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Escena de domingo en
la farmacia de mi pueblo

Pilar Enterría
 

Las farmacias de pueblo, como las pescaderías, son lugares de mucho manejo y entretenimiento, por eso, si uno va simplemente a comprar, y no a echar la mañana, es mejor desistir cuando ya hay varios parroquianos haciendo cola, porque aquello puede durar hasta la tarde.

Pero era domingo por la mañana y la farmacia estaba bastante despejada, había dos mujeres musulmanas vestidas como corresponde, con su sotana y su pañuelo y un padre joven con una hija. Las mujeres, que estaban siendo despachadas, debían llevar un rato porque sobre el mostrador tenían ya su montoncito de medicamentos y estaban tratando de unas pastillas, más o menos de la siguiente guisa:

—Unas pastillas de toser, como la otra vez pero otro sabor.

—¿De qué marca?

—De la caja blanca con esquina roja.

—¿Entrepils? ¿Angioplés? ¿Fonoplus? —la farmacéutica recita diversos encantamientos.

—No, no, la caja, tú trae caja a ver.

 

La farmacéutica que es joven, rubia y guapa y evidentemente conoce a las dos mujeres de muchas compras anteriores nos mira, comprueba que el padre está distraído hablando con su niña y que si bien yo no tengo pinta de haber ido a echar el día, pongo una expresión más bien divertida y aún paciente. Entonces saca diversas variedades en cajas de diversos colores aunque todas de fondo blanco y procede a mostrar. No, esta no, está quisá pero ¿sabe bien? Sí, todas saben bien pero depende que sabor quiera. Es que me disen, sabor laranja. Sí, esta caja es de sabor naranja. Sí, pero esta caja no ¿es buena? ¿Cuál es mejor? Depende, es para la tos sólo o tiene dolor de garganta. Sí, dolor un poco. Entonces éstas, dice la farmacéutica. A ver..., no..., esta caja..., ¿cómo saben? Bien, saben a mentol. No, no son éstas.

La farmacéutica vuelve a mirarnos, por si los ánimos se estuvieran tornando insurrectos ante tanta espera. La cola ha aumentado, seremos ya siete u ocho personas pero aún reina la paciencia. Quizá los últimos han venido a rellenar el tiempo entre el final de la misa y el comienzo del tapeo y la espera coincide con sus necesidades.

Por fin la mujer se decide por una caja que ni tiene la esquina roja ni contiene pastillas con sabor a naranja, pero cuesta sólo 4 euros, que es menos que los 5 que vale otra caja que era su más estrecha competidora. Parece que van a pagar o se lo van a anotar en no sé qué cuenta porque ahora nos enteramos, al menos me entero yo, de que en esta farmacia se fía. En fin lo que parece es que han terminado y van a irse, pero la otra mujer le dice un majqutul min nu o algo similar y resulta que les falta una crema para las pupas. ¿Qué crema? Pues una crema como la otra ves, muy buena para pupas, las pupas ¿Qué pupas? ¿De la boca? No boca no. ¿Pupas del cuerpo? Sí, cuerpo.

No está muy clara la cosa y la farmacéutica rubia pasa a la trastienda y desde allí va abriendo cajones y sacando cajas que muestra en la distancia. Como medida cautelar, de la trastienda salen refuerzos en forma de farmacéutica morena, que se pone a atender al padre que sólo quiere una cosa y sabe su nombre. Uff, ha tenido lugar un vertiginoso cambio de civilización; en un instante hemos pasado de un bazar oriental a una eficiente empresa de servicios.

La rubia sigue mostrando cajas para las pupas hasta que se oye «uam», «uam», o algo similar y la mujer se vuelve hacia la concurrencia y nos explica con cortesía «uam», «sí» en árabe. Es una mujer guapa y lo ha sido más, está en la edad en que las de su cultura son ya abuelas, lleva gafas y tiene la cara carnosa y risueña, una piel magnífica.

Agradecidos sonreímos y el padre aprovecha para preguntarle si es marroquí. Sí, marroquí. Pues el caso es que ellos y otra familia van a ir a Marruecos en mayo o por ahí y quisieran aprender algunas frases, no mucho, sólo saber algo. Sí, sí, muy bien. La mujer sólo viene a este pueblo los fines de semana porque ella vive en Somosaguas, pero muy bien, los fines de semana clase sí, conversación. El padre quiere un teléfono, se disponen a concretar un poco más y resulta que ya es mi turno.

Descubro que he olvidado la receta y no me acuerdo del nombre de mi medicamento, así que se me oye decir algo como:

—Quiero una crema que encargué ayer, que tenía que venir con el pedido de por la tarde y que se llama algo como medal, o así.

La mujer marroquí me ha oído, deja por un momento los tratos con el padre se vuelve hacia mí y dice, muy risueña y feliz de haber encontrado una colega.

Uam, esta señora pide como yo.

Desde luego, como ella pero con mucho agravante porque resulta que yo sé leer y escribir (creo) y ella es analfabeta en dos idiomas por lo menos, lo que confiesa muy divertida porque ha recorrido el mundo y la gente se extraña mucho cuando la oye contar y le preguntan ¿pero cómo persona sin leer estuvo tan lejos?, pero ella les dice es fásil, cosas son fásiles, preguntando se va a Roma, como disen españoles y sí, es así, uam.

La mañana de domingo se pone de aperitivos, mientras el padre avanza en la negociación con su futura profesora sin alfabetizar.

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CONTACTAR CON LA AUTOR: penterria(a)hotmail.com

 

ILUSTRACIÓN RELATO: Símbolo farmácia, Por André (Trabajo propio)
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