Donosti y la historia del dolor universal

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Guillermo Ortiz López

 

    

San Sebastián decidió empezar a lo grande, como un gran campeón que se quiere comer a su rival desde el primer minuto. Intimidarlo. Salió con Antonio Banderas, con Woody Allen, con Pedro Almodóvar, Rebecca Hall… Salió con un tiempo extraordinario, sol de verano quemando el Kursaal y Zurriola, el Bulevar lleno de turistas tardíos.

Incluso recurrió a Miguel Ángel Silvestre cuando hizo falta. Lo de ese chico empieza a ser preocupante. Un tipo que tiene que llevar guardaespaldas incluso en una fiesta de inauguración con acreditados es un tipo cuya vida está cerca de ser una pesadilla. Entre tanta estrella rutilante, para las quinceañeras reunidas en las puertas del María Cristina y el Victoria Eugenia sólo había un hombre: «El Duque». Una auténtica locura.

Pero, bueno, Silvestre se fue y el Festival no bajó la guardia. Emprendió maniobras de distracción efectivas: una comedia disparatada como Tropic Thunder se llevó toda la atención de la prensa, con la visita de Ben Stiller y Robert Downey Jr., magníficos embajadores del entretenimiento. No sólo eso, John Malkovich ha estado paseándose de cine en cine presentando con toda su paciencia Quemar después de leer, la nueva película de los hermanos Coen tras la soberbia No es país para viejos. Otra comedia.

Y es que aquí todo es glamour, alegría y divertimento, ¿verdad?

Mentira. San Sebastián es un festival sufriente. Un festival de películas agónicas, llenas de héroes trágicos e historias truculentas. San Sebastián es un reflejo del sufrimiento en todo el mundo. El sufrimiento de una familia en Italia —Génova, de Michael Winterbottom—, el sufrimiento de un viudo que descubre una infidelidad  en Londres —The other man—, el sufrimiento de los antidepresivos y el abandono personal en la danesa Fear me not, el sufrimiento de los talentosos pero exageradamente románticos estudiantes franceses de La belle personne, el sufrimiento iraní personificado en un niño-caballo —The two-legged horse— y por supuesto el sufrimiento patrio, siempre presente.

Presente en El patio de mi cárcel, de Belén Macías, candidata en una sección oficial más bien floja este año. La película narra la historia de un grupo de reclusas que intentan salir adelante día a día mediante la creación de una compañía de teatro dentro de la prisión. Aunque, inevitablemente, incurre en muchos tópicos —básicamente dos: la sociedad es la culpable y los presos no son más que víctimas— no resulta pesada ni demasiado doctrinal. Verónica Echegui está realmente sublime, al igual que Natalia Mateo, dos de las grandes actrices jóvenes de nuestro país.

Y presente también, cómo no, en Amateurs, primer filme en solitario de Gabriel Velázquez, la historia de una chica francesa que pierde a su madre y huye a Madrid en busca de un padre al que nunca llega a encontrar. La película tiene unos diálogos soberbios y cuenta con unos cuantos actores no profesionales que dan verdadero brillo a las escenas. Es habitual pensar que los actores no profesionales resultan más espontáneos y frescos, pero en realidad es todo lo contrario: no hay nada menos espontáneo que un amateur delante de un foco.

¿O acaso en sus cenas de Nochebuena no les graban teniendo que ser graciosos?

La única actriz profesional del elenco protagonista, Emilie de Breussac, está espléndida y uno se pregunta dónde está su verdadero límite, con apenas 23 años.

 

Tráiler de El patio de mi cárcel

 


 

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