El talento y
el valor










una serie de reportajes por

Guillermo Ortiz López
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Xenia Tostado: Un futuro en secreto

Esta serie de reportajes acaba varios meses después, una tarde de verano dando vueltas alrededor de un quiosco improbable de la glorieta de Bilbao. Un sitio donde venden periódicos y revistas, sí, pero también obras de Aristóteles y DVDs de Humphrey Bogart. El porno y Tucídides separados por unos escasos centímetros. Un concepto global.

Estoy esperando a Xenia Tostado, y eso es mucho esperar. Está aparcando el coche pero no encuentra sitio. Ni siquiera ha llegado agosto a Madrid y las facilidades no son demasiadas. No nos conocemos demasiado, pero sabe quién soy a la primera. Antes, nos habíamos visto en una bodega de Medina del Campo, de manera fugaz, yo le expliqué quién era y ella me dio su email, eso fue todo.

Pero se acuerda, curioso...

Antes aun, Xenia Tostado en la pantalla gigante del cine, un día de inauguración. Álex González y ella sentadas en un banco, de madrugada; Miguel Ángel Silvestre, tirado en el suelo, durmiendo la mona. Se quieren pero no se lo dicen. Junto a los tres, Dolly Parton recortada en cartón. Es el último corto en el que ha participado, pero no el primero.

«Aunque sí el más profesional de todos, a partir de ahora me gustaría trabajar sólo en producciones así», dice en el Café Ruiz, donde hemos ido tras comprobar que el Colonial está cerrado, «pasé un casting, me gustó la historia, me pareció simple y bonita y luego trabajar con David fue una gozada». Hablamos de Dolly, premio al mejor proyecto en 2006 en el Festival de Medina del Campo y que ya pasa de festival en festival buscando premios y selecciones.

La frenética carrera de los cortometrajes en un país donde, en cada pueblo, por pequeño que sea, los festivales van comiéndole terreno incluso a las corridas de toros como evento cultural del año.

Sin embargo, obvio, Xenia no ha empezado por aquí. Nació en un pueblo cerca de Igualada, en Barcelona, ya entrados los ‘80 y estudió teatro allí hasta que, con 18 años, decidió venirse a Madrid para seguir estudiando. En medio, castings multitudinarios, apariciones en anuncios de televisión y algunas fotografías para revistas. «Hay castings en los que te tratan como un rebaño de ovejas y lo peor es que siempre piensas que todas las demás ovejas son mejores que tú. Nunca me quedo satisfecha con lo que hago, siempre creo que lo puedo hacer mejor».

Hasta que la suerte llamó a su puerta, recién cumplidos los 21 años: Telecinco organiza una prueba para Javier ya no vive solo, la gran apuesta de ficción, con Emilio Aragón, Fernando Guillén Cuervo y Emilio Gutiérrez Caba. Su personaje: Lucía, una adolescente. «Fue un proceso largo, primero hicimos una prueba con mucha gente, dos semanas después una segunda prueba y ya tres semanas después de eso me llamaron para confirmar que me cogían».

Los nervios, claro. «Estaba muy contenta pero también tenía mucho miedo, no sabía cómo canalizarlo. Me ayudaron mucho, todos, porque yo creía que no iba a estar a la altura». Pero lo consiguió y se convirtió en una pequeña celebridad a una edad muy temprana. «Eso también me daba miedo. Por ejemplo, el día que estrenaron la serie quedé con unos amigos para ver el capítulo y al día siguiente confiaba en que nada hubiera cambiado, me horrorizaba la idea de que me reconocieran. Y no, nada cambió, fue un alivio».

Aunque lo que sí cambió, definitivamente, fue su carrera. «Aprendí mucho como actriz y sobre todo aprendí a trabajar. Trabajar es muy distinto a todo lo demás. Tienes que aprender que ya no eres un niño, que tu vida personal no importa, que eres un profesional. Hay que alcanzar un gran nivel de madurez y tener la cabeza muy en el suelo».

La serie duró en torno a 25 capítulos y su carrera parecía enfilada, pero no.

«Entonces surgió el parón», afirma Xenia, igual que yo hablo del bloqueo para explicar una parte de mi vida de escritor, «pero es que tenía que llegar. Lo que he aprendido en la vida es que las cosas pasan por algo siempre y que no hay que obsesionarse. Todo llega. Tenía que aprender mucho y me dediqué a aprender». Aunque queda la inseguridad, claro, de una profesión siempre en el filo. «A mi familia le preocupaba que tuviera dinero para mantenerme, que pudiera vivir de esto».

Y podía: colaboraciones en Promedio rojo, Cuba libre, actuaciones esporádicas en series de televisión que sirven para seguir adelante. «Hay que hacer algo, siempre hay que hacer algo», hasta que llega David Pinillos y la coge para Dolly. «Ojala todo el mundo se tomara las molestias que él se toma. Es muy humilde». Y, de repente, la sensación de que las cosas van a cambiar.

«Tengo un proyecto de televisión», dice, con su sonrisa inocente y cómplice, «pero no te puedo decir qué es». Está bien, no insisto. «Es una serie, eso es todo». ¿Y salir de la televisión? «Me encantaría, pero ahora mismo no tengo ningún largo en mente». Su compañero de reparto, Miguel Ángel Silvestre, viene de ganar el premio a actor revelación en el Cinema Jove, de Valencia y aprovecho para preguntarle por otros actores que llaman a la puerta como ellos. Duda. Luego menciona unos nombres: «Álex González, Rodolfo Sancho, Verónica Echegui... mucha otra gente que está empezando y no tiene oportunidades».

Es una pregunta que siempre incomoda porque el entrevistado se siente en deuda con los nombres ausentes, así que volvemos a ella, segura de sí misma, dispuesta a dejarse sorprender, con su visión del propio futuro: «Me gustaría verme más tranquila, más serena, que me importara menos lo que dice la gente. Con ganas de sentir que tengo que aprender en todos los sentidos». Sus directores favoritos: Alejandro Amenábar, Fernando León, Montxo Armendáriz... y cualquier director nuevo con un buen proyecto.

Y luego la conversación se centra en lo difícil que es ser artista y en esa sensación de que uno nunca podrá convertirse en funcionario y evitar culpabilidades. La necesidad de vivir siempre como un funambulista. El encanto de dudar sobre el propio encanto. La vida ante un público, siempre ante un público y las ganas de taparse las vergüenzas demasiadas veces.

Así queda Xenia, bajando hacia el parking, contenta. «La verdad es que hace unos meses, cuando me lo dijiste, no me apetecía hacer la entrevista, sentía que no tenía nada que contar...», pero ahora sí, ahora habla con tranquilidad y entusiasmo a la vez, y se deja llevar y los fans en sus páginas web —que hay unas cuantas— se preguntan qué va a hacer ahora. Y ella lo sabe, pero se calla, con una sonrisita de niña buena, como si su secreto fuera a la vez su regalo.


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Reportaje por Guillermo Ortiz López
Web de Guillermo Ortiz: http://www.guilleortiz.com/



 

Revista Almiar (Madrid; España) - n.º 35 - agosto-septiembre 2007 (Aviso legal)

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