Fco. José Lobillo González


Crónica de una muerte
decretada


Ha muerto sin pena ni gloria y a nadie le importa que el remedio sea peor que la enfermedad. Y lo digo con la franqueza del atún (Calvo, claro) y bien alto (desde Gibralfaro si hace falta), que para eso tengo boca y éste es un país con libertad de expresión pero repleto de charlatanes. Ha muerto. Ha muerto triste y solo porque los amigos de juerga son los primeros que desaparecen a la primera dificultad. Yo afirmo que esa cobardía es cómplice del crimen. Encima la indiferencia es un insulto sin palabras que hiere la memoria del difunto. Porque las campanas no tocaron a duelo en la única torre de la Catedral, no se ofició ninguna misa en la iglesia de San Bartolomé y las plañideras se fueron contratadas a llorar de risa al club de la comedia. Ha muerto sin pena ni gloria. El Ayuntamiento no puso la bandera a media asta ni decretó ningún día de luto, debido al temor del Excelentísimo Alcalde —ese abuelo de apariencia dulce pero peligroso como un escorpión— a perder votos en el sepelio de un héroe maldito. El colmo del menosprecio son las necrológicas aparecidas en los periódicos. El Diario Sur reservó un hueco sombrío en una de sus páginas perdidas, una de esas páginas encaladas por las rúbricas de pseudoescritores con los riñones herniados y los labios cóncavos de tanto hacer reverencias y besar culos. En cambio, La Opinión intercaló un breve epitafio entre Susi, «Hago francés, griego y turca; también japonés pero sin harakiri», y Chelo, «Frondoso pubis para intrépidos exploradores con salacot». Sí, ha muerto sin pena ni gloria. Ha muerto como un perro en la ratonera de un gato, y cada plaza, cada esquina, cada parque ha quedado viudo para siempre sin que el Estado le garantice una pensión vitalicia. Ellos, que hablan de tanta blancura y transparencia en sus acciones que parecen un anuncio de detergente. Y no está mal como estrategia, la chapuza de esconder la ropa sucia bajo la cama ya no está de moda. Ha muerto, y yo digo que guardemos un minuto de silencio entre copa y copa, que honremos su memoria con la mano en el corazón y aprovechemos para echar una rápida meada.

¿Es que soy el único que llora el ajusticiamiento injusto del Botellón? Y reconozco —a ver si pensaban que yo era un ejemplo de faktoría radikal— que el Botellón no era un santo milagrero como Judas Iscariote ni una panacea como el ácido acetilsalicílico. Sin duda el Botellón era un hombre grosero y escandaloso, tenía una voz ronca de muchos decibelios que no dejaba dormir a los vecinos, por donde pasaba lo ponía todo perdido igual que una babosa con gripe, y, sobre todo, era un borracho empedernido, un beodo sin causa rebelde, un tipo que empinaba el codo hasta el ángulo recto. Pero el Botellón no era un ladrón ni un pederasta, tampoco el líder de una secta satánica ni un banquero corrupto. El Botellón era un profeta etílico, un bebedor tan bueno y tan malo como cualquier otro. Un profeta convertido en mártir mediante un Real Decreto Legislativo. El Poder Político, esos talentosos prestidigitadores de la papiroflexia, han pecado con una babilónica paja mental al no tenerse en cuenta a sí mismos. Porque no hace tanto —sólo se olvida lo que no interesa recordar— ellos realizaban guateques furtivos con sus pantalones de campana y sus patillas de bandolero, ellos, zahoríes del vinilo que se tragaban a gañote las botellas de ron y vodka, que se pasaban solidariamente el porro de marihuana y quemaban en el fregadero los sujetadores de algodón, ellos, chicos jóvenes que se lanzaban a la calle a luchar contra la libertad amordazada, que desafiaban los peligros armados de sentimientos, ideas y fraternidades impolutas. Y he de reconocer que nuestra generación no está hecha de la misma pasta. Nosotros humillamos la cabeza y callamos, o decimos sí igual que una masa ingente de perritos piloto. Nosotros miramos a otra parte, preferimos ir a un concierto de Alejandro Sanz o practicar el coitus interruptus con la chica equivocada. Tal vez no hemos sufrido lo suficiente para sufrir por algo.

Lo dicho, el Botellón ha muerto sin pena ni gloria y a nadie le importa que el remedio sea peor que la enfermedad. Y que conste en acta que este humilde amanuense es abstemio y estaba a favor de la pena capital... Pero es que hay muchas maneras de solucionar un problema sin ir de cowboy justiciero. Lo más fácil es prohibir sin ofrecer una oportunidad a la reinserción. En la mayoría de los casos los métodos alternativos, amparados en la imaginación, tienen mejores resultados que los modos castrenses. Hay muchas formas de resolver una cuestión social sin tener que borrarlo de un plumazo. Porque puestos a prohibir que prohíban la demagogia de los políticos, que prohíban la libertad condicional a los narcos, que prohíban los abusos de autoridad, que prohíban la usurería financiera, que prohíban las deudas al Tercer Mundo, que prohíban las restricciones a la prostitución y la eutanasia, que prohíban los reality-shows, que prohíban los sueldos de los futbolistas, que prohíban los bancos del Vaticano, que prohíban el corte de pelo de Almodóvar, que prohíban el pubis de Boris Izaguirre... Aunque por desgracia sólo prohíben a bombo y platillo —el presupuesto de la orquesta nacional no da para más y se han puesto en huelga— las causas que se reembolsan en las urnas electorales.

Sí, yo estaba a favor de la pena de muerte al Botellón. Pero ahora los remordimientos no me dejan en paz. No quiero que me absorba la ley del embudo ni que la ley del Thalión me quite un ojo o un diente, no quiero morir sin pena ni gloria como un perro en la ratonera de un gato. Porque a fin de cuentas eso es demasiado triste, demasiado cruel... Demasiado sobrio.



CONTACTAR CON EL AUTOR
lobilobillo[at]yahoo.com

(Ilustración relato: Fotografía por Pedro Martínez ©)