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Rolling Stone
Susana Ruvalcaba

El eco del sonido de la cajuela cerrando sigue en mis oídos mientras me dirijo dentro del auto y lo enciendo. Acabo de depositar las maletas, de empezar a actuar según la decisión y, por fin, me voy de casa.

En una semana lo arreglé todo y ahora no quiero pensar de nuevo en las cosas, pero por más que me esfuerzo termino haciéndolo. Siento el acelerador bajo mis pies, freno en el primer alto de mi trayecto. Desde pequeña hice todo lo posible porque mi padre se sintiera orgulloso de mí, no sé si lo logré alguna vez, pero tiempo después lo que quería era escucharlo decir que estaba orgulloso de mí, o que al menos lo dijera con un gesto, con un guiño, de cualquier manera, que diera una señal, pero me quedé esperando. Tal vez no lo enseñaron a decir lo que siente, o peor aún, ni siquiera lo enseñaron a sentir y sea cual sea el caso, creo que ya no me importa.

Con mi madre es diferente; ella llora. Llora cuando está triste o cuando está contenta y también en las ocasiones intermedias, ella llora, sencillamente llora y por eso creo que su llanto es como su manera de vivir, pero nada especial. Lo que es cierto es que cada vez que alguien hace un comentario respecto a Álvaro ella lo engrandece cuando es bueno o lo justifica cuando no lo es.

Álvaro es mi hermano mayor, cinco años mayor que yo y parece aún un adolescente; creo que por lo general, no ha habido un sólo día en que el hombre me parezca mi hermano mayor. Siempre está metido en líos, actúa visceralmente y no tiene un plan a futuro, ni una meta, ni un objetivo, y está acostumbrado a que todo le venga gracias a la divina providencia materna.

Álvaro cree que tengo envidia de que mis padres y mi abuela se preocupen tanto por él... envidia. Lo que en realidad siento es lástima, pena o cualquier otra cosa parecida. La filosofía de mis padres se basa en dar al hijo que menos puede, o menos quiere, y yo he querido y he logrado. Álvaro se ha sentado a esperar que todo le cayera del cielo; no me imagino cómo hubieran sido las cosas si en lugar de que él hubiera embarazado a su novia, las embarazadas hubiéramos sido Alexa o yo, pero supongo que no nos hubieran puesto casa amueblada para solucionarnos las cosas.

Alexa es mi otra hermana, cuatro años menor. A diferencia de Álvaro ella sí quiere estudiar una carrera universitaria; a diferencia mía no obtendrá una beca en una universidad particular por desempeño académico, sino por mérito deportivo. Mis padres le dan todo el apoyo y se sienten orgullosos de ella; mejor aún, se lo dicen.

Yo puedo sola, pero eso es que hace años que me han dejado sola. Y por si fuera poco escucho las estupideces de Álvaro, aconsejo en lo posible a Alexa y termino siendo el terapeuta y mediador en los problemas de mis padres. Hace mucho perdí el derecho a equivocarme, porque, cuando una conducta se repite frecuentemente, entonces se legitima, se vuelve un patrón, un esquema, una barrera imaginaria que no debes rebasar. En el camino también perdí el derecho a quejarme, a decir abiertamente las cosas que pienso o a negarme.

Por fin veo la carretera. Me pongo los lentes de sol. A estas alturas en casa no tienen ni idea de dónde estoy, a dónde me dirijo. Yo tampoco tengo una idea muy clara que digamos, sólo sé que quiero irme. Supongo que así las cosas serán mejor para todos; voy a un sitio donde nadie me dará la bienvenida, donde nadie me conoce y eso es lo bello, que en ese lugar nadie espera nada de mí.

Huyo. Porque eso es lo que hago, estoy huyendo de esas barreras de esa manera de asfixiarme de a poco, de ese lugar en donde no merezco porque puedo y donde nadie se siente orgulloso de los errores que no tengo ni de los aciertos que son míos. Me voy porque de nada sirve que hable con propiedad, que obtenga becas universitarias y pronuncie los discursos de graduación; porque no tiene caso que me coma las verduras sin chistar, que llegue a casa a las nueve y que no vaya a fiestas con mis amigos. Porque no es mérito que no haya probado drogas, que no me guste el tabaco y que jamás me haya puesto una borrachera en mi vida.

Huyo de ellos porque creo que es bueno para mí, porque creo que tal vez así aprendan a madurar un poco y aunque esto suene a mierda egocentrísta, me importa un carajo porque es lo que pienso y puedo ser honesta conmigo misma. Tomo un respiro, pero uno muy hondo, y siento unas increíbles ganas de llorar, de llorar porque sí porque estoy triste y jodida y porque, de cualquier forma, no tengo a nadie a quién darle explicaciones de lo que hago, así que lloro; mientras sujeto con la mano izquierda el volante y recargo en la ventanilla el brazo izquierdo sobre el que poso por segundos la cabeza.

Las lágrimas caen una y otra sobre mi blusa. Entonces me siento un tanto patética. He dejado un recado que decía «salí, llamo después», sólo a Alexa le he dejado un mensaje personal; pero no escrito, eso de los recados y las cartas de despedida me parecen ridículos. Le he dejado dos cosas: mi calculadora científica que espero le sea útil en su vida universitaria y mi vaca de peluche; siempre le ha gustado, y me ha parecido una buena manera de decirle que la tengo presente.

No llevo mucho dinero, apenas el que mi empleo clasemediero me ha permitido reunir en tres años después de pagar la escuela, los materiales de la escuela y todos esos gastos que de repente surgen por ahí. La idea era pagarme una maestría en el extranjero para la que mis padres negaron todo el apoyo hace tiempo además de dejar en claro que se oponían terminantemente. Me divierte pensar que, de alguna manera, se ha hecho su voluntad.

Ahora tengo ganas de reír. Y creo que por primera vez en la vida no sé bien cuál es mi objetivo, tal vez estoy actuando un tanto como Álvaro, toda la vida de vivir con él... seguro se me pegó algo ¿no?

Me tallo el rostro con las manos intentando secar las lágrimas, borrar su rastro. Enciendo el radio, no me gusta esa música. Busco entre mis discos y entonces, como si fuera un canto de gloria suenan las guitarras, la batería y la resplandeciente voz de Bob Dylan cantando Like a Rolling Stone.

Paso al carril izquierdo y comienzo a rebasar los vehículos; voy a ningún sitio, pero siento que tengo prisa, mucha prisa. How does it feel... How does it feel... To be without a home... Like a complete unknown... Like a rolling stone...?, coreo con Bob mientras siento el acelerador bajo mi pie. Repito la canción no sé cuántas veces, pero cada vez la canto en un tono más elevado hasta casi gritar.

Creo que el cd se ha rayado, o se ha parado, distraigo la vista un segundo para asegurarme de que todo está bien, después vuelvo a la carretera y me encuentro con el susto de mi vida. Un cuadro negro por unos segundos, como cuando termina la película en el cine, como cuando alguien apaga la luz.

Abro los ojos, el trailer ya no está al frente, supongo que me estrellé con el muro de contención ¿o fue contra el cerro que cercaba la carretera?, tal vez me precipité de la carretera, eso explicaría por qué me siento un tanto mareada. Oigo ruidos, gente hablando, autos pasando muy despacio; quiero asomarme a ver, pero tengo algo encajado en las costillas, no veo muy bien, así que imagino que es el volante.

Un tipo de blanco me pregunta unas cosas, yo sólo atino a mirarlo y tal vez le envío una sonrisa estúpida o sarcástica. Habla con otras personas y me sacan. Escucho la sirena de una ambulancia y no dejo de reírme, o mejor dicho, de sonreír estúpidamente; y eso también lo supongo, porque no puedo ver mi rostro. Alguien llama a mis padres, pero no soy yo. Me inyectas no sé qué y me ponen unos aparatos en el pecho que hacen que mi cuerpo se levante y rebote. Supongo que ahora sí se sentirán orgullosos de mí, cuando me reciban como el gran regalo que soy, envuelto en una caja de madera color natural con olor a pino.


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CONTACTAR CON LA AUTORA: sulipan[at]hotmail.com

ILUSTRACIÓN RELATO: Interference-colors, Por Luis Fernández García (Trabajo propio) [CC-BY-SA-2.1-es (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.1/es/deed.en)], undefined; vía Wikimedia Commons.



 

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