Pobre Agamenón

por

Guillermo Ortiz López


De vez en cuando aparecen en nuestra cartelera grandes superproducciones que tratan de poner en lenguaje cinematográfico lo que ya estaba escrito en los libros o en la historia. A pesar de lo arriesgado de la empresa, no hay que desdeñar estos intentos, pues en manos de las personas adecuadas pueden aportar distintos puntos de vista y resaltar nuevos aspectos que el lector o el historiador no hubieran tenido en cuenta hasta el momento de ver la película. El lenguaje cinematográfico y el literario son muy distintos y cada uno tiene su propio ritmo, espacio y público. Por eso no se puede exigir a una película que sólo sea el retrato animado del libro.

Por ejemplo, El señor de los Anillos contiene escenas que están escritas dirigiéndose a la imaginación y no a la vista como sucede con la adaptación de Peter Jackson. Resulta poco verosímil ver a Aragorn esquivar flechas en la pantalla, pero no es complicado imaginar batallas imposibles al leerlas en la soledad de la letra impresa. La propia idea de verosimilitud varía según nos refiramos a un medio o al otro. Pero, con esas salvedades, digamos que uno espera en la adaptación ciertos rasgos comunes con respecto al original. No buscamos todos los personajes ni todas las tramas de una novela, pero sí por lo menos cierta fidelidad. Si alguien mantiene esas esperanzas cuando entre a ver Troya, que dé por seguro que saldrá con una gran decepción.

Dejemos a un lado lo obvio: son épocas muy distintas y medios narrativos diferentes. No vamos a pedir a un estadounidense del siglo XXI que capte los mismos matices y con la misma intensidad que un griego del siglo VII-VI a. C., tampoco esperamos ver al dios Ares transformarse en río y aconsejar a Patroclo. Eso, como decíamos, funciona en la literatura, pero no en el cine. Ahora bien, supongo que nos podemos poner de acuerdo en un «mínimo», por ejemplo que los personajes mantengan cierta coherencia o que la historia sea semejante en lo esencial. Porque si uno se decide a pasar la vida de Aquiles al cine, digamos que se le puede exigir por lo menos que sepa quién es Aquiles.

No parece que Wolfgang Petersen haya puesto mucho interés en enterarse. O por lo menos ha escogido el método contrario al de Peter Jackson para demostrarlo. Petersen ha querido contar una historia romántica hollywoodiense utilizando sólo el nombre de un recuerdo clásico. Una buena manera de captar a toda clase de públicos. Lo que hace es adaptar toda la obra de Homero a los cánones de la tragedia romántica: amor, buenos, malos, moralinas... Y, claro, tiene que ir encajando a los personajes en estos nuevos compartimentos estancos. Así por ejemplo los «buenos» son los troyanos y los «malos» los griegos encabezados por el más «malo» de los «malos» Agamenón el Atrida. Pobre Agamenón, caracterizado como un codicioso imperialista dispuesto a todo con tal de añadir nuevas conquistas a su haber. Y lo primero promover una guerra contra el amor.

Porque la guerra de Troya se acaba convirtiendo en eso, en una guerra de dos malvados hermanos que sólo quieren estropear la felicidad de un par de enamorados y quedarse además con las tierras de esa buena gente. Reduccionismo, lo llaman. A partir de ahí empieza el baile: Aquiles, por ejemplo, es un bruto, sí, no tiene corazón, cierto, pero tiene una noble causa: pasar a la historia. Así pues, es un asesino honesto. Es decir, no mata por dinero ni por codicia, sólo por fama y reconocimiento. Además es un buenazo capaz de enamorarse de una cautiva troyana y raptarla de los brazos del «rey de reyes». Frente a la malicia de Agamenón se colocan la heroicidad de Aquiles, el buen sentido de Héctor, el amor de Paris y la sabiduría de Príamo. Como Menelao molestaba —a ver cómo se explica que Helena se vuelve con él a la península y se queda tan ancha— pues Petersen lo mata nada más empezar la película. ¡Que triunfe el amor!

Y, claro, además los buenos son guapos. Como no podía ser menos. El rapto de Helena por el cobarde Paris se convierte en un flechazo protagonizado por el bisoño Orlando Bloom, penoso actor donde los haya. Y Aquiles es ni más ni menos que Brad Pitt. Quien, por cierto, no lo hace nada mal, no se crean. Lo malo que tiene es que como es Brad Pitt pues no puede morir, y, así, nos encontramos a Aquiles construyendo con Odiseo el Caballo de Troya, prendiendo fuego a la ciudad y salvando a su amada Briseida de las garras del codicioso Atrida. Que no digo yo que esté mal, que por mí como si se casan, pero que en vez de Troya eso parece «Tara». Sólo falta la media sonrisa de Clark Gable.

Lástima que no tuvieran presupuesto para contratar a un actor suficientemente atractivo como para poder representar a Eneas durante más de los diez segundos que el citado personaje aparece en pantalla. Debido a ello resulta que Paris hace una especie de «doblete» y tiene un poco de él y un poco de su hermanastro. El único personaje que realmente se salva en la adaptación y la única actuación merecedora de tal nombre es la de Eric Bana (Hulk) en el papel de Héctor. En definitiva, película interesante para los amantes del melodrama barato, románticos sin escrúpulos y admiradores de la música de James Horner. Entre los que, espero, no se encuentre ninguno de ustedes.





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