- Presentación

- Esperando en:

- Una estación de ferrocarril

- Una notaría

- Una agencia artística

- Una consulta médica

- Formulario para escribir
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AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León

Mary Carmen Ruiz

Gloria Grau

Jordana Lee

Lourdes Macías Torrecillas

Virginia Bintz

José Alfonso Romero P.Seguín

Carmen Pulido

Jorge Durán

Adriana Serlik

María Isabel Quintana

Gabriela Soffia

Mónica Debuchy

Eduardo Martínez Carnicer

Mercedes Miñano

Mara Pinto Herrero






Esperando en...
Una consulta médica




Presentación

La espera ante la puerta del médico suele despertar preocupación en las personas. Cuanto más tarda el momento de entrar en la consulta, más puede crecer la angustia y la tensión. Este tiempo inquieto transcurre en consultas de lujo, con hilo musical y cuadros de «firma» o en ambulatorios como naves fabriles, en donde los asientos son corridos y se alinean fila tras fila entre flores de plástico o, en fin, pasillos de hospital en donde aguardar significa, a veces, cavilar sobre lo fútil que resulta esta perra vida.

Pero, también, son lugares en donde la alegría se puede abrir paso: el nacimiento de un nuevo ser, la curación de un padecimiento o el embellecimiento del cuerpo, tan de moda en estos tiempos de petulancia e insustancialidad.

De todo esto trata la propuesta que os planteamos. Situaos ante la puerta de una consulta cualquiera, en el pasillo de un hospital atestado de camas, en la sala art deco de una clínica de lujo…, y contadnos en un relato breve lo que ven y sienten los personajes, estén enfermos o no, ante la entrada a uno de los sitios más especiales que existen pues tiene que ver con la vida… o con la muerte.


Pedro M. Martínez y Carmen López
agosto de 2007




Relatos



AYUDA PROFESIONAL
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Carmen López León

No sé que hago aquí, ni porqué he tenido que hacer caso a Pablo en eso de que necesito ayuda profesional porque estoy de los nervios, lo que necesito es ayuda doméstica, porque estoy agotada, hecha polvo literalmente, harta de tener que sonreír todo el día en los Almacenes:

—¿En qué puedo ayudarla, señora?

—¿Deseaba alguna cosa, señor?

—No, lo siento, abrigos color pistacho no tenemos...

Y luego, antes de llegar a casa, pasar por el Super, cargar con las bolsas, cocinar algo para comer, tender la ropa que dejé en la lavadora por la mañana, planchar la que destendí ayer y preparar la cena.


La sala de espera es agradable y se está bien, al menos he conseguido una tarde libre, ¡Dios mío!, qué expresión tan triste tiene la señora que acaba de entrar, nunca había visto a alguien con unos ojos tan hundidos y una mirada tan angustiada, debe ser su hermana quien la acompaña, ¡qué barbaridad!, son casi iguales si bien se mira, pero una está viva y la otra, peor que muerta.


Y aquél señor del rincón, que no hace más que rellenar de garabatos minúsculos los márgenes de la revista que tiene entre las manos. Y el muchacho a quien su madre pasea por el pasillo, arriba y abajo.

Y, ¿qué tengo yo en común con ellos? Esta gente está muy enferma y yo... Sí, todo sería más fácil si no viviera con Pablo, me podría quedar a comer en el comedor de los Almacenes, no tendría que limpiar el baño dos veces, cada vez que Pablo se lava los dientes y salpica el espejo, que no se cómo lo hace, habría menos ropa que lavar y que planchar, y la casa en orden porque yo lo dejo todo recogido antes de acostarme, no como Pablo que se queda fumando hasta tarde y deja el vaso de güisqui en la mesa y los periódicos en el sofá.

Y, en realidad, ¿por qué vivo con Pablo, y porqué vive él conmigo?, si, al menos yo, ya no le quiero, y creo que él tampoco está ya enamorado de mí. Todo es pura inercia que cada vez resulta menos satisfactoria, ni siquiera hacemos el amor porque yo me duermo enseguida. Ya sólo nos queda aburrirnos juntos.

No necesito ayuda profesional, necesito dejarle, sencillamente.

—Disculpe, señorita, tengo que marcharme, lo siento, quizás llame más adelante, buenas tardes.

Hace una tarde preciosa, ¡qué fácil me parece todo!


—¿Hola, cómo te ha ido con el psiquiatra?

—Muy bien, he aclarado muchas cosas y creo que es mejor que lo dejemos por un tiempo, me pienso ir al piso de la abuela, desde que se fue a la Residencia, está vacío.

—Pues también es verdad, yo puedo volver con mi madre, este estudio nos estaba resultando caro...

—Ya...estupendo, estamos de acuerdo ¿no?

—Claro, si ya te decía yo que no hay nada como la ayuda profesional.


Pablo respira aliviado, qué buena idea la que le dio su amigo Andrés de mandarla al Psiquiatra cuando le comentó que no sabía cómo dejar a Inés, ¡lo bien que lo resuelve todo un buen especialista!


NOS VAMOS
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Mary Carmen Ruiz
ruizdobado[at]wanadoo.es


Aquella mañana sus ojos eran un poco más tristes... sólo un poco, pero me di cuenta en cuanto le vi. Habían pasado once días desde el último encuentro, aunque le había visto dos veces, creo, en el transcurso de ese tiempo, inmersos en el mundo exterior, desde luego.

Los encuentros en aquellas mañanas de verano eran un precioso tesoro que revivir continuamente y su sonrisa brillaba mirándome la boca y el escote... pero aquella mañana, a pesar de las caricias del primer momento y los piropos, sus ojos me parecieron tristes... Me habló de un pequeño dolor e, inmediatamente, quise acompañarle al médico... Él siempre piensa que se muere, no soporta tener una molestia, la convierte en una terrible enfermedad y el mundo se le vuelve gris. Es curioso que cuando está así, yo siempre quiera besarlo, acariciarlo, comerlo, recrearme en su boca y escucharle decir que no deja de pensar en mí...

El extraño dolor nos llevó hacia la consulta y a cada paso crecía el miedo; mis intentos de consuelo apenas daban resultado. Cuando nos sentamos en las sillas verdes de la sala de espera de Urgencias, guardaba silencio y miraba con ojos tristes los carteles informativos de rigor… dentaduras, pulmones, un corazón abierto, huesos, músculos, consejos… Su mente parecía estar en otro sitio, apenas me veía… Él ya estaba convencido de que su dolencia era fatal... Poco importaban los momentos de espera hasta el reconocimiento y el diagnóstico del doctor... Sin apenas escucharme, se levantó abandonando la consulta en cuya puerta ya una enfermera pronunciaba su nombre con aire de rutina... Corrí tras él hasta el rincón elegido en el que, detrás de la puerta, volvió a besarme y la espera se hizo encuentro, una vez más... Eres tremenda, vida mía —dijo con ojos brillantes—, no te apartas nunca de mi pensamiento y el dolor ha desaparecido. No tiene sentido esperar más, ¡nos vamos…!




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Gloria Grau
punam-g[a]hotmail.com

Llevaba sentada en aquella silla más de una hora. Su mirada recogía sin ver una lista interminable de personas que cruzaban la sala. Nadie se fijaba en ella, y si lo hacían, nadie mostraba ningún interés que a ella le diese pie para entablar una conversación.

Después de tantos años acudiendo a la consulta había aprendido a diagnosticar con sólo poner los ojos sobre el personaje que se ponía frente a ellos. A veces se cuestionaba si el medico era tan preciso en sus diagnósticos como lo era ella, claro que el licenciado (para llegar a ser doctor, se necesitaban años de experiencia) disponía de menos tiempo para cada paciente que el que ella dedicaba con su larga observación en la sala de espera.

Poco a poco, entraron todos en la consulta y en unos minutos salían con sus recetas en la mano... Pasaron horas y llego la hora del cierre del ambulatorio. Clara se apoyó en el brazo de la silla de plástico y con un esfuerzo nada despreciable, puso derecho su cuerpo... lenta y torpemente se dirigió a la salida. Las señoritas de la recepción la saludaron cariñosamente al pasar delante de ellas.

—Hasta mañana Doña Clara.

—Hasta mañana, niñas.

Doña Clara, desde hacía un tiempo que nadie recordaba, pasaba las tardes en la sala de espera de aquella consulta del médico de familia. Sus años eran tantos que tenia decidido que al llegar la muerte, la encontrase en un sitio donde pudiese estar bien atendida. Vivía sola y quería poder despedirse de alguien.



PRIMERA CONSULTA
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Jordana Lee
jorlanas[at]yahoo.com.ar


Hace poco que llegué a este pueblo y es la primera vez que necesito un médico. No es nada grave: una espinilla que se me incrustó en el pie por caminar descalza, pero ya es hora de que la quite, no voy a permitir que me siga molestando. La secretaria parece simpática, me entregó la llave y me pidió que cerrase la puerta. Tenía una entrevista impostergable, y que no me preocupara, era la última persona citada esa tarde.

Un poco sorprendida por la confianza, me senté y abrí el libro que había llevado para amenizar la espera que no duró mucho. El paciente que me había precedido seguía en el consultorio cuando unos golpes suaves sobre el vidrio de la entrada me hicieron levantar la vista. Mis ojos recorrieron el bonito jardín delantero de la casa, había muchas enredaderas y no se podía ver la calle. Me acerqué para comprobar si la persona que había golpeado estaba detrás del seto de ligustre, mas no se veía nada y volví a mi lugar algo incómoda y con urgentes deseos de que llegara mi turno. Pasaron algunos minutos, y supuse que tal vez el paso de los vehículos había provocado algún cimbronazo, en el momento en que los golpes se repitieron con más fuerza y pude ver la silueta del hombre detrás de la puerta: una de sus manos estaba atada con un pañuelo ensangrentado, y su rostro alterado expresaba sufrimiento. Sin detenerme a pensar en otra cosa más que en ayudarlo me levanté de golpe y corrí el cerrojo. Entonces entraron. Eran tres. Uno de ellos me sujetó por el cuello, mascullando un insulto. Los otros dos pasaron como una tromba al interior del consultorio, y escuché aterrorizada los disparos.

Ahora sigo esperando, pero en la antesala de la comisaría: estoy a punto de prestar declaración. Me dijeron que el médico estaba trabajando con el bisturí e intentó defenderse en vano; también mataron al paciente que estaba atendiendo. Los policías me miran con cierto recelo; la secretaria, con odio. Creo que sospechan que soy cómplice de los delincuentes, como nadie me conoce...



CONSULTA DE ONCOLOGÍA
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Lourdes Macías Torrecillas
lourdes42mt[at]hotmail.com


Como cada lunes, la sala de espera de oncología se va llenando de pacientes, hoy es día de consulta. Llevo muchos años trabajando en esta planta y, en teoría, debería ser objetiva y no involucrarme personalmente con las historias de los pacientes, pero en la práctica eso es difícil, a muchos los conozco desde hace años, los he visto llegar con la incertidumbre y el miedo de encontrarse aquí ¿Quién no siente respeto cuando oye las palabras «oncólogo» y «oncología»? Sí, los he visto llorar, he vivido día a día su proceso, los he observado recién operados y los he cuidado mientras estaban entubados y monitorizados… más tarde he seguido sus tratamientos de quimioterapia… Sé lo duro y agresivo que resulta el tratamiento y los he visto luchar con uñas y dientes aferrándose a la vida. Muchos vencieron y me llena de felicidad cuando vienen a verme llenos de vida y con las ilusiones renovadas…

Mi compañera me mira sonriendo y me hace un gesto, es mi hora, el doctor me espera. Hoy no estoy aquí como una de las auxiliares de esta planta, no es un día más de trabajo… hoy soy una paciente más en la consulta de oncología y estoy llena de miedo e incertidumbre.



ENCUENTRO
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Virginia Bintz
vbintz[at]hotmail.com


Ya había sacado número para ver al doctor. Con los resultados de los análisis en la mano, me senté en la sala de espera intentando ser paciente.

Una señora de mi edad me mira, deja su asiento y se me acerca con una gran sonrisa, su voz llena de alegría, me abraza.

Sorprendida me río, a pesar del paso de los años el torbellino de Gisela no había cambiado.

—¿Eres tú? ¡No lo puedo creer! ¡Cuántos años sin vernos! ¿Qué es de tu vida? ¿Te casaste? ¿Te recibiste? ¿Hijos?

Las clásicas preguntas, ya que después del bachillerato no volvimos a vernos.

Recordamos viejos tiempos, los compañeros y profesores, las picar-días, los exámenes, aquella época tan linda.

Mientras la vida fue pasando sin darnos cuenta, hasta llegar al ahora con una suma de ¡tantas cosas!

A medida que íbamos conversando, Gisela se convirtió en una queja sola, me contaba que había dejado los estudios y estaba arrepentida, se casó, tuvo un hijo, se divorció, estaba sin trabajo, por tanto sus ahorros se fueron… parecía que no iba a parar nunca.

—No sabes ¡todo me sale mal, todo al revés! Y ahora te veo a vos ¡Una mujer realizada! Siempre sonriendo, te juro, me da un poco de envidia, se te ve tan bien como cuando éramos adolescentes ¿no existe la crisis para vos?

—No te quejes tanto, la vida tiene altos y bajos, buenos y malos momentos y eso nos toca a todos.

—Sí, pero...

Y Gisela no paraba de quejarse. Yo no podía creerlo, la recordaba como una joven atrevida y emprendedora muy feliz y ahora se presentaba como una triste mujer decepcionada y quejosa.

—Ahora cuéntame tú de tus cosas…

Y se lo dije así… a boca de jarro.

—Me detectaron cáncer de mama, necesito un tratamiento largo… No sé lo que me espera…

Gisela no supo qué contestar, el mundo cambió de color, ya no le importaron los problemas cotidianos, ni los kilos de más, ni los pesos de menos.

En un momento se convirtió en aquella muchacha fuerte que siempre había admirado. Tomó mi mano y tras un largo silencio me preguntó:

—¿Cómo te puedo ayudar?

Me sentí segura, por alguna razón mi amiga de la adolescencia estaba a mi lado. Ya no tuve miedo.


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EL PSIQUIATRA PRODIGIOSO
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José Alfonso Romero P.Seguín
japseguin[at]hotmail.com


—¿Tú también por aquí?

—A todo se llega.

—De ti no lo esperaba, te creía aguerrido y dogmático.

—Torres más altas han caído, creo...

—Sí, en eso tienes razón. Además, quien no se conforma es porque no quiere. Abundando en ello, y por si te sirve de algo, te diré que por haberlos los hay que lo son de oficio, deprimidos digo.

—Es que hay oficios que...

—Santo..., Santo Oficio, sólo ese. Los demás, de arriba a bajo y de abajo arriba, el pan nuestro de cada día.

—¿Y qué, lo típico, no?: Pensamientos suicidas, dificultad para con-ciliar el sueño, disminución de la libido..., ¿me equivoco?

—Eso y más. Creo que me persiguen, que me echan la culpa de todo, que me odian. Pero todos, con decirte que me asustan tanto los agudos gritos de unos como los romos silencios de los otros.

—No seas paranoico hombre, te adoran y tú lo sabes.

—Que no. Además, quiero dejarlo.

—No te impongas retos imposibles, no te mortifiques, que es peor, déjalo correr, que es mejor. Yo también quisiera dejarlo, y ya ves, aquí estoy, aguantando.

—Lo tuyo es distinto, donde vas a parar, ni punto de comparación.

—Distinto, yo tengo que aguantar toda una eternidad de sueños miserables, los de ellos y los vuestros.

—Y yo una de brutalidades a mi nombre.

—Cuéntame algo más.

—Entre tú y yo, creo que no existo, tengo todos los síntomas de haber sido imaginado.

—Imaginado dices, una excusa, eso es lo que eres. Eso sí, no eres el único.

—Pero ellos me llaman dios.

—Y eso que importa, también a mí me llaman universo.

—No ya.

—Pues nada, tú a lo tuyo, y ya sabes, si hay que lapidar, se lapida, ellos mandan. Y que lo sepas, vosotros os desesperanzáis con los hombres y ellos con vosotros, pero no podéis olvidar que estáis hechos unos a imagen y semejanza de los otros.

—Y no me recetas nada.

—Mucha terapia de grupo, como a los demás.

—Será por eso...

—Pues tú mismo.

—A Yahvé le prescribiste ansiolíticos.

—Y a Buda meditación, no te digo el moro éste.

—¡Siguiente!


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Carmen Pulido
zahrarmen[at]msn.com

El hecho de trabajar en las oficinas del ambulatorio central, se convirtió en una obligación para mí, con respecto a familiares y amigos. Cansada de solucionar papeleos, y preocuparme de pedir citas con los médicos para unos y otros, tomé ciertas decisiones insolentes hacia los que a mi parecer, antes que yo se habían tomado demasiadas confianzas abusivas. Pero aquella tarde otoñal, fui incapaz de negarme a recoger las recetas para el medicamento habitual de mi sobrino. Le aseguré a mi hermana cuando me llamó por teléfono, que a media tarde, durante la media hora de descanso, subiría a la segunda planta donde visitaba la Pediatra de Esteban y haría su encargo.

No era ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que acudía a la sala de espera de Pediatría, por el mismo motivo. Isabel, la enfermera de la doctora, y conocida mía, cuando salía de la consulta para nombrar al siguiente paciente, acostumbraba a preguntarme si acudía en busca de las recetas de Esteban, y para no hacerme esperar, en cuanto encontraba la oportunidad me las concedía. Las tardes empezaban a ser más cortas, encendieron las luces, pero Isabel parecía aquel día no conocerme. No quise interrumpir su trabajo y decidí aguardar hasta que marchasen las dos visitas pendientes anteriores a mi llegada.

Frente a mí, y a cada lado, esperaban dos señoras con sus hijos. La más joven, sentada a mi izquierda, no podía contenerse de regañar a su hijo inquieto que no cesaba de saltar gritando por la sala. Sin embargo, la mujer de mi derecha, arropaba abrigado por una manta hasta la cabecita, a un bebé entre sus brazos sin dejar de mecerlo, susurrándole con ternura una especie de nana. De vez en cuando, introducía sus manos por debajo de la manta para acariciar despacito el cuerpo de su hijo, recorriendo con sus dedos delicados desde la cabeza, hasta los pies, sin detenerse y de forma incansable de suspirarle la cancioncilla y columpiarlo con la mirada inerte en él. Pensé que el bebé debería encontrarse muy enfermo, y con posibles fiebres altas por la manera de cubrirlo la madre. Entró a la consulta la joven del hijo frenético quedándome a solas con la dulce mamá. Debido al silencio en el que quedó la sala, el arrullo se hizo más intenso. Por momentos, deseé ser aquel bebé colmado de mimos. Nunca antes había percibido el amor tan exagerado de una madre.

Apareció Isabel despidiendo al niño nervioso y a su madre, a la vez que hizo un ademán invitando a entrar a la consulta a la sufrida mujer encolada a su hijo. Sentí temblar la tierra cuando la mujer cogió el bolso que descansaba en el asiento de su izquierda, y quedó al descubierto la cara de su hijo. No era un bebé, sino un muñeco.

La enfermera me explicó que la cariñosa mamá había dado a luz seis veces en su vida, y por esas causas desconocidas que ocurren un caso entre un millón, sus hijos morían entre la primera y la cuarta semana de vida. La mujer creaba durante la gestación un virus desconocido y contagioso que los médicos eran incapaces de identificar y tratar. Isabel me comentó que desde hacía tres años, cuando murió su último hijo, la esterilizaron y adoptó al muñeco acudiendo a su antojo a visitar a la Pediatra.

Volví a mi puesto de trabajo. En mi interior, sonaba y resonaba constantemente una y otra vez la nana acompañada de las imágenes vividas. Intenté distraerme removiendo documentos cuando en un instante, mi mente logró jugarme una trastada. La carga de amor y cariño derrochada por la madre, conseguían dar vida al muñeco, se movían sus bracitos por encima de la manta. Tuve miedo, mucho miedo.

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LA DAMA DE RECOLETA
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Jorge Durán
chegoliat[at]yahoo.com.ar


Ella sale a caminar y a pasear su mastín por la vereda del cementerio de La Recoleta en Buenos Aires.

Alta la noche…

De madrugada…

La niebla es baja y muy espesa… Se mezcla con el humo del cigarrillo que fuma ávidamente. Boquilla muy fina y larga…

Zapatos negros, pantalón negro, suéter negro de cuello alto, la melena también negra y suelta que el aire la lleva hacia atrás.

Tick-tack. Tick-tack. Tick-Tack… El tacón de su zapato como un metrónomo.

Paso felino, elegante, acompasado, seguro.

Él la ha visto desde su balcón como todas las noches y también sale a pasear a su salchicha… Busca un pretexto, lo apasiona esa mujer… Esa figura…

Ella va y viene. Va y viene.

Él, hoy ha decidido abordarla.

Cuando Ella pasa frente a Él y suelta el mastín Él se acerca.

—Perdón... Me da fuego…

Ella se detiene sin mirarlo.

Él insiste otra vez: —Perdón, me da fuego…

Ella gira el cuerpo y busca su rostro…

Él por tercera vez con mucha timidez vuelve a pedirle fuego.

—Yo no fumo —contesta dulcemente Ella…

—Pero…

—No, no fumo. Lo hice durante muchos años cuando estaba viva.

Engancha entonces el collar de su mastín y atraviesa los portones del cementerio, caminando rápidamente sin asentar los pies en el suelo.

La tarde que visité al psiquiatra como agente de propaganda médica tuve que esperar turno como si fuera un paciente cualquiera. Un hombre no dejaba de sostener una mano con la otra para que no temblaran. Hablaba solo, en voz tan baja que no podía entender lo que decía. Su perrito salchicha se llevaba por delante las paredes.


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SIETE BRAZOS EXTENDIDOS
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Adriana Serlik
lectoraimpaciente[at]gmail.com


Estaba sentada con el brazo extendido mirando la tele.

Eran siete brazos extendidos por donde penetraba lentamente el líquido.

Algunos llevaban alguna revista o un libro, otros se quedaban aparentemente dormidos durante esas horas que se hacían interminables como si los minutos no tuvieran valor en esas sesiones que les prolongaban la vida.

Fuera esperaban los otros brazos, las otras pelucas, las esperanzas puestas en ese líquido venenoso que circularía por sus cuerpos y mataría todo, lo malo y parte de lo bueno.

Mientras, en la tele, seguían hablando de las corruptelas o del último amor del matador de toros porque el mundo, a pesar del miedo y los sueños de los que miraban el aparato en ese recinto blanco, seguía funcionando.

Muchas veces quería gritar que el mundo se detuviera, que se quedara allí como si fuese la única oportunidad para que su vida continuara, sin el líquido por sus venas, coronada por la cabellera que había perdido a grandes mechones, con el sabor de un buen plato de comida, sentido anulado entre tantas otras cosas por ese líquido infernal.

Se acercó la enfermera a cambiarle la bolsa y la lágrima rodó hasta llegar a la comisura de sus labios, secos y descarnados.


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ADVERTENCIAS
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María Isabel Quintana
miquinta50[at]yahoo.com


En la puerta de la consulta me asalta el primer letrero: por favor tocar una sola vez. Mi vista traspasa a la secretaria para fijarse en un aviso de letras negras sobre papel blanco: se ruega a los pacientes no abrir la puerta ni contestar el teléfono. Ingreso a la sala de espera con una gran pared de vidrio y el consabido anuncio: se ruega no abrir puertas ni ventanas.

Estoy sola, un tabique me aísla de la secretaria. Cruzo las piernas, las descruzo, trato de morderme las uñas, me levanto, me acerco al letrero pero no lo miro. Busco árboles pero sólo encuentro techos que se elevan pintando de óxido las nubes. El chirrido del teléfono me sobresalta, no el doctor no ha llegado. La estridencia del timbre me estremece. Quiero irme. Alguien llega y parlotea con la secretaria. El volumen de la música es insoportable. Huyo como loca, me resbalo en el inmaculado parquet. Con los nervios destrozados vomito sobre el último letrero: se ruega no manchar el piso.


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EN LA CONSULTA MÉDICA
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Gabriela Soffia
gsoffia21[at]hotmail.com


Salí del ascensor en la cuarta planta. Como suele suceder, lo había tomado en la planta baja y, a pesar de mis instrucciones, se había ido a los sótanos 1, 2 y 3, para después volver a subir y parar de nuevo en la planta baja y en los pisos sucesivos.

Suelo ser muy tranquila en estos casos, pero el ambiente que se palpa en un centro médico, sea ambulatorio, de especialidades u hospital, incluyendo sus ascensores, está siempre lleno de tensión. A menudo te encuentras con una persona mayor que respira fatigosamente, un bebé de días que llora sin parar ante la mirada angustiada de su madre que, además, intenta disculparse ante los demás, alguien apoyado en una muleta que intenta entrar o salir del ascensor, en fin, son momentos de ansiedad y preocupación por los demás y en los que piensas, ¿qué hago yo aquí?

Pero por algo va uno... Y ese algo puede ser la soledad de una pareja de ancianos que han pasado el fin de semana esperando el momento de ir a contarle a su médico de familia todos los achaques y malestares que les han aquejado, o la pareja de jóvenes que después del test de embarazo creen que ella está embarazada de su primer hijo, o quizás de un hijo no deseado, o la mujer adulta que, a solas con su conflicto y angustia, va a recibir el resultado de una mamografía que parece no ser tan favorable. En fin, puede ser cualquier cosa pero que es siempre importante para quien la vive.

Entré al pasillo y me interné en la salita donde estábamos los convocados para ese día concreto, a una hora concreta. Conocía bien a mi médico, una mujer extraordinaria que siempre parecía disponer de todos los minutos necesarios para escuchar con atención e interés lo que decían sus pacientes. Iba a recoger los resultados de la última citología que me habían hecho ya que los resultados de las anteriores no eran claros ni concluyentes. Ya tenía una operación anterior y sabía bien que me arriesgaba a una operación definitiva, la extirpación del útero y ovarios si aparecía una sola celulita sospechosa. Y estaba angustiada..., sólo tenía 25 años..., nada más que 25 años y toda la ilusión del mundo...

Me senté en una de las sillas de plástico que son típicas en las consultas hospitalarias. Creo recordar que a mi derecha un hombre mayor leía un periódico deportivo, a mi izquierda estaban dos mujeres también mayores, enfrente no sé, hombres y mujeres, ellos mirando y esperando, ellas conversando y abanicándose para aliviar el calor del verano. En algún momento les miré, intentando adivinar quiénes eran, cómo eran sus vidas, por qué estaban allí..., pero mi angustia era más grande que mi curiosidad y sólo quería escuchar que me llamaran para pasar a la consulta de la doctora.

Transcurrido un tiempo que se me hizo eterno, escuché mi nombre. Me levanté, entré a la consulta y la saludé. Ella me esperaba con una sonrisa. —Siéntate —me dijo—. ¿Sabes que eres muy afortunada? Creí lo peor, y no lo ha sido, está todo muy bien... No sé que ha pasado, pero los últimos exámenes ya son definitivos... Vete a celebrarlo y ven a verme en seis meses..., sólo para confirmar que todo sigue bien...

Yo la miré sin hablar durante un par de minutos. Después me reí..., y se me cayeron unas lágrimas... Le dije: —¡Gracias doctora!


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ESPERANDO
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Mónica Debuchy
monimonita[a]hotmail.com


Van llegando de a una. Ocupan las sillas pegadas a la pared, en silencio, aunque todas tienen necesidad de hablar, de contarle a la otra algo de su vida, sin importarle ser escuchadas.

La más osada, la que viste un jean violeta, rompe el hielo y le pregunta a su vecina, la que tiene entre las manos un paquete envuelto en papel madera:

—¿Hizo dulce casero, doña?

—No querida, es la caca del nene. Está muy nervioso, parecen que son bichitos y le van hacer un análisis de materia fiscal.

—Yo, a la mía, a la grandecita, la que está en sexto grado —cuenta con ansiedad la de anteojos oscuros— ya le hice ese analis y no le dio nada, pero después le practicaron otro estudio con unos cables en la cabeza y le salió una disritmia. Ahora le hicieron lo mismo a la pequeña, la que está en segundo, también, pobrecitas, duermen las dos en la misma cama. Seguro que se me contagió.

—Se equivoca —intercede la que está a la izquierda. Esa enfermedad no se contagia. Se lo dijeron a mi suegro que tiene una disritmia al corazón.

—¿Y qué siente su suegro? —pregunta la madre angustiada.

—Que el corazón le late muy fuerte. Que le palpista.

—A mi nena le late cuando corre —agrega la pelirroja. Es muy inquieta. La maestra dice que se porta mal. El otro día mi marido se puso furioso cuando fue a buscar un certificado para que le paguen el suicidio escolar y le pusieron que la chica concurre como alumna regular a la escuela ¿Qué le importa a los patrones como se porta la chica? Lo que pasa es que la maestra no me le tiene paciencia.

—¡Pobres maestras! —intercede la que teje enfrente. Ganan una miseria y corren de escuela en escuela ¿Qué paciencia pueden tener al final del día? No hay que pedirle peras al horno.

—Y los médicos también andan en las nubes —interrumpe la de campera roja. Me acuerdo que la última vez que traje a mi Javiercito para el control, la doctora me preguntó si era hijo natural ¿A usted le parece que un nene de carne y hueso, que llora, que toma la teta puede ser artificial?

—Mire lo que pasa que en este país los médicos, los viejitos y los maestros son los más olvidados.

—Ahí está la madre del Dorregosentencia la rubia que hasta ese momento permaneció sentada en silencio.

La tejedora la saca de su mutismo para preguntarle:

—¿Cómo anda su hijo?

—¿Cuál?

—Ese, que de tan rubio parece un alpino.

—Regularcito nomás. Está muy flaco. Me come por temporal. A veces sí, a veces no… Encima ahora tiene anginas putaceas.

La ventanilla se abre. Se asoma una empleada con delantal rosado que comienza a gritar: —¡Romero, consultorio tres! ¡Ruiz, consultorio cinco! ¡Arévalo, consultorio seis!

El grupo se disuelve. Tal vez vuelvan a encontrarse si coinciden en otro turno. Repetirán las mismas historias que posiblemente ya olvidaron.

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BARRO EN LOS ZAPATOS
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Eduardo Martínez Carnicer
eduarmc9[at]terra.es


Estaba citada a las seis. Aún quedan cinco minutos. Qué calor hace en esta sala. A ver estas revistas. La Pantoja, la otra, la de más allá, a mi qué me importan.

Lo que me importa es centrarme. Tener un tiempo para reflexionar, para plantear el caso, nuestro caso. Explicarle con claridad al especialista el problema. Qué fuerte suena esto del problema, pero sí, si estoy aquí por algo será, nada es gratuito, todos somos responsables y patatín patatán…

Quedan tres minutos. Todavía una eternidad. Mira esa cómo se mira al espejo, se pensará que estamos aquí en la estheticien. Y el otro, se limpia los zapatos, cómo se quita el barro. Qué importará eso aquí, en esta consulta. La verdad que la lluvia a todos nos trastoca, nos incomoda, moja no sólo la ropa…

Si son puntuales me tienen que llamar ya. Cómo se lo cuento, en pocas palabras, breve y claro, así, directa, sin subterfugios, sin circunloquios, directa al grano: Mire usted, doctor, o doctora, lo mío, mi problema, el problema de mi familia, se refiere a mi hija la mayor, y a mi marido, sí mi marido, de momento, claro, qué lío…

—Pase, por favor.

—¿Yo?, no gracias, me tengo que ir, volveré otro día, cuando tenga las cosas más claras. Adiós.


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RADIOGRAFÍAS A COLOR
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Mercedes Miñano
mercedes.minano[at]gmail.com


Hacía tiempo que me dolía el hombro izquierdo y el cuello. Desde aquella mañana que fui a dar un abrazo y me quedé con el cuello agarrotado. Me pasaba sobre todo en clase, en esa silla tan dura como incómoda y como pensaba que tenía el porqué decidí dejarlo pasar.

Allí esperando la cita con el médico de cabecera, pensaba cómo dejamos las cosas pasar. Y si luego resulta que es más grave de lo que pensamos. Ahora parece que existe una fiebre paranoica con tener un perfecto estado de salud, pero yo creo que la esencia sigue siendo la misma. El médico me hizo un volante para el traumatólogo. Primero me enviaría a hacerme una radiografía y justo después la consulta.

Cuando llegó el día, allí estaba yo en la sección de rayos y al poco tiempo llegó él. Cruzamos nuestras miradas y se sentó cerca de mí. La verdad es que yo estaba en un estado de concentración absoluta porque nos iban llamando por un pequeño altavoz arrinconado y un sonido muy distorsionado. Esa era mi preocupación, pero él estaba allí y era muy agradable mirarle. A él lo llamaron primero, «Gorka...». No entendí más, pero ya tenía nombre, ya podría referirme a él. Muy seguido me llamaron a mí. Si en vez de una radiografía de mi espalda me la hubieran hecho del alma, no hubiera sido en blanco y negro. Salimos casi a la vez y a esperar a que nos entregaran las radiografías. Allí de nuevo sentados, esta vez más lejos. Era muy agradable mirarlo y que él me mirara. Sonó de nuevo el altavoz: «Gorka... y Mercedes... ya pueden recoger sus radiografías». Nos levantamos, nos acercamos los dos a la enfermera, tomamos cada uno su radiografía y nos sonreímos.

Tenía que ir a la consulta del traumatólogo, él iba delante de mí y fue así hasta esta segunda sala de espera. Nos volvimos a sentar, mirándonos. Le llamaron a consulta a él primero. En él era en lo único que pensaba. Cuando salió, me llamaron a mí. Nos cruzamos en la puerta, más cerca que nunca. Sólo hubo sonrisas. Entré pensando: «¿Qué quieres que pase en el umbral de la consulta?».

La radiografía bien. Natación y cuidar las posturas en clase. «Pero doctor, ¿usted cree que me estará esperando afuera?», pensé.

Esto fue hace cinco años y del dolor de cuello apenas me acuerdo pero no hay un día que no lo haga de Gorka.


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SIN LUZ
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Mara Pinto Herrero
inmarcesible-sinmas[at]hotmail.com


La fría sala de espera de una consulta médica, tan anodina como la de cualquier clínica: paredes blancas, un par de sofás de color negro, dos incómodas sillas al lado de una mesita en un rincón y una mesa en el centro de la sala llena de revistas que, por su deteriorado aspecto, reflejan su paso por muchas manos. El último paciente entretenía su nerviosismo, mal disimulado, haciendo un estudio exhaustivo de los cuadros que decoraban las paredes y lamentándose del mal gusto de la persona que los había escogido —deben venderlos al peso para este tipo de sitios, pensaba— y sonrió por la ocurrencia. Le sacó de su ensimismamiento la voz de la enfermera que pronunciaba su nombre:

—Pedro, pase por favor, el doctor le espera.

Un saludo cordial y un rápido apretón de manos no impiden que Pedro se dé cuenta del gesto serio del médico, detalle suficiente para que su nerviosismo se multiplique por cien en cuestión de segundos.

—Pedro, tengo malas noticias, siento tener que decirle que mi diagnóstico inicial era correcto, preferiría haberme equivocado pero no ha sido así. Padece retinosis pigmentaria, ya le dije que era una enfermedad congénita y que no existe tratamiento. El proceso es degenerativo y una vez iniciado no hay posibilidad alguna de frenarlo.

—Doctor ¿de cuánto tiempo estamos hablando? Quiero decir —le costaba pronunciar las palabras, pero reunió el suficiente valor para hacerlo— ¿cuándo me quedaré ciego?

—No puede saberse con certeza, la medicina no es una ciencia exacta y la evolución depende de cada paciente…

—Por favor, doctor... No soy un niño, necesito saber de cuánto tiempo dispongo, organizarme para un cambio tan grande… ironías de la vida, preocupándome siempre por la luz y el color y resulta que mi vida va ser en negro ¡Dios! ¿Sabe que soy pintor? Dígame cuánto tiempo.

—No puedo darle una fecha exacta, ira perdiendo la visión paulatinamente, de forma gradual. No será de un día para otro, estamos hablando de un proceso que puede durar entre dos y tres años. Sé que es muy duro lo que estoy diciendo pero le aseguro que con una buena rehabilitación tendrá tiempo para acostumbrarse a la nueva situación. Es importante que realice revisiones periódicamente para controlar la evolución de la enfermedad…

A estas alturas de la conversación hacía ya algún tiempo que Pedro había dejado de escuchar, mientras en su cabeza daba vueltas la palabra CIEGO surgió una pregunta que hizo sin pensar, salió de su boca como un disparo, interrumpiendo la explicación del médico:

—¿Recordaré los colores?

—¿Perdón? —la expresión de su cara era de asombro.

—Digo que si un ciego distingue en su mente los colores.

—Bueno —el médico balbuceó mientras intentaba responder a la pregunta que le había sorprendido tanto—, los recordará durante algún tiempo, pero después de un período de cinco o seis años se olvidan.

El resto de la conversación fue en realidad un monólogo en el que el médico intentaba explicarle algo que él ni siquiera quería escuchar. Cuando salió de la clínica, antes de cruzar la calle, cerró los ojos por un momento como para hacerse a la idea de lo que iba a ser su futuro. Fueron tan sólo unos segundos, decidió dar un paseo, quería empaparse del colorido de las calles, de todo, como si quisiera aprehender las imágenes que pronto les serían negadas… no voy a pensar en un futuro monocolor, todavía no, quiero disfrutar de los años que me quedan de luz.


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ESTA SECCIÓN ESTUVO ABIERTA HASTA EL DÍA
2 DE DICIEMBRE DE 2007
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Esperando en..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

(http://mural.uv.es/carlole/)

Ilustración página: Mystethoscope, By Darnyi Zsóka (Own work)
[Public domain], via Wikimedia Commons
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