Buenas noches y buena suerte
:
la guerra contra Bush
batallando contra McCarthy
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Guillermo Ortiz López


Uno de los tópicos del antiamericanismo es que en Estados Unidos no hay conciencia crítica, que la población acepta como borregos todo lo que les dice el Gobierno, la CIA, los poderes fácticos... El hecho de que ese tópico sea precisamente americano (Noam Chomsky, Gore Vidal, más recientemente Michael Moore...) ya pone de relieve cierta inconsistencia en la tesis, pero no oculta una parte de verdad: en general, a la opinión pública estadounidense le cuesta mucho reconocer sus errores.

David Strathairn (5974348391).jpgComo toda institución poderosa, parece que estuviera paralizada por el miedo a poner de evidencia un fallo propio, como si eso pudiera implicar una pérdida en su estatus, en su situación de preponderancia mundial frente a amenazas externas: comunismo, integrismo... En líneas generales, y pese a lo que pueda parecer, Estados Unidos es un país más bien inseguro, de mil corrientes internas que rara vez se ponen de acuerdo y con una tradición más o menos inventada que parece irse tambaleando poco a poco con los años.

Seguramente, esa propia inseguridad, mezclada con el pánico a reconocer lo que se hace mal en el presente, hace que, una vez se reconoce un error del pasado y se comprueba que, al fin y al cabo, no pasa nada, que todo sigue más o menos como estaba, los propios americanos se ceben con ese error y nos lo expliquen a todos mil veces, dejando claro lo mal que lo hicieron, lo malos que fueron y cómo se merecerían un castigo sino fuera porque todo, en definitiva, se ha acabado denunciando y depurando.

Ejemplos obvios: la guerra de Vietnam. Durante los 70 y los 80, nos bombardearon —disculpen el uso de este verbo— con decenas de películas sobre las maldades de la ocupación de Vietnam del Sur y las atrocidades de la guerra contra Ho-Chi-Mihn y los suyos. Otro ejemplo, más antiguo aún: la «conquista del Oeste». Durante los 30, 40 ó 50, se la consideró una acción gloriosa, propia de héroes de leyenda. En los 60 y 70 ya no era así: las situaciones admitían matices, la expoliación de territorios indios salió a la luz, la falta de consideración y la humillación hacia los pobladores originales de esos terrenos se convirtieron a menudo en el centro de la trama de los nuevos westerns.

Pues bien, otro clásico de la «mala conciencia» americana es la «caza de brujas» delJoseph Raymond McCarthy senador Joe McCarthy. Como acontecimiento político quedó muy por debajo de su repercusión mediática. Por supuesto, la depuración de cargos mediante acusaciones enloquecidas de filocomunismo, entre el silencio cómplice de las administraciones y los medios de comunicación, merece una denuncia constante, un aviso de lo que puede llevar a una democracia al terreno más totalitarista cuando se esgrime un enemigo exterior como pretexto represivo.

Ahora bien, McCarthy era un lunático, un enfermo, un hombre endiosado que acabó fuera del Senado, fuera de su hogar, metido en drogas y alcohol y que acabaría muriendo en oscuras circunstancias lejos de la gracia del poder. Un claro ejemplo de que cuando se decide mirar a otro lado siempre hay alguien dispuesto a hacer camino de la manera más intolerante.

La caza de brujas o, más bien, el final de esa época de mediados de los 50 es el escenario opresivo en el que se mueve «Buenas noches y buena suerte», una película-documental que supone el estreno como director del muy fotogénico George Clooney y con la que ha hecho un trabajo no sensacional pero sí entretenido, moderado, visionario... que le ha servido varias nominaciones al Oscar, entre ellas la de mejor director.

Hay que dejar claro que la película, en sí, tiene mucho de documental y poco de película, pero se agradece. Las películas históricas, en mi opinión, deben ceñirse a la historia. Cada personaje debe ser una pieza en el engranaje y no conviene que despisten al espectador. Nada más absurdo que ver en «JFK» los problemas conyugales de Kevin Costner. No, lo que importa aquí es la batalla que la CBS y, en concreto, su periodista Edward R. Murrow, deciden librar contra el senador Joe McCarthy y su temible Comité de Actividades Antiamericanas.

George ClooneyPocas cosas distraen al espectador de esa lucha, ni siquiera Clooney comete el error, habitual en los directores-actores, de dar más relieve y personalidad a su personaje. No, la personalidad de Murrow y Friendly, los co-editores de un polémico programa de informativos de la principal cadena privada estadounidense, ya se demuestra en el propio enfrentamiento que deciden emprender contra el demente McCarthy, en clara decadencia por haber tocado algo sagrado en aquellos EEUU y más aún con un general —Dwight Eisenhower— como presidente: las Fuerzas Armadas.

Precisamente, un escándalo en las Fuerzas Armadas permite a Murrow —excepcionalmente encarnado por el muy sobrio David Strathairn— iniciar una serie de reportajes sobre McCarthy que pondrán en peligro su carrera periodística y su futuro dentro de la CBS. El ganador de la batalla lo descubrirán ustedes cuando vean la película, aunque no es difícil hacerse a la idea.

Pero, aparte de lo que es la lucha McCarthy-Murrow, la película trata un tema que sigue de actualidad y que es, en realidad, el motivo por el que el siempre combativo George Clooney decidió emprender este trabajo: el papel de los medios de comunicación en las sociedades libres. Medios de comunicación privados, que dependen de grandes empresarios, de anunciantes, de cuotas de audiencia, y que viven en el continuo pánico de romper lo «políticamente correcto», sea eso lo que sea en cada distinto momento.

Ese análisis de la comunicación como denuncia y de la televisión como medio de difusión de las injusticias no se presenta burdamente en términos de buenos y malos. El propio director de la CBS, propietario de la cadena y víctima de terribles presiones por parte del poder y los anunciantes, es una figura ambigua: comprometido con la libertad de expresión de sus periodistas, preocupado por el futuro comercial de su televisión, cuya licencia depende, precisamente, del Gobierno.

¿Hace falta irse a los años 50 y a Estados Unidos para ser conscientes de este tipo de situaciones? Cazas de brujas aparte, la situación actual de los medios de comunicación y, desde luego, los españoles podrían estar a la cabeza, es de una sumisión casi total a los distintos poderes. Sé que esto puede parecer un tópico, pero creo que puedo asegurarlo sin riesgo a equivocarme demasiado. Excelentes profesionales, cabezas privilegiadas obligadas a opinar según el medio en el que escriben-hablan-presentan...

... Llamadas a cualquier hora de dirigentes de un partido, o su rival, de un Ministerio, de una Secretaría de Estado, de Presidencia de una Comunidad Autónoma... Subvenciones que van y vienen según el grado de afinidad. McCarthy está muerto. ¿La libertad de expresión está más garantizada ahora que hace cincuenta años?, ¿verdaderamente podemos creernos lo que leemos-oímos-vemos?, ¿acaso un periodista no sigue sabiendo perfectamente cuándo se juega el puesto y que eso no depende en absoluto de estar diciendo o no la verdad? Créanme, se sabe. Eso es así.

Si la situación es peor en Estados Unidos, como el propio Clooney insinúa, quizás se le podía exigir el valor de denunciarlo. Da la sensación de que, en realidad, el documental —con su excelente ritmo, su elección de imágenes reales combinadas con las ficticias, su ambiente opresivo en el que no se incluye ni una sola escena de exteriores, ese blanco y negro que ya predispone a la angustia...— no es sino una denuncia de la actualidad mediante la parábola de McCarthy.

Casi todas las referencias de Murrow, incluso las más políticas: «No podemos intentar llevar la libertad fuera de nuestras fronteras y negarla dentro», parecen ser puñales hacia la Administración Bush y la manipulación masiva de los medios de comunicación que los sectores críticos denuncian constantemente y que , modestamente, como analista, soy incapaz de afirmar o desmentir. En cualquier caso, si Clooney lo que quería denunciar era eso, uno puede preguntarse: ¿por qué ambientar la película en los 50 y no en los 2000?, ¿por qué McCarthy y no Bush, o Rice, o Cheney...?

Quizás sea verdad lo que el presidente de la Columbia Broadcasting System espetaEdward R. Murrow en un momento dado al batallador periodista: «Todos nos autocensuramos», a lo que Murrow no puede sino asentir. A lo mejor, y volvemos al principio, Clooney considera que la sociedad americana no está preparada para la autocrítica de manera tan inmediata. Quizás, en ese caso, su salida ha sido la mejor: recurrir a un tópico de autoflagelación y confiar en que el mensaje se entienda.

Se entiende. Fácilmente. Es un muy buen trabajo y merece la pena meterse en el cine para disfrutarlo. ¿Arrasará en los Oscars? No es cuestión de política: posiblemente la película aún no tiene suficiente entidad para competir a tan alto nivel. Pero detrás de la cámara había un director que sabía qué contar y cómo contarlo y que seguramente nos dará muchas sorpresas en el futuro.

Bienvenido, George Clooney... y buena suerte.


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Página web de Guillermo Ortiz: http://www.guilleortiz.com


IMÁGENES ARTÍCULO (orden descendente): David Strathairn (5974348391) by Keith McDuffee from Northborough, MA, USA - Flickr Uploaded by stemoc. Licensed under CC BY 2.0 via Wikimedia Commons. | Joseph McCarthy, By United Press (Library of Congress) [Public domain], via Wikimedia Commons | George Clooney 2007, By Stefano Malandrino from Roma, Italia (gEORGE) [CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons | Edward R. Murrow, By Unstated photographer (RR Auction) [Public domain], via Wikimedia Commons



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