El velo pintado
(De John Curran)


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Alicia Albares


Como no podía ser de otra manera, el 2007 nos trae una nueva adaptación literaria de tintes exóticos, pretensiones comerciales y dos grandes actores como principal reclamo. Y es que, al igual que el año pasado fue la ya olvidada (y mediocre, por qué no decirlo) Memorias de una Geisha, el proyecto que pretendía aprovechar el tirón comercial del best seller de Arthur Golden para recaudar en taquilla lo máximo posible, ahora los productores Edward Norton y Naomi Watts (protagonistas del filme) han decidido probar suerte con el clásico de W.Somerset Maugham. El resultado, completamente orientado a explotar la fórmula propia de su género (drama romántico), no se aleja, en ningún sentido, de lo convencional.

Naomi WattsY es una lástima porque, dado el panorama actual exento de originalidad tanto en guiones como en propuestas formales, el ámbito de lo literario no deja de ser una posible cantera para extraer pequeños aciertos que brillen con luz propia en el panorama cinematográfico. Esta película, nacida conociendo este hecho indudable, emplea con maestría sus herramientas: no podemos decir que El velo pintado no sepa aprovechar el valor de su trama y la fuerza de sus personajes. El guión, bien adaptado, nos introduce en un universo donde la letra impresa es traducida hábilmente al plano cinematográfico. Sin caer en la retórica ni en la excesiva suntuosidad de diálogos (errores reiterados cuando la novela clásica adaptada posee un renombre destacado), el filme es consciente de su naturaleza y cuenta en imágenes la evolución interior de sus personajes. Tomando lo mejor de la novela y contándolo con la precisión propia de una narración fílmica bien contada, a simple vista podríamos hablar de una película impecablemente hecha, donde la dirección artística, las localizaciones y el eficaz trabajo de los dos actores principales acompañan el poder de una historia que parece atemporal.

Pero, a veces y de manera inexplicable, el control impecable de todas las variables que contribuyen a construir una película que funciona no es suficiente para conseguir atraer al público a las salas. Este parece ser el caso de El velo pintado. Todo en ella (planos, luz, diálogos, giros del guión) está trazado exquisitamente, nada se le puede reprochar, objetivamente, a su libreto y construcción formal. Sin embargo, el resultado final carece de poder fílmico alguno. No hay pasión en las reacciones de sus protagonistas (aunque las interpretaciones sean irreprochables) ni emoción en el avance de la acción. El público, quizá demasiado acostumbrado a lo clásico, no siente como suya ninguna de las sensaciones que se le sugieren desde la gran pantalla. La empatía con ambos personajes es nula, a pesar de estar ambos fuertemente ligados a una supuesta humanidad que es la esencia del romance truncado que se nos cuenta. Peligrosamente cerca del tópico, aunque sabiendo utilizarlo a su favor, el director pretende vincularnos a la tragedia amorosa de dos seres perdidos en un país desconocido, asolado por la enfermedad y el dolor, sin lograr, en ningún momento, que vibremos con su miedo o nos conmovamos con la atracción que sienten el uno por el otro.Edward Norton

El motivo de esta desconexión con los personajes no proviene de la falta de ritmo del filme ni tampoco del trabajo de Norton o Watts. Su origen, inevitable, se encuentra en la naturaleza maniquea de los tipos sociales que encarnan: él, un médico frío, pero noble y heroico en exceso; profundamente enamorado (no sabemos por qué en ningún momento) de una joven de la alta sociedad, ataraxica y hermosa, pretendidamente rebelde aunque, paradójicamente, manipulada. No hay vida en sus gestos y palabras predecibles, en sus miradas desprovistas de emoción real.

Y es que, llegados a este punto de saturación y crisis, donde los cambios son tan escasos que, cuando aparecen, se valoran como obras maestras, ya no sirven las películas que antes nos hubieran entusiasmado. No sabemos caminar en el terreno de la contención de un drama sugerido, nuevo, construido también gracias a la vivencia del espectador. Todo lo que vemos nos parece ya contado y mejor, en los tiempos dorados del cine. Así, películas con potencial, caen, irremisiblemente, en el olvido donde subyacen las superproducciones con expectativas. La falta de corazón condena a filmes como este a la negritud del cajón desastre, como cadáveres de una taquilla difícilmente resucitable.


IMÁGENES EN EL ARTÍCULO: NaomiWatts, Caroline Bonarde Ucci [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC-BY-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)], via Wikimedia Commons | Edward Norton with Steve Jurvetson (cropped), By Steve Jurvetson (http://www.flickr.com/photos/jurvetson/6968109091/) [CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.


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Alicia Albares Martínez, colaboradora de la Revista Almiar, trabaja en la actualidad para varias publicaciones locales del distrito de Vallecas (Madrid): Revista Santa Eugenia, periódico La Quincena, y, ocasionalmente, con la Revista 31, como coordinadora de la sección de cine. Escribe guiones cinematográficos y cuenta con algunos premios literarios juveniles. Estudiante de Comunicación Audiovisual, ha trabajado en cine como meritoria y auxiliar de dirección.
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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 32 / febrero-marzo 2007
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