ESPERANDO EN... UN CASTING » Escritura colectiva | Revista Almiar

 

       

 

 


- Presentación

- Esperando en:

- Una estación de ferrocarril

- Una notaría

- Una agencia artística

- Una consulta médica

- Formulario para escribir
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AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León

Juana Castillo Escobar

Gloria Grau Baeza

Dora María Hernández Herrera

Mary Carmen Ruiz

Lourdes Macías Torrecillas

Saladina Cuenca Milán

José Romero P.Seguín

Mistery

Thiara Montesinos

Adriana Serlik

Sofía Campo Diví

 

 

 

 

Esperando en...
Una agencia artística



 

Presentación
 

La espera sugiere un antes y un después. Es un hito en la línea del tiempo, en la trayectoria vital de cualquiera. Algo que sucederá, o no, alguien que llegará o no, alguien que partirá o no, pero de cualquier forma, si esperamos es que suponemos, deseamos, tememos, que algo va a cambiar en nuestra vida.

Por eso una sala de espera es un lugar perfecto para situar a un personaje, para contar su historia anterior a ese momento en que le encontramos allí y lo que sucede después. La sala de espera puede ser el nudo de muchas historias.

Por eso, la propuesta de participación para nuestros lectores va a girar esta vez, en torno a este privilegiado espacio. Nosotros iremos sugiriendo el tipo de sala de espera: estaciones, hospitales, aeropuertos, despachos de oficinas de empleo, de abogados, de agentes artísticos, de médicos, de directores de banco...; muchos momentos en los que quien espera trae bajo el brazo una biografía que puede cambiar cuando la abandone.

Queremos que nos habléis de ese personaje en un relato breve. En esta nueva entrega lo situamos en la sala de espera de una agencia artística.


Carmen López
2007

 


 

Relatos
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EL CASTING
 

Me había propuesto esta vez no prestar atención a las otras participantes. No compararme con ellas, no tomar en cuenta si su loock era mejor que el mío, si llevaban ropa de marca o de imitación y si tenían estilista de altura o las había peinado, como a mí, una peluquera de barrio. 

Me había avisado de la prueba uno al que llamaban El Óscar, un macarra amiguete mío que, no sé cómo diablos, se enteraba de todo y alcahueteaba cualquier cosa que le supusiera un beneficio: si conseguía que me seleccionaran se llevaba el veinte por ciento, y era inútil tratar de engañarle, porque también sabría al céntimo cuánto me habían pagado. 

Esta vez era para un anuncio de agua mineral: supuse que buscaban una apariencia saludable y fresca, así que procuré maquillarme poco, aclararme el cabello, y vestirme informal, con su toque de ecologismo en las prendas, nada sintético, por supuesto, lino blanco arrugado que me hacía tiritar de frío y adornos de madera. 

Mi mayor logro hasta ahora había sido un spot para la televisión autonómica, de cara a la integración multicultural, en el  que yo bailaba sucesivamente con un colombiano, un rumano, un senegalés, un moldavo y un marroquí, vestida con el traje regional. Me parecía que había quedado estupendamente, pero a la hora de los honorarios se me pasaba con razones, porque no había llegado la subvención oficial del Organismo Competente que había organizado la campaña. 

Así que andaba como loca buscando algún currito y El Óscar me hacía de agente artístico, ¡qué remedio! 

No quería mirar, pero a mi lado colgaban unos pies que no llegaban a tocar el suelo, los seguí hacia arriba sin poderlo evitar, los pies correspondían a unas  piernas bien moldeadas de un dorado carente de marca o imperfección que pertenecían a una deliciosa niña de unos ocho años. 

Vestía también ropa de primavera, a pesar de estar en febrero, florecillas que salpicaban una falda verde en imitación casera de Ruiz de la Prada para niñas, y un top dejaba ver su cintura que exhibía el mismo bronceado de sus piernas. Junto a ella, su madre, sin duda, no cesaba de retocar su cabello recogido con dos pinzas también verdes a ambos lados de su cabeza. 

Sin embargo, la niña se afanaba en su tarea escolar con una dedicación que la aislaba de todo lo demás, apoyando sus cuadernos sobre las rodillas, trataba de completar los deberes que su maestra había marcado. A su lado la mochila permanecía en el suelo mientras la madre parecía preocupada en grado sumo por si la niña se manchaba con los rotuladores su vestido. 

Normalmente no había deseado nunca con verdadera fuerza que alguna de mis contrincantes no fuera seleccionada, quizás porque, en el fondo, no confiaba demasiado en mi futuro como actriz y pensaba, invariablemente, que cualquiera de ellas lo lograría antes que yo, pero esta vez sí deseé que la niña fuera rechazada, que pudiera jugar en el patio sin temor a arañarse las piernas, que pudiera rellenar las hojas del cuaderno con sus rotuladores en su cuarto y viera la tele con sus amiguitas zampándose una bolsa de chuches sin controlar a diario su peso, que siguiera siendo niña. Cerré los ojos y lo hice: puse toda mi energía mental en visualizar su fracaso. 

Cuando los abrí la niña salía por el pasillo con la cabeza baja, su madre tiraba de ella con una expresión de furia apenas disimulada. Se agachó a recoger su mochila que había quedado en el asiento junto a mí y entonces le pude decir muy bajito:

—Has tenido suerte.

Ella me miró sorprendida. Luego, pareció comprender y sonrió.


Carmen López León

 

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ESTRELLAS ESTRELLADAS
 

Fue mi amiga Valen quien me metió en esto. Y, si lo hice, fue por pura necesidad. No me arrepiento, sino todo lo contrario: me siento orgullosísima. Esteban, mi marido, se vio en el paro de la noche a la mañana, con una esposa a su cargo, cinco hijos, ya cincuentón y una salud no muy boyante, ¿quién lo va a contratar? Los chicos, dos de ellos, aún estudian y, los tres restantes… Los tres restantes trabajan y perciben unos sueldos de miseria que no les llega ni para emanciparse. Ante este panorama Valen, en su afán por ayudar, me dijo:

—Debes tomar tú las riendas. Hay una promoción, no sé bien de qué, pero buscan personas como tú. Toma esta tarjeta, mañana por la mañana quedamos a la puerta de la agencia. Ponte guapa…

«¡Cómo que es tan fácil ponerme guapa a estas alturas de la película!», le dije, o lo pensé, no recuerdo. Le agradecí el detalle pero sin ninguna intención de pasarme por aquel lugar.

El resto de la tarde no hice más que dar vueltas al asunto. Unas veces me decía que por qué no iba a tener suerte, como Valen la tuvo…, con probar… Otras, me recriminaba el ser tan estúpida y creer que podría llegar a ser alguien en ese mundillo de la imagen. No dormí. Por la mañana mi cara acusaba no sólo el nerviosismo de la noche en vela, también el del cambio de situación en nuestro hogar. Antes de que sonara el despertador me tiré de la cama, me metí en el aseo y, después de una buena ducha, decidí arreglarme con esmero.

Esteban aguardaba en la cocina, él y el desayuno que, desde que quedó en el paro, hacía todas las mañanas. Ésta se esmeró aún más: zumo, tostadas, café humeante y oloroso, y un geranio de olor arrancado de una de las macetas para que alegrase el centro de la mesita. No me quitaba ojo. Antes de marcharme sólo dijo después darme un ligero beso en los labios para no quitarme el carmín:

—Si no vas convencida más vale que te quedes en casa. Ya buscaré yo algo, aunque sea debajo de las piedras y, si es preciso, no me importará ponerme en una esquina a mendigar… Por vosotros, lo que sea, tú lo sabes: lo que sea.

Sonreí, le acaricié la barbilla. Le dije que no se preocupase, por decir algo, ¡bastante preocupada estaba yo!, y le mandé que entrara en casa no se fuera a enfriar.

Aguardé a Valen en el portal de la agencia, pero mi amiga no llegó. Envió un mensaje al móvil disculpándose: «Me ha salido un trabajo, en Zaragoza. Besos». Las piernas empezaron a temblarme más de la cuenta, pero ya había llegado hasta allí, así que, dándome ánimos decidí seguir adelante fuera como fuese.

La sala de espera de la agencia artística era amplia, bien iluminada, con un estilo…, del que llaman minimalista, con fotos de modelos guapísimas recubriendo todas las paredes, magníficamente iluminadas, preciosas… Me sentí pequeña, insignificante, vieja, fea y, sobre todo, fuera de lugar. Ganas me dieron de abrir la puerta y salir pies en polvorosa, correr escaleras abajo, como cuando era niña, y algo me aterraba. Pero las circunstancias hicieron que tomase asiento, que me aplacara un poquitín y viera cómo discurría la mañana.

Frente a mí estaban sentadas dos jóvenes, con una sola mirada noté que debían de tener silicona hasta en las pestañas. Eran dos muñecas doradas por los rayos uva, con escotes de vértigo que enseñaban más de lo permitido. Mi boca, de forma involuntaria, dibujó una sonrisa. «Dios, como hagan un mal movimiento se les escapan las bombis, como dice mi Juli. Lo malo es que acabaremos contra la pared. En enero y tan destapadas, ¿qué hacen para no acatarrarse?». Mi mirada debió de atraer las suyas. Por unos instantes dejaron su charla y se dedicaron a observarme. Sus risas no se hicieron esperar. Oí algún fragmento de su conversación: «Oiss, chica, esperará a alguien… ¿A lo mejor viene a ver si la admiten de modelo? ¿Te imaginas? Estando nosotras aquí…». Pensé: «tienen razón, ¿qué hago aquí? No soy muy alta… No, no, no y no… No es que no sea alta, es que soy un retaco de metro y medio, ando más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Soy, como la Madre Tierra, achatada por los Polos y ensanchada por el Ecuador, mis pechos son los de alguien que crió a cinco hijos. No soy mal parecida pero… Indudablemente, no sé qué hago aquí». Pero continué en la butaca, atornillada a ella. Decidí mirar a otro lado. Una madre joven iba con un niño de unos siete años embutido en un traje de terciopelo, con el cuello y los puños de la camisa repletos de volantes bordados. «¿Será que buscan niños para una película de época?», me pregunté. En un rincón, mirando al techo, un hombre de mi edad, poco más o menos, recitaba, o una plegaria, o el papel que iba a representar. Y, a todo esto, ¿qué papel representaba yo? Valen no me dijo nada…

Se abrió una puerta corredera, enorme, y en el centro, sujeta aún a los tiradores dorados, apareció la figura de una mujer. La señorita Rottenmeyer, me dije, y me entraron unas ganas locas de reír. Tragué saliva y aplaqué, como pude, mis nervios. La mujer nos miró uno por uno. Habló algo en voz baja con la secretaria que escribía tras el ordenador, junto a la puerta de aquel despacho que imaginé como un gran salón de baile. Sin ningún miramiento la Rottenmeyer cogió un bloc y leyó en voz alta, bien templada y algo hombruna, los nombres de quienes estábamos en la sala de espera:

—Jorge de Santis, no necesitamos ningún caballero para esta promoción, ¿cuántas veces tendré que repetírselo?

El hombre dejó la sala cabizbajo y sin decir nada, al menos en voz alta.

—¿Y este niño? Señora —dijo encarándose con la madre—, que no vamos a rodar ningún remake de la Familia Adams.

La mujer agarró al niño por el brazo y se lo llevó a rastras no sin despotricar y poner verde a la que, supuse, directora de la agencia. Miré a las jóvenes. Se reían y frotaban las manos, vi cómo me miraban, sus ojos parecían decir: «No tienes nada que hacer, osea, que te irás a casita con el rabo entre las patas». Me temblaba todo, porque también yo pensaba algo por el estilo. Iba a levantarme para irme antes de tener que pasar por aquella humillación cuando la Rottenmeyer se dirigió a mí:

—¡Menos mal, alguien auténtico! Es lo que buscaba. Valen me habló muy bien de usted, pase a mi despacho —y, casi sin respirar, dándose la vuelta, se dirigió a las jóvenes—: aquí no rodamos ni spots ni películas porno. Dos portales más allá encontraréis una agencia más adecuada a vuestro perfil. Por ahora con… —miró mi nombre en la lista— doña Virtudes González estoy conforme. Pase y charlemos.

Sólo me queda decir que rodé aquel anuncio para la tele, gustó. Me llamaron y rodé alguno que otro más. El mes que viene debuto en el cine. Esteban ya no tendrá que mendigar, ahora es mi manager.


Juana Castillo Escobar

 

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SUEÑOS DE ARTISTAS

         

No, no he llegado tarde, creo que hasta me he adelantado, pero... Sí, sí en la puerta dice de 16:00 á 21:00 h, es decir, que estoy en hora. Son y media... ¡Qué nervios! No veo un alma, imagino que esperan a que esto esté lleno, claro que, lo mismo para esto no se presenta nadie, la gente no está tan loca como yo. ¿Cómo que no? Y, ¿de dónde las sacan entonces?: Bueno, qué tonterías digo, para eso están los maquilladores, hoy en día se hacen milagros con las pinturas. Un, dos, tres, cuatro... Y luego hablan de los pasillos de las Salas de Audiencia, ¡el de los pasos perdidos! Esto se le parece y no creo que se tengan aquí menos nervios. Pufff entran dos candidatas, son amigas, se les nota. Mayores sí que son, cumplen los requisitos que pide la agencia. Las imagino anunciando detergentes, o quizás sopas para la familia, o... ¡Entra otra! Esta tiene buena pinta, espero que necesiten a muchas porque si no... Me encantaría que fuese para figurar en una película... Rodajes en la madrugada... Jajajaja. ¿Qué le cuento yo a mis hijos? ¡Niños, me voy a rodar, no llegaré en toda la noche! Me veo de romana o de vieja mendiga. Me parto de risa si tengo que decir a los amigos que al fin voy a ser artista. Mira que si me dan un papelito corto con diálogo… ¡Me muero, fijo! ¡Con mis años y mi memoria! Oigo voces, viene más gente... Sí, entran hombres y tras ellos, más mujeres, ya veo, somos los desocupados ya en la vida. En el anuncio no dicen para qué se buscan, sólo: «Agencia busca mayores para figurantes». Como dice mi amiga Pilar: «Será para hacer bulto». Bueno, y qué más da, creo que pagan 50 euros cada vez que te llaman, es una ayuda para la pensión. Así mi hija podrá dejar de trabajar, con los estudios para la oposición…, la pobre ya hace bastante. Tendría gracia que, al cabo de los años, se cumpliera mi sueño. Recuerdo cuando de niña nos preguntaban lo que queríamos ser de mayores: «Yo, señorita de mi casa», decía mi hermana siempre muy ufana, y yo, la loca de la familia, siempre tenía la misma respuesta: «¿Yo? ¡Yo quiero ser artista!». Anda que no me llevé tortas por decir aquello... Un momento, sale una señorita... Vaya, no tendría que haberme puesto tacones...


Gloria Grau Baeza

 

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EL SILENCIO

         

Las grandes puertas de cristal lucían imponentes, mi figura se reflejaba en ellas como si de un gran espejo se tratara, llené los pulmones de aire al notar que en el rostro reflejaba el nerviosismo que me corroía. Exhalando ruidosamente al mismo tiempo que alisaba los pliegues de la falda, cuadré los hombros y entré, no sin antes echar un último vistazo al letrero que anunciaba que la agencia de artistas y modelos estaba solicitando personal.

El recibidor, totalmente alfombrado, apagaba los pasos de las personas que corrían de un lado a otro; no así las voces de media docena de jovencitas que esperaban su turno para presentar su currículo y demostrar sus aptitudes histriónicas. No había ningún lugar donde sentarme así que me quedé de pie a un lado del escritorio esperando que alguien tomara mis datos.

Se abrió una puerta frente a mí y lo vi venir. Alto, moreno, el rostro hermoso perfectamente afeitado, el recibidor se llenó con su presencia tanto como con el aroma de su loción. Las seis aspirantes se pusieron de pie al mismo tiempo y tan rápido que parecía que algún bicho las había mordido. La imagen resultó tan cómica que no pude evitar reír.

No me di cuenta que la risa fue lo suficiente espontánea y ruidosa hasta que lo vi fruncir el ceño y dirigirse a mí con expresión demasiado seria, casi de enojo. Trague saliva y alcé la barbilla, no podía dejar que viera que su presencia me asustaba. Me miró largamente, caminó alrededor de mí mirándome de arriba abajo y ellas reían entre dientes satisfechas de que me dieran mi merecido.

El silencio se hizo presente cuando él habló, todos dejaron de hacer lo que hacían, y yo lo miraba como si no entendiera el idioma en que me hablaba. Me repitió que caminara a lo largo del pasillo con el mayor garbo del que fuera capaz, mientras las muchachas intentaban decirle que ellas habían llegado antes que yo. Una mirada bastó para callarlas, aunque parecía no escuchar concentrado en las órdenes que me daba.

Él, extendió su mano hacia mí, la tomé como en un sueño y me hizo girar una y otra vez, soltó mi pelo, acarició mi cara. El silencio era tan tenso que podía tocarse. Entonces, cuando nuestros ojos se volvieron a encontrar percibí una clara chispa de humor en su mirada. En ese instante, volví a respirar. El trabajo era mío.


Dora María Hernández Herrera

 

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QUE HABÍA LLEGADO TARDE

         

Las sillas eran verdes, de una tapicería verde hierba, cargada, sin duda, de antiguos recuerdos, de malos y buenos momentos, sillas en las que, alguien, un día, regaló o robó un beso perfecto, mientras esperaba.

Una gran ventana, al fondo, permanecía abierta y la casi transparente cortina blanca, volaba hasta la mesa central, donde una planta crecía y respiraba en su soledad. Libros, muchos libros, un teléfono silencioso, un ordenador mudo y una pluma olvidada junto a un caramelo de menta… de aquellos que tanto nos gustaban…

A esperar… El papel era extraordinario, me parecía hecho a mi medida. Protagonizar aquella historia se había convertido en mi sueño y mi obsesión, me apasionaba aquel personaje tan parecido a mí… Como si el autor, al dibujarlo, estuviera pensando en mis ojos, en mis manos, en mi forma de enfrentarme al mundo, en mis versos y en mi voz… Parecía conocerme tan a fondo que estaba segura de ser elegida, de que, en cuanto me viera, sabría, a ciencia cierta, que yo iba a ser la protagonista de su creación. Casi me veía en el escenario, representándome a mí misma, vestida con mi propia ropa, desvelando mis propios recuerdos, mi viejo secreto que aquel autor, desconocido, sin saberlo, había descubierto…

Pasó más de una hora sin que nadie entrara en la estancia. Había anochecido mientras yo me recreaba en la ilusión que me había llevado hasta allí y volví al mundo. Me resultaba extraño que no hubiera nadie más esperando, que no hubiera nadie a quien preguntar, que no hubiera nadie que preguntara… Me resultó extraño hasta que vi el cartel en el pasillo… «Gran estreno teatral… hoy… primera actriz…». No sé bien si reí, o lloré, seguramente lloré… Había llegado tarde.

Mary Carmen Ruiz

 

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HOY NO ES MI DÍA

         

Llego tarde, lo sé. Hoy, precisamente hoy, se me tenía que pinchar la rueda; llevo un mes preparándome para hacer esta prueba, me duermo y despierto recitando mi diálogo, contando los días… El papel está hecho a mi medida, estoy convencida de ello, pero llego tarde. He llamado a mi amiga Elena para que me espere en la agencia, y si llegado el momento de entrar aún no estoy allí, quizás ella pueda intentar que esperen un poco más por mí.

He aparcado el coche como mejor he podido, mañana solucionaré el problema. Ahora sólo me preocupa llegar a la prueba. Llamo a Elena, pero el móvil está apagado, seguro que olvidó cargar la batería. Los tacones me están matando… ¿No hay un sólo taxi libre en esta ciudad? ¿Qué autobús me dejará más cerca de la agencia? Hace mucho tiempo que no utilizo transporte público; claro, se acostumbra una al coche y ya ves, hoy, precisamente hoy, me deja tirada.

El autobús viene lleno, vamos todos como en lata de sardinas, me duelen los pies, estoy sudando, y mi maquillaje tiende a convertirse en un autentico desastre. La próxima es mi parada ¡Por fin! Bajo del autobús y salgo corriendo, entro en la agencia casi sin respiración… ¿No hay nadie? La salita esta vacía, me parece oír a Elena pero no la veo; se abre una de las puertas y aparece ella sonriendo y la escucho decir…

—Gracias a todos. No me lo puedo creer, yo trabajando en una serie de televisión…

Me mira, la miro, intenta explicarme algo…que si mi retraso, que si entró a pedir que me esperasen y al final…

Ya no la escucho, no quiero, salgo de allí. El ruido de la calle me vuelve a la realidad. No me lo puedo creer, Elena, a quien yo creía mi mejor amiga, me acaba de quitar el papel por el que llevo soñando más de un mes. Definitivamente… hoy no es mi día.
 

Lourdes Macías Torrecillas

 

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EL ANUNCIO


     

El anuncio, motivo por el que estoy aquí, reza lo siguiente: «Si eres joven, atractivo/a y con carisma. Seguro que eres la persona indicada para vivir una experiencia en el mundo de la TV, no lo dudes. Estamos buscando gente como tu para castings de anuncios de marcas conocidas, como protagonistas y como extras. Desplazamientos y dietas a cargo de la agencia. Bien remunerado. Si estas interesado/a acudir a la calle Limones 25 1º de Madrid. ¡¡Te esperamos!!». 

Negar que albergo la esperanza de que alguien descubra en mí el bis cómico que me viene de familia, es ser bastante hipócrita conmigo misma. Durante mis 41 años, conocidos, amigos y familiares me han animado a que me presentara a algún sitio, que tengo madera de artista —me dicen hasta hoy en día—, «es que contigo me meo de la risa» —un comentario muy habitual... En fin, que me he liado la manta a la cabeza y aquí estoy. Rodeada de guapos y guapas, jóvenes y exultantes de energía, ilusión... Sus miradas soñadoras, son mis miradas. 

Acabo de sentarme después de una larga cola que da la vuelta a la manzana; una chica muy amable reparte un impreso para que lo vayamos rellenando con nuestros datos personales, profesionales, experiencia en el sector... Cuando llega a mi altura, noto como tragaba saliva, titubeando y mirando hacia los lados me dijo: «Querida... toma este impreso para que lo rellene tu hijo o tu hija...». Abre sus ojos al responder yo «no querida, es para mí...». A los cinco segundos sale de su parálisis temporal y sigue repartiendo con sus mejores sonrisas el resto de impresos por la sala. Mis ojos se humedecen tiernamente, un escozor invisible aprieta mi estómago... Eso es que tengo hambre (vale, es mi orgullo herido), lo bueno de tener la edad que tengo, es que llevo fruta en el bolso. Con la gran parsimonia que me caracteriza, voy comiendo pequeños bocados al tiempo que relleno mis datos... 

Después de dos horas de espera, me llaman, entro a un despacho con casi diez personas sentadas tras una mesa alargada, me miran en silencio, yo correspondo con lo mismo, casi por educación. Al cabo de unos dos minutos una de ellos me mira sin subir la cabeza, por encima de sus gafas (de aumento)...

—Me parece que hay un error, su perfil no es lo que andamos buscando.

—Claro, no me extraña —dije—, siempre me dijeron que de frente ganaba más.

—No me refería a eso... ¿no ha leído bien el anuncio?

—A ver, un momento... mmm, sí, lo he leído perfectamente.

Un veinteañero impaciente increpó por lo bajini... «¡Vaya pérdida de tiempo!».

—Pedíais una persona joven, me siento atractiva... soy guapísima, al menos eso dice mi novia, con carisma.... a la vista está. Soy la persona indicada para vivir no una, sino muchas experiencias, no lo dudo.

—Pero...

—Aquí pone que buscáis gente como yo para castings de anuncios de marcas conocidas, como protagonistas y como extras. Desplazamientos y dietas a cargo de la Agencia, bien remunerado.

—No... señora, aquí hay una confusión —el niño ahí me tocó la moral.

—De confusión nada —contesté—. Aquí pone... Si estás interesada acudir.... Está claro que estoy interesada, ¿en qué me he equivocado entonces?

—Pues que buscamos una cara joven y atractiva, alguien entre 18 y 25 años —dijo el niñato con bastante mala baba.

—Me gusta —dijo una voz de hombre.

Me giro y veo a un hombre de unos 60 años mirándome pícaramente.

—Es lo que necesito —babeó.

Abrí la puerta y sentencié al salir.

—¡Anda ya abuelo, que te den!

 

Camino enérgica e indignada hacia la parada de taxi, mientras espero, soy consciente de todo lo que me ha pasado... Que la juventud que siento no es la que ven los demás, así como yo no veo la juventud de alguien mayor que yo... Abro la puerta del taxi esbozando una sonrisa al caer en la cuenta también de que, tal vez, por prejuzgar, he perdido el papel de mi vida...

 

Saladina Cuenca Milán

 

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METAMORFOSIS


     

Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que nos aboca sabernos todos en un papel que sólo admite a uno.

A eso de las nueve y media cedió el blanco portón, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en la amplía sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía el agente acompañado del director y el productor, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.

Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden nunca, aún cuando sobren las sillas.

Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para conseguir el papel.

A media mañana, uno de ellos, no sé cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas de teatro.

Fue en ese instante cuando lo oí caer, con el sonido justo, ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.

A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron bruscos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de rápidos giros y bruscos movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca hallarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.

La representación se desenvolvía magnífica, muchos, lo sé, lo miraban con indiferencia, otros, sencillamente, lo ignoraban. Sin embargo, un actor joven, el que se hallaba sentado a mi derecha, lo hacía con atención. No había en su rostro admiración sino ira. Y en esa voluntad se levantó y lo pisó con fuerza. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había despachado.

Desconocía que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido.

No había, por tanto y a pesar de su talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre la sucia cristalera del fondo, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.

No obtuve el papel, mi sueño, pero aquel día aprendí que no es tanto lo que hagas o cómo lo hagas, que el secreto está en acertar a ser el insecto que ha soñado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.

 

José Romero P.Seguín

 

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LA CLASE

     

Sentada en la pequeña y coqueta salita de espera del popular agente artístico de la ciudad, no podía ocultar la emoción que me producía la cita concertada mediante su aséptica secretaria.

Le había prometido que no le defraudaría, que con toda seguridad seria la elegida para el puesto y que mi experiencia me avalaba.

En principio se mostraron reticentes para recibirme, por un pequeño detalle que a pesar de mis auto recomendaciones, no aclaré cuál era mi especialidad.

Me vestí, mal me está el decirlo, como para un desfile. Mi traje chaqueta copia de Chanel, del mercadillo de los jueves, mis zapatos de cuña (made in china) y el bolso símil piel, con anagramas de letras cruzadas en los tonos dorados y marrones de la firma copiada. La colonia quizás fuera exagerada, pero, por una vez que compraba perfume caro, bien tenía que notarse el aroma, dulce, que entra más. Abrí la puerta y saludé muy formal. Me miraban varios ojos expectantes, la curiosidad es propia de la gente de despachos ¡si lo sabré yo!, que tantos he pisado.

Así, que sabiendo que el tiempo es oro, bueno, para mí sólo euros, abrí mi bolso, extraje la bolsa transparente con información de la talla y la composición y saqué los guantes de látex de interior satinado, de color marfil, que dan más clase, y con toda la gracia que he ido adquiriendo en mis «curros» por hora, me los fui poniendo, despacito, suavemente, dedo de goma por dedo de goma, y, cuando los tuve puestos, dirigí las manos hacia la lámpara del techo, así la luz les daba más directamente y levantando un dedo hacia arriba, acabé mi número.

Por cierto, me olvidé de decirles que era la limpiadora de la agencia artística y que acababa de acertar una primitiva.


Mistery

 

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REGALO DE CUMPLEAÑOS

     

Un día como hoy, hace cincuenta años, el reloj de pared del pequeño salón de mi departamento anunciaba las nueve de la mañana recordándome que estaba retrasada y que, para variar, llegaría tarde a la modesta florería en la que me había empleado apenas un mes antes. Me disponía a marcharme cuando sonó el timbre del teléfono. Qué contrariedad. Levanté el auricular temiendo que se tratara de mi madre que últimamente se encontraba mal de salud. Pero no. Por fortuna era la voz de Rita rogándome exaltada que tomara su turno en una entrevista de trabajo.

—Pero qué tontería —le dije impaciente—. Sabes que me echarán de la florería si falto un día más.

—Te ayudaré en lo que sea necesario para que no suceda —insistió llorosa—, pero ahora te suplico, en nombre de nuestra amistad, que atiendas esta cita que es muy importante para mí.

—Todo sea por la amistad. De acuerdo, dame la dirección y ahora mismo saldré para allá.

—Gracias, querida. Ah, feliz cumpleaños —dijo por último y colgó.

Tras una serie de contratiempos durante el trayecto, me presenté en la dirección fijada. Como no había un espacio disponible para mí, permanecí de pie recargada en la pared, junto a la ventanilla de recepción, esperando que de un momento a otro apareciera Rita y me liberara de esa incómoda situación. Conforme avanzaban los minutos mi preocupación crecía y aquella estancia rectangular parecía un enjambre de chicas hermosas, algunas no tanto; otras como yo, sin gracia, sin personalidad. Pero ahí estaban persiguiendo un fin común que hasta ese momento ignoraba yo de qué demonios se trataba. Un joven rubio y flaco recibía las solicitudes y después iba descartando las que no encajaban en el perfil deseado, mientras yo me entregaba a mis negras conjeturas por la tardanza de Rita. En esas circunstancias y con los ojos puestos en la nada, me encontré de pronto escuchando un intercambio de opiniones entre dos personajes detrás de la ventanilla.

—Mírala bien —dijo uno de ellos—, el parecido con la descripción de Nina es asombroso.

—Realmente asombroso —repuso el otro—. Ojos color violeta, enigmáticamente tristes. Labios carnosos, sensuales. El cabello ensortijado enmarcando un rostro pálido, casi transparente… Sin duda, la hemos hallado.
¿Ojos violeta, pelo ensortijado… No se estarán refiriendo a mí —supuse. En efecto, se referían a mi humilde persona porque unos minutos más tarde el chico de la ventanilla salió a despedir a todas aquellas aspirantes a estrellas de cine (de eso se trataba la entrevista); enseguida me hizo pasar a la oficina de uno de los personajes anteriores, nada menos que el director, mientras que su asistente me indicaba tomar asiento. Así fui enterada, debido a mis «peculiares» características, de que había obtenido el papel principal en un ambicioso proyecto cinematográfico interpretando el papel de Nina, «la hija del comerciante».

Ese fue el principio de un sueño pleno de satisfacciones que jamás imaginé que podría acariciar gracias a Rita. Un regalo de cumpleaños que después de 50 años aun continúa intrigándome pues nunca más volví a saber nada de ella.

Thiara Montesinos

 

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Me peiné hacia arriba, hacia abajo, hacia el costado.

Cogí el bolso y el abrigo y salí corriendo.

Esperaba poder subir al tren y tenía exactamente quince minutos para llegar a la estación.

Durante el viaje, recorrí lentamente las diversas ocasiones que me había presentado para un trabajo parecido.

Y también recordé que nunca me habían llamado luego.

Tenacidad no te falta, decía mi marido cuando me acompañaba durante las largas esperas en vestíbulos llenos de gente tan parecida a mí.

Solía dejarme un rato sola en la cola para recorrer y charlar con los diferentes postulantes y luego me comentaba las experiencias que le había escuchado y las últimas novedades en esa selección.

Llegué con la lengua fuera y cuando fui a tocar el timbre, encontré la nota.

«No necesitamos más extras».

Adriana Serlik

 

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TRES SEMANAS

     

Me parecía imposible que tan solo me hubieran dado tres semanas para preparar una obra de tal envergadura y ni siquiera había agrupado a todos los actores que intervendrían. Con la preocupación que la ocasión merecía, me dirigí a la agencia para continuar con la selección de los personajes.

Recorría mi despacho de un lado a otro, como intentando acelerar el hallazgo de la protagonista principal, pero todo era en vano. Al otro lado de la sala un grupo de personas, candidatas al puesto, esperaban con el deseo de ser las elegidas. Casi podía escuchar sus comentarios, sus incertidumbres, sus esperanzas. Me parecía curioso, todas aquellas personas se creían capaces de conseguir el puesto en la obra y yo, al otro lado de la sala, en mi despacho, me sentía incapaz de optar por cualquiera de ellas.

La que no era demasiado alta, era demasiado delgada, o tenía un tic, o no sabía expresarse. En fin que cada una de aquellas chicas tenía algún defecto que me hacía imposible su elección. Después de largas horas de entrevistas llegué a sentir que nunca daría con el personaje adecuado y decidí darme un respiro. Me había hecho demasiadas preguntas aquella mañana, quizá era demasiado exigente. La cuestión era que al final de aquel día ya sólo me quedarían dos semanas y seis días para estrenar el evento y yo seguía sin protagonista.

Debía estrenar en tres semanas o perdería el contrato con la Warperti. No podía creer que en toda la ciudad no hubiera una persona idónea para el puesto. Tomé un bocado en la cafetería más cercana y regresé a mi despacho. De nuevo un grupo de personas me esperaban impacientes y de nuevo se me echó la tarde encima sin que encontrara a mi protagonista. Cuando terminé de hablar con todas aquellas candidatas, me preparé para irme a casa, con el desaliento y la derrota dibujada en mi rostro.

Me disponía a salir del ascensor cuando vi que entraba en el hall una muchacha de unos diecinueve años, de complexión media, de pelo rubio claro ceniza, ojos azul grisáceos, de ademanes graciosos y desenvueltos, hablando con desparpajo y seguridad. La miré con el descaro de mi impaciencia, esperando que ocurriera un milagro. Se acercó hacia mí, casi no había más personas en aquel hall, y me preguntó por la agencia Warperti. ¡No me lo podía creer! Cuando salí de mi asombro y pude reaccionar escuché que me decía que se dirigía a una selección para un papel en una obra. Se había retrasado por su trabajo y creía que ya no llegaba a tiempo. No pude menos que responderle que llegaba justo a tiempo. Me presenté y sin más comentario le dije que el puesto era suyo, que tenía todo lo necesario para desempeñar con éxito el papel de protagonista de mi obra. Aceptó y ya en ese instante nos pusimos manos a la obra.

Había sido un día duro pero al final podía regresar tranquilo a casa. Ya tenía mi protagonista, lo demás era cuestión de trabajo. Sería duro pero estaba seguro de que la obra sería un éxito. Y así fue. Estrenamos tres semanas después con un éxito apoteósico. La chica lo valía. Por eso desde entonces cuando necesito personajes para mis obras ya no me quedo encerrado en mi despacho, salgo a la calle, observo, miro, escucho y elijo a mis personajes. Y me va muy bien.
 

Sofía Campo Diví



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   ESTA SECCIÓN DE ESPERANDO EN... ESTUVO ABIERTA HASTA EL DÍA 28.08.07 

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Esperando en..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

(http://mural.uv.es/carlole/)

Ilustración página: Garth fagan dance at wou, By Andrew Parodi (talk).
Andrew Parodi at en.wikipedia [Public domain], from Wikimedia Commons

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PERSONAJES SECUNDARIOS / PINTURA VIVA /
PON COLOR A LAS PALABRAS / CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE /
CUÉNTANOS UN VIAJE EN... / PÓQUER LITERARIO /
PÍDELE AL MAR UNA HISTORIA / LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES
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