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Rufus
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Paula Goberna Prieto

Caminaba sobre la nieve embutido en un abrigo largo y una bufanda, que tan sólo le permitía dejar libres los ojos para orientarse por aquella calle que parecía no tener fin. Las farolas la iluminaban vagamente dejando entrever el frío que todo lo envolvía.

A cada paso dado, sus pisadas se hundían en la nieve e indicaban el camino seguido. Rufus guardaba recelosamente, en su bolsillo, sus manos de la noche.

Estaba cansado de ocultar durante toda su vida, la cara bajo una máscara. Y no fue antes, de aquel momento y de aquella hora, cuando decidió que era el momento de dejarla deslizarse suavemente por las palmas de sus manos hasta que desapareciera por completo de su vida, abandonándola a su suerte en el remoto lugar por el que vagaba.

Todo tenía que suceder aquella noche, cuando la mujer de Brandon estaba fuera de la ciudad, pero tras realizar el gran espectáculo para el que había estado preparándose, lo único que encontró tras de sí fue la indiferencia en los ojos por los que tanto había sufrido, y había desechado la posibilidad de salir de aquella pequeña ciudad donde la diferencia se había convertido en pecado y sobrevivir sólo se podía hacer escondiéndose de los titulares de la prensa. Pero la atracción que le producía poder continuar despertándose y abrazando a la esperanza cada mañana era demasiado fuerte como para poder alejarse sin consecuencias graves.

Hubiera podido lidiar con el odio. Lo sabía, podría haberlo soportado. Pero la falta de sentimientos que llenaba aquella mirada era peor que la espina clavada en su corazón. La ausencia de palabras habló por él y le dijo lo suficiente a Rufus como para saber que ya no tenía nada más que hacer allí.

El baile de máscaras había terminado. Era hora de volver a casa. Siguió caminando. Abriéndose camino entre aquella oscuridad donde ya no se distinguía nada.

Su visión se volvió borrosa intentando no recordar, pero era incapaz. Sólo le quedaba resignarse, al menos, sólo le dolía al respirar. Había vivido su vida esperando a que el momento oportuno llamara a su puerta, y ahora que había abandonado la sala de espera, no deseaba otra cosa que volver a ella.

Su corazón estaba cansado, tanto literal como metafóricamente. Era un músculo débil, y desde que era un niño había tenido grandes posibilidades de sufrir un paro cardíaco. Lo habían dicho los médicos y nadie había dudado de su palabra. Pero se habían olvidado de decirle qué se sentía cuando se cansara de tocar la misma y vieja canción una y otra vez por no encontrar una razón para seguir haciéndolo.

Rufus no tardó mucho en descubrirlo. Se agarró el pecho con su mano izquierda como si intentara ayudar al que estaba detrás de aquello, arrancándose el corazón para que todo acabase lo antes posible. Pronto dejó de notar los latidos en su pecho y un dolor inmenso le recorrió el cuerpo. En sus últimos segundos de conciencia no vio su vida en imágenes. Ni siquiera pensó en todo lo que le quedaba por hacer. Tan sólo pensó en él. Una imagen agridulce que se quedaría clavada en sus retinas hasta el final de los días.

Su cuerpo yació dócilmente en la acera cubierto bajo un manto de nieve que dejaría dibujada la silueta de su cuerpo, delimitando así, el lugar del crimen.

Todo sucedió sutilmente y sin que nadie se diera cuenta. Parecería un accidente a los ojos del mundo, pero no era más que el viejo encargo de eliminar lo antes posible a los débiles y diferentes que intentaban, como el resto, poder morder un pedazo de felicidad.

Rufus dormiría eternamente y nadie se acordaría de él. Tan sólo del personaje que había representado, como si de un actor de cine se tratase, del que sólo se le recuerda por su papel estelar.

El telón se cerró y los focos se apagaron. La función había terminado.


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PAULA GOBERNA PRIETO
(1988). Autora nacida en Vigo (España).

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itsrainninagain[at]hotmail.com

ILUSTRACIÓN RELATO: Nevada en Madrid,
fotografía por Pedro M. Martínez ©