Tu vida en 65 minutos,
o cómo salir del cine y no querer morirse nunca
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Guillermo Ortiz López


Si uno lo piensa bien, hacer reír y hacer llorar no es tan difícil. Es tremendamente fácil, de hecho. Basta con buscar las cosquillas. Basta con meter el dedo en el ojo. Lo difícil es, precisamente, hacerlo fácil. Sorprender. Conseguir que el espectador no perciba el truco, una especie de sesión de magia que no dura 65 minutos, que dura 90, pero en la que los sentidos se disparan sin ningún control.

Estamos ante una película soberbia. Soberbia por lo que tiene de modesta, por otro lado. Sensibilidad, sí, pero la justa. Humor, pero con sentido. Emoción, pero sin caer en dramas baratos. Es una constante de determinado cine catalán el saber manejar los silencios, las pausas, colocar a los personajes en situaciones algo surrealistas dentro de lo común. Se podría apelar a mil influencias: algo de humor inglés, mucho de la gravedad francesa, retazos de su mejor literatura, «à la» Quim Monzó.

Por supuesto, generalizar sería un error. No es lo mismo Isabel Coixet que María Ripoll ni es lo mismo María Ripoll que Roger Gual y así sucesivamente… de hecho, como mínimo las dos primeras se han criado artísticamente en Estados Unidos. Sin embargo, el aire de familia está ahí, y lo mismo que al ciudadano catalán quiere que se le reconozca por su «seny», al cineasta catalán se le puede reconocer fácilmente por su buen gusto.

Barcelona, de nuevo

Tu vida en 65 minutos cuenta con demasiados giros de argumento como para acercarnos a ellos sin desvelar secretos —para ello, no se pierda la entrevista con María Ripoll en esta misma publicación—. Baste con decir que es una película que empieza siendo agradable, pasa a ser divertida, tiene momentos algo surrealistas, pasa a un romanticismo elegante y acaba en una conmoción brutal, algo así como el golpe de un maestro zen en la cabeza de su discípulo.

María Ripoll aprovecha todos los recursos de su ciudad, Barcelona, pese a ser la primera vez que la utiliza como escenario: sus calles semi-vacías de un domingo de primavera, las largas avenidas sin coches, la mezcla, tan incomprensible para un madrileño, de playa y rascacielos. Incluso el fútbol, por qué no. Barcelona-Albacete con gol de Messi en el minuto 65.

Es una película de contrastes, desde luego. Una película triste, pero con sonrisa. La sonrisa constante de Javier Pereiro, sensacional en su papel de Dani. La sonrisa cautivadora de Tamara Arias. La muerte como casualidad y su aceptación como inevitable. El dolor y la constancia de que la vida sigue, siempre sigue… que, en buena parte, la vida son los demás. Una película que hace que uno no quiera morirse nunca, que le hace salir del cine lloroso, sí, pero esperanzado, y no de una manera barata ni sensiblona. Con elegancia.

A Pereiro y Arias se les une un excelente reparto de secundarios —Marc Rodríguez, Oriol Vila, la televisiva Nuria Gago—. La química entre ellos hace que, por momentos, se repitan los mejores momentos del cine de León de Aranoa —momentos ya pasados, desgraciadamente— y, en concreto, las discusiones sin fin de los protagonistas de «Barrio». Hacer pensar es mucho mejor que obligar a pensar. La confianza en el espectador siempre se agradece.

Vida y muerte como parte de un mismo ciclo

El ciclo de una lavadora —¿65 minutos, quizás?— visto como el ciclo de la vida. Vacía y llena y vacía y llena. A veces, merece la pena gastar energías por sólo cinco camisetas, si de verdad uno quiere ponérselas. A veces, merece la pena revisar —corregir, que diría Thomas Bernhardt— buscando sólo pequeños detalles que expliquen todo: el orgullo de un partido ganado, la necesidad de recuperar un hermano perdido, un centro comercial que huele a tanatorio, un grupo de putas que inspiran una declaración de amor, un apodo cariñoso que se repite en la sala de un cine de reposiciones...

La aceptación de la vida y la muerte, sin más. Sin grandes dramas. Una gran desmitificación, desde luego. Un coche en un túnel de lavado con una luz blanca al fondo. Comprender, eso es todo. Disfrutar. El mérito de Albert Espinosa —guionista y autor de la obra de teatro del mismo nombre— y María Ripoll es meter al espectador en esa lavadora cíclica, mezclarle con el pantalón rojo, con la camiseta naranja, dejarle girar junto a los calcetines y los calzoncillos y después sacarle, mojado, arrugado, pero con unas ganas tremendas de salir al sol y secarse.

Vivir. Con todas sus consecuencias. Incluida la consecuencia final. Vivir toda la vida en un solo instante, ver amanecer en una terraza del Eixample, abrazando a la persona adecuada. Ser feliz; sentirse, por fin, completo. Tan feliz, tan completo… que no necesites nada más. Absolutamente nada.

Nada.


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Lee más sobre esta película en sendas entrevistas a María Ripoll y Tamara Arias.
- Tu vida en 65 minutos es una producción de Messidor Films, distribuida por Altafilms.

- Imagen artículo: captura de pantalla del trailer de la película,
en YouTube:
http://www.youtube.com/watch?v=GZI9gbgKRxk

- Página web de Guillermo Ortiz: http://www.guilleortiz.com/

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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 29 / agosto-septiembre de 2006 (Margen Cero™) - Aviso legal