Fotografía: Pedro M. Martínez
 

Desde la balaustrada

Ramón Cabrera Naveiras

 

¿Quién será?

José María se acercó a su hermana y apoyó los codos en la balaustrada. Anochecía. Hasta ellos llegaba el fragor del mar rompiendo con furia contra las rocas.

—Diría que es un forastero.

Rosa observaba fijamente al desconocido que, asomado al acantilado, daba la impresión de mantenerse en un difícil equilibrio.

—¿Qué hará…, ahí? —y un espeluzno recorrió la espalda de la niña.

—Yo a veces también lo hago —dijo el muchacho con firmeza.

—¿El qué? ¿Eso?

—¡Pues claro! Algunas noches me escapo por la puerta de la cocina, bajo hasta las rocas y…

—¡Es peligroso! Si mamá se entera…

—No, no lo es. Basta con no tener vértigo.

—¿Tú no lo tienes? Yo, ni loca…

José María la interrumpió con aire de superioridad.

—Los hombres no lo tenemos. Ese de ahí tampoco, ¿le ves? Pero tú eres una niña. Por eso a lo mejor mamá se enfadaría, porque también es una mujer y no entiende ciertas cosas. Papá, en cambio…

—¿Le has dicho que lo haces?

—Puede que se lo diga cuando venga de la ciudad este fin de semana. De todas formas, no es absolutamente necesario—y recalcó, orgulloso, pronunciándola despacio, la palabra absolutamente—. Los hombres, te lo he dicho mil veces, siempre sabemos muy bien lo que nos llevamos entre manos. ¿O es que te crees que ese señor de ahí abajo es tonto?

Callaron un rato. El forastero permanecía inmóvil en su arriesgada posición. Como una estatua, solo sus cabellos, agitados por el fuerte viento, parecían tener vida.

—Hace frío —se quejó Rosa, e instintivamente se estrechó con sus propios brazos.

—Estamos en septiembre. Pronto terminarán las vacaciones. Es una lástima que la ciudad no se encuentre cerca del mar para venir más a menudo.

—Es divertido el mar… Bañarse, hacer castillos de arena…

—Es divertido de noche —puntualizó José María.

—¡Uf! De noche es negro. Da miedo.

—¡Pamplinas! El mar es como un libro en blanco. Lo dice Miguel, el cartero. Miguel, del mar, sabe un montón. Y de muchas otras cosas que lee en las cartas que reparte. De noche hay que escuchar el mar con los ojos cerrados e imaginar que eres corsario, o náufrago, o almirante de navío, lo que quieras. Entonces las olas te escriben sobre la arena una aventura para que te dejes llevar por ella. Yo lo he hecho.

—¿Tú?

Rosa admiraba a José María y él se esforzaba en aumentar su admiración.

—Bastantes veces. Y es muy chulo.

En la lejanía los pescadores encendían las luces de sus barcas. La luna era todavía una pálida e imprecisa mancha en el gris azulado del ocaso.

—A lo mejor ese forastero hace ahora lo mismo —insinuó Rosa.

José María disfrutaba despertando el miedo en su hermana. Así, después, podía simular protegerla. Cualquier pretexto le parecía bueno para demostrar que era mayor que ella y ya un hombre.

—Pues no estoy tan seguro… —dijo, intentando que su voz reflejara cierto grado de inquietud.

—¿De qué no estás seguro?

—De que haga lo mismo… —el forastero, quieto hasta ese momento, había girado de repente la cabeza a la izquierda, a continuación a la derecha, con lentitud, como si temiera ser sorprendido en aquel lugar apartado o buscara algo o a alguien con la mirada. José María obligó bruscamente a Rosa a ocultarse detrás de la balaustrada—. ¡Que no nos vea! —exclamó.

A Rosa, el corazón le dio un brinco en el pecho.

—¿Qué pasa?

—¿Es que no te has dado cuenta? Se ha puesto a mirar…

—¿A nosotros?

—Miraba para comprobar que nadie estuviera espiándole. Ese tipo es un contrabandista, me juego todo lo que tengo. Miguel me advirtió que por aquí rondaba gente de esa clase.

—¿Un contrabandista? ¿Qué es un contrabandista?

—Creo que alguien que compra cosas robadas que le traen desde el otro lado del mar.

—¿Un ladrón?

—Sí, pero diferente. A lo marino. Ha venido al anochecer, para que no le descubran. Por eso vigila. Desde el acantilado espera la llegada de los barcos con la carga: tabaco, drogas, armas… Le harán señales y él sabrá lo que tiene que hacer para recogerla. Siempre es así. Lo he visto en las películas.

—¿Lo sabrá porque es un hombre?

—¡Naturalmente! —afirmó José María con exagerada gravedad—. ¿Acaso hay mujeres contrabandistas? Sólo son hombres: aventureros, asesinos, piratas dispuestos a atravesar con su espada al que se cruce en su camino…

Rosa se apretó contra su hermano. Empezaba a experimentar un vago recelo que le hacía olvidar el frescor del crepúsculo. El desconocido del acantilado se había transformado en su imaginación en el peor de los enemigos concebibles.

—¿Y si le espiamos? —sugirió José María.

—¡Oh, no! —protestó la niña—. Volvamos a casa…, de prisa…

—¿Irnos? —José María no estaba dispuesto a interrumpir un juego que comenzaba a divertirle por lo que tenía de inocente suplicio para Rosa—. ¿Irnos? —repitió—. ¿No comprendes, niña, que ahora nos descubriría? En dos zancadas nos pilla y…, ¡adiós amigos, adiós papá y mamá!. Escondernos, eso es lo que debemos hacer, vigilarle y al primer descuido huir pitando hacia casa. ¡Tú hazme caso y sígueme! Buscaremos un escondrijo.

A gatas, casi arrastrando José María a Rosa, se desplazaron hasta un enorme macetero situado en un extremo de la balaustrada, detrás del cual se apostaron. En el cielo pavonado brillaban ya unas cuantas estrellas y la luna, perfilados sus contornos, iba tiñéndose por encima del horizonte de un suave color amarillo.

Rosa, ovillada, con la respiración contenida, casi temblando, ni siquiera se atrevía a abrir los ojos. José María no necesitaba esforzarse demasiado para mantener en vilo a su hermana, sobre todo ahora que el hombre del acantilado finalmente parecía resuelto a moverse.

—¡Ah! Acaba de dar media vuelta y camina… —contó—. ¡No, espera! Se ha detenido. Aseguraría que… ¡Está todo tan oscuro! Es como una sombra que viniera hacia nosotros. Parece que coge algo del suelo. Avanza un poco más, se detiene de nuevo al pie de la cuesta. Brillan sus ojos, igual que los de un lobo. La luna llena, Rosa, los muertos vivientes… ¡Uf, retrocede otra vez…! Veo luces que se encienden y apagan en el mar. ¿Será la contraseña? Corre en dirección al acantilado con los brazos extendidos, los baja ahora, tropieza y cae, creo que se arrastra, no, no, se ha levantado, corre nuevamente, pero…, pero, ¿qué hace?

José María apenas pudo ahogar el grito que brotó de su garganta. El desconocido, de un salto, se había lanzado al vacío con la decisión que todos envidiaban en el monitor del club cuando se zambullía en la piscina desde el tercer trampolín después de haber dado en el aire giros y cabriolas. Pero el acantilado no era un trampolín ni el mar, agitado, sembrado de rocas, decenas de metros más abajo, una pacífica piscina. Un sombrío presentimiento cruzó como un relámpago por el cerebro del chico.

—¡Se ha tirado! —murmuró perplejo y asustado—, ¡se ha tirado!

Abrazó a Rosa, le cubrió la cabeza con sus manos, le acarició los cabellos, inquieto, impulsado por la ansiedad y el súbito deseo de preservarla de una realidad que, por vez primera, se le mostraba auténtica y cruda.

Rosa, temblando, se puso a sollozar.

—Nada le ocurrirá, ¿entiendes?, nada le ocurrirá —dijo, desconcertado—. Es un hombre, Rosa, y los hombres no somos unos locos. Sabemos bien lo que hacemos.

José María, sin embargo, ya no estaba seguro de que eso fuese cierto. Tal vez porque, en ese mismo instante, empezaba a ser hombre de verdad. Y el amargo sentimiento de que en el futuro las cosas no iban a ser como siempre creyó que serían le turbó profundamente.


 


RELATO FINALISTA EN EL
II CERTAMEN DE RELATO BREVE ALMIAR

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ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©





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