En rigor, el
Festival de Málaga de Cine Español es inabarcable e imposible de
explicar en pocas líneas. Demasiadas cosas pasan a la vez con
demasiada gente conocida. Prácticamente toda la industria del
audiovisual español pasa por ahí en dos fines de semana: desde Julio
Medem al secundario más secundario de Física o Química pasando
por productores, guionistas, actrices impresionantes, jóvenes
promesas, figuras consagradas…
La reacción del
público y el festival ante tanta expectación es desigual. Por un lado,
se agradece la implicación de toda la ciudad y todos sus habitantes en
el proyecto: exposiciones que van desde la misma parada del AVE al
Teatro Cervantes o los Cines Albéniz, prensa local por todas partes,
salas más o menos llenas para ver las nuevas producciones españolas…
Por otro lado, hay
un punto excesivo en algunas reacciones. Por ejemplo, el primer fin de
semana, con la presentación de Fuga de cerebros, una comedia
con algunos de los actores más conocidos de la pequeña pantalla: Mario
Casas, Alberto Amarilla, Amaia Salamanca… Por supuesto, a la película
le venía bien la promoción del Festival, y al Festival le venía bien
una película así para que todas las fans se volcaran, se creara un
ambiente de star system y los medios de comunicación hablaran
del tema.
Pero aquello fue
exagerado. Centenares de adolescentes esperando en la puerta del hotel
a los chicos (y la chica), corriendo tras los coches, golpeando las
ventanas, interrumpiendo el tráfico, chillando, llorando… Aquello era
cualquier cosa menos cine. Por supuesto, la película se llevó el
premio del público. No podía ser de otra manera.
Desde fuera al
menos daba la sensación de que ese caos fanático se potenciaba desde
arriba, incluso se completaba con un pequeño caos organizativo: Málaga
crece a tanta velocidad que es complicado atender a todo el mundo. El
festival funciona con una especie de marcado sistema de castas a todos
los niveles: las grandes estrellas, participen o no en esa edición, lo
tienen todo: restaurantes, coches privados, seguridad… Los invitados a
secciones paralelas tienen bastante menos. Los cortometrajistas, por
ejemplo, prácticamente nada.
El prestigio, se
supone. Y una acreditación colgando del cuello.
Algo parecido
sucede con la prensa. En Málaga tienen la sana costumbre de chequear
quién asiste y quién no a los pases. A veces es un poco ridículo,
porque puede pasar que llegues dos minutos tarde y la chica que
controla ya no esté, así que en principio y formalmente no has ido a
ese pase. También puede pasar lo contrario: que llegues tan pronto que
tampoco te fichen.
Algunos periodistas
tienen vales de comida, otros no. Algunos van con bolsa de la
organización, otros ni siquiera saben que existe. Concertar una
entrevista es un espectáculo, enterarte de cómo conseguir una entrada
para una gala requiere tres llamadas… Todo funciona demasiado en torno
a quién conoces.
Lo dicho, castas.
En la discoteca que
servía de punto de reunión nocturno y a la que sólo podían asistir
acreditados, el Liceo, a menudo se separaba con un cordón a los
invitados de primera de los de segunda, sin llegar a saber muy bien en
qué se basaba dicha distinción. Afuera, las chicas se agolpaban y se
acercaban para ver si podían entrar contigo. ¿Qué esperarían
encontrarse dentro? ¿A Hugo Silva? ¿Y por qué demonios toda esa gente
espera que Hugo Silva les salve la vida?
El cine: Tres
dies amb la familia y La vergüenza
Luego estaba el
cine, claro. Las películas, los documentales y los cortometrajes.
Multitud de celuloide. Tanto que se solapaba, que era imposible cubrir
tanta oferta. Sección oficial y secciones paralelas, con sus
respectivos jurados y premios y sub-organizadores.
Tampoco es fácil
juzgar el nivel competitivo de Málaga. Primero, porque es muy
complicado para cualquier festival reunir quince obras de estreno de
un solo país y que las quince sean buenas. Es complicado incluso que
la mitad sean buenas. Este año, sólo hubo cinco que se salvaron de la
quema y alguna que más o menos cumplía su objetivo.
En mi opinión la
mejor película fue Tres dies amb la familia, de la jovencísima
Mar Coll (28 años). Para ella fue el premio a la mejor dirección y sus
actores también vieron reconocido su trabajo: el portentoso Eduard
Fernández —que consiguió participar en tres de las películas a
concurso y merecerse el premio por cada una de las tres— y la
sorprendente Nausicaa Bonnin, uno de esos jóvenes talentos que pasan
desapercibidos por su sobriedad y profesionalidad.
La película quizá
no está apoyada por una historia realmente desgarradora o
sorprendente, pero es una maravilla de narración y fluidez.
Compitió en el
palmarés con La vergüenza, ópera prima de David Planell, excelso
guionista y cortometrajista que recibe por fin su oportunidad más allá
de los 40. La Vergüenza narra la historia de una pareja con
serios problemas para
convivir
con su hijo adoptivo, hasta el punto de que se plantean seriamente
devolverlo. No sólo se sienten confundidos en su relación con el niño
y de cada uno con el otro sino que además se sienten avergonzados de
esa confusión. Como bien dice Alberto San Juan en uno de los
formidables diálogos de la película: «En el bosque no te mueres de
hambre ni de sed, te mueres de vergüenza por haberte perdido, por no
saber pedir ayuda».
Esta pareja ni sabe
cómo pedir ayuda ni sabe a quién pedírsela. Planell consigue un
resultado óptimo en el reflejo de su drama personal, combinando
profundidad con sus habituales cargas cómicas y gracias a la excelente
actuación de Natalia Mateo, el citado Alberto San Juan y Marta Aledo.
Sin embargo, la trama se pierde un poco en ocasiones y resulta algo
intermitente.
Merecido premio, en
cualquier caso.
Pagafantas,
entre otras
Las otras tres
películas que destacaron fueron Pagafantas, de Borja Cobeaga, El
niño pez, de Lucía Puenzo y Amores locos, de Beda Docampo.
Pagafantas
es una inteligente comedia muy bien resuelta sobre la figura del
«amigo que te tiene ganas», es decir, el que paga las Fantas —o lo que
haga falta— a la chica con tal de poder estar con ella un poco más. Él
está completamente enamorado y ella le ve como un osito de peluche al
que abrazar cuando está triste.
Real como la vida
misma.
Amores locos
tiene un problema de marketing: toda la publicidad de la película
apunta en una dirección poco atractiva. Cualquiera que vea el cartel o
la sinopsis pensará en una película de época poco interesante. Sin
embargo, no lo es. Es una atractiva reflexión sobre la locura en el
amor desde el punto de vista de un psiquiatra —una vez más, Eduard
Fernández—, un neurólogo —Carlos Hipólito— y una joven arrasada por
una tragedia familiar y obsesionada con un cuadro del Museo del Prado
—Irene Visedo—.
El niño pez
es innovadora sin ser cargante y tuvo el inconveniente de ser de las
últimas en ser proyectadas, con los ánimos ya algo cansados. Su buen
trabajo le valieron los premios de mejor vestuario y el especial del
Jurado.
Entre las
decepciones están la pretenciosísima The frost, la truculenta
Trash o la decadente Un buen hombre, que parte de una
gran idea para ir cayendo poco a poco en una monotonía desesperante.
Fuga de cerebros da exactamente lo que promete: demasiados gags
seguidos, algunos graciosos, otros no; desnudos gratuitos, música
power pop de los ‘90; coqueteos facilones con el hip-hop y
una gran actuación de Alberto Amarilla.
El éxito de esta
película habla a las claras de uno de los grandes problemas del cine
español actual: su dependencia de las televisiones. Fuga de
cerebros, producto de Antena 3, apuesta por lo seguro y lo fácil.
Lo que no es seguro y no es fácil no encuentra apostantes, sólo
subvenciones.
Y ya se sabe, por
muy genial que seas, si te subvencionan, eres un gorrón, un protegido
y un titiritero.
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Guillermo Ortiz López,
coordina la sección de cine de Almiar
(Página web: http://www.guilleortiz.com/)