Hechos del Caballero Grimaldo y
de Anfoleo, su escudero

Juan Jesús Amo Ochoa

 

«...Sucedió que aquel día, Grimaldo y Anfoleo reposaban en la umbrosa orilla de un cantarín arroyuelo, arrullados por el murmullo de las sonoras aguas.

Grimaldo, despojado de su armadura, dormía.

Anfoleo velaba el sueño de su Señor mientras daba buena cuenta de un par de panes, un queso mediano y un cuartillo del vino que el Conde Huraño les diera días atrás.

Mas ¡ay!, de poco le valieron a Grimaldo su ilustre cuna, su casta honorable, sus nobles antepasados o su renombrada espada. Como si un siervo de la gleba fuera, cual si de un tendero o de un físico se tratara, una mosca villana, mezquina, vil y plebeya, osó mancillar con sus patitas la capa inmaculada del sueño que fortalecía y reponía a tan ilustre Caballero.

Agita una mano, mas la mosca, insolente, luego de un breve salto retorna a cosquillear la oreja del esforzado héroe. Un salto más y pisotea los labios y sus párpados durmientes que tan sólo pensaban en ella, la Doncella más bella, la sin par Florelinda. Otro salto y cosquillea los cabellos con un sonido acre y burlón, en todo semejante a una risita.

Como llevado por el viento, el sueño huyó definitivamente de los párpados de Grimaldo.

Así como se alza la cresta de la ola presta a azotar la orilla con su furia infinita; así como se levanta la cima del volcán presta a estallar en fuego y llamas; del mismo modo que se incorpora el jabalí verrugoso de su charco pestilente para hacer huir al león terrible con un solo eructo; así se irguió furibundo el Caballero, con un bramido de furia que espantó y atragantó a Anfoleo y que pudo escucharse a gran distancia...

...Poco decoroso sería reflejar en estas líneas las palabras que brotaron de los labios del héroe. Baste decir que, arrepentido, imploró la expiación de sus blasfemias portando un cilicio bajo la cota de malla que mortificó su cintura el resto de sus días. Baste decir que, incluso Anfoleo, patán de condición algo baja y canallesca, acostumbrado desde niño a tratar con gentes rudas e impías, enrojeció como una doncella ruborosa. Baste decir que si la mosca hubiese comprendido el lenguaje de Grimaldo, hubiese caído fulminada y muerta al instante.

Pero, ajeno a sus palabras, el odioso animal continuó campando osadamente por la más que amplia frente del Caballero...

...Nunca se oyó hablar de combate tan singular.

Cuando Grimaldo cogió su espada, la renombrada Tajante, sólo la rápida intervención de Anfoleo logró evitar que se abriese con ella la crisma en un vano intento de propinar un mandoble a la diminuta bestezuela que, con un corto vuelo, fue a deleitarse paseando por los cuartos traseros de Binaca, el orgulloso y noble caballo de batalla de Grimaldo, de hermosa dentadura...

...De poco sirvieron tantos años de amistad y camaradería. Con el canto de Tajante, Grimaldo propinó tal azote al fiel Binaca que el animal, con los ojos en blanco, desapareció por el horizonte en veloz carrera para nunca más volver.

Al igual que el Aquilón arrasa los árboles de un bosque, abatiendo con más fuerza a los que más orgullosamente se le oponen, así desgajaba Tajante la umbrosa ribera. Chopos, alisos, abedules, robles y sauces caían en confuso montón ante los embates de la espada mientras la mosca volaba plácidamente de un lado a otro, cual caprichosa mota arrastrada por la brisa.

Un desierto pelado, un erial calcinado, el fatídico lugar de una cruel batalla, ofrecen un mejor aspecto que la erosión que quedaba tras Grimaldo en su loca persecución del maldito insecto.

Mas al cabo, cuando el sol caminaba hacia su ocaso y el esforzado Caballero, alcanzadas sublimes cotas de ira, resoplaba cual resopla el toro de lidia presto a morir y berreaba como el macho del ciervo previo al acto de la copulación o ayuntamiento; quiso Dios Nuestro Señor castigar a la insensata mosca y, de pronto, vióse la misma envuelta en las mallas pegajosas de la tela de una araña, al igual que los pecadores se ven maniatados por las ligaduras siniestras de su propia corrupción.

Como el sol rosado en la mañana del día de los esponsales es para la novia; como el estallido feliz del goce del amor es para el novio; así fue aquel momento para el Caballero Grimaldo.

Fascinado, deleitado (¿hemos dicho ya que estaba atónito?) contempló durante horas la agonía de la mosca entre las patas de la araña, liberándola a veces, un poco, sólo un poco, con el fin de prolongar su sufrimiento.

Cuando al fin la mosca, despojada de sus humores internos, no fue más que una carcasilla vacía e insignificante, un deshecho, una basurilla arrojada lejos, el Caballero sintió apaciguado su espíritu y su alma se llenó de una rara paz...

...Desde aquel día, adoptó para su blasón la imagen de sable de una araña en su tela, sobre campo de gules con bordura de azur y, sobre ella, la divisa «tu dolor es mi venganza».

Sin embargo nadie se explica por qué, al adoptar los mismos colores y dibujo para su armadura, todos los niños en el Reino comenzaron a gritar cuando lo veían pasar: «¡Es Píderman!», palabra de arcano origen y significado oculto hasta nuestros días.
 

 


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 ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©






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