El regreso

No lograba definir si era alivio o intranquilidad, alegría o un invencible temor, el sentimiento que prevalecía ahora, hundido en el asiento, atisbando a través de la ventanilla el monótono paisaje formado por la hilera de árboles, algunas vacas dispersas y el campo casi infinito. Sin interés ni curiosidad, más bien como una manera de comprobar el avance del tren que, después de un año y medio, lo llevaba de regreso a su pueblo. Es por ella. Únicamente. Le resultaba claro el motivo que lo mantenía tenso, a la expectativa. Tal vez cree que la explosión me dejó inútil como hombre. Que ya nunca más podré... En vano pretendía desalojar la idea impuesta en los últimos meses. Obsesiva. Implacable. Convertida en un enigma cuya revelación podría conferirle una renovada dosis de esperanza o, por el contrario, iba a precipitarlo en un estado de soledad y negrura ya inmodificable. Sólo al llegar a la estación lo sabré.


(—¡Nuestra próxima misión será volar el puente de Fitz Roy!

Al dictar la orden, la voz del capitán Zárate resonó tan cortante y gélida como el viento que azotaba el patio del cuartel, donde él y los otros soldados que integraban el regimiento permanecían en silencio, rígidamente alineados. Como una simple manada. Sin importar lo que pensamos o queremos. Obligados a cumplir directivas. Mientras el capitán daba detalles de la operación, lo asaltó otra vez la ola de furor e indignación experimentada al recibir la cédula que no sólo significaba un llamado a luchar estoica y generosamente para defender parte del territorio de la patria, sino también alejarse de cuanto constituía lo más preciado e importante: sus padres, el trabajo, los amigos, ella. Gladys. Durante los primeros días en las islas, repetir el nombre querido consiguió darle la ilusoria y casi resignada sensación de tenerla cerca; después, debido sin duda al tenaz aislamiento, ni la fuerza del recuerdo, recibir alguna carta de tanto en tanto, lograron ser un consuelo y, mucho menos, aplacar la urgente necesidad de abrazarla, de gozar la fragancia de su piel, de poseerla largamente. ¿Cuándo podré tenerla otra vez? ¿Cuándo?

—¡Todos listos! Dentro de media hora iniciaremos la operación).


El sol declinaba cuando la marcha del tren se hizo cada vez más lenta y pudo observar, semejante a una tarjeta postal que iba adquiriendo progresiva nitidez, la fisonomía del pueblo. Todo igual. Menos yo. Golpeado por la comprobación del cambio sufrido en el curso de los meses de ausencia, no sólo en su cuerpo sino especialmente en el modo de ver el acontecer de la vida, pleno de escepticismo y desaliento, como si un cúmulo de años se hubiera desplomado de improviso sobre él.

Muy pronto se vio sustraído de esa especie de letargo. Primero, por la presencia de hombres, mujeres y niños apiñados en el andén, y después, al ingresar el tren en la estación, por los rostros sonrientes y las voces repitiendo su nombre y los brazos levantados en saludo de bienvenida. Parecen dispuestos a iniciar una fiesta. Como si yo tuviera ánimo o motivo para celebrar algo.

Antes de que el tren se detuviera, algunos ascendieron al vagón. Tumultuosos. Voces y risas en bullicio casi ensordecedor. Impacientes por abrazarlo. Y sin poder hacer nada para detener la desordenada avalancha, simplemente los esperó.


(No quiero hacer esto. No. Se mordió los labios para reprimir un grito de protesta y rechazo al verse obligado a participar en la nueva misión. Aunque el capitán Zárate recalcó que resultaba muy riesgosa, no era por miedo. Se trataba de otra cosa: bronca, desolación, impotencia. Casi los mismos sentimientos que lo asaltaron cuando partió del pueblo para intervenir en una contienda absurda, casi demencial. Los enemigos usurparon nuestras tierras. No podemos permitir semejante ofensa. Hay que echarlos como perros. Sin la menor compasión. Las arengas enalteciendo el honor, la dignidad, el coraje para luchar por una noble causa, no lograron despertarle algo de fervor o interés. Estamos aquí para matar o morir. Lo único claro. Irrefutable. Y como tantas otras veces, mientras se deslizaba junto a sus compañeros por el sendero escarpado de piedras y arbustos hacia el objetivo asignado, procuró evadirse de esa odiada realidad evocando hechos agradables: el baile de los sábados en el pueblo, los partidos de fútbol con los amigos, las horas pasadas junto a Gladys.

Hasta que sobrevino el horror. Bruscamente. Cuando alguien pisó una mina. El estruendo de la explosión se confundió con los gritos de alarma y dolor. Desarticulados, los cuerpos saltaron envueltos en una espesa nube gris).


No tuvo tiempo para reponerse de la sorpresa ni esbozar una tímida protesta. Incontables brazos lo levantaron, convertido de pronto en leve bolsa de plumas. Abiertamente confabulados en otorgarle al hecho de regresar al pueblo un carácter jubiloso, pleno de luz, que le permitiera no sólo empezar a relegar el espanto de la contienda en la que había participado, sino también recuperar el calor y la alegría por encontrarse de nuevo en su hogar, lo bajaron del vagón. Mientras cruzaban el andén, deslizó la mirada sobre las personas agolpadas. Inquieto. En denodada búsqueda del rostro querido. No. No ha llegado todavía. Después, cuando lo colocaron en el palco de madera levantado en un rincón de la plaza, siguió escrutando cada figura que se le acercaba para saludarlo. A la expectativa. Impaciente. Poco a poco comprendió que era más débil la esperanza de verla. Es inútil. Seguramente decidió no venir.


(No pudo definir cuánto tiempo pasó sumido en una especie de nebulosa —allí, en el cuarto blanco y saturado por el olor a remedios y alcohol, rígido en la cama, manipulado por médicos y enfermeras en curaciones dolorosas—, antes de sentir el creciente peso de la impotencia y el desamparo. Por la ausencia de rostros familiares, por la tortura de verse envuelto todavía en el fragor de la explosión, por el futuro que presentía sombrío y desalentador. Tal vez deberé acostumbrarme a esto. Para siempre.

La llegada de los esperados visitantes tampoco le otorgó cierto aliento. El capitán Zárate. Cordial. Elogiando el coraje que había demostrado en la tarea encomendada. Optimista sobre su pronta rehabilitación. Vino por compromiso. Una obligación pesada, pero ineludible. No encontró otra explicación para justificar las palabras demasiado obvias, la sonrisa con que pretendió despejar cualquier síntoma de malestar o preocupación, la negativa a informarle sobre el estado en que habían quedado sus compañeros de partida, la impaciencia por alejarse cuanto antes de allí. Algo semejante ocurrió con los otros visitantes. Como si nunca se hubiera producido aquella explosión. Como si no fuera por eso que estoy aquí, con el cuerpo destrozado. Su madre, sólo capaz de hilvanar escasas palabras, vencida por el llanto que no pudo definir si era un desahogo por abrazarlo después de tantos meses o la desesperada reacción al verlo postrado en la cama. Los viejos amigos —el Cholo, Rodrigo, el negro Fernández—, confabulados en hacer bromas y evocar momentos festivos, con el propósito de reanimarlo y relegar cualquier sombra funesta. Pareciera que no hay motivo para preocuparme. Y estoy aquí simplemente gozando unos días de descanso.

Sólo la actitud de Gladys fue distinta. Tensa. Reflejando claros signos de nerviosidad. La sonrisa apenas un mueca. El largo tiempo de espera para besarla, abrazarla, tenerla a su lado para salvarse de la soledad, se derrumbó en la mayor frustración. No puede disimular. Es corno si nunca hubiéramos tenido algo en común. Completamente extraños. Sin huella de los incontables gestos de amor, de los sueños que habían pensado concretar juntos. El beso fugaz y el roce de la mano que no llegó a ser caricia parecieron expresar no la alegría del reencuentro, sino más bien el saludo por una despedida final. Sin duda cree que nunca podré desempeñarme como hombre. Convertido en simple muñeco. Sin movimiento ni deseo. Inútil).


No. Ya no vendrá. Poco a poco desistió de recuperarla, de que su regreso al pueblo podría acercarlos, de revivir un tiempo pleno de promesas y luminosidad. Ahora represento una carga demasiado grande. Y no debe tener fuerzas ni ganas de llevar a su lado. Golpeado por la ausencia de ella, participó como mero testigo del acto en que los habitantes del pueblo le otorgaron el carácter de figura principal. Oyendo sin interés la voz estentórea del presidente comunal al darle la bienvenida y expresar el gusto de tenerlo allí y el orgullo de toda la gente por la destacada labor cumplida en las lejanas tierras del sur en defensa de la soberanía nacional. Recibiendo indiferente la medalla de oro, el reloj y tantos otros objetos convertidos en testimonio de cariño, reconocimiento, admiración. Sin verse contagiado por el júbilo desbordante que todos expresaban a través de aplausos y gritos y la incesante repetición de su nombre.

Hubiera querido manifestar el repudio por todo eso. Revelar abiertamente que ya nada tendría sentido ni valor para él, ahora que ella no iba a estar más a su lado y debería permanecer para siempre en un sillón de ruedas, cercenadas las piernas por la explosión de una mina.


Ángel Balzarino

El hombre acechado - Ahora, la oscuridad -
El regreso
- Deuda saldada - Al otro lado de la ventana



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