Sobre las hojas de un almanaque
Antonia de J. Corrales Fernández


ELLA se dio cuenta de que hablaba sola, cuando al pasar el trapo del polvo se reconoció en la imagen que reflejaba la vitrina del salón, al ver el movimiento de sus labios espejar en el cristal de las copas, aún vírgenes, que le regaló su abuela hacía ya treinta años, el día de su boda.

ÉL intuyó que algo estaba cambiando en ella cuando comenzó a dormir desnuda, a contonearse sobre las sábanas, a dejar la luz encendida mientras practicaban el sexo. Tras conocer su primer encierro, tuvo la certeza de que ya no era la misma y tomó conciencia de que nunca más lo sería.


Estaba segura de que lo había hecho un sinfín de veces, sin embargo, hasta ese momento no se había percatado de ello, tampoco nadie se lo había dicho, quizás porque nunca nadie la vio. Tal vez porque Virginia casi siempre estaba sola. Volvió a mirar la puerta de cristal, pero esta vez su expresión no evidenció sorpresa, sino rabia. Con la mirada fija en el reflejo de su imagen, y como si ésta tuviese vida propia, dijo:

—Eres tonta, muy tonta. ¿Has visto que aspecto tienes?¿Con quién hablas? Dime, no ves que no hay nadie para responderte, estás sola, terriblemente sola. Llevas treinta años en soledad.

Estática frente al vidrio, sumergida en el más absoluto de los silencios, intentaba hallar algún rasgo dentro de aquella imagen que la permitiera reconocerse. Permaneció varios minutos con el pensamiento perdido, procurando no llorar, hasta que su mirada comenzó a deambular por todos y cada uno de los rincones del salón. Finalmente sus pupilas quedaron fijas sobre el teléfono. Soltó el trapo del polvo y se dirigió al escritorio, una vez allí buscó la vieja agenda. Dentro de ella estaba encarcelado su pretérito. La hojeó nerviosa mientras los números iban pasando ante sus ojos impregnados de recuerdos. Las letras del abecedario se clavaban en sus pupilas, cada inicial llevaba implícito un nombre, un momento, una parte del pasado. Cuando llegó a la letra M levantó el auricular y marcó uno de los números del listín. Después, tras una breve conversación, salió a la calle y compró todo lo necesario para lo que sería el primer día de reclusión. El primer día de los dos meses que tenía que dejar atrás antes de dar un nuevo rumbo a su vida, antes de pasar la hoja de un presente que no paría nada porque nada lo había preñado.


A media mañana subió a la bohardilla buscando el baluarte de su pasado; el maletín que nunca llegó a portar. Una vez localizado lo cogió y, como si de un bebé se tratara, lo apretó contra su pecho. Bajó las escaleras embriagada por el olor añejo que desprendía el objeto y que sólo le traía recuerdos gratos, demasiado vivos. Después de vaciarlo, se dirigió al cestillo de la costura para darle unas puntadas al cuero, cuyas bastillas estaban descosidas en ambos laterales debido al envejecimiento del material. Apretó los pernos que asían las asas al contrafuerte y limpió el polvo que se había adherido a la piel dándole un aspecto parecido al veteado de abedul. Una vez estuvo recompuesto, lo miró sonriente y metió en él los bártulos que nunca llegó a utilizar. Minutos más tarde comenzó a vaciar las estanterías del cuarto que utilizaba para planchar, llevándose toda la ropa al armario del dormitorio que tiempo atrás ocupó el menor de sus dos hijos. Recogió el tendedero y en su lugar puso una pequeña mesa plegable y sobre ella el teléfono inalámbrico. Durante días fue haciendo acopio de todo el material de lectura que, tras treinta años de aislamiento, le era necesario para emprender su propósito.

Pasó un mes y medio sin que Carlos, su marido, se percatara de su encierro, de las visitas diarias a la Biblioteca Municipal, de las constantes llamadas de teléfono. Carlos no percibió el cambio que estaba experimentando su mujer hasta el día en que ella se dejó llevar por el deseo y le obsequió con una sesión de sexo inusual.

—¿Dónde has aprendido a hacer esto? —preguntó Carlos sorprendido.

—En ningún sitio —contestó Virginia levantándose de la cama y saliendo del dormitorio camino de su pequeño refugio—. Piensas que soy tonta o, ¿es que has olvidado nuestra juventud? Sí, debe ser eso, la olvidaste como lo hiciste conmigo.

Él, extasiado y perplejo, se levantó detrás de ella.

—Virginia, ha sido magnífico. No irás a planchar ahora..., ¡anda ven! Cariño, no seas así, no te enfades conmigo...

Virginia, sin contestar, sin darse la vuelta, entró en el cuarto de la plancha y le cerró la puerta en las narices.

La reacción de su mujer le produjo desconcierto. No supo entender por qué se había encerrado en aquel cuartillo si, para él, no había motivo aparente y menos después de la relación sexual, casi perfecta, que acaban de mantener y de la que hacía tiempo no disfrutaban. Por un momento pensó que era una rabieta producida por sus palabras pero, al ver los candados que Virginia había instalado en la puerta, sintió desasosiego. Durante treinta años de matrimonio, Virginia nunca le había vetado nada. En aquella casa sólo tenía cerrojo la puerta del baño.


Aquella noche, llevado por la preocupación y la desconfianza, no pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente decidió telefonear a Conchita, la asistenta, con el único fin de averiguar algún detalle sobre las actividades que su esposa realizaba en su ausencia. Debía ser discreto, por ello midió sus palabras y el contexto de las mismas:

—Si se descuida un minuto no me coge, salía hacia su casa ahora mismo, ya voy tarde—respondió la asistenta al reconocer la voz de Carlos.

—No entiendo—masculló él sorprendido—,
hoy es martes.

—¡Ah! —exclamó la mujer—.¿Usted no sabe que ahora voy todos los días?

—No, Virginia no me ha comentado nada.

—Sí señor, llevo dos meses yendo todos los días a su casa. La señora necesita tiempo para su trabajo. La verdad, la ha venido muy bien, está irreconocible...

Carlos escuchaba desconcertado a la asistenta. No tenía conocimiento de que su mujer estuviese trabajando, ella nunca había ejercido, tampoco había comentado la posibilidad de hacerlo algún día, ni había mostrado interés aparente por ello, al menos él no lo sabía. Intentando disimular su falta de información dijo:

—Verá, sobre eso quería hacerle un ruego. Quiero darle una sorpresa. Me gustaría saber a que horas está en casa, por supuesto sin que ella lo sepa. Estoy planeando una fiesta sorpresa de amigos, de viejos amigos de ambos, y me gustaría reunirlos en su ausencia, ¿entiende?

—¡Por supuesto! Ojalá mi marido fuese tan..., tan..., ¡vaya!, quiero decir como usted de atento...

Carlos fue puesto al día de los horarios de encierro de su mujer que, eran diarios, de nueve de la mañana a tres de la tarde. También de que los martes y jueves salía:

—Tendrá que tener precaución—le advirtió la empleada—, porque los martes y los jueves no tiene hora fija de vuelta a casa. Hay días en los que yo me marcho y ella aún no ha regresado...

Inquieto comenzó a aplazar reuniones y solicitó un cambio temporal de horario con el único fin de estar más cerca de ella. Necesitaba saber qué estaba pasando, tener la certeza de que su mujer no tenía una vida paralela y que aquel cambio de actitud unido a la ocultación premeditada de su actividad, no era consecuencia de un problema de salud mental o de la existencia de otra relación.

Virginia no prestó atención al cambio de horario de su esposo. Ni tan siquiera pareció darse cuenta de que Carlos permanecía todos los fines de semana en casa; de que ya no había reuniones nocturnas, ni comidas en días festivos. Seguía sumergida en aquel mundo en donde el almanaque que colgaba de la pared era la pieza clave que conformaba sus quehaceres. El absentismo emocional de Virginia llegó a tal extremo, que un domingo sirvió la comida a su marido y la suya se la llevó al antiguo cuarto de planchar:

—Pero..., ¿qué haces? Me vas a dejar comiendo solo. ¡Esto es increíble! ¿Qué es lo que te pasa? Creo que tengo derecho a saberlo. Estoy preocupado por ti.

—No me pasa nada, sólo necesito intimidad. No puedo decirte nada, sé que no lo entenderías.


Su aspecto físico se convirtió en el reflejo de su sentir, lo que inquietó más a Carlos. Se cortó las uñas y dejó de teñirse el pelo, tomando éste una coloración blanquecina, que en vez de endurecer, de envejecer sus rasgos, les otorgó calidez. Sacó los viejos vaqueros del altillo y se compró calzado y ropa de deporte que utilizaba durante las caminatas que hacía al amanecer, justo después de que Carlos saliese camino del trabajo. Dejó toda la ropa de alta costura colgada en el armario de la bohardilla y guardó las joyas a excepción de la alianza. Tiró la bolsa de maquillaje junto a las cremas para tratar la celulitis y la prevención de las arrugas.

A pesar de haber prescindido de todo aquello que formó parte de su necesidad, de aquel deseo de ser atractiva eternamente, Virginia no envejeció. Sus rasgos físicos tomaron la belleza, la paz interior que sentía, y esta serenidad fue lo que le dio un atractivo especial, ése que otorga el conocimiento, la aceptación del paso de los años.

Había comenzado a caminar por los recuerdos vestida de andar por casa. Sin prisas fue bebiéndose uno a uno los treinta años de matrimonio. Tomó conciencia del pasado y lo utilizó para dar vida a su presente, un presente que estaba inmerso en un futuro próximo.


Carlos miraba a su mujer sin reconocerla. Encandilado por aquel aspecto de frescura que invadía su forma y manera de ser, incluso su físico. Extasiado ante aquella imagen de una mujer madura que rozaba la edad de la jubilación y que se paseaba en vaqueros y camiseta de algodón, que había dejado de maquillarse, que ya no utilizaba sujetador. Virginia había dejado de ser solícita para solicitar.

Después de quince días de seguimiento, de preguntas que daban lugar a respuestas inconcretas, faltas de sentido, Carlos habló con sus hijos, pero estos no encontraron motivo alguno de preocupación, al contrario, estaban encantados con el cambio:

—No entendemos por qué te preocupas—dijo el mayor con expresión de sorpresa—mamá está encantadora, es feliz, lo exterioriza constantemente. Parece otra persona.

—No—contestó el pequeño—, no lo parece, lo es. Tiene vida, su vida. ¿Es eso lo que te preocupa? Creo que deberías haberte preocupado antes, deberíamos haberlo hecho todos. Desde que nosotros nos emancipamos, su soledad se acrecentó. ¿No lo entiendes? O es porque tienes miedo...

Miedo, la palabra sonó una y otra vez en su interior. Carlos tenía miedo. Su mujer había atraído su atención, todo su interés, tanto que no solo era ella la que estaba irreconocible, él tampoco se reconocía. Había pasado de no darse cuenta de su abnegación, de su soledad, a no poder vivir sin saber que era lo que estaba haciendo dentro de aquel cuarto. Tenía miedo de que le abandonase. De que ya lo hubiera hecho.

Intentó, valiéndose de la información que le había dado Conchita, abrir aquella puerta. La necesidad de hacerlo se había convertido en una obsesión que copaba todos y cada uno de sus pensamientos. Sólo era liberado de ella cuando el sueño le vencía. No entendía como Virginia había sido capaz de cerrar el cuartito de la plancha a cal y canto. Allí, estaba seguro, encontraría la respuesta, tras los candados. Y si no lo estaba, ¿por qué lo había cerrado?¿ Por qué no le decía qué era lo que escondía tras la puerta? ¿Por qué no hablaba con él? ¿Por qué no contestaba a sus preguntas? Durante días buscó las llaves. No encontrándolas, llevado por la desesperación y la impotencia, pensó en reventarlos a martillazos, incluso en desmontar las bisagras, en utilizar la sierra eléctrica y deshacer, dejar hecha virutas aquella maldita puerta tras la cual se escondía el alma de su mujer. Pero, no podía. Carlos quería entrar allí sin que ella se diese cuenta de que había estado.


Aquella mañana era la última de encierro, pero Carlos no tenía conocimiento de ello. Era primero de mes y él se encontraba, como de costumbre, revisando la correspondencia mientras desayunaban. Abrió el sobre que contenía la factura de la compañía telefónica y comprobó que la cuantía del gasto era bastante superior a la que acostumbraba a pagar. Miró de reojo a su mujer que, curiosamente, se había recogido el pelo y no llevaba puesta la ropa de deporte. Viendo que ella no se había percatado de su expresión de sorpresa guardó con disimulo, el sobre en su maletín de trabajo.

—¿Hoy no vas a correr? —preguntó.

—No. ¿Por qué lo dices?

—Estás guapísima.

—Voy a bajar a la capital.

—¿Por qué no me dices lo que te pasa, lo que ocultas? Creo que tengo derecho a saberlo.

—Carlos, te lo diré en su momento. Ahora, estoy segura de que no lo entenderías.


Carlos se marchó inquieto. Virginia esperó a que pasaran unos minutos para realizar una llamada de teléfono. Una vez concluida la conversación se dirigió a la bohardilla y buscó en una de las cajas un cuadro, el diploma de su licenciatura. Minutos más tarde lo depositó sobre la cama de matrimonio. Sacó de su maletín un sobre y lo puso en la mesilla de su marido, dentro había una pequeña nota, su texto decía:

Te quise tanto que dejé de ser. Hoy he vuelto a encontrarme. Sabes que siempre quise estar con ellos. Tal vez eso también se te olvidó. Ha llegado la hora. Tienes un billete de avión en el cajón de la mesilla de noche. Puedes reunirte conmigo, de ti depende.

Tras coger las bolsas de viaje se despidió de Conchita:

—No olvide llamar al señor a las dos de la tarde. Dígale que tiene un sobre en la mesilla y que estoy bien.

—Señora, no sé..., no sé qué decirla. Lo tiene usted todo..., todo. Perdóneme pero, no lo entiendo.

—No Conchita, no tengo nada. Ande..., deje de lloriquear y deme un beso. No tiene por qué preocuparse, la escribiré.


Carlos llegó al despacho inquieto. En su maletín tenía la factura que reflejaba las llamadas telefónicas de los dos últimos meses.

«Cómo he sido tan estúpido, cómo no se me habrá ocurrido antes—se decía mirando el papel —, era la forma más fácil de saber lo que pasaba, era suficiente con saber adónde llamaba».

Se instaló cómodamente en la mesa y tras despachar los temas más urgentes, decidió abrir el sobre, cuando lo hizo comprobó que había un número telefónico que se repetía demasiadas veces, casi a diario, un número que él no conocía, al que él no había llamado. Miró las horas en que había sido marcado comprobando que siempre era a media mañana, cuando él no estaba en casa. Tomó el auricular y lo marcó temeroso, lleno de incertidumbre. Tras el tercer tono contestaron:

—Médicos sin Fronteras, ¡dígame!




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