UNIVERSO


La ventana no me dejaba asomar. Tampoco podía cerrarla. Ni tampoco podía dejar de verla, y, sobre todo, ver más allá del rectángulo marrón de la madera el paisaje que se ofrecía a mis ojos: siempre igual de maravilloso, y siempre mostrándome algo nuevo. El paisaje tenía infinitos tesoros en sus infinitos puntos. Era imposible verlo todo, saber cada uno de sus rincones. A veces, lo admiraba con ayuda de prismáticos. Era mi universo, le daba sentido a mi vida.

Cada día, al despertar, yo asumía mi papel de expedicionario con renovado entusiasmo, aunque al final de cada jornada me entristecía un poco no poder asomarme a la ventana y echar a correr hacia mi universo. Pero tenía el aliciente de un sueño repetitivo: soñaba que una mañana me acercaba a la ventana y podía asomarme, y hasta salir a través de ella. Me perdía feliz en el paisaje; cuando miraba hacia atrás, la ventana me hacía un guiño de complicidad. Yo corría sin parar. Era un hombre completo y feliz. Para siempre. En mi sueño.

Ahora, estoy en un abismo. Cuando me desperté aquella mañana y no vi la ventana, enloquecí.

Mi sueño anda extraviado y ellos han inventado un cuento para tranquilizarme. Dicen que el estudio concluyó y hablan sobre no sé qué impresiones y comportamientos. Intentan alentarme diciendo que tal vez pueda curarme.

Ellos sólo me dicen que el pintor se llevó su cuadro pero sé que alguien robó mi universo No me entienden, y enfermo de ausencia.



(De la serie Cuentos y azares)

© Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, septiembre 2001

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