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Rebajas
Lourdes Aso Torralba
Diez en punto de la mañana.
Arsenia Alvariño tiene los dedos congelados, ha agotado los pañuelos de papel y
baila sobre los pies para combatir el frío. Empiezan las esperadas rebajas de
enero. Ha venido quince días seguidos a mirar dónde están las prendas. Aunque
trabajan como burros el dinero no les alcanza. Ni siquiera oye la música de
fondo. Piensa en las zapatillas de Francho. Los dedos gordos se hacen sitio por
los agujeros. A Salvador le falta una cazadora para pasar el invierno. Ha
crecido demasiado rápido. Las mangas le cubren apenas tres cuartos de brazo. El
talle le queda torero nada más. Por todo eso ha madrugado mucho, para tomar
posición junto a la puerta. Ya no falta nada.
Un empujón quiere desbancarla de su puesto de
avanzadilla. Arsenia se mantiene de pie, desafiando a todos, con sus cien euros
en el bolsillo y la ilusión de salir con lo que necesita a mitad de precio. Sus
ojos se pierden por los pasillos. Su cerebro circula como un coche de gran
cilindrada que pasa de cero a los cien en una décima de segundo. El miedo a no
llegar a tiempo entorpece sus primeros pasos. Los segundos, terceros, vienen
solos pasando a la carrera. No le importa empujar ella. Tampoco las cámaras que
captan su imagen de desespero. Porque Arsenia tiene necesidad.
En la primera planta agarra
las zapatillas. Gira corriendo hasta las escaleras mecánicas. Ya pagará luego.
Sube peldaños para llegar antes. Se demora unos segundos hasta orientarse. Por
la noche han cambiado las prendas de sitio. Ya las ubica. Tironea con otra de
las mangas. Ella no va a ceder así de fácil. Ni aunque la trate de guarra.
No se ha levantado a las cinco para achicarse a la mínima. Que llamen a
seguridad si hace falta. A la otra se le va la fuerza por la boca. Grita y de
repente se para. Se tira bajo el mostrador. Entonces se da cuenta Arsenia de lo
que ocurre. Un tipo con pistola ha pedido el dinero de las carteras. Le apunta a
la sien. Ella sólo lleva cien euros. Echa la mano al bolsillo. Aprieta muy
fuerte los dos billetes. Los deja muy arrugados sobre el mostrador. No tiene
miedo a morir de un tiro. Su vida no puede ser más triste. Dame la chupa y
las zapatillas. Lo dice tan seria que temen por ella. Ante un atracador la
primera norma es mantener la calma. Arsenia lo repite de nuevo. Vamos ¿a qué
esperas? La chupa y las zapatillas. Mantiene el dinero cerca. Durante unas
décimas de segundo nadie se mueve. «Sometimes», de Janis Joplin, se desparrama
por la megafonía. Al yonqui de la pistola le entran temblores, se le dispara el
arma provocando un gran revuelo. Mientras lo reducen, algunos aprovechan el
descuido para largarse sin pagar. Arsenia recupera sus dos billetes arrugados.
Espera más de media hora hasta que todo vuelve a la normalidad.
Cuando se acerca a la caja la
señalan con el dedo. Ella, ha sido ella.
No le gusta que la miren
tanto. No ha hecho más que recuperar lo que le pertenecía, nada más. Sin
embargo, el director no opina lo mismo. Ensalza su valentía. Quiere agradecerle
en nombre de todos. Y da la orden a la cajera para que no le cobre.
Arsenia mira las prendas y los
billetes arrugados. Lo que más le preocupa es cómo explicar en casa eso sin que
la acusen de ladrona. Ezequiel seguro que le cruza la cara de un guantazo. Está
a punto de romper los billetes a pedazos ante la mirada pasmada del resto de los
clientes. Al final, se saca el zapato, descorre la suela y los coloca muy
doblados. Vuelve a ajustar el tacón y se pierde pasillo adelante con gesto de
triunfo.
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Lourdes Aso Torralba
reside en Jaca
(Huesca)

De esta autora puedes leer también el relato
Punta al lápiz (incluido en el cuaderno publicado con motivo de nuestro
IV aniversario).

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