BATALLA PERDIDA


Estaba sentado bajo la sombra que hacían las enormes grúas de la cubierta, muerto de sueño. El cansancio espantoso de dos turnos al hilo, con amanecida incluida, me arrastraron a pensar en casa y a encender un cigarrito con que mitigar la heladez de las primeras horas de la mañana. Al fondo, la ciudad se veía difusa por la neblina, no tenía aspecto de haberse despertado. Había sido una noche tranquila. La gente se portó bien, trabajó a buen ritmo. Los camiones, atestados de sacos, se alineaban a lo largo del muelle esperando ser desestibados. Llegó Camay y le entregué la posta. Me dirigí a la cocina y un filipino amable me alcanzó pescado ahumado con un guiso oriental. Estábamos hablando en inglés cuando un oficial ruso bajó a la carrera del puente e ingresó violentamente por la puerta de vaivén vociferando:

—¡ The Captain is died !, ¡ The Captain is died ! *. ¡Call the police station as soon as possible !…**

Quedé estupefacto mientras la tripulación se dirigía rauda a la cubierta.

—You peruviano —me habló el ruso.

—What have you been doing since the turn has finished ? *** —preguntó.

—I´ve been eating in the kitchen ,Sir.**** —me apresuré a responder.

Con mirada desconfiada, pareció no creerme. Dijo algo en ruso y mandó llamar al tarjador y al winchero. El vigilante de la escala se acercó.


Conocí al Capitán, el sueco Rolf Jacobsen, la noche que el «Moon Bird» atracó en el muelle 1-A de Chimbote. Nos invitó unas cervezas en la cabina, intercambiamos souvenir y a la tarde siguiente fuimos al centro de la ciudad a comprar películas y a buscar mujeres. Tenía unos cuarenta años pero aparentaba menos.


Tuve que matarlo porque intuía que en algún momento, no sabía cuándo, podía salirse del cuadro. Temía que pudiese conocer a María Laura, sacarla del país como ella siempre había soñado, robar mis historias, quien sabe hasta acabar con mi propia vida.


Tenía hambre. Abrí el desvencijado refrigerador sin conectar y hurgué en sus escaparates por algún trozo de yucas cocidas que alivien mi enorme apetito. Volví a sentarme. Sobre la mesa humeaba una taza de café, y al costado de la rémington, revistas y mis papeles de siempre. Serían las doce o una de la mañana cuando a lo lejos, en la calle, se empezaron a oír los silbatos de la ronda nocturna en su primera vuelta. Entonces dejé a un lado el cuento que escribía desde hacía semanas, pensé dormir. Recordé que debía fotocopiar mi currìculum vitae y enviarlo al apartado postal, que en la tarde iría al periódico por una respuesta, que en la noche debía tener los ojos bien abiertos y no dormirme vigilando la cubierta del Moon Bird. Pensé ¿por qué no quedarme dos turnos seguidos? A bordo no me iba a faltar nada: comida, ducha, hasta budweisers en la cabina con el sueco Rolf y quizás, con el primer oficial, se animen a bajar a recorrer la ciudad llevándome como intérprete.


Nueve mujeres vinieron con nosotros aquélla tarde. La tripulación, mayoritariamente filipinos, fue dividida en varios grupos según el orden de la Crew List. Los que no estaban de turno serían los primeros. El primer oficial los convocó y empezaron a formar fila en la cubierta baja, sobre la sala de máquinas y los cuarteles para provisiones.


Por la noche fui a buscar a Jacobsen en un taxi para dirigirnos al night club de moda en la ciudad. Lo encontré sentado, borracho, escribiendo algo en el computador. Dijo cosas sin sentido que no llegué a entender porque utilizaba un pésimo inglés, lleno de replana. Habló de su pasión por la escritura, de la novela que pronto le publicarían en Estocolmo, de la familia, de su niñez en las playas de Arkosund.


Más tarde, en la barra del club nocturno, me contó que ya había empezado un cuento y preguntó si podía tomarme como personaje. Me invitó un habano que dijo haber comprado en el Canal de Panamá y que tenía efectos alucinógenos.


Nunca supe que fue lo que fumé aquella noche en el «Molino Rojo», lo cierto es que desde entonces, parecía que alguien dominaba mis actos. Era como si una fuerza ajena, sobrenatural, me empujara. A veces me sentía un personaje de los cuentos de Rolf.


Encendí un cigarro y empecé a sorber, de a pocos, la taza de café. Al rato un olor inmundo se percibió en el ambiente. Quise abrir la puerta y salir un rato a tomar aire, pero pensé que podía ser peligroso pues el barrio estaba lleno de fumones. Me resigné pensando que las chimeneas de las fábricas pesqueras podían oler a mierda, pero en el fondo de mis casi siempre vacíos bolsillos, las columnas de humo que se elevaban a lo largo de la ciudad significaban que las fábricas seguían moliendo harina a pesar de la veda y eso era bueno para mí.


Volví a coger el cuento buscando un nuevo desenlace. Está bien, lo había matado. Pero debía esgrimir un motivo poderoso para justificar el crimen, algo que pueda convencer al lector, hacer creíble la historia.


Nadie en el Moon Bird pudo explicar la extraña muerte de Jacobsen. Los galenos a bordo quisieron evacuarlo a la ciudad para un examen más minucioso, pero el juez de turno ya estaba en camino para el levantamiento del cadáver.


En la cabina se encontró una montaña de papeles y libros, discos de Charlie Parker, el borrador de varios cuentos y un nuevo relato en la pantalla del computador, el último, que Jacobsen pulía.


Las siguientes dos semanas que el Moon Bird permaneció acoderado en el muelle de Chimbote, sirvieron para tomar conciencia de mi nuevo e impredecible rol. A los pocos días llevé sorpresivamente al sueco a casa, le mostré mi nutrida biblioteca, se llevó mis cuentos con el pretexto de leerlos y sugerirme algo, además de cuantos libros quiso en calidad de obsequio. Luego le presenté a Maria Laura, fingí un viaje intempestivo a Trujillo que jamás realicé y me hice humo de un momento a otro. Empecé a tener problemas en la empresa donde trabajaba debido a inasistencias reiteradas; no me importó. Tampoco que María Laura pasara las noches en blanco, según ella en tertulias literarias a bordo. Menos me incomodó su mal aliento a causa de un nuevo habano importado que, me dijo, empezó a fumar.


Cuando se me ocurrió un nuevo desenlace ya era tarde, no podía reaccionar. Sin embargo, maniatado, aturdido, acudí al teclado de mi remington buscando combatir de algún modo el nuevo cuento de Rolf. Me aferré al relato, a una vaga esperanza de cambiar las cosas, de volver a ser el que siempre fui. Borré con liquid paper buena parte de los diálogos.


Reanudé el tecleo agregando un párrafo al inicio, armando la renovada estructura. Era él o yo. Las primeras escaramuzas lo habían favorecido, veríamos en delante de lo que era capaz. Así, sucedió que entonces escribí esto:


Hubo un tiempo en que podía mover objetos con sólo mirarlos. También lo que escribía a manera de cuento o novela, se hacía realidad. A veces hasta me daba miedo soñar, jugar con el destino de la gente y su entorno. Todo empezó en Portoferráio. Era mi noveno viaje a Las Américas y empezamos cruzando el Mar Tirreno. En Ischia, frente a Nápoli, nos detuvimos para abastecernos de agua y vacunar a la tripulación contra la fiebre amarilla. Estuvimos dos noches en la ciudad, en sus calles estrechas y de lujuria, en sus bares insomnes. Fue en La Traviata, en su mismo frontis. Ebrios, acabábamos de abandonar ese bar de mala muerte y a duras penas nos manteníamos en pie. Ella estaba en la puerta, buscando clientes. El peruano la observaba a prudente distancia, desde el auto. Ahí los conocí, en la Vía Foligno, arrancándole unos billetes al destino incierto. María Laura demostró que era una bomba en la cama, que no había hembra tan explosiva de Liguria al Estrecho de Messina. Ni siquiera en los burdeles de La Spezia y Agrópoli pude encontrar una igual. Al peruanito lo maniaté a través de un personaje de mi nuevo cuento. Lo hice escribir y escribir, que pensara como contrarrestar el poder que ejercía sobre él. Pero olvidé un detalle, olvidé que la peruana también narraba, que ahora mismo ella escribe en esta remington el párrafo final. Le ha dado forma a la historia, acabará conmigo y el resto de los personajes. No lo hagas María Laura, déjame demostrarle al sueco que no soy menos a la hora de narrar, déjame sentarme en la cubierta del Moon Bird, a ver como los rusos se miran entre ellos con angustia, quiero trascender más allá de un simple pedazo de papel escrito a máquina. Quiero conocerte, viajar around the world ***** , llegar a Agrópoli, conocer La Spezia, arrancarle vida a mi destino incierto. Quedaré inconforme María Laura, perderé la batalla pero no la guerra. Volveré uno de estos días con nuevo nombre, con otro origen, en otro escenario y lejos de Chimbote y sus fábricas nauseabundas, volveré en un relato que llegará a ver la luz de la publicación en alguna editorial importante, en un nuevo cuento que me haga justicia.



NOTAS:
* El Capitán está muerto.
** Llama a la estación de policía tan pronto como sea posible.
***¿Qué has estado haciendo desde que el turno ha terminado?
****He estado comiendo en la cocina, Señor.
*****Alrededor del mundo.


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gucholakra@hotmail.com

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©



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AUGUSTO RUBIO ACOSTA
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Chino Moreno vuelve a casa · Batalla perdida · Ropa tendida · Carta para Alicia

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