchos complejos y todos tenemos amenazas sin cara, ocultos bajo un pronombre: «ellos». El infierno son los otros, dijo Sartre, y tenía toda la razón. Ahora bien, a veces, el infierno somos nosotros y nuestros ataques de pánico, de inseguridad... por eso hace falta teatro y espectáculo y necesidad de mover el culo, buscar en Artépolis, en la Sala Triángulo, en la Sala Mirador... donde sea.

Buscar, ante todo. Respeto por el talento y el trabajo bien hecho. Pasión por el valor y la adrenalina. Vanexxa, agotada, ahora sí, que se despide con la misma cordialidad y la misma energía que me ha pasado por encima durante una hora y pico. Un combate nulo, los dos boxeadores tumbados en el ring hasta que el árbitro cuenta diez y uno de ellos coge el ascensor hasta la planta baja, tentado durante cinco pisos de sentarse a descansar en aquel respaldo improbable, de sueño o pesadilla, de feria ambulante, cabaret y parada de los monstruos.

 

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Reportaje por Guillermo Ortiz López
Web de Guillermo Ortiz: http://www.guilleortiz.com/



 

Revista Almiar (Madrid; España) - MARGEN CERO™ / n.º 30 - noviembre 2006 (Aviso legal)

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