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Un día de combi

Juan J. Sandoval Zapata


Yo viajo en micro porque me da la gana. No importa que me tomen por imbécil, pero jamás he gozado estar en el volante. Menos, aguantar el tráfico, y, peor aún, los accidentes de tránsito. Por eso, hace ya varios años que vendí mi auto y decidí estar más cerca de mi realidad.

Iba por la Javier Prado, sentado con el culo sudando cuando la combi impactó con el auto de adelante. El chofer, que tenía el volumen de su radio a full escuchando reggaeton, increpó a su cobrador de no avisarle que había que parar. El cobrador le respondió en tono desafiante que su misión es cobrar. Y en medio de su crisis apareció el dueño del carro chocado. Era un pituquito flaco con la nariz respingada y hacía cara de asco por cualquier cosa a su alrededor. Se acercó a la ventana del piloto y comenzó con el rosario de insultos: que si uno está ciego, que si uno no sabe ver la luz roja, que si uno no sabe manejar para qué se mete, que la suciedad en las calles, que los cholos de mierda. Que la policía. Y la policía ni estaba cerca, así que el conductor de la combi, entre los insultos y el desprecio de ser un serrano ignorante que le fallan los reflejos, se comenzó a dar cuenta que bien podría poner primera y escapar del lugar de los hechos. Entonces, mientras el agraviado seguía reclamándole que sus uñas se habían ensuciado por culpa de los cholos, y el cobrador de la combi le ofrecía por lo bajo diez soles de indemnización, el chofer volteó hacia el público que lo acompañaba y gritó: «¡Llevan!». Y arrancó. Y como el agraviado pituquito seguía llorando por su uña rota, entre su impotencia, se lanzó dentro del auto por la ventana del conductor. Mientras que la combi avanzaba y tomaba vuelo, el pituquito agraviado quedó con las piernas colgando, flameándose como tomando forma de superman en pleno vuelo. A media cuadra cayó seco y siguió gritando por su uña rota.

La combi se fue alejando por la Javier Prado y la figura del pituco caído en el asfalto se fue achicando, como el cierre de un telón, y la combi siguió su ruta sin problema alguno. El cobrador le reclamó a su conductor la falta de responsabilidad que lo albergaba pero el público pasajero lo terminó callando con chiflidos y señales de cansancio y exasperación. Entonces no hubo otra que seguir cobrando el pasaje.

Antes de llegar a una luz roja, las señoras más adultas que viajaban en la combi avisaron con susto: «¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!».

El auto agraviado venía detrás a toda velocidad, zigzagueando atolondrado y ávido de justicia. Al llegar donde la combi, salió raudo de su vehículo, su polo lucía ensangrentado y el brazo izquierdo le colgaba en tres pedazos. Sus lentes oscuros se habían rajado y su pelo engominado era —ahora— una mata de cabello sucio y grasoso que dejaba especular en una severa calvicie.

El conductor, ni cojudo que fuera, cerró su ventana y espero sentado su sentencia. Pero cuando el pituquito quiso lanzar un puñete, el brazo no le respondió y el golpe solo manchó un poco la ventana con sangre.

En medio del tráfico vehicular, una tomba estaba dirigiendo el tránsito hasta que se dio cuenta que había un tumulto a medio metro de la avenida que ella ordenadamente mantenía caótica. Se acercó, vio al pituquito con su pelo sucio, el brazo roto, las uñas descuidadas y el auto chocado por detrás, y le pidió a la combi que se estacionara a un lado. La gente comenzó a abuchear la medida disciplinaria.

Mientras llegaban más efectivos policiales, el chofer y su cobrador insistieron que fue el pituquito quien metió el vehículo por su camino, que eran inocentes de todo y que tenían que seguir la ruta porque había público que tenía que volver a su casa. La gente apoyó este argumento con palmas solidarias, pero la tomba seguía llenando las papeletas de rigor: Choque, fuga, agresión, falta de respeto e imprudencia cívica. Antes de firmar el acta, la tomba se dio cuenta también de que la combi no tenía permiso para circular, que el conductor tenía un brevete caduco y que el cobrador no había repartido boleto.

La tomba sacó la cuenta total de los daños y le ofreció al conductor un precio de ocasión para poder seguir cumpliendo con los pasajeros. El boletero, en su desesperación por solucionar el percance, juntó parte del dinero. Y como faltaban algunos soles para completar la oferta, volvió al pasillo pidiendo ayuda a los viajeros. Cuando completó el monto, la tomba esperó a que llegue la ambulancia para el pituquito y se lo lleven a emergencia. Entonces, apenas pusieron al agredido en la camilla, la tomba abrió su bolsillo y pidió que le chorreen el dinero. Volvió a su puesto de semáforo humano y la combi siguió su ruta entre aplausos de la gente que por unos cuantos minutos se sintieron satisfechos por la democracia que lograron.

Cuando cambiaron de turno en el cruce, la nueva tomba se percató que había un vehículo estacionado en medio de la pista, en la puerta había unas cuantas gotas de sangre y en el parachoques un ligero rasguño. Apenas hizo la inspección oficial, tomó su libreta de papeletas y le dejó entre las plumillas una infracción por negligencia vial, y siguió dirigiendo el tránsito caóticamente.

 


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JUAN JOSÉ SANDOVAL ZAPATA, peruano, mantiene un blog titulado «Barrunto» en donde se publicó originalmente este relato.



De este autor puedes leer, también, el artículo Cómo ser un pésimo escritor (y estar a punto de morir en el intento) y el relato Mi hermano, el infeliz.

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©




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