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La carta de despedida
Pedro Cardona


Desde hacía treinta años, cada 27 de junio, Eva iba a la estación del pueblo a esperar el automotor de las cinco y media. Era el ten que había enlazado en la capital con el Express de Galicia. En él llegaba su novio, Juan, que era catedrático en la Universidad y podía disfrutar de dos meses de vacaciones de verano. Los dos únicos meses que podían pasar juntos.

Como se puede suponer, por lo dilatado de su relación amorosa, Eva era una mujer entrada en años. Sus rasgos denotaban una antigua belleza ya ajada, pero que tuvo que ser espléndida: sus grandes ojos oscuros, ligeramente almendrados; el bien dibujado ovalo de su cara; sus labios sensuales, hablaban de ese pasado.

No le importaba que los murmullos creciesen cuando ella aparecía en el atrio de la iglesia los domingos, a las doce menos tres minutos, con el tiempo justo para saludar a sus conocidos antes de que la misa empezase. Sabía que ella era el centro de esos comentarios y casi podría repetir las frases que se intercambiaban las cotorras oficiales del pueblo. Nadie podría entender las razones que le impedían casarse con Juan, pese a que permanecía tan enamorada como cuando lo conoció.

La noche del día 26 no consiguió conciliar el sueño, como sucedió cada noche del 26 a lo largo de todos esos años. La mañana del 27 la utilizó en mil y una pruebas de diferentes formas de peinar sus largos cabellos castaños; en comprobar su aspecto con diferentes ropas, con diferentes maquillajes. Parecía flotar entre gasas gris perla y todo lo que tocaba se volvía suave, como si cada tela fuese de seda o terciopelo, como si cada cosa fuese un delicado gatito peludo. Ensayó diferentes saludos, con diferentes palabras, con diferentes entonaciones, con diferentes gestos, pero nunca se quedaba conforme: unos le parecían excesivamente efusivos para realizarlos en público, en medio de tanta gente; otros, por prudentes, no transmitían ni una mínima parte de todo el amor que sentía y que le producía tanta excitación.

Fue sola a la Estación, quince minutos antes de la llegada del tren que hizo su aparición en la estación a la hora prevista. Sólo bajaron dos pasajeros del plateado automotor: un ciego y su lazarillo, un muchacho de apenas diez años. Aquel día, Eva esperó en vano la llegada de Juan. El tren se fue y él no bajó. Una legión de arañas peludas empezó a subir por sus piernas, hasta pararse en el estómago, formando una asquerosa pelota que poco a poco iba cortándole la respiración. El lazarillo la observaba fijamente. Sólo faltaba una espesa nube de vapor envolviéndolo para que la escena fuese como la de una antigua película en blanco y negro. El niño se separó del ciego y, sin decir palabra, le entregó una carta. Era de Juan, ella conocía perfectamente la letra escrita con tinta negra; había recibido ciento veinte cartas, cuatro por año, con aquella caligrafía. Su corazón se disparó, sus manos se aferraron al cuello como si quisiese arrancar un trozo de carne que dejase abierto un agujero que aliviase el ahogo. Hasta que consiguió meter en sus pulmones una bocanada de aire, que le pareció fétido. Aún aturdida, dobló la carta y la guardó en su pecho.

De camino a casa, su cabeza parecía explotar. Una andanada de preguntas surgía a cada paso, incrementando su ansiedad, haciéndole flotar en una laguna llena de peñascos hirientes, a flor de agua: ¿Qué diría la carta? ¿Por qué Juan no había venido? ¿Quiénes eran el ciego y su lazarillo?...

Llegó a casa y se metió en su habitación. Impaciente rasgó el sobre. Su boca se secó y la invadió la sensación de tener un pedazo de yeso en la boca. Desplegó la carta y, cuando sus ojos lograron ver con claridad, pudo leer:

«Mi queridísima Eva:

Un año más me disponía a acudir a nuestra cita anual, pero una idea obsesiva se aposentó en mi cabeza y provocó una tormenta que me sacudió violentamente. Esa es la causa por la que he decidido anular el viaje.

Recuerdo todos los momentos felices que hemos vivido, las caricias, los besos, los encuentros furtivos, en los que nuestros cuerpos se fundían en mil piruetas de amor. Recuerdo el olor de tu pelo, el brillo de tus ojos cuando me decías “te quiero”, tus húmedos labios entreabiertos para provocar un beso, la música de tu voz, tus manos...

Te he amado todo este tiempo y sigo amándote, pero entre nosotros se interpone una mentira y por eso tengo que poner fin a nuestros encuentros anuales. Jamás volveré a hacer el viaje en el Express, ni en el automotor, ni volveré a verte.

Te he estado engañando durante estos treinta años, porque... yo no existo.

Besos ardientes

Juan».

Carlota había llamado varias veces a la puerta del dormitorio de su hermana, pero no obtuvo respuesta; pero la mañana ya estaba avanzada y no era habitual que ella permaneciese dormida hasta tan tarde. Decidió entrar en la habitación. Eva estaba sentada en una silla, con la espalda rígida, al lado de la pequeña coqueta con espejo, adornada con faldas de tela blanca, llenas de volantes, lazos y jaretas, donde tenía desplegados todos los frascos llenos de potingues de belleza, que sólo usaba los veranos. Permanecía inmóvil, mirando a un punto indefinido de la pared, con su puño izquierdo cerrado, apretado fuertemente contra el pecho; del puño sobresalía un papel amarillento. La mano derecha cubría al puño izquierdo, como si lo protegiese.

Carlota sólo pudo abrir el puño de su hermana cuando esta se durmió, después de la visita del médico. Quería recuperar del papel que atesoraba; sin duda, en él estaba la causa del estado en que encontró a Eva.

El papel estaba muy arrugado. Lo desplegó. La carta, tan celosamente guardada, estaba fechada veinticinco años atrás. Carlota se esforzó en leer aquellas letras escritas con una tinta que sin duda fue negra, pero que ahora tenía un color sepia muy claro, tanto que alguna de ellas apenas podía verse. La carta decía:

«Estimada señorita Eva:

Soy una compañera de trabajo de Juan. Lamento tener que escribirle en estas circunstancias, pero he de comunicarle que Juan falleció hace una semana en el Hospital General de esta ciudad victima de una enfermedad tan repentina como cruel. Como sabrá, Juan no tenía familiares cercanos con los que se tratase, por lo que yo, en aras de una amistad de muchos años, ejercí el doloroso deber de asistirlo en sus últimas horas. En su lecho de muerte me encomendó esta misión, que cumplo con todo mi pesar.

Siento ser yo quien le transmita tan amargas noticias.

Reciba un afectuoso saludo».


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CONTACTO CON EL AUTOR CONTACTAR CON EL AUTOR: COLAS45[at]telefonica.net

WEB DEL AUTOR: http://www.geocities.com/colas45/


ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©






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