No es país para viejos
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Guillermo Ortiz


Brochazos. Se dice de los escritores estadounidenses que escriben a brochazos. Probablemente, a Cormac Mc Carthy le pase lo mismo. Lo desconozco, porque todo lo que me queda por leer es infinito. Después de ver No es país para viejos uno tiene la sensación de que la novela debe de ser prodigiosa... precisamente porque, desde el punto de vista narrativo, la película lo es.

Se lía un poco con la historia, en mi opinión, y me parece que hay demasiadas cosas como «medio contadas». Una conversación por aquí, una escena silenciosa por allá. Por supuesto, todo tendrá sentido, yo no lo niego, pero en cualquier caso a mí me costó encontrárselo.

Es curioso que Javier Bardem ganara el premio al Mejor Actor Secundario en una película que gira en torno a él por completo. Él es, por presencia y ausencia, el verdadero protagonista de la historia. Y lo borda. Sé que es muy fácil subirse al carro del entusiasmo futbolero en plan «hemos ganado, hemos ganado...» que se puso en marcha cuando a Bardem le dieron el Óscar, pero lo merece con creces. Está absolutamente maravilloso, sin un solo fallo, incluso con la ventaja de que su dificultad para vocalizar sea ideal para copiar el acento sureño.

Hacía tiempo que no veía una actuación así.

Junto a él, un elenco de actores muy bien elegido: me gusta Tommy Lee Jones aunque creo que su importancia en la historia se exagera. Pero, bueno, todos hemos visto Fargo y sabemos lo que les gustan a los Coen esos sheriffs de pueblos perdidos. Woody Harrelson, recuperado para la causa, está excelente. Quizás, en este caso, su personaje tiene menos relevancia de la debida, la lucha de psicópatas en busca de dinero y honor me parecía lo más relevante de la historia.

Luego está Josh Brolin. Me gusta Josh Brolin, también. Me gusta su personaje. Un hombre que sabe que su vida ha cambiado por una cuestión de azar, que está dispuesto a aceptarlo y que está empeñado en seguir para adelante pase lo que pase por una cuestión de orgullo y autoconfianza. Todo me resultó muy Faulkner, la verdad.

Precisamente, puede que la película no sea sino eso: el derrumbamiento del mundo de Faulkner, de las tierras, de los caballos, del predominio de los blancos, de las viejas tradiciones del Sur, de la lealtad, del orgullo... y la aparición del sinsentido más absoluto, con Vietnam —una vez más— como mar de fondo. No es un país para viejos. Las viejas reglas ya no sirven. Los psicópatas asesinan ahora con bombonas de butano, los mexicanos lo llenan todo de su droga.

Los dos personajes del pasado —por temperamento y edad—, Brolin y Lee Jones luchan contra ese fantasma despiadado que es Bardem. Con su propia escala de valores, pero una escala nueva. Una especie de Superhombre capaz de jugarse la vida humana a cara o cruz.

En resumen, me parece una película inmensa. No una obra maestra porque para que fuera una obra maestra tendría que haber menos Tommy Lee Jones, un final menos críptico y un par de persecuciones que realmente no tienen demasiado sentido: lo típico de «los malos» disparando como locos y rozando los tobillos de «los buenos».

Pero me gusta el ritmo. Me encantan los silencios. Nadie, en Estados Unidos, maneja los silencios como los hermanos Coen. Me gusta la distancia y el brochazo. Me gusta el Sur, con sus moteles de carretera y sus aeropuertos improvisados y sus sombreros tejanos. Dan ganas de perderse en la película y que no acabe nunca. O que acabe un poquito más tarde, cuando a Bardem le apetezca.


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Guillermo Ortiz López, coordina la sección de cine de Almiar.
(Página web:
http://www.guilleortiz.com/)



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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 38 / febrero - marzo de 2008
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