ESPERANDO EN... UNA ESTACIÓN DE FERROCARRIL » Escritura colectiva | Revista Almiar

 

       

 

 


- Presentación

- Esperando en:

- Una estación de ferrocarril

- Una notaría

- Una agencia artística

- Una consulta médica

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AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León

Cecilia Ortiz

Lourdes Macías Torrecillas

Pedro J. Martínez Aguilera

Mary Carmen

Juana Castillo Escobar

Nieves Jurado Martínez

Marisa Aragón Willner

Esther Zorrozua

Silvia Pezzini

Jorge Durán

Mª del Carmen Guzmán

Ninina Acardi

José Romero P.Seguín

Miguel Ángel Chinchilla Amaya

Luis Enrique
Mejía Godoy

 

 

 

 

 

Esperando en...
Una estación de ferrocarril



 

Presentación
 

La espera sugiere un antes y un después. Es un hito en la línea del tiempo, en la trayectoria vital de cualquiera. Algo que sucederá, o no, alguien que llegará o no, alguien que partirá o no, pero de cualquier forma, si esperamos es que suponemos, deseamos, tememos, que algo va a cambiar en nuestra vida.

Por eso una sala de espera es un lugar perfecto para situar a un personaje, para contar su historia anterior a ese momento en que le encontramos allí y lo que sucede después. La sala de espera puede ser el nudo de muchas historias.

Por eso, la propuesta de participación para nuestros lectores va a girar esta vez, en torno a este privilegiado espacio. Nosotros iremos sugiriendo el tipo de sala de espera: estaciones, hospitales, aeropuertos, despachos de oficinas de empleo, de abogados, de agentes artísticos, de médicos, de directores de banco...; muchos momentos en los que quien espera trae bajo el brazo una biografía que puede cambiar cuando la abandone.

Queremos que nos habléis de ese personaje en un relato breve. Comenzamos a situarlo en la sala de espera de una estación de ferrocarril.
 


Carmen López
Enero, 2007

 


 

Relatos
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FRATERNAL

 

Como todas las tardes del 24 de diciembre, María estaba allí, esperando el Euromed de las 18,30 procedente de Barcelona en el que llegaría su hermana. Una rutina más de su rutinaria vida, una rutina que se repetía anualmente desde hacía 12 años, cuando Marta, que había empezado a trabajar a la vez que María en la Mensajería, había sido promovida a las Oficinas Centrales. 

Marta era dos años menor que María, pero no más bonita ni más lista; de hecho ninguna de las dos eran excesivamente bonitas o listas. María se había quedado en el viejo piso de la familia que les dejaron sus padres después de su complicado divorcio, para poder escapar cuanto antes uno del otro y de sus hijas, recién cumplida la mayoría de edad de ellas. 

Marta se fue y María se quedó, y eso fue todo. No pensaban la una en la otra el resto del año, ni se comunicaban a no ser a través de la Red de la Empresa que les permitía conversaciones cortas sin coste alguno. 

Marta decía que estaba en el Departamento de Logística y María seguía pegando etiquetas en los paquetes, Marta mencionaba como de pasada a amigos y amantes, y María le contaba alguno de los provincianos chismorreos del barrio. Y todos los 24 de diciembre, Marta volvía a su ciudad a pasar la Noche Buena y la Navidad con María. Seguían muy unidas. 

María se fijó en el panel de la sala VIP, cambiaban los destinos de salida y arribada de los trenes, el de Marta estaba a punto de entrar en el anden, diez minutos más tarde saldría otro en dirección a la Ciudad Condal. Y supo que tenía que hacerlo, se acercó al mostrador, compró un billete, en clase turista y esperó a Marta. Sabía que cuando llegara seguiría también el mismo ritual de todos los años: dejaría su bolsa de viaje a sus pies y pasaría a los lavabos para retocarse el maquillaje antes de aparecer por el antiguo barrio, donde ya casi nadie la recordaba. 

Besos, abrazos: —Un momento, paso al baño. 

María toma la bolsa que ha quedado en el suelo y sale al andén, la azafata comprueba el billete, ya está en el vagón. Tranquila, se dice que era tiempo de partir. 

Marta sale de los servicios, encuentra en uno de los sillones, el bolso de María, lo reconoce porque es el mismo de hace cinco años y sonríe. Toma un taxi y da la dirección de su antigua casa, era tiempo de regresar. Desde niñas sus acuerdos eran tácitos pero funcionaban en su caótica familia. Cada una aprendió a percibir y a cubrir la necesidad de la otra sin mediar palabra. 

El día 26 se pondrá a pegar etiquetas en la antigua Oficina, al fin y al cabo María puede hacer su trabajo en Barcelona. Siempre han sabido que, para el resto del mundo, eran como tantas otras personas, intercambiables.


Carmen López León

 

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De la mano de mi abuelo conocí la estación de Villa Ballester, sentados en la sala de espera, vimos pasar los trenes locales y los que se detenían para cargar la bolsa con el correo o las encomiendas. El reloj de la sala llamó mi atención, una aguja larga, una corta y una delgada que no cesaba de andar. Aprendí el funcionamiento y volví a casa con el nuevo conocimiento, como si fuera algo maravilloso. Para mí lo era. Ya no tenía que preguntar, era yo la que preguntaba: ¿te digo la hora?

Cada visita a la estación de tren era una fiesta. Los horarios de los trenes, me cautivaron. ¿Cómo sabían que debían llegar, quién les avisaba?

¿Nono, cómo saben los trenes? Los veía con vida propia. También aprendí que no era así. Que había muchas señales, muchas personas, muchos contratiempos. La sala amarilla, como la llamábamos, servía de aula.

La Abu llegaba algunas tardes con la merienda caliente. La casa no estaba cerca de la estación. Pero ella llegaba con su mejor sonrisa y una pequeña canasta con el termo, algunas galletitas y casi siempre con un buen trozo de pastel de manzanas, tibio.

¿Nono, se puede guardar el calor del verano para cuando llegue el invierno?

¿Y si le llevamos a la Abu un poco de luz del sol, para cuando esté cosiendo en la máquina y sea de noche? Los trenes indiferentes a mis inquietudes pasaban siempre con el mismo rumbo. Hacia la derecha, al interior del país. Hacia la izquierda, a la Capital.

Arriba, abajo, delante, atrás, la hora, los horarios, invierno, verano, luz y sombra. Ya estaba al tanto de todo.

Ya crecí Nono, ahora puedo venir sola a ver los trenes. La sonrisa y los ojos claros me dieron la bienvenida al mundo de los grandes. Tenía cuatro años y toda la energía del mundo. Eso creí.

El abuelo se fue seis años después. La Abu cuando cumplí veinte. Mucho antes que el Nono, habían partido papá y mamá.

El andén me esperaba todas las mañanas, subía al tren, y luego de ocho o nueve horas, otro tren me dejaba en el mismo lugar. Me quedaba en la sala de espera, sin esperar a nadie. Estar allí era recuperar mi familia.

Veía envejecer a mis compañeros de viaje, y todas las mañanas frente al espejo renegaba de las arrugas. Me decía que eran prematuras, pero sabía que no lo eran. Iba más temprano para verme en otro espejo que no fuera el de casa. Donde me miraba era el horario de trenes, enmarcado y protegido por un vidrio. Allí me veía mejor. Mucho mejor.

Acepté casarme con Javier, siempre me había gustado su cara jovial, su manera de cederme el asiento apenas me veía ingresar al vagón, su voz al preguntarme: ¿cómo estás hoy?, el tono cuando me decía: hasta mañana, dulce.

Y amé cada mañana y cada tarde que fue mi compañero de viaje en tren, sin saber que lo que amaba, era otra cosa.

El siguió viajando, yo, en casa. Lo iba a esperar con alegría, la sala me recibía iluminada por el sol de la tarde, era un buen lugar para alguna labor de mano y la calidez de la lana, las agujas moviéndose ágiles, mis compañeras de esos momentos. Hasta que llegaron los hijos, se complicaron los horarios y cuando me di cuenta, la sala de espera se hizo recuerdo.

El amor se desgastó sin saber cómo. Los niños, la casa, el dinero que no alcanzaba. Propuse un viaje en tren para las vacaciones. Y allá fuimos. Pero el tren no solucionó nuestras diferencias, es más, las aumentó. Siete largos días fueron suficientes para saber lo que había que saber. En la sala amarilla, lo discutimos una madrugada.

Y, cada uno por su lado, eso dijo.

Ahora los niños han crecido. Ya tienen su vida.

Estoy otra vez en el andén, dentro de la sala un poco descuidada, viendo cómo pasa la vida de los demás. Hoy siento que estoy tomada de la mano del Nono y que la Abu en cualquier momento llegará con la merienda caliente. Hace mucho frío.

 

Cecilia Ortiz

 

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EL VESTÍBULO

 

 El vestíbulo de la estación estaba lleno de gente en un ir y venir con maletas, bolsas, mochilas y un sin fin de sentimientos que cada cuál guardaba en su interior. Elena permanecía sentada observándolo todo. Aquella estación fue siempre para ella un lugar mágico de despedidas y reencuentros, un lugar dónde soñar bonitas historias de las que, en algún momento, ella misma fue protagonista… Recordaba el día que tuvo que despedir a su mejor amiga, apenas había cumplido los diez años, su amiga emigraba a Francia con sus padres y separarse de ella le parecía lo más terrible que podía sucederle. Ese día, en ese mismo vestíbulo en donde ahora se encontraba, abrazada a su madre, lloró sin consuelo. Años más tarde ese mismo escenario fue testigo mudo de su reencuentro, y aquellas lágrimas, de desconsuelo en otro tiempo, se tornaron de felicidad entonces.

La megafonía anunciando la llegada de un tren la sacó de sus pensamientos. Elena miró a su alrededor, era curioso observar como la llegada de un mismo tren, podía producir tan distintas reacciones en las personas que estaban en aquel vestíbulo. Veía caras iluminadas por la alegría del reencuentro, pero también había tristeza y lágrimas por parte de los que se despedían por un periodo más o menos largo de tiempo. Su imaginación se ponía en funcionamiento y recorriendo con su vista los rostros, los llantos, las risas, los besos… creaba en su cabeza historias que más tarde, ya en su casa y frente a su ordenador portátil, plasmaría en uno de los pequeños relatos que cada domingo publicaba en su pequeña columna del periódico local.

Seguramente, ninguno de sus lectores llegase a imaginar nunca que quizás alguno de ellos, y en algún momento, fue la inspiración de aquellos pequeños relatos que cada semana leían…


Lourdes Macías Torrecillas

 

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En el momento en que debía salir su tren, atravesaba a trompicones la puerta principal de la estación ferroviaria acarreando dos maletas con un vaivén frenético y amenazante. De modo que, gracias a la política exigente de puntualidad en la nueva empresa, cuando el tren partió, lo más que pudo hacer fue ver cómo se iba con un brazo levantado que no expresaba más que la indecisión frente aquel inconveniente grave para su futuro inmediato. Maldijo de pensamiento su suerte con toda la brusquedad reprimida de una patada al aire. El tren se iba hacia el país vecino con un trote cansino pero decidido, como burlándose al acelerar, pues resonaba como la risa de un ladrón de pies fuertes y ágiles que desaparece en una de esas callejuelas a las que más vale no asomarse. No le quedaba otra que resignarse por el momento a una espera incierta frente a la ventanilla de billetes y suplicar calladamente una alternativa pronta y eficaz.

Le ofrecieron varias posibilidades. Después de meditar más de lo que la paciencia ajena podía soportar, frente a las insistencias y tras muchas palabras despectivas dichas al cobijo de una cola desproporcionada —era aquel un día de desplazamientos masivos debido a la festividad inminente—, tuvo que optar por la recomendación de alguien que le dijo con voz clara y a la oreja que se fuera a tomar viento lo antes posible si no era mucho pedir. Lo hizo con un billete en la mano que para nada le convencía porque le aseguraba una espera eterna de cuatro horas. Buscó dónde pasarlas cómodo y tranquilo, aunque la idea le pareció pretenciosa con aquel cúmulo de paquetes y personas de expresión desolada. Pero después de pasear la mirada un buen rato, vio junto al teléfono público una señora mayor que había dispuesto sus bultos a modo de diván, y estaba allí estirada con cara de satisfacción ante un libro muy voluminoso. Vestía a pesar de las fechas invernales con la frescura primaveral de un vestido estampado de flores, margaritas. El abrigo se lo había echado sobre las piernas, y es que el ambiente estaba cargado y no hacía frío. Se acercó a ella porque sobre todo tenía curiosidad por lo que pudiera estar leyendo, así que sin timidez, cuando estuvo a su lado, le pidió permiso para compartir habitación, con todas las exigencias de la decencia entre paredes tan trasparentes como estas, por supuesto. La mujer sonrió y accedió a compartir la intimidad del espacio.

Habían transcurrido casi las cuatro horas de espera sin apenas notarlas, y sin sospechar siquiera que volvería a perder su tren. Miró el reloj. Eran la una y media de la madrugada. Sonó un despertador al otro lado de la sala; murmullos; gente que nuevamente comenzaba a moverse después de un largo letargo. Entretenido en la contemplación de la madrugada en un lugar como aquél, percibió periféricamente un movimiento extraño en su agradable compañera de habitación. Su cabeza se había desplomado sobre el libro de modo brusco e imprevisto, como el sueño que sorprende a un narcoléptico, y de hecho fue eso en lo primero que pensó. Era médico y actuó en consecuencia, pero no encontró pulso. Echó mano del teléfono móvil, llamó a urgencias, y enseguida se dispuso a reanimarla. Por la sala, poco a poco, al ritmo de las presiones sobre el tórax de la mujer, se fue extendiendo la confusión y la excitación que genera la proximidad de la muerte. Un corro de gente expectante en torno al médico y la moribunda fue expulsado con gritos por los servicios de urgencia que llegaron cuando entraba de nuevo la mujer por la puerta de la vida, abriendo los ojos sin comprender, aturdida y buscando un asidero en las manos que se acercaban a ella con la intención de ayudarla. La montaron en la ambulancia y el médico subió también a ella para acompañarla.


Pedro Javier Martínez Aguilera

 

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Sabes que nunca ocurrirá... No verás jamás ese tren que, pacientemente esperas.

Crees, en cada instante, que oyes el altavoz lejano que anuncia, al filo del andén, el agudo roce del hierro y los raíles, las voces de los otros que esperan o de los que llegan... sus saludos, sus abrazos. Pero solamente oyes en tu imaginación... Te parece sentir el olor tan familiar de la locomotora entrando bajo la marquesina y llenando el aire de aromas dulces y metálicos... Nada es real, todo se desdibuja como un sueño.

En el fondo de tus ojos tiembla la realidad... El tren que esperas, a veces, desesperadamente, no llegará, no será tuyo, no te llevará con él. Sin embargo, sonríes y juegas a creer posible lo imposible. Vuelves, incansable, aparentemente segura, cada día, a esperar en esta sala ya tan familiar, recorres con los ojos de la esperanza cada uno de sus rincones... las sillas de un verde hierba fresca, sobre la que rodar... la ventana, receptora de luz y cómplice de un secreto, espía de caricias y besos robados, las paredes del color imposible de ese sueño... Una sala de espera de un tren que nunca llega. Te pareces a Penélope, aquella niña de la canción que perdió su juventud en la estación, pero sabes que te gusta seguir esperando y ni siquiera te atreves a marcharte de allí un minuto, porque el juego continúa y no quieres que se acabe... La ilusión te hace un regalo y ves tu tren, detenido junto a ti, tendiéndote la mano, te acaricia y te besa, te busca en el silencio clandestino cuando el resto del mundo no te mira... Te invita a subir desplegando sus alas, te ofrece el calor de un vagón confortable desde el que observar la lluvia de esta tarde gris... Y antes de que tus pies puedan pisar el primer peldaño de la escalera, el tren, gigante de hierro, se pone en marcha y te deja en el andén, temblando, con tus miedos y tu sonrisa paciente y comprensiva, dispuesta, siempre dispuesta a seguir esperando un tren que nunca llega.

Envuelta en el deseo y los recuerdos, vuelves a la sala de espera, la recorres, curiosa, como si fuera, de nuevo, la primera vez. Escuchas el sonido de tus pies sobre los tacones y miras el reloj, acompasado, como si de verdad fuera importante la hora, el tiempo, las leyes de los hombres... Lo único importante es que el tren volverá y tú seguirás jugando a que será cierto, a que podrás subir a él sin que nadie pueda verte y en la sala de espera de tu imaginación no volverán a sonar tus pasos... Y es por eso que no le cierras la puerta a la esperanza, para seguir creyendo, para seguir jugando, para seguir habitando esta sala de espera de un tren deseado que nunca llegará.


Mary Carmen

 

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EL VIEJO RELOJ DE LA ESTACIÓN
 

El viejo reloj del apeadero marca las nueve; nadie en el pueblo sabe ya si de la mañana o de la noche pues hace años que sus manecillas se quedaron ahí paradas. Muertas.

Gabriel y sus amigos suelen jugar en la antigua estación, en su sala de espera, siempre silenciosa, hasta que ellos llegan y la hacen revivir con sus gritos. El polvo se ha ido acumulando sobre los bancos de madera, antes negra, ahora gris y aterciopelada.

Vamos, Gabi, grita uno de los muchachos con voz aún chillona. Subamos hasta el tejado. Desde él podremos ver el soto, incluso el río y más allá. Y Gabriel y el resto de sus amigos dejan junto a la garita del Jefe de Estación sus bicicletas, luego trepan con la agilidad de un simio por la añosa escalera de hierro. Saben que en aquel lugar solitario son los amos, que nadie les molestará ni serán amonestados por los mayores.

Bajo sus pies, la garita del Jefe de Estación tiene casi todos los vidrios de su ventana hexagonal rotos o arpados. El apeadero, la sala de espera, todo está tan olvidado que ya ni los trenes circulan por sus raíles. Ahora, entre ellos, crecen hierbas salvajes a las que los muchachos, desde lo alto del tejado, lanzan piedrecillas con sus tirachinas. Los chicos forman tal alboroto que una pareja de urracas se ve obligada a abandonar el nido junto con sus crías pues temen ser el próximo blanco de sus bromas. Pero ellos no hacen caso de los pájaros chillones, sino que observan y se mofan de una pareja que en aquel instante se hacen arrumacos entre los arcos del puente; pronto algo llama poderosamente su atención: a lo lejos, por la carretera, se acerca un grupo de chicas del pueblo vecino. Seguro que vienen a las fiestas, opina Gabriel, que es quien siempre lleva la voz cantante en el grupo, y, ni corto ni perezoso, insta a sus amigos a que abandonen su atalaya para salirles al paso. Hasta que se encuentren con ellas Gabi ya pensará en algo divertido qué decirles, o ideará alguna pequeña broma para romper el hielo del momento. Montados en sus bicicletas, dejan atrás la vieja estación ajenos a las historias vividas en la añosa sala de espera donde, entre la neblina y el polvo, aún perduran los recuerdos de antiguos suspiros por quienes abandonaban el pueblo, de bienvenidas llenas de amor, de expectativas de mejorar, de lágrimas amargas tras una despedida… El reloj del apeadero sigue marcando las nueve.


Juana Castillo Escobar

 

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EL SONIDO DEL TREN
         

He oído el tren. Se acerca incansable con su eterno y pedregoso suspiro, y, sin querer, mis pensamientos comienzan a rodar por encima de las herrumbrosas vías, siempre rebuscando en el ayer y siempre imaginando el mañana. Mis manos sujetan el bolso con tanta fuerza que se han vuelto blancas como las de un cadáver. No sé porqué esa estúpida manía de agarrarlo como si se fuera a escapar. Si no puede escapar. Nadie puede. Una hoja cae lánguida delante de mí. Inclino la cabeza y la observo como si fuera el espectáculo más bello del mundo. Pero cuando se posa sobre mis pies, me doy cuenta de que está rota y seca, como mi vida. La he escondido bajo el banco donde estoy sentada, para que nadie la vea. Es un banco viejo, no sé si tanto como yo, pero está muy estropeado, en eso sí se me parece; además es muy incómodo y no consigo encontrar una buena posición. Me duelen todos los huesos.

Me parece haber oído el tren, creo que ya viene.

El viento sopla codicioso y enmaraña mis escasos cabellos blancos. No me gusta que haga eso, me despeina y quiero que él me vea guapa cuando llegue. Aquel día me prometió en su carta que vendría para quedarse conmigo, y yo le creí entonces y le sigo creyendo ahora. Siempre he confiado en él, siempre. Aunque me digan que no es de fiar, ¡qué sabrán ellos!, tengo derecho a ser feliz; todo el mundo tiene derecho a ser feliz. Ese reloj está parado, alguien debería haberse dado cuenta. No comprendo por qué los operarios de la estación no lo han arreglado, son unos inútiles. El reloj es muy importante, el tiempo es importante. El tiempo aviva la esperanza.

Hace ya un rato que he oído el tren. No sé por qué tarda tanto.

Me escribió, y me puso con letras grandes y redondas que me quería, y yo a él también, y mucho. Por ello no concibo esta extraña sensación de ahogo. Mi pecho está dolido, y mi alma se encoge como un globo que se deshincha. No logro entender este momento, ni logro saber qué hago yo aquí, sentada en esta solitaria y marchita estación. Cierro los ojos. Mi mente busca inquieta en algún rincón de la memoria; es entonces cuando surge un doloroso recuerdo: él venía en ese maldito tren. El que estalló aquella mañana.

He oído el tren. Sí, como todos los días.


Nieves Jurado Martínez

 

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SOMBRERO DE LLUVIAS
      

Salieron corriendo la madre y la hija para llegar a la estación antes de que el diluvio ciñera su sombrero negro sobre las calles ya húmedas. Los seguían a corta distancia los tres, la pareja y el niño... antes de llegar se despidieron y empezaron a correr en direcciones contrarias. 

La madre y la hija cruzaron la avenida bajo un chaparrón que les tambaleaba las sandalias inundadas haciéndoles perder el equilibrio. 

Se metieron corriendo en las escalinatas descendentes de la estación, con su piedra resbaladiza, mientras los que salían de la estación las miraban descender con los cabellos mojados y los brazos humedecidos dándoles cuenta de cuál era la real situación cuando subieran. 

Al ascender al andén se agolpaban en el centro del pasillo, a cuyos lados se abrían las vías. Por los altavoces salía ronca la voz del operador ferroviario anunciando más demoras. 

El cielo estaba encapotado y sacudía sus ráfagas violentas la tormenta, como azotes sobre los cuerpos ya mojados de todos los que ahora empezaban a apretujarse en la banda central del andén. 

Ahora sus cuerpos casi se hacían amigos, como si la tormenta tuviera la facultad de hacerlos cómplices ante la incertidumbre de su fuerza. 

Los pocos paraguas abiertos se arqueaban al revés y por el viento era imposible revertirlos, entonces los cuerpos se aproximaban más quizá porque desde que nacimos necesitamos la sencillez del contacto cada vez que somos vulnerables. La tormenta arreció sacudiendo algunos carteles y de pronto comenzó el granizo. 

El tren no aparecía, es decir no se veía una luz de esperanza a la distancia, ahora la gente buscaba a sus afines para tratar de conversar, de compartir el riesgo, de no sentirse solos bajo el viento feroz y las balas blancas.

La madre y la hija se refugiaban una en la otra, se daban aliento sobre los cuerpos ahora fríos y como ellas lo hacían los esposos, los novios, los amigos y quizá también los viejos solos a los que nadie abrazaba también buscaban algún apoyo o una sonrisa de comprensión que los hiciera sentir queribles aún en medio de la tormenta. 

Ahora el viento aullaba una extraña melodía incoherente, quizá abrazado a la lluvia, ambos habían resaltado sus poderes. Los más pequeños justo en el centro del pequeño cordón de humanos, protegidos, empezaban a comprender que la lluvia dejaba de ser tan divertida como cuando la miraban detrás de los cristales de la ventana. 

El granizo desparramó un sinfín de pequeñas piedras blancas que iban desapareciendo despacito… y volvía casi a reinar la calma pero aún llovía dejando pequeños sombreritos al caer el agua. 

De pronto se escuchó llegar al tren, desplazándose en la vía como un caracol en los jardines... al llegar al andén, trataban de ponerse en las filas que llevaban a las puertas, alineados para entrar más rápido. 

Al detenerse el tren subían y ya no eran capaces de pelear por el asiento, la madre y la hija como todos sonreían, la pequeña aventura de la lluvia en la estación estaba cediendo protagonismo al coche del tren que los llevaría a la terminal, de pronto era todo felicidad, la de los sobrevivientes, era para filmar su recién adquirida armonía. Todos además de compartir un destino de viaje, boletos de cartón, habían compartido un abrazo en la zona de vulnerabilidad a andén abierto y esta era una ofrenda a la tarde que ahora que estaban a salvo, en el tren, empezaba a calmar su furia húmeda por una punta de arco iris armado al costado de la estación.


Marisa Aragón Willner

 

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OPRESIÓN
      

Nunca antes me pareció tan sórdida aquella sala de espera de la estación, con sus luces macilentas, sus mesas de plástico barato y sus sillas tan funcionales como incómodas. Y era extraño, porque llevaba meses acudiendo cada martes a esperar el tren de las 17.20. Las primeras veces, incluso la vi como un lugar íntimo, coqueto y transgresor. Una burbuja dentro del tiempo en la que esperaba a Adrián cada semana con la ilusión encendida y una carpeta llena de proyectos atrevidos para cometer una infidelidad. 

En una de aquellas mesas, la tercera a la izquierda desde la puerta, la situada junto a la cristalera que daba al andén, inventábamos mundos nuevos, los poblábamos de protagonistas extravagantes que realizaban actos incongruentes para abocarlos a desenlaces extraordinarios. Era nuestra manera de desafiar la realidad que no nos gustaba, ahora que todos los organismos e instituciones oficiales habían prohibido con leyes taxativas el cultivo de la ficción. 

Tanto Adrián como yo éramos almas sensibles, y nos ahogábamos en la existencia prosaica que nos habían impuesto. Por eso valorábamos como el bien más preciado esas dos horas de cada martes y las vivíamos con la ansiedad y la excitación de dos peces que boquean fuera del agua y buscan siempre volver a su medio. 

Cada vez que nos sentábamos en torno a aquella mesa sentíamos esponjarse a un tiempo nuestros pulmones y nuestra fantasía, que no tardaba en derramarse sobre el papel con una generosidad liberadora para la imaginación tantos días secuestrada. Luego, compartíamos el resultado sintiendo el placer de la desobediencia; exagerábamos las distorsiones hasta atentar sin tasa contra aquella realidad impuesta. A última hora, comentábamos con pesar las nuevas ordenanzas, cada vez más restrictivas, las últimas detenciones, cada vez más vejatorias, y nos despedíamos hasta la semana próxima con la amenaza de una nube oscura planeando sobre nosotros. Adrián montaba en el tren de las 19.10 y yo lo perdía de vista. 

Pero esa tarde de comienzos de febrero la sala de espera se me antojaba cubierta por una gran tela de araña envolvente, sumida en una luz mortecina y un ambiente sucio. Esa tarde esperaba a Adrián por última vez. Mi vecino, inspector del Ministerio de Realismo Denotativo, había descubierto mi actividad clandestina al registrar mi piso durante mi ausencia y nos encontrábamos en serio peligro. Tenía que advertir a Adrián o seríamos torturados hasta que nos desollasen la piel y las ideas. A partir de entonces viviríamos como dos células dormidas esperando la brisa fresca de un tiempo nuevo. 

Cuando el tren de las 17.20 hizo su entrada en el andén 5 y se detuvo con un chirrido gorgoteante, Adrián no descendió. Algo terrible debía de haber sucedido.


Esther Zorrozua

 

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LO IMPOSIBLE
      

Estaba en la Estación Retiro, en la ciudad de Buenos Aires; esperaba el tren que me devolvería al pequeño pueblo donde había nacido.

Había transcurrido el día en la ciudad. Llegué muy temprano para rendir la última materia de mi carrera. Ya era abogada.

El sueño se me convertía en cansancio, aguijoneando mi cuerpo y dejándole las marcas del madrugón de hacía unas horas.

La tensión me había crispado los hombros y la cara. Me senté frente a la mesita a esperar el tren.

La sala de espera era un gran espacio anterior al baño de damas adonde uno podía permanecer sentado sin consumir nada (como debía ser en el bar). La mesa permitía apoyar bolsos o preparar alguna bebida o algún mate.

Antes, había tomado dos cafés, había caminado por el gigantesco andén para pasar las horas más activamente.

El aburrimiento me ganaba. Desde la ventana sucia y descuidada podía observar el ir y venir de la gente por la calle, dirigiéndose apurada a distintos destinos.

En la estación Retiro había varias terminales de trenes.

El frío del invierno se colaba por la puerta cada vez que alguien entraba en ese sitio. Ese ir y venir me enturbió la vista con su monotonía y me dormí.

Me despertó el silencio. La tarde había pasado de repente y también el horario del último tren que me llevaría a destino.

Corrí desesperada hacia el andén; pregunté en mi desesperación por qué no había otros trenes; la congoja me invadió y rompí a llorar.

En la soledad de la noche; mis lágrimas no auguraban el festejo de mi logro.

De pronto un hombre me alcanzó el abrigo que había perdido en la carrera. Intentó tranquilizarme cuando le conté (no pude evitarlo) lo que me había ocurrido.

Él había llegado con anticipación para un encuentro de negocios que tendría al día siguiente. Su tono era agradable y sus palabras tranquilizadoras; la vestimenta era informal y moderna.

Luego de hablar unos minutos, recién reparé en sus ojos, de un color gris verdoso, escrutadores y directos.

Me invitó a cenar en el amplio restaurante de la planta baja. Primero rehusé la invitación a ese hermoso lugar, siempre admirado, y al que nunca había podido acceder con mis bolsillos de estudiante.

Él me tranquilizó diciéndome que le haría un honor si lo acompañaba en las numerosas horas de que disponía hasta su encuentro.

La noche y el vino animaron la conversación; el diálogo nos sumergió en anécdotas que cobraban el valor de descubrir gustos comunes, valoraciones similares.

Ese incidente producido por mi involuntaria siesta, se convirtió en la experiencia más intensa y disfrutada de mi vida.

Hablamos como si nos conociéramos desde siempre.

Siguieron luego horas de espera en el café, llegó la hora del tren me llevaría a mi pueblo.

El espacio, antes solitario, se fue poblando con viajeros que llegaban a la ciudad.

El hombre me acompañó hasta la entrada del andén, en donde le dije que nos despedíamos.

Nos dimos la mano y caminamos lentamente en sentidos contrarios; imprevistamente y como impulsada por una fuerza extraña; me di vuelta y miré hacia atrás, en el mismo instante en que él también lo hacía. Desandamos los pasos y nos estrechamos en un abrazo prolongado.

Después, su boca besó la mía algunos minutos y nos separamos sabiendo que no habría otro encuentro.

A pesar de mi profundo deseo de reencontrarlo, ninguno de los dos mencionó ese imposible.


Silvia Pezzini

 

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ELLA Y ÉL

         

Se aman…

Él no pudo resistir el impulso de verla por última vez…

Se apostó a cierta distancia de la entrada principal de la Estación Retiro de Buenos Aires.

Era el lugar de encuentro cotidiano. La misma hora de siempre. Caminaban eludiendo el gentío hasta la sala de espera y ahí se sentaban y dejaban pasar varios trenes mientras hacían sus planes: Dónde comprarían el departamento. Los nombres que pondrían a sus hijos. Todas las ilusiones de los enamorados…

Ella no vino.

Él esperó… Esperó hasta el límite.

Cambió de andén buscando el lugar donde salen los trenes para el interior.

La voz estrangulada… y el lagrimón que revienta en los ojos. Sintió una necesidad enorme de gritar.

Ella también quiso verlo por última vez…

Fue hasta la Estación Retiro donde siempre se encontraban a la misma hora. Buscó oculta desde en un bar observando la puerta principal pero el no llegó. Tenía las manos en el pecho. Iba a rescatar su silueta y llevárselo apretadito, pero el no llegó.

Entonces esperó, esperó hasta el límite…

Controló el pasaje que tenía en sus manos y cambió de andén buscando el sitio de los trenes que llevan al interior. Antes pasó por la sala de espera donde tantos planes hicieron. Le dieron ganas de gritar…

Instantáneamente se tapó la cara. No podía contener el llanto tan comprimido.

Él fue quien pidió ayuda entonces. Cuando no se conocían aún. Quería desatar todos esos nudos que lo preocupaban. Aportó lo poco y nada que sabía.

Ella también tenía una intuición preocupante. Quería saber, conocer la verdad.

Aún no se conocían… Luego fue un secreto de cada uno y nunca se contaron nada. Hasta el día en que a cada uno por separado los llamaron para decirles la verdad…

Ahora él espera los últimos minutos y se dirige al coche en que le toca viajar.

La alcanza a ver a Ella que se dirige a la carrera en busca del coche en que también le toca viajar.

—¿Y ahora...?

—¡Malditas abuelas de Plaza de Mayo! —piensa Él.

—¡Benditas abuelas de Plaza de Mayo! —piensa Ella.


Jorge Durán

 

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LA NIÑA DE LA ESTACIÓN
      

La niña espera sentada sobre unas maletas. No se ve a nadie alrededor. La estación está vacía y parece que los trenes partieron. Es un misterio esa niña delicada, frágil, sola ante la inmensa soledad de una estación vacía.

Se me ocurre pensar que sus padres la dejaron allí al cuidado del equipaje mientras ellos sacaban los billetes, pero también es posible que la niña se haya escapado de casa. ¿Absurdo? Sí, lo es, pero mucho más absurdo me parece el que haya motivos para que una niña, aparentemente feliz, bien vestida y cuidada haya tomado una decisión así.

La hermosa criatura contempla esa vía solitaria que no parece ir a ninguna parte, esas líneas paralelas que parecen converger en el infinito, ese binario que lleva y trae las ilusiones de la gente. La niña, de una palidez casi transparente, casi azul parece clavar su mirada perdida en ese punto del horizonte donde se juntan las vías.

Llevo un rato contemplándola y aún no me decido a acercarme a ella porque temo asustarla, pero lleva ahí tanto tiempo que me da lástima verla tan sola, tan desamparada. Por fin me acerco y le hablo:

—Hola, pequeña ¿esperas a alguien?

—Sí, a mis padres, pero me han dicho que no hable con desconocidos.

—No quiero hacerte daño, sólo saber por qué estás aquí, por qué no vienen tus papás.

—Porque el tren donde viajábamos tuvo un accidente, una explosión muy grande, todo se llenó de humo, y cuando el humo se fue, mis papás habían desaparecido. Y desde entonces vengo todos los días, por si vuelven.

En ese momento, una terrible escena del pasado vuelve a mi memoria: un once de marzo, un tren que vuela en pedazos, y yo que me veo flotar sobre toda esa desgracia. Me acerco a la niña, intento tomarla de la mano porque acabo de comprender que estamos juntos en esta encrucijada de caminos, pero mi mano y la suya no pueden juntarse: se funden la una en la otra como si fueran humo o dos nubes transparentes.


Mª del Carmen Guzmán

 

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Cada martes y jueves voy a caminar a la costanera sobre el río Paraná, donde la ciudad se vuelca al amanecer y después que el sol desparece al final del camino dorado sobre el agua. El extremo este de la costanera llega hasta la vieja estación del ferrocarril. Que ya no existe, porque a pesar del abrazo a la estación que hicieron los vecinos, la costanera arrasa todo a su paso y debe seguir estirándose hasta el puente. Al final de mi recorrido me siento en la baranda mirando el gran pozo en la tierra relleno con arena, con bolsas de cemento, con cientos de durmientes de quebracho.

Retrocedo en el tiempo... Estoy sentada en un sitio pequeño que encontré desocupado en los asientos de madera de una estructura hexagonal que hay en el centro del hall de la estación estilo inglés. Miro hacia el andén. Hay un olor especial, voces, llantos, silbidos, maleteros con sus carros y sin ellos. Por entre la gente que pasa, de vez en cuando controlo a mi familia agrupada alrededor de una tía que se vuelve —¡por fin!— a Buenos Aires.

Todos los años es lo mismo, tengo que venir con todos a buscarla, debo venir con todos a despedirla. Lo único que me gusta es que apenas llegamos acompaño a papá al camarote para llevar la valija y me trepo un ratito a la cucheta y recorro el pasillo hasta el comedor.

No me importa que se vaya, me molesta darle el beso de despedida porque tiene las mejillas mojadas y prolonga el abrazo. Al menos evito la previa del adiós escondiéndome entre los viajeros y los bolsos. Y no pueden retarme, estoy ahí nomás. Espero. Finalmente el silbato indica que los pasajeros deben abordar el tren. Me buscan con la mirada, me llaman, hay que despedirse de la tía. Aparezco y soy la única que está feliz, noto la diferencia y pregunto: «Yaya, no te importa que no llore?».

Todos los pasajeros, absolutamente todos, aparecen cortados por la mitad en las ventanillas. De algunas ventanas salen tres y hasta cuatro brazos diferentes. El guarda está colgado en la puerta, toca el silbato, sale humo, suenan adioses y me uno a la bandada de chicos que corremos al tren, le ganamos, vamos a la par, el tren nos deja atrás.


Ninina Acardi

 

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ESTACIONARIO
 

El guarda de seguridad del turno de tarde, el de la mañana de ayer, el de la tarde de anteayer, le preguntó:

—¿No estaba usted aquí...? —se detuvo el uniformado a hacer un calculo lógico.

—Sí, sí que lo estaba —respondió él.

—¿Le ocurre algo? Lo veo perdido —apuntó éste.

—No, perdido no. Vengo aquí a pensar... Pensar en lo de los trenes, sabe usted, en eso —reconoció.

—Una tragedia señor que nos hace pensar y penar a todos —afirmó el guarda.

Le habría gustado hablarle de su hijo asesinado, pero prefirió callar. Pese a que el luto de sus ojeras testimoniaba pesares y desgarros más profundos que los que inflige la mera reflexión.

 

El guardia se perdió en el andén. Mientras, en la pantalla del televisor de la cantina la imágenes trillaban sin conciencia la tragedia: vagones destripados, cadáveres mutilados, viajeros ennegrecidos deambulando por las vías, cientos de ataúdes enmudecidos, testimonios fascinantes de teléfonos sonando a vida en los bolsillos de los muertos, rostros rotos en la crispación, gritos, llantos, sirenas... Un universo de dolor, que allí, en aquel espacio opacado por la mugre del local, resultaba aún más grotesco.

El ministro de interior aparecía de vez en vez explicando, desde la conveniencia, los avances de la investigación, hablaba de que se seguían dos pistas, la islámica y la etarra.

 

De pronto apareció aquel hombre menudo, de rostro enjuto, ojos vivarachos y prominente calva, y sentenció: «España no se merece un gobierno que miente».

 

La mentira en la boca de unos y otros se le antojó grosera. En el fragor de esa náusea se le ocurrió que a este último le faltó añadir: «... os lo dice un hombre legal».

En la tentación de escandalizarse recordó entonces que en casa había dicho que la empresa le obligaba a desplazarse a Barcelona para hacer un curso de reciclaje. Que en la empresa pidió un par de días para visitar a un hermano enfermo. Y que a ella le dijo, corazón roto, que lo sentía, cuando debió gritar hasta hacerse transparente para que ella pudiese ver nítida la profunda huella del dolor. Pero cómo hacerlo sin abrazarla, sin echarse a llorar y sollozar: pobre hijo, nuestro hijo.

Ella, por su parte, se lo presentó al marido como un vecino del pueblo, un amigo de infancia, qué podía decir.

 

Todo era mentira, todo, hasta la sala de espera porque las salas de espera van y vienen con los viajeros, renovándose y extinguiéndose en cada uno de ellos, y es que es el tránsito quien le da sentido. Sí no fuese así su hijo volvería a cruzarla como lo hacía a diario, y él lo vería lleno de vida, también de su vida, y se iría luego anónimo, como tantos otros días, camino del trabajo. Pero la sala que él buscaba se había ido con el niño de sus ojos en uno de los trenes de la muerte a algún lugar innombrable. Y esa donde ahora esperaba no era sino una inmensa mentira, como todo lo demás. Y lo que no lo era, resultaba tan brutal que parecía mentira.

Sólo el dolor, sólo la ausencia eran verdad, aún en el rencor de la mentira.


José Romero P.Seguín

 

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VIEJO CABALLO DE ACERO
         

Yo estaba sentado esperando la salida del tren, mientras leía aquel manual de cómo saber esperar y disfrutarlo. El que espera desespera si no sabe esperar, así comenzaba el pequeño libro de bolsillo que entre página y página como el almanaque de Bristol, contaba chistes, anécdotas y curiosidades. 

Leer libros extensos mientras espero me causa ansiedad. Por ello Don Quijote, Ulises o Paradiso, no son textos para estaciones de trenes, buses ni aeropuertos; además siento que es pedantería dártelas de intelectual mientras bebés un café con leche esperando la salida del tren, leyendo un mamotreto de esos que parecen directorios de teléfonos. 

Para esperar prefiero lecturas de digestión rápida, libros de bolsillo o revistas que no exigen mucha concentración. Ahora bien, no es igual sólo esperar el tren que esperar el tren y al mismo tiempo esperar a una persona. Cuando es así la espera se complica, ya que la atención por un lado está puesta en la entrada principal de la estación, y por otra en la puerta de abordaje de los vagones. 

Esta vez yo no esperaba a nadie, pero de pronto apareció ella intempestiva con su maleta de cuero, ubicándose en la misma mesa donde yo leía, diciendo únicamente con permiso, a pesar de que más allá había mesas desocupadas. Luego con la mayor familiaridad me pidió de favor echarle un ojo a la maleta mientras iba al baño, desapareciendo presurosa en busca del lugar propicio donde evacuar. No era bonita pero tampoco fea y lo mejor que tenía así a primera vista eran unas extraordinarias nalgas propias de bailarina de barra show, ¡tremenda nevera! dirían en Cuba. 

Por un momento quedé turbado ¿será alguien que no recuerdo? ¿O quizás por mi apariencia de hombre maduro y honesto le inspiré confianza para dejar conmigo su maleta? Inclusive llegué a pensar que se trataba de alguna cámara bromista de esos programas de televisión que están de moda, o en el peor de los casos podría tratarse de una bomba terrorista, me ericé. 

Esas y otras conjeturas hacía yo con mi coleto, cuando sonó el aviso de abordaje y la chica no asomaba por ningún lado. Los viandantes comenzaron a moverse hacia el tren que impaciente su claxon sonaba y yo sin poder moverme ya que la mentada muchacha por su maleta nunca llegaba. 

Por asociación de ideas se me vino a la mente la novela aquella de Miguel Ángel Espino, Trenes, quizá más que novela un poema novelado dedicado a la mujer. En aquel momento me encontraba yo frente a los mismos elementos que maneja Espino: un tren que se va y una mujer que no aparece, pero también había en mi historia una trampa en forma de maleta, un manual sobre la espera y los restos de café con leche en el fondo de un vaso desechable. 

En ese instante mi coleto volvió a preguntarme ¿por qué no abordás el tren y dejás ahí esa maleta que bien podría ser la maleta de Pandora? 

Y la respuesta era obvia. Al final no abordé el tren porque aquí en esta aldea de apenas veinte mil kilómetros cuadrados, no hay servicio de trenes, antes hubo, en tren viajábamos en noviembre al carnaval de San Miguel, pero ahora ya no. El tren que esperaba nos dejó hace mucho tiempo, el viejo caballo de acero inglés se cubrió de herrumbre en el museo y las antiguas estaciones de los pueblos se poblaron de fantasmas, yo soy uno de ellos, con el alma en pena a la espera del rodar de los vagones y a bordo una mujer desconocida que se deje tocar y que me toque en la oscuridad de los túneles. Lo demás, respetables pasajeros, es pura fantasía.


Miguel Ángel Chinchilla Amaya

 

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ESPERANDO EN LA ESTACIÓN DE TREN
         

El abuelo me llevó a la estación del tren que llegaría de Managua esa mañana. No le pregunté a quién íbamos a esperar ni él me lo dijo. Sólo me ordenó, póngase la gorra que vamos a hacer un mandado importante.

Mi abuelo Arturo, como todos los abuelos, era un hombre mayor, sabio y callado. Cuando abría la boca sabía que algo importante iba a decir, aunque a veces sólo silbaba una melodía dependiendo del estado de ánimo. Era abogado de profesión pero tenía su finca de ganado en las afueras del pueblo. Algunos decían que era de ideas liberales pero que no estaba de acuerdo con la presencia de los gringos. Y como la guerra entre los Rojos y los Verdes se puso color de hormiga, él no volvió a hablar de política con nadie. La política sólo mierdas nos deja, le dijo un día a mi abuela Lucila y fue como cerrar la última página de un libro.

Yo vivía con ellos desde que mis padres decidieron trasladarse al puerto de San Carlos, al otro lado del país. Entonces fui como un hijo. Solía llevarme a la finca delante de su montura y me enseñó a distinguir las estrellas que en el cielo del pueblo se miraban claritas en los primeros meses del año.

Ese día el abuelo se levantó mucho más temprano que todos los días, es decir, de madrugada, porque él solía despertarse con el canto de los gallos. Me fue a levantar para ir primero al ordeño de las vacas en el patio de don José Benito Núñez. Me gustaba mucho sentir el olor a la leche derramada y el ruido de las pichingas que llenaban y encaramaban en los burros para llevarlas donde el doctor Briceño que compraba toda la producción para revenderla y hacer cuajada y queso. Luego de desayunar tortilla con queso duro, frijoles refritos y huevos estrellados, acompañados de café con leche, la abuela me bañó con agua tibia y me puso glicerina en el cuerpo, como lo hizo hasta que cumplí los 8 años. Salimos hacia la estación. En el camino me dijo que ese día era histórico para Nicaragua. Yo no le respondí nada porque las cosas de la historia de mi país no me interesaban mucho a los 6 años de edad.

Al llegar a la estación me dijo que me sentara en una de las bancas. Él se fue a hablar con un señor que con las mangas de la camisa remangadas y una visera verde amarrada con un elástico en la cabeza, parecía cajero de banco. Era el encargado de la estación de tren en Niquinohomo. Había una neblina que se deshilachaba entre los rieles y se perdían en los matorrales del otro lado de la línea férrea.

Regresó a la banca donde yo, sentado, mecía mis pies y me preguntaba quién vendría en el tren de Managua que a las siete de la mañana en punto aparecía por el norte con su gran fumarola y dando unos pitazos que alborotaban a los pájaros de los árboles y a las gallinas del vecindario. La estación se empezaba a llenar entonces de vendedoras de tiste, pan, tortillas con quesillo y dulces de todos los colores. No era mucha la gente que viajaba de Managua a Niquinohomo y también era poca la gente que se montaba en la estación de Niquinohomo para viajar a Masaya o Granada.

Al detenerse la maquinaria con un largo chirrido del freno y expulsando una cantidad de humo que envolvió toda la acera de la estación, un hombre con cara de indio, vestido de levita y sobrebotas saludó al abuelo con afecto y le entregó un sobre que abrió inmediatamente y lo leyó. Luego se abrazaron de nuevo y el personaje volvió a subir al vagón de segunda clase del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua.

Al llegar a la casa, sólo me dijo: «Sandino no se rindió».
 


Luis Enrique Mejía Godoy

 


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    ESTA SECCIÓN DE ESPERANDO EN... ESTUVO ABIERTA HASTA EL DÍA 16.03.07 

Esperando en..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

(http://mural.uv.es/carlole/)

Ilustración página: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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