Cuando el corazón manda
Antonia de J. Corrales Fernández


Aquella mañana, Julio, se levantó con ardor de estómago. Abrió una botella de leche y bebió. El ansia por ingerir el líquido hizo que parte del contenido del envase resbalase por sus labios. Se restregó la barbilla abortando el descenso incontrolado del fluido lácteo y cabizbajo, arrastrando los pies descalzos por las baldosas de terracota se dirigió al despacho. Miró el calendario, en él había pegado un mechón de pelo largo y ondulado de color caoba. Se acercó y con delicadeza estiró una a una las fibras. Aproximando su nariz al mechón inspiró el perfume que desprendían los cabellos. Sin retirar su cara de aquel puñado de sensaciones, cerró los ojos con fuerza inclinando la cabeza hacia abajo. La angustia que sentía tensó sus músculos faciales. Sin alzar la cabeza, manteniendo los ojos cerrados, dio un puñetazo al tablón de notas. El corcho se desprendió del marco y el calendario con el mechón, junto a todos los recortes, apuntes y fotos que estaban adheridos a él, cayó precipitadamente al suelo.

Tenía que matarla durante el transcurso de la semana, antes del viernes, le habían dicho. Nunca tuvo problemas, pero esta vez debido a un error, a un sentimiento inesperado, a la sequía crónica que sufría su imaginación, aquel trabajo se había convertido en algo demasiado personal. De puntillas, sin avisar, de un golpetazo seco y profundo, aquella mujer caoba de piel nacarada, de extrema delgadez, había inseminado de dudas su corazón.

Durante un mes planeó su muerte. Ideó uno a uno los detalles, las circunstancias, el lugar. Esbozó los trazos que le darían a su hermosa sonrisa el rictus amargo que tiene la muerte cuando es desposada por el dolor, cuando está exenta de inconsciencia y toda ella se deja sentir sin piedad. Pero una y otra vez, aquellas oscuras pupilas paralizaban sus pensamientos. Tras su mirada la inactividad se hacía la dueña de todo su ser, incluso poseía sus facultades cognitivas. Verla muerta era una entelequia.

Hasta el momento de conocerla la muerte había sido su aliada. Para él, poner fin a una vida era algo innato, incluso frívolo. Las imágenes se sucedían ingrávidas sobre el escenario del crimen, insonoras, llenas de un realismo tan crudo y absoluto como la verdad. Aquella inmovilidad, aquella falta de vida, siempre le produjo una excitación sobrehumana que le obligaba a gritar desaforado al término de cada trabajo. La pulcritud, la perfección en todos y cada uno de los detalles impresionaba. Su manera de hacer era casi autómata, rutinaria, carente de prejuicios. Si después de lo hecho había que deshacer; destruir indicios, pruebas, cambiar de sitio el cadáver, Julio se ponía a ello sin que le supusiera ningún tipo de esfuerzo, sin mostrar atisbo alguno de dolor. «Eres perfecto, el mejor» Solían decirle. Pero esta vez, los ojos de aquella mujer parecían dos puños que golpeaban sin descanso el cajón donde, hacía años, había encerrado a su conciencia.

Recogió uno a uno los recortes y depositó el tablón desarmado sobre la mesa. Cabizbajo, vacilante, con la mirada perdida se dirigió hacia el cuarto de baño. Entró en el habitáculo y cuando el espejo tomó posesión de su decrépita imagen murmuró:

—Vaya cara de neurótico.

Abrió la ducha y sin desvestirse se metió en la bañera. El agua empapó en unos segundos el tejido del pijama de rayas. El teléfono sonó. Julio estiró su brazo y cogió el supletorio situado a su derecha, encima del estante de las toallas.

—¿Sí? —preguntó con expresión socarrona.

—Julio. Soy yo —dijo Adela.

—No me digas, ¡qué extraño! Tú llamando a mí casa. ¿Sabes? Desde hace un tiempo te has convertido en mi sombra. Más que eso, eres como la muerte. Igual que ella no dices donde estás, pero tampoco dejas que se olvide tu existencia.

—Siguen sorprendiéndome tus expresiones. ¡Qué comparación más hermosa! La señora con la que me comparas tiene más poder que yo. Y clase, mucha clase. Es la dueña de nuestras vidas. La verdadera dueña y señora. No se hace notar pero como los buenos perfumes se percibe. Hay algo más perfecto que ese tipo de percepción tan sutil, tan mortal y poderosa. Sólo una, el amor.

—¿Estás de broma, o quieres ponerme aún más nervioso de lo que ya estoy?

—¿Qué ruido es ese?

—El agua de la ducha —contestó Julio acercando el auricular al abundante chorro que salía por el difusor.

—Eres un excéntrico, un loco. Cualquier día te encontrarán quemado por el incendio que provocará uno de tus cigarrillos nocturnos, o electrocutado en el baño. A quién se le ocurre coger el teléfono dentro de la ducha.

—¿Loco? Mi vida de un tiempo a esta parte es una completa aberración. Una muerte así sólo le imprimiría más carácter a mi profesión. Daría sentido a la expresión absurda que se dibuja en mi cara, la que tienen los jugadores de mus cuando eligen mal a su compañero de juego.

—¿No insinuarás que ese compañero soy yo?

—Pues, no iba a decírtelo. Al menos no tan pronto. Pero ya que has sido tú quien ha puesto la música al tema, yo le pondré la letra. Verás Adela, no puedo hacer este trabajo.

—¿Qué dices? Ya te he pagado una parte. Quedamos en que la matarías en esta semana. Estamos a lunes, te quedan cuatro días, el viernes todo debe estar en su sitio. Te espero el sábado por la mañana.

—¿Y si no la mato?

—Debes hacerlo. ¿Has oído? No entiendo que te pasa. Siempre fuiste una persona sin prejuicios. Julio, seamos serios. ¿Qué es lo más importante? Dime, ¿qué es? —Julio no contestó—. Sé que me estás oyendo. Sabes que lo más importante es el dinero. Con dinero puedes tener todo. ¡Todo Julio! Piénsalo. Debes cargártela antes del viernes. No hay tiempo. No hay más prorrogas. ¿Entiendes? Adiós Julio.

Tras colgar el teléfono salió de la ducha y se quitó el pijama. Desnudo se dirigió al salón. Encendió la chimenea y pensativo miró la colección de armas que tenía expuestas en la vitrina. A gatas se desplazó hasta el estante. Se sentó apoyando la espalda húmeda, sobre el vidrio. El calor que desprendía su cuerpo, hizo que los cristales se empañaran con una rapidez inusual. Durante unos minutos permaneció con los ojos cerrados. Después, llevado por el recuerdo de las palabras de Adela se incorporó, abrió el mueble y cogió el Colt 45. Tras encender un cigarrillo se sentó en el suelo con el revólver entre sus manos. Miró hacia el reloj de pared y seguidamente fijó el objetivo. Cerrando ligeramente el ojo izquierdo apretó el gatillo. El ruido del martillo al golpear la cámara vacía, le hizo imaginar como la bala entraba en el delgado cuello de la pelirroja, destruyendo con rapidez aquella vida. Imaginó como se hundía bajo la piel blanca, casi transparente, rasgando con fiereza los músculos que sostenían aquella hermosa cabeza de Venus. Oyó el silbido atroz de la muerte pasar junto a él. Sintió el peso de la nada, el vacío que la bala al salir del cuerpo dejaba detrás de ella. La imaginó cayendo al suelo. Cerró los ojos con fuerza al ver la imagen de Ana lentificada por la ingravidez que le otorgaba su belleza, aquella beldad que la prohibía morir. Al menos de aquella manera.

—¡No puedo hacerlo! Es imposible —gritó.

Apagó el cigarrillo y puso el revólver en su sitio. Una tiritera le sobrecogió. Avivó el fuego de la chimenea y se tapó con una de las mantas de viaje. Mientras tanto sus pensamientos quedaban suspendidos en el agua verdosa de la piscina.

—Un accidente —susurró—. ¡Eso es! Sería más fácil. Más verosímil, más casual.

Una vez más su capacidad connatural para imaginar le transportó al lugar del crimen, pero esta vez no fueron sus sentimientos los que malograron la entelequia, sino el escenario elegido para matarla el que se reveló. El agua levantó el cuerpo de Ana, negándose a ser el cómplice de aquel asesinato. Fue como si dentro de aquella ilusión, la mano de la vida sostuviera sus caderas de curvas prominentes, de una sensualidad exuberante, sujetando con tenacidad las piernas; la espalda, los hombros, el cuerpo de aquella mujer de piel nacarada y pelo caoba. Julio, asustado ante aquella extraña visión que no formaba parte de sus pensamientos, se restregó los ojos con fuerza, tanta que durante unos instantes no pudo ver nada.

—¡Dios mío! No puedo hacerlo. Es demasiado hermosa. No puedo matarla. Debo estar volviéndome loco —gritó.

Después de aquello, descolgó el teléfono y se dejó llevar por el transcurso del tiempo que le conducía inevitablemente hacia el viernes. Poco a poco, el salón fue convirtiéndose en el reflejo de la desesperación y el caos que reinaba en su interior. Los cartones de tabaco se amontonaban junto a los restos de comida. Los ceniceros no daban cabida a más colillas... El viernes tenía un aspecto deplorable. Desnudo, sin afeitar, sin ducharse, sin haber ingerido casi alimento sólido y rodeado de todos los revólveres, permanecía tendido sobre el parquet mirando hacia algún punto, no muy concreto, del techo. Inmerso en una catarsis voluntaria, intentaba librarse de aquel sentimiento que había sacudido con fuerza su corazón y su conciencia.

A media mañana, el timbre de la puerta sonó. Julio se levantó del suelo y se puso los calzoncillos. Antes de abrir conectó el equipo de música.

—Hombre... —exclamó tambaleándose—, si es la reina de la vida y la muerte. ¿Cómo está mi dueña y señora?

Al ver el aspecto de Julio, Adela se estremeció. Temblorosa sacó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo.

—La verdad..., no tenía idea de cómo estabas. No imaginaba que esto te hubiera afectado tanto. Creo que necesitas ayuda ¿Por qué no me dijiste como estabas? —le preguntó en un tono que evidenciaba preocupación.

—Ahora va a resultar que tienes sentimientos —contestó Julio ofreciéndole entrar—. Vamos pasa o me quedaré helado.

—¡Por Dios! ¡Cómo está todo! —exclamó Adela entrando en la casa—. No entiendo como puedes dudar de mi humanidad. ¡Pues claro que me preocupas! Eres un excéntrico, un maldito ególatra, pero te conozco desde hace demasiados años. Yo cuido a mi gente. No imaginaba que este trabajo te tenía tan obsesionado. Creo que has perdido los papeles. A no ser que tengas otros motivos ¿Los tienes? —preguntó Adela mirándole fijamente.

—No Adela. He perdido mi libertad, la perdí desde que acepté este encargo. El hombre deja de ser libre cuando deja de ser hombre. Y el hombre deja de ser hombre cuando se traiciona a sí mismo. Y así sucesivamente, una cosa conduce a la otra. Yo me he traicionado aceptando este encargo. No quería hacerlo, sin embargo dije que sí. Acepté incluso en contra de mi voluntad, incluso sabiendo que no iba a ser capaz. Mis recursos me han abandonado. No lo entiendes. Sé que no puedes hacerlo ¡Es imposible que lo entiendas!

—No. No entiendo nada —contestó Adela.

—Adela he llegado a un punto en el que nada me pertenece.

—¿Qué quieres decir?

—Que no voy a matarla. Puedes llevarte el dinero, cancelar el contrato. Incluso desprestigiarme. Pero no pienso cambiar de opinión... —dijo haciendo una pausa para encender un cigarrillo—, en mis novelas no habrá más asesinos, ni psicópatas, ni sangre —concluyó dando una patada a los revólveres que había en el suelo.

—Me estás diciendo que la protagonista no morirá, que el psicópata no matará a Ana. Sinceramente, creo que estás loco. Todas tus novelas son sangrientas, llenas de horrendos crímenes. No puedes hacerme esto. Si escribes de otra forma, si cambias tu género literario nadie te comprará un solo libro. Estás hablando sin reflexionar. La trama lo exige, todo el desarrollo conduce a la muerte de la pelirroja. No tiene ningún sentido. Ella debe morir y él quedar impune. Ya lo hablamos. Quedamos en que habría una segunda parte. A la gente le gustan esos finales.

—Adela, he dejado de ser el creador. Se acabó. Quiero dejar de escribir este tipo de género.

—Entonces, ¿qué harás?

—Escribir. Acabo de decírtelo. La novela estará acabada el lunes, pero su final será diferente. Le daré una oportunidad a mi personaje. Es demasiado hermosa para ser asesinada. ¿Sabes? La imaginación aborrece las barreras. Tú le pusiste a la mía un muro que durante mucho tiempo fue infranqueable. Fueron demasiadas víctimas, demasiados asesinatos los que tuve que imaginar, que describir. Demasiadas historias con el mismo final, con los mismos personajes. El escritor no era yo, eras tú. Sólo he sido tu escribiente. En esta novela lo único que me pertenece es el personaje central. Ana es la única pieza que yo coloqué dentro de esa trama que tú imaginaste. Ahora sé que hacerlo fue un error, no pensé que el amor que siento por ella también iba a copar mi imaginación. Fue un simple juego literario. No tenía personaje, ella fue la que en un principio le puso fin a la sequía crónica que padecía mi imaginación. Después..., ya lo sabes, todo se complicó. No me mires así. Sólo intento decirte que estoy enamorado —concluyó Julio sonriente ante la expresión confusa de la editora.

—Estás completamente loco... ¡de atar! Créeme, estás muy mal —dijo Adela mientras se acercaba al escritorio y colgaba el teléfono de Julio—. Enamorarse de un personaje de ficción es, aparte de una excentricidad, una locura.

Adela miró el tablón de notas. Se acercó y cogió el mechón de pelo.

—Oye, este pelo es del mismo color que el de la protagonista de tu novela —dijo con expresión contrariada.

El teléfono comenzó a sonar. Adela al ver que el escritor no lo cogía se acercó y levantó el auricular.

—¿Sí? Sí está aquí. Encantada. Yo soy su editora. Un momento, enseguida se pone —dijo tendiendo el auricular a Julio—. Es una mujer, dice que se llama Ana, como tu protagonista.

—Paso a buscarte en tres horas —contestó el escritor. Seguidamente colgó el teléfono.

Adela miró fijamente a Julio y contrariada le preguntó:

—Todo esto es una casualidad. ¿Verdad que lo es?

—No, no lo es —respondió—, acabas de hablar con mi personaje.



PORTADA DE ESTOS RELATOS

Revista Almiar (Madrid, España) - MARGEN CERO™ (2003) - Aviso legal