Fco. José Lobillo González

Los ojos del amor ciego
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Fotografía: MIRIT BOROVOY y JOSÉ L. MARTÍNEZ EYHERAMENDY ©


En fin, señora, me veo
sin mí, sin vos y sin Dios.
Sin Dios por lo que os deseo,
sin mí porque estoy sin vos,
sin vos porque no os poseo.


Félix Lope de Vega

Ella me mira quieta junto a la chimenea, como si quisiera recuperar el recuerdo. Me contempla minuciosamente al amparo rojizo de las brasas. Unas veces me mira con odio, otras con incredulidad; casi siempre con lujuria. Pero no, nunca parpadea, nunca deja de espiarme aunque esté a oscuras. Y es que nuestro amor —aunque ella no lo admita ni a la de tres— fue un amor vislumbrado a primera vista. Sí, ya lo confesó aquel Cupido jubilado: «El amor es ciego, pero tiene ojos».

Últimamente, una amnesia oftalmológica le enturbia su preciosa mirada. En estas ocasiones, que, para alegría mía, se repiten cada vez con mayor frecuencia, me acomodo a su lado, en la mecedora junto a la chimenea, y le cuento el cuento de nuestro querer. Me aclaro las cuerdas vocales con un carraspeo profesional de tenor sin amígdalas, de narrador despistado que busca el hilo de los acontecimientos, y le refiero nuestro relato igual que si redactase una carta —odio a los amanuenses miopes— o dictase mis memorias —detesto a las taquígrafas bizcas— a un sordo sin sonotone, porque eso, sordera de memoria, es la nubecilla de algodón que le va criando en las retinas a mi ojito derecho, a la niña de mis ojos.

Y le escribo nuestra historia con mis labios, la declaración jurada de los hechos, como si ella no fuera ella, como si se tratara de un cónclave de nietos que desconocieran el sorprendente final:

«La conocí una noche oscura y brumosa, apenas se percibía el ulular de un búho, el siseo de la brisa y los crujidos del bosque. Yo iba hozando el suelo, persiguiendo un rastro huidizo entre la hojarasca, y sin duda habría dado con mi presa de no ser por Olga. Quiero decir Holga, con hache, porque ella no es como las demás Olgas; ella es diferente.

Levanté la cabeza y allí estaba, estirándose sobre el tocón de un árbol, su silueta estilizada recortándose entre jirones de niebla. ¿Cómo logró acercarse sin que me percatara? No lo sé. Lo único que me inspira confianza en este mundo son mi experiencia y mi percepción —principalmente oído y olfato—, y Holga fue capaz de pisotearlos a la primera ocasión que dispuso. Digamos que Holga me dejó petrificado con sus ojos de Hydra, azules, para adivinar —tampoco sé cómo— que podría mordisquearme cuando quisiera la sabrosa carne del corazón.

A pesar de mi postura de advertencia, claramente visible en mi ceño fruncido y las quijadas tensas, tuvo la osadía de acercarse, lentamente, contorneándose, inmovilizándome con sus pupilas posadas en las mías. Me husmeó un poco y se restregó entre mis patas, y cuando se sintió satisfecha de sí misma, Holga lanzó una ojeada insolente con sus inmensos ojos azules para traspasarme los párpados, para dejarme enceguecido y desorientado... Para abandonarme con el mismo silencio de la luna al alba. Yo me quedé temblando, con un regusto amargo en el cielo del paladar. Y no tuve más remedio que seguirla como una sombra que busca el contraluz. En aquel momento creí que había urdido un hechizo con su danza, y pensé —¡ojalá fuera árbol y enraizara los pensamientos!— que me había enamorado de los ojos de Holga, esos hojos, con hache, que son de pantera, no de gata.

La seguí durante varias jornadas pero ni siquiera se dignó a mirarme. Cuando me acercaba demasiado, Holga erizaba el pelaje y arqueaba el lomo, obligándome a una retirada con el rabo entre las piernas y las orejas gachas.

Pero el infortunio de Holga fue mi conquista. Sí, aquella vez que se acercó demasiado a un sembrado de la Gente Grande y se entretuvo palmoteando una pelota de trapo. Bajó la guardia un instante y cuando quiso darse cuenta tuvo ante sí tres perros furiosos, dos mastines y un galgo, que la rodeaban delante de unas zarzas infranqueables. Fue la única ocasión que vi el pánico en los ojos de Holga. Y antes que la destrozasen salté desde los matorrales donde me ocultaba... Y los perros guardianes quedaron desconcertados, con la respiración contenida y los hilos de babas colgando de los belfos. Es lógico, yo era el doble de grande que el mayor de los tres, mis colmillos eran puñales del color de la yema de huevo, y ante mi mirada suicida, ante la mirada roja de un lobo gris, no es fácil mantener la calma, tampoco la compostura. Aproveché la sorpresa y antes que salieran del estupor y fuesen conscientes de que tres es un número muy superior a uno, la agarré de la molleja y me escabullí con la fugacidad de una lagartija, con Holga colgando entre mis fauces.

Y la situación cambió un poco. Holga me aceptó como se acepta una mascota. Por eso me dejaba de vez en cuando que contemplara maravillado sus ojos, yo sentado sobre mis cuartos traseros, ella tendida en la yerba, inmóvil, como una esfinge a orillas del Nilo. Y juro por mis antepasados que asemejaba a una diosa venida del Olimpo de los gatos. Y debo dar testimonio de sus hojos, con hache, esa hache muda que también se aplica al hamor (el amor que rompió mis normas ortográficas), porque aquellos ojos, más que verlos, los sentía recorriéndome la piel y dejando tras de sí un adarce de escalofríos. Y al pensar en ellos no puedo evitar caer en el sacrilegio de los poetas. Porque eran dos canicas de mar, azules, intensos, ungidos de espuma y olas que bailaban, de gaviotas y delfines y caracolas y sal. No puedo evitar el plagio de un pintor con talento. Porque en los amaneceres de albaricoque sus ojos estallaban en salpicaduras de acuarela. No, no lo puedo evitar, yo también he pecado —también me he condenado para siempre— en el intento de describir la hermosura indescriptible. Sin embargo Holga nunca vio nada bello en mí. Y no crean que la estampa de un lobo de mechones aferruzados no es conmovedora, es sólo que Holga tenía el corazón igual que la pelambre: del color y la temperatura de las cumbres nevadas.

Y desde entonces vagamos juntos por montes y campiñas, cambiando de rumbo a su antojo, castigándome con su indiferencia y alguna que otra muestra, por supuesto cruel, de cariño en los ojos. ¡Qué orgullosa ella con su lobo domesticado! ¡Qué pizpireta con el rabo tieso y la mueca de sus labios! Qué pena, decían mis congéneres, un lobo manso. Sí, manso pero enamorado de Holga, la gata, de sus ojos que son ojos de pantera, hojos, con hache, que me hacen suspirar aullándole a la luna, allá arriba, en lo alto del cerro y al abrigo de las estrellas.

Si conociesen a Holga sabrían que es arisca por naturaleza, pero también traviesa y juguetona. Por eso inventaba mil y un entretenimientos ruines para hacerme sufrir. Su preferido era afilarse las uñas en mi vientre. Para ella era devoción y mandato, humillación y escarnio donde satisfacer su control sobre mí. Y yo apenas aguantaba el dolor y las ganas de llorar. Y muchas veces mi panza quedaba enrojecida y repleta de arañazos, pero sabía que cicatrizarían en cuanto escuchase la respiración apocada de Holga, en cuanto reposara su cabeza en mi barriga y conciliara un sueño mitigador.

En ocasiones, Holga era presa de unos accesos de alegría muy graciosos, que me hacían sonreír a distancia. No puedo concretar la causa, a veces se trataba de una charca que servía de espejo, otras de un piñón que caía de un árbol o un remolino de polvo, pero lo cierto es que Holga enloquecía de contento. Y brincaba y saltaba y daba volteretas sobre sí misma, y zigzagueaba intentando dar caza a su rabo, y ejecutaba cabriolas circenses para despegarse de su sombra. Qué enternecedor. Acosaba a los escarabajos hasta dejarlos sin aliento. Producía una lluvia de pelusillas dando zarpazos a un diente de león. Al retozar en la hierba la imaginaba arena de playa. Y yo tenía un pellizco en el estómago porque debía mantenerme apartado. Mi obligación era no molestar. La primera vez que asistí a su algarabía desmedida, corrí emocionado a fundirme con ella y sus locos requiebros... Pero me recibió con un silbido de ira y una bofetada en los hocicos. Y desde entonces me conformaba con vislumbrarla de lejos, bueno, no muy lejos, la distancia necesaria para que no me sesgara el alma; la distancia suficiente para presentir el azul de sus ojos; la distancia reglamentaria para un ángel protector, un ángel peludo con garras en vez de alas.

Últimamente mi tripa andaba quejándose. Me daban tales retorcijones y apreturas que me veía obligado a acuclillarme tras un seto, muerto de vergüenza, pensando que era demasiado grande para hacerlo tan pequeño. Pobrecita ella, mi tripa. Holga pertenecía a esa logia de gatas modernas, ese club masónico de mininas que practican el vegetarianismo para aunar elegancia y delgadez. Y por ella me tocaba zamparme frambuesas y zarzamoras, madroños y grosellas que tenían el mismo sabor insípido, la misma consistencia evanescente de los sueños que no se recuerdan. Aunque confieso que a veces me escabullía para infringir la ley: añadía una comadreja despistada a mi dieta herbívora, un complemento necesario a los platos de setas y champiñones, de espárragos y berenjenas que ya me andaban criando hiedras en las paredes de la tripa. ¡Cuánto echaba de menos una pierna de corzo! O un flanco de esas cabras montesas, las de ornamenta de cornamusa. ¡Ay, mi pobre barriguita, todo sea por complacer a Holga!

Pero lo admito, yo era feliz. Y es que los días nublados me moría de alborozo. Cuando el cielo se revestía de plomo a mí me venía una melancolía espesa. No, no era una melancolía de pesadumbre, era una melancolía risueña, de anhelo a que el firmamento rompiese en llanto. Porque su tristeza era mi alegría. A Holga no le gustaba mojarse, le daban miedo los truenos. Y cuando caían las primeras gotas como pipí de pajarillos peregrinos, un júbilo incontrolable se apoderaba de mi interior. Nos agazapábamos bajo ramas frondosas que hacían de paraguas, y Holga se enroscaba en mí y me usaba de caperuza. Entonces podía disfrutar de su perfume, algo así como tierra húmeda y yerbabuena; y me dejaba atusarle con las garras la piel de terciopelo, y hacerle crenchas enredadas, y morderle con cariño las puntitas de sus orejas. Ella no podía disimular el placer, y se le escapaba un ronroneo que intentaba disimular con tosidos de mentira. Y aunque una racha de viento solía agitar las hojas, provocando un aguacero que se escurría empapándome hasta el tuétano, no me importaba en absoluto: se trataba de la única ocasión en que podía fantasear que Holga era mía, que sus ojos me pertenecían sin condiciones.

Cuando los árboles se desnudan de hojas y un ocre difuminado invade el paisaje, cuando el otoño trae nuevas fábulas y en las madrigueras se explican las moralejas a los retoños... Entonces llega la temporada. Una picazón atenaza los huesos y altera la sangre, no se puede pensar con claridad y uno anda como despistado de un sitio para otro. Pero esta temporada yo tenía una panacea infalible para combatir la fiebre, tenía los ojos de Holga para tranquilizarme, tenía su frialdad para rebajar el celo de mis entrañas.

Sin embargo una noche desperté de un sobresalto, aturdido, con un sudor de escarcha que no sabía a qué atribuir. Por uno de esos misterios de la naturaleza caminé por la oscuridad y la vi en un altozano, relumbrada por la reina de plata. Qué hermosa, pensé. Holga dormía, y aquella hembra de ensueño era una loba joven que aullaba despacio a la bóveda negra; que me llamaba con un reflejo de amargura, con una letanía de amor imperecedero.

En las siguientes jornadas Holga notó algo extraño en mí. Quizás fue mi caminar pausado o una ensimismación inexplicable, pero ella me observaba intuyendo algún despropósito. La incertidumbre me corroía desde la cola hasta la nariz; y cuando volvía la vista oteaba la loba entre los arbustos, esperándome. Qué hermosa, pensaba. Era de una raza de las nieves, seguramente habría nacido en brazos de un glacial, al resguardo de la cinarra en un desfiladero de mármol. Es duro sobrevivir al frío y la ventisca, mas los lobos de las estepas son los mejores cazadores que existen: su fuerza e inteligencia son legendarias entre la Gente Grande. Además poseen una tenacidad asombrosa para huir de la muerte, dicen que consiguen olerla a grandes distancias, lo que les convierte en animales longevos y sabios (tan longevos y tan sabios que finalmente deciden descansar y morir). Y aquella loba era todo eso y mucho más. A veces se dejaba ver por completo, erguida e inmóvil para que admirase su cuerpo, para que me hirviera el deseo y me abalanzara sobre ella, haciéndola mía sin saludarla ni preguntarle su nombre... ¡Ah! Tenía que patear hacia atrás y morderme la lengua para resistir la tentación. Y es que mi loba de las nieves tenía la mirada verdeazul y la juventud de los que aún saben soñar, también la paciencia de las montañas y el ardor de los hielos.

Holga se enteró de mis tribulaciones. Arrugó el entrecejo y dudó entre hacerme daño o engatusarme vilmente. Por un instante la creí celosa; pero sólo fue un fugaz anhelo. Pronto volvió a ser lo que era, una gata altiva y consciente de ser dueña de un leal siervo, de un entretenimiento, de apenas, casi, un animalito de compañía.

Cuando un lobo elige pareja es para toda la vida. Y aquella hembra de gestos asilvestrados me eligió a mí. A pesar de la seguridad de Holga, hubo dos ocasiones en que se le derrumbó la soberbia y tuvo que retenerme desesperada, para que no marchase para siempre. Fueron dos sacudidas del alma que me hicieron detener los pasos y lanzar un aullido desgarrador, convencido a la despedida. Entonces Holga se revolvía rabiosa, sus ojos se tornaban montaraces, se achispaban y se escurrían de un aguamarina donde me sumergía sin darme cuenta, una paz tornasolada que era olvido, soledad y muerte en los posos de sus iris. Y por dentro no podía evitar reír, y llorar, y morir... Porque sin duda ese azul debía ser el color de la felicidad. Y Holga me ataba a su lado sin esfuerzo. Y me retuvo finalmente, sí, ya elegí inseparable compañera: los ojos azules de Holga, esos hojos, con hache, esas canicas de mar que me dominaban como el eterno vaivén de las mareas.

Y al término de la temporada de celo mi loba de las nieves desapareció, dejando un rastro de salitre, un caminito de llanto que se iba secando por el suelo pedregoso.

El mundo rueda y rueda, el albor y el crepúsculo vienen y van perennemente a contrapié. Parece que nada cambia, que el tiempo se detiene si no hay un sufrimiento que lo ponga en hora. Y sucedió un día que estando en un claro rodeado de encinas, alfombrada la tierra de musgo y tréboles, percibí un olor peculiar que vagamente olía a peligro. No me equivoqué. Alguien nos sintió como amenaza y trató de defenderse. Un jabalí moteado apareció como una exhalación de la espesura e intentó embestir a Holga. De nuevo la salvé. Me interpuse justo a tiempo y recibí tal impacto que volé por los aires. Cuando el jabalí comprobó quién había recibido el topetazo, prefirió huir. Y yo quedé postrado en el verde húmedo, gimoteando, con apenas tino para respirar.

No podéis creer lo que sucedió entonces. Holga no me abandonó un instante, me cubrió a lametazos curativos mientras trataba de levantarme con su morrito. Desafiando a las alimañas del bosque y a los gavilanes de las alturas, cazó ratoncillos y estorninos para mí, trayéndolos escrupulosamente enrollados en hojas de helecho para que no perdieran el calor. También me ayudaba a dormir, me cantaba canciones de luna al oído y yo me sentía acunado, cuando en realidad era ella la que se mecía de un lado a otro, magnetizándome. Incluso en las alboradas se mantenía quieta, de cara al Norte, con los bigotes tiesos intentando que el rocío cuajara en ellos y yo pudiera beber un sorbo de agua.

Y yo creo que me curó la incredulidad, la incredulidad de ver renacido un amor imposible en las cenizas de mi desdicha. Al concluir mi convalecencia, Holga quiso perfeccionar su malicia y pasó de ama descreída a esclava resignada. No, no tengo suficientes conocimientos ascéticos para explicar tan repentina transformación. Sus ojos eran los mismos, pero Holga no era Olga ni con hache ni sin ella. Se trastocó el rol de la Bella y la Bestia, pues ahora ya no era la princesita sino el sapo que espera un beso. Estuve a punto de comprarme unas gafas porque lo veía todo claramente, pero me faltaban algunas dioptrías para creerlo. Ya no se afilaba las uñas en mi vientre; me permitió participar en sus juegos infantiles; me recomendaba exquisitos platos de carne. Es cierto que le salvé la vida dos veces, aunque ésa no era razón para el cambio: ¡aún le quedaban cinco en la recámara! ¿Acaso mudó de heterónimo como Pesoa? ¿Había alguna intención encubierta? ¿Pensaba realmente seducirme para después lamerme las lágrimas? Simplemente no lo sabía. Y esa duda me emborrachaba con el mal carácter de un vino peleón.

Sí, Holga se volvió tan cariñosa, atenta y aduladora que me convenció de sus sentimientos... Y yo la empecé a detestar con todas mis fuerzas. No soportaba sus mayidos lastimeros. Sus incesantes arrumacos y carantoñas me envenenaban el ánimo, me ensombrecían a un lobo huraño que gruñía a la sordidez. Explicar mi comportamiento sería divagar con una lógica sin sentido, igual que interpretar las reglas del amor, ese amor repleto de caprichosas excepciones que no se recogen en el libro del querer. Pero yo seguía enamorado de los ojos de Holga, y eso hacía que el odio no me consumiera por completo.

Quizá se le escapó. Sabía perfectamente por mis amenazas que no debía decirlo. Pero lo hizo. El día que me advirtió de sus firmes intenciones de tener cachorritos conmigo... ¡No lo pude evitar! Esta vez no le sirvieron sus siete vidas para salvar una sola, porque se me rompió el instinto y la despachurré y la devoré de un bocado, triturando perezosamente la fragilidad de sus huesos (he de admitir que nunca probé nada tan exquisito; un sabor tibio, delicado). Qué le voy a hacer, un lobo es un lobo por muy manso que lo haga el amor. ¡Pero no vayan a pensar que soy una criatura carente de sentimientos! Muy al contrario, ahora tengo los ojos de Holga en un tarrito de cristal, flotando en formol, sobre una repisa contigua a la chimenea. Ahora puedo verlos cuando quiera para mirarlos fijamente y seguir enamorados de ellos, sí, esos hojos, con hache, porque son ojos de pantera, no de gata».

Y una vez finalizada la rememoranza, doy un último vistazo al frasco de Holga, mi atenta oyente, la protagonista sin memoria, e incorporo mis viejos huesos. Con pasitos de muñeca intento alcanzar la bodega de mi guarida, pues no me vendría mal un chatín de vino rejuvenecedor. Pero a mitad de camino mis patas se detienen y mi mente se nubla... ¿Adónde me dirigía? ¿Me proponía hacer algo? La verdad es que se me olvidó qué y adónde. Cosas de la edad supongo. Y de pronto, sin previo aviso, me doy la vuelta porque alguien ha pronunciado mi nombre con un deje de súplica. Sí, es ella que me observa quieta junto a la chimenea, como si quisiera recuperar el recuerdo. Al amparo rojizo de las brasas me suele contemplar minuciosamente. A veces me mira con odio, otras con incredulidad; casi siempre con lujuria. Pero no, nunca parpadea, nunca deja de espiarme aunque esté a oscuras. Y es que nuestro amor —aunque ella no lo admita ni a la de tres— fue un amor vislumbrado a primera vista. Ya lo confesó aquel Cupido jubilado: «El amor es ciego, pero tiene ojos».



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FCO. JOSÉ LOBILLO

Los ojos del amor ciego · Ironías de la vida
· Crónica de una muerte decretada

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