El terrorismo y Javier Fesser
revolucionan un Festival algo soso

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Guillermo Ortiz López

    

    

El terrorismo tomó presencia en Donosti. En la realidad, con su oleada de atentados del fin de semana, y en la ficción con tres películas dedicadas al tema del terrorismo y que aportan tres visiones muy distintas. Empecemos, por su polémica, con Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales. Rodada con un teleobjetivo y sin un solo diálogo —sólo se puede escuchar nítidamente la palabra «perro» en euskera, dirigida a un policía—, la película recrea el atentado que sufrieron dos guardias civiles en Francia, en diciembre de 2007.

A Rosales le maravilló la aleatoriedad de aquel asesinato. Su banalidad. El matar por matar, casi por casualidad. La gente equivocada en el lugar equivocado. Por eso quiso tomar distancia, al parecer. Como si ese hecho fuera un hecho más en la vida de alguien: te dejas las llaves dentro de casa, han cortado tu línea de metro, un tipo te mete un tiro en la cabeza…  La película ha causado cierta indignación tanto por el fondo —esa distancia infinita ante un problema tan candente y de tanto sufrimiento— como por la forma —lo que comentaba de la ausencia de diálogos, tomado como una pretenciosidad ya exagerada.

El ganador del Goya 2008 por La Soledad manifiesta estos días que la película es «su manera de ayudar a solucionar el problema político del País Vasco». Los directores de cine no están para eso. Le recordaría lo que dijo John Malkovich cuando le preguntaron por Obama y McCain: «No tengo nada que decir, no me dedico a eso y no me gusta hacer comentarios sobre esas cuestiones. Las personas votan, eligen al que eligen y pasa lo que pasa. Y esperemos que ninguno de los dos candidatos necesite de mis consejos, porque, si los necesitasen, no deberían ser candidatos».

Hunger y La Casa de mi Padre

Luego, nos encontramos con extremos, o lo que alguien puede considerar extremos, porque yo me niego a considerar que esto de matar y morir son dos extremos equivalentes… lo que, probablemente, me gane cierta fama de «extremista» ante algunos. La británica Hunger, de Steve McQueen —no confundir con el difunto actor— es una apología clara del terrorismo del IRA. Un ejemplo de «acción-reacción»: vosotros nos torturáis y no nos dais derechos políticos, nosotros, os matamos. Ahora bien, el director no tiene ningún tapujo a la hora de mostrar esto y posicionarse: uno ve la peli y tiene bien claro que los funcionarios de prisiones y en general todos los que se niegan a darle la razón al IRA merecen morir.

A uno lo matan delante de su madre, así, como si nada. Era el encargado de las palizas en las revisiones médicas.

La película no pasaría de ser burda, sin más —indignante, quizás— si no fuera porque resulta que es la más valorada hasta el momento por el Jurado Joven. Es decir, que el mensaje de «hay que luchar por la libertad,  pase  lo que pase, hasta la muerte o el suicidio… porque además  da resultados» cala en la juventud,  que ve al terrorista del IRA —«paramilitar» en la jerga oficial del director de la película— como un héroe, casi un ejemplo a seguir. Y eso, en San Sebastián, pues me preocupa.

Precisamente ese mensaje es el que critica Gorka Merchán en su excelente La casa de mi padre. Aunque la película cae en ciertos estereotipos y sorprendentemente Verónica Echegui —que deslumbró en El patio de mi cárcel— está desastrosa, por lo menos es una película valiente, muy valiente, y que retrata una realidad que es la que es: amenazados, escoltas, convivencia en pueblos pequeños, familias divididas, odio… y asesinatos, claro. Sin dejarse nada. Sin subterfugios. Sin teleobjetivos. Funerales y entierros.

Probablemente a Gorka le vayan a caer muchos palos, porque en esto ya se sabe que mejor no meterse y que, si te metes, procura ser equidistante. A mí, desde luego, su falta de equidistancia me emociona y me provoca admiración.

Camino

Y, por último, hablemos de la sensacional película de Javier Fesser, Camino. La película es demasiado larga, de acuerdo. Su crítica al Opus Dei y al fanatismo religioso es repetitiva y paródica. Nadie es tan malo todo el rato. La historia en la que está basada —la de la niña Alexia González Barros— tiene un parecido dudoso con la de la niña Camino de la película, formidablemente interpretada por Nerea Camacho, a sus 11 años. Por todo ello, quizás debería haber evitado la referencia constante al «inspirado en un hecho real».

Porque lo importante, en la ficción, no es que algo sea real sino que sea realista, verosímil.

Y Camino es verosímil. Es una crítica feroz al fanatismo religioso pero desde una óptica muy Fesser: la ironía, el doble sentido, un ritmo más que aceptable, unas escenas realmente logradas y unos simbolismos  geniales. La película roza la propaganda en ocasiones pero en seguida da un giro y retoma la senda. Nerea Camacho es adorable, la historia es realmente dura pero preciosa a la vez y tiene toda la pinta de que esta película no se va a ir de vacío de este Festival.

Porque del resto de la Sección Oficial, mejor ni hablar.

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Tráiler de la película Camino

 

 


 

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