Estrenos de otoño
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Guillermo Ortiz López


La pasada edición del Festival de San Sebastián 2004 dejó bastantes más sombras que luces. Mucho dramatismo, mucho compromiso, mucha hagiografía y pocas historias, poco cine en definitiva. El que hubo vino de la mano una vez más de los directores sudamericanos, y, para ir preparando la temporada de estrenos de otoño, me permito analizar algunas de esas películas que hay que ver sin falta en cuanto las estrenen.

Por supuesto, me dejaré muchas en el tintero que pueden interesar a determinados públicos: Roma, de Adolfo Aristaráin, ya estrenada, al menos en Madrid, Diarios de motocicleta, No sos vos soy yo, Última salida... Voy a centrarme, sin embargo, en las tres mejores películas vistas en el Festival: la uruguaya Whisky, la colombiana Sumas y restas y la argentina Bombón, el perro.

Para empezar por el final, Bombón, el perro es la última película de Carlos Sorín, el hombre que sorprendió con sus Historias Mínimas hace dos años. Comparada con su obra maestra, Bombón, el perro queda un poco eclipsada, pero, pese a todo, brinda algunos momentos de risas y emoción, y parte del repertorio habitual del director: paisajes de la Patagonia, personajes reales con un punto inverosímil, compañerismo, amistad... Quizás lo que le falte es el punto de locura y de riesgo que tenía la anterior película. En ese sentido, una vez desplegada la trama y conocidos los personajes, la película se queda un poco plana, sin sorpresas, sin mayor desarrollo. Es posible que Sorín sea más un relatista que un novelista y por eso maneje con maestría las historias cortas pero se aturulle un poco en las largas. Recomendable, en cualquier caso.

Sumas y restas creó una gran polémica entre los críticos donostiarras. La principal objeción: no se entendía lo que decían los actores. Es cierto. Todos los que hayan visto la anterior película de Víctor Gaviria, La vendedora de rosas, sabrán a lo que me refiero. El gusto por el slang de Medellín hace muchas veces incomprensible los diálogos, pero es el rasgo que Gaviria elige para crear una atmósfera precisa y en parte lo consigue. Supongo que cuando la estrenen en el resto de España pondrán los necesarios subtítulos y la objeción quedará superada. En cuanto a lo que es la película en sí, tenemos una vez más cocaína, alcohol, tiroteos, pactos entre «amigos»... pero de una manera tangencial. Igual que en La vendedora de rosas eran los ojos de una niña suburbial los que nos mostraban ese mundo, en Sumas y restas es un empresario de buena familia el que se empieza a meter en esos ambientes casi como un juego, como el que no quiere la cosa, para darse cuenta de que una vez dentro, eso, de juego, no tiene nada.

La mejor de todas las películas sudamericanas que vimos en el Festival fue, sin duda, Whisky una sorpresa uruguaya que ya había sido premiada con anterioridad por el público en Cannes. Con un hieratismo sorprendente en sus personajes y en el principio de la acción vamos descubriendo incluso entre risas las complejas relaciones que tienen entre sí el dueño de una pequeña empresa textil, su hermano y una de las empleadas de la empresa que se hará pasar por su mujer. El viaje de estos tres geniales personajes por Uruguay nos va insinuando todo un pasado y un futuro sin necesidad de que se nos explique. Nos conmueve, sí, pero a la vez nos hace sonreír. Combina a la perfección lo dramático y lo irónico del patetismo. La actuación de Jorge Bolani en el papel de Herman Koller merece una mención especial en los próximos Goya, si la película definitivamente se estrena pronto. Distribuidora ya tiene. Recordemos que Whisky, como la gran mayoría de las películas sudamericanas actuales es una coproducción española.

Aparte del cine sudamericano, me permito recomendar unas cuantas películas (no muchas) que espero que pronto se vean en las pantallas españolas y que sorprendieron en San Sebastián. Se trata de Comme une image (de los autores de Para todos los gustos), La dama de honor, de Chabrol, Silver city o la ganadora de la Concha de Oro, la soberbia Turtles can fly,que, pese a ser la historia de unos niños kurdos en un campo de refugiados en la frontera irano-iraquí, no cae en ninguna clase de tremendismo y precisamente por eso consigue con mayor eficacia su propósito de conmover, de avisar sobre un drama diario contando a la vez una historia. En eso consiste, en parte, el cine. El resto es propaganda.

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