El silbidito
o las batallas inconclusas

X. Nagrien

 

Siete hombres marchan guarecidos de las balas enemigas sólo por el escudo invisible de su miedo a morir, pues el valor se les ha terminado ya junto al resto de las últimas provisiones. Aún así, para los del grupo, lo mejor es mudar constantemente de ubicación y lo saben; un pelotón aislado en la selva es un payaso inexperto plantado en medio de la cuerda floja, destinado a caer sin remedio si permanece quieto demasiado tiempo en el mismo lugar.

L. va al final del grupo, silbando; de su boca escapa un chiflido maquinal, nervioso; el sargento Chacón le ha encomendado cubrir la retaguardia y L. obedece. Avanza entre arbustillos asiéndose de su arma como de la vida misma entre el calor vaporoso de la selva centroamericana. Sus ojos luchan contra el cansancio y el gatillo de la Milewsky 345 se humedece con el sudor de su índice derecho, listo para disparar.

La batería 32 Sur, único reducto aliado en todo el perímetro oeste del monte Manudo, quedará a unos quince kilómetros hacia abajo, intuyen los del pelotón, por lo que siguen la caída del río Paranillo entre ataques frecuentes de zumbadores verdes y zancuderos. Es tarde, tendremos que andar más aprisa y cachimboncitos si queremos evitar que la noche nos pesque en medio de la selva, dice el sargento Chacón; éste será el último refresco, advierte, mientras sus hombres beben agua de la ribera y hunden sus manos en la corriente como si fuesen jicarillas para vaciarlas sobre sus nucas y sus pechos.

La Milewsky de L. descansa sobre una roca del río mientras él ve el reflejo de su cara en el agua y vuelve a silbar; reproduce, de manera irreflexiva, el sonido que surge de las gargantas moribundas con dificultades para respirar. Mira su pelo rojizo, sucio y desaliñado; sus pecas son anaranjadas como buen niño irlandés gaidheal. Usa un suéter negro que pronto le quedará muy corto, tanto como su pantaloncillo. Observa su imagen en el reflejo líquido y lava después su rostro. El agua del estanque es tibia, pero servirá de refresco para el extraño clima de las tardes de Irlanda, mientras él corre de nuevo a posicionarse entre los tupidos arbustos del jardín. Su primo Kev ha puesto las reglas del juego y ha tomado la delantera; es el rival, pero aunque sea mayor, piensa L., eso no le dará el triunfo fácilmente.

L. corre hacia la cerca del jardín y la salta para internarse en el bosque próximo. La consigna es clara: el ganador será quien llegue primero a la granja de los O’Cathasaigh sin dejarse sorprender por el primo contrincante, de lo contrario, la víctima será acribillada por balas de fango y estiércol entre risas burlonas y repeticiones de ¡fàilte!, ¡fàilte! Por eso L. se anda con cuidado. Carga sus doce años en un morral ligero colgado a su espalda; en él guarda piedras y lodo a manera de municiones. Avanza un pequeño tramo, siempre silbando; se detiene para contar sus proyectiles y luego alza la vista hacia el cielo cada vez más oscuro; el juego deberá terminar rápido, antes del anochecer si los soldados primos no quieren ser reprendidos por faltar al rito de la cena familiar. A L. lo arranca de estas preocupaciones la voz del sargento Chacón, ordenando una alerta a tierra: ¡Y callen a ese hijoeputa, que deje ya de silbar, esto no es un paseo!

Los hombres se tiran al suelo e intentan confundirse con la tupida vegetación tropical. Se preparan para repeler el ataque, pues temen ser blancos de mirillas enemigas. Avanzan arrastrándose hacia el cercano vado del Paranillo en una fila compacta similar a un gran gusano. Nada se escucha además del silbidito quedo de L., combinado con el barullo de monos y de pájaros que abandonan las copas de los árboles próximos, entre aletazos de azoramiento frente a la presencia humana, como delatores coloridos.

Ha pasado apenas un minuto desde que L. está tirado, expectante, pero siente haber estado sobre ese suelo boscoso más de una hora. Ha visto cientos de insectos y de roedores antes inimaginables; malditos sean, esos son quienes dañan siempre las cosechas de papá, dice L., al tiempo que mira entre la hierba del suelo a una serpiente atigrada acercándose con rapidez. L. se espanta, se paraliza y, por primera vez en lo que va de la expedición, calla; nunca había visto algo así: una piel de tigre verde en el cuerpo de un veloz reptil. La serpiente se acerca a cinco, tres, dos metros y, de pronto, el rugido bestial de una ráfaga voltea y parte el cuerpo del ofidio. L. ha disparado su Milewsky para evitar el piquete del animal, pero tarde se da cuenta de su grave error: los chillidos de pájaros y saraguates espantados por la descarga, explotan entre las ramas, seguidos por un estruendo mayor de ráfagas enemigas desde los chancarros y los árboles de hule. Chacón ordena repliegue hacia la ribera. Intenta ser el primero en saltar sobre una piedra para tirarse al agua, pero en el aire, varias descargas le revientan el pecho, el estómago, la cabeza. L. corre también pero en sentido contrario; mira de reojo cómo uno a uno sus compañeros se convulsionan por las balas que se les incrustan, dejando jirones de guerreras y zancarrones ensangrentados. Huye de las piedras y de las bolas de limo y estiércol que le arroja Kev montado en alguna rama cercana; no debe parar, esta vez no será vencido, hoy sí escapará y después acabará con el maldito Kev, piensa L.

Trepa sobre un montón de tierra y se impulsa hasta el otro lado para resguardarse. Salta con todas sus fuerzas mientras oye las palabras burlonas de Kev: ¡fàilte!, ¡fàilte!, ¡saorsa!, y ráfagas de metralla que le zumban por los pies y por las orejas. Al otro lado del montículo, se da cuenta de que ha caído sobre hierbas deshidratadas que cubren un hoyo. Quizá sea una fosa cavada intencionalmente por los O’Cathasaigh para tirar ahí las papas podridas de sus cosechas, o tal vez por la propia guerrilla centroamericana para esconderse de las guardias pro yanquis. L. se desploma encima de esa capa falsa de vegetación, resbala hasta el fondo de la fosa y al caer se percata entonces de su profundidad; tendrá unos cuatro o cinco metros, una altura imposible de escalarse sin ayuda ni equipo. Por la penumbra, le resulta imposible saber si ese gran agujero tiene escalones o túneles contiguos; además, si los tuviese, de nada servirían, pues L. no puede moverse. Un dolor profundo taladra su antebrazo izquierdo, quizá sea una herida causada por alguna piedra arrojada por Kev, por alguna bala, o quizá sí lo haya mordido la serpiente rayada que antes lo impresionó tanto.

L. no sabe en realidad quién es; una de sus manos toca algo duro y liso, es un cráneo semi cubierto por la tierra; los restos de algún soldado yacen ahí, tal vez de un antiguo guerrillero centroamericano o algún independentista gaidheal de Ulster. Cómo saberlo, si ni siquiera sabe en dónde está, si es un niño irlandés o es un hombre de América central, si su piel es blanca pecosa o si es morena. Se desespera y piensa que así debió sentirse justo antes de nacer, sin saber quién era, quién es. Ahora está forrado de oscuridad y mira al cielo desde esa fosa similar a un útero materno que vuelve a aislarlo del mundo en el suelo de este bosque, de esta selva. Nada puede hacer, excepto silbar; eso aún puede hacerlo y lo hace ahora con más agitación, en espera de algo, de alguien. Mira hacia arriba y el cielo ya se ha ennegrecido casi por completo; en su caso, perece ser una referencia de ubicación inútil, pues la noche, a cielo abierto, no es muy distinta en Europa del norte y en Centro América, al menos eso cree L., aunque en realidad no lo sepa, como tampoco sabrá que el dolor intenso en su brazo izquierdo ha sido inútil, porque la inyección ha llegado demasiado tarde: ni el confort aséptico del hospital, ni los gritos de tía D., fiel centinela de su agonía, podrán salvarlo ya. Dos enfermeras y el médico de guardia se arremolinan a los pies y a los costados de L. mientras éste se convulsiona seguramente por las balas de alguna metralla enemiga que le revientan el cuerpo, entre risas y gritos burlones de su primo Kev, ¡fàilte!, ¡fàilte!, ¡saorsa!, quien le arroja puñados de tierra sobre la cara, terminando así con los doce años de L. y con su silbidito, con esa respiración penosa no distante de un ronquido agudo que se extingue, como el chiflido de alguien que se aleja por la calle para dejar tras de sí una batahola de sollozos. Tres lágrimas mojan dos libros que han resbalado de la cama y tía D. los ha levantado del suelo para luego aprisionarlos, queriendo exprimirles la vida de su sobrino, esa vida enferma que sólo vivió entre letras, entre cuentos de batallas inconclusas que ya no perderá.

 


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 ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©





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