Hematofagia

Francisco Javier Martínez

 

Acariciaba la fría superficie de vidrio con el delicado toque de un pianista. Las yemas de mis dedos tamborileaban en la mesa redonda. En el fondo se escuchaba una pegajosa música dark con alguna mezcla de tecnohouse. Mi boca se jactaba con el enmantequillado sabor del whisky. No había mucho que decir. A veces las noches de cacería se vuelven fastidiosas. Camuflajeado desde mi silla registraba a los especimenes que se arrimaban a la barra del local. Con la serenidad de un francotirador observaba pastar a la fauna despreciable de siempre. Ninguna de esas locas chillonas merecía el esfuerzo de bajarme el cierre del pantalón. No quería desperdiciar con cualquiera una rápida gota de semen en el maloliente baño. La espera se hizo insoportable. Ya iba por mi tercer trago cuando el mesonero se me acercó para decirme que el siguiente era por cuenta del señor del fondo. Me volteé para agradecer el gesto. Resolví realizar un pequeño cambio de estrategia, le respondí al mesonero que lo tomaría en aquella mesa. Trampa, presa, cazador, cazado realmente no importa, si se sabe cómo se juega. A pesar de la oscuridad pude apreciar su elegante vestimenta, lo cual me atrajo y le concedo un punto a su favor. Nuevamente le agradecí el gesto al desconocido. El incógnito personaje asintió sin ningún cruce de palabras. Protegido por las sombras fue directo sin cortapisas poniendo su mano en mi muslo derecho. El roce de las largas uñas me provocó una erección instantánea. Quería besarlo pero se negó. Vámonos de aquí me dijo. Saqué mi cartera para cancelar la cuenta. Déjalo así, que ya pagué por ti me respondió. Por segunda vez me sentí halagado pero receloso. Sospechaba de la excesiva cortesía. Esa sería una de las tantas sorpresas de la noche. Salimos del bar. ¡Qué auto tenía ese condenado hijo de puta!. Una asquerosa envidia que me revolvía la bilis. Un Jaguar negro con asientos de cuero, tapicería de lujo y un excepcional equipo de sonido. Arrancó el motor y relincharon los miles de caballos de potencia que valía aquella joya automotriz. La verdad es que no sabía quién era, pero así son la mayoría de los contactos. Poca preguntas y mucha acción. No obstante, esta vez sentía mucha curiosidad por saber la identidad del generoso desconocido. Me llevó a su apartamento. Estando solos en el ascensor empezó el frenesí. La vía expedita hacia el pent house se convirtió en un derroche de testosterona. Eran duros besos de lenguas que se revolcaban como serpientes una encima de otra en el cortejo de la danza de apareamiento. Yo apretaba sus glúteos que se remarcaban en forma ajustada debajo del pantalón de cuero negro. Su veloz mano derecha se había sumergido directamente sobre mi interior. Tironeaba sin compasión mis testículos como si buscara mi rendición inmediata. Le quité la chaqueta dejando al descubierto una fina camisa de seda semitransparente. Él destilaba lujo al mismo tiempo que buscaba despojarme de mi camiseta de algodón. Su piel era blanquísima, podía apreciar el desarrollo de los cuadriceps con una gran definición. Su mano subía por mi cuerpo como si fuera a arrancarme de raíz el frondoso vello pectoral. Deseo, fuego, pasión se trasmutaban en un cóctel explosivo de sexo. Había encontrado un semejante a mi altura. Algo me decía que necesitaba ganar esa batalla. Necesitaba pisar más arriba que él. Poseerlo, hacerlo mío. Ambos sabíamos el objetivo final. No había engaños, ni tretas. Desesperado intentaba abrir la puerta de su apartamento para tenerme en su campo, pero no lo dejé que lo consiguiera. Era mi oportunidad para atacarlo, debilitado por las dos tareas. Presioné para arrinconarlo sobre la pared, él soltó la llave mientras yo avasallaba su cuerpo haciendo palancas con mis brazos. El desconocido quiso contrarrestar mi iniciativa, pero yo brinqué sobre él y si era posible lo violaría en ese instante. Conseguí inmovilizar a mi trofeo. Sólo falta completar la faena. Me sacudía encima de él. Una vez dijo con voz baja ¡basta ya!, luego lo repitió otra vez. A la tercera, me empujo gritando un fuerte ¡basta!. Zafándose como un cervatillo se escurrió de mis garras logrando entrar en su apartamento. Una tácita tregua quedó en el aire sin haber consumado el objetivo. Por un tris se diluyó mi victoria. Una deliberaba calma se fraguó para postergar el enfrentamiento definitivo. El desconocido leyó mi pensamiento sirviéndome un trago. Mis fosas nasales se expandieron cuando vacié el contenido de un solo intento. Parecía un animal rabioso alcoholizado. Mi sudor indicaba la intensidad del preámbulo sexual. Tardé algunos segundos en estudiar el espacioso lugar del excéntrico anfitrión. Unas grandes cortinas, esculturas, pinturas, y muebles de estilo que con mi escasa cultura podía intuir que pertenecían a la época de esos Luises franceses, todos pomposos. Aquel lugar parecía una tienda de antigüedades. La bebida aflojó mi fogosidad. El cansancio se apoderó de mí. Entablamos una conversación. Averigüé su nombre, su profesión, sus gustos y otras cosas. Él me acribillaba a preguntas que yo no entendía muy bien. Contestaba con «sí, por qué no, estoy dispuesto a ir, me gustaría, sí vamos» para apartarme de las dificultades pero mis ojos se cerraban a cada instante. Mis habilidades disminuían como si estuviera narcotizado. Roland viendo la situación me preguntó si quería darme una ducha.

Cerré los ojos para relajarme y dejé que el agua caliente bañara mi cuerpo. Roland entró a la ducha. Aprecié su cuerpo desnudo que erizaba mi lujuria. Un sutil beso inició su ofensiva. Quiso que me diera vuelta. Mi mano dibujaba figuras en las baldosas mientras su lengua jugueteaba con el arete de mi oreja derecha. Él era dulce y tierno. Apaciguaba mi resistencia con sus caricias. Tocaba mi rapada cabeza. Susurrándome con una seductora voz dijo que no tuviera miedo, que no me haría sufrir. Sus largas uñas se hincaban sobre el tatuaje de tigre de mi espalda. Aquello me gustaba. Imaginaba que me penetraría con fuerza, que me ensartaría pero nunca de aquella forma. Una sensación fría de felicidad dilataba mi energía. Una paz me satisfacía de gozo. Roland hundió sus colmillos en mi cuello para beber mi sangre. Ese fue el último recuerdo de mi vida humana.

 


RELATO FINALISTA EN EL
II CERTAMEN DE RELATO BREVE ALMIAR

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ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Juanjo Barinaga y Pedro M. Martínez ©





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