ESPERANDO EN... UNA NOTARÍA » Escritura colectiva | Revista Almiar

 

       

 

 


- Presentación

- Esperando en:

- Una estación de ferrocarril

- Una notaría

- Una agencia artística

- Una consulta médica

- Formulario para escribir
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AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León

Silvia Estela
Mottes

Ricardo Juan
Benítez

Lourdes Macías Torrecillas

Marisa Aragón Willner

Saladina Cuenca Milán

Juana Castillo Escobar

Mistery

Ana M. Rubio Cabrera

José Romero P. Seguín

Mary Carmen

Jordana Lee

Esther Zorrozua

Sofía Campo Diví
 

 

 

 

 

Esperando en...
Una notaría



 

Presentación
 

La espera sugiere un antes y un después. Es un hito en la línea del tiempo, en la trayectoria vital de cualquiera. Algo que sucederá, o no, alguien que llegará o no, alguien que partirá o no, pero de cualquier forma, si esperamos es que suponemos, deseamos, tememos, que algo va a cambiar en nuestra vida.

Por eso una sala de espera es un lugar perfecto para situar a un personaje, para contar su historia anterior a ese momento en que le encontramos allí y lo que sucede después. La sala de espera puede ser el nudo de muchas historias.

Por eso, la propuesta de participación para nuestros lectores va a girar esta vez, en torno a este privilegiado espacio. Nosotros iremos sugiriendo el tipo de sala de espera: estaciones, hospitales, aeropuertos, despachos de oficinas de empleo, de abogados, de agentes artísticos, de médicos, de directores de banco...; muchos momentos en los que quien espera trae bajo el brazo una biografía que puede cambiar cuando la abandone.

Queremos que nos habléis de ese personaje en un relato breve. En esta nueva entrega lo situamos en la sala de espera de una notaría.
 


Carmen López
2007

 


 

Relatos
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BOTÁNICA FORESTAL

         

Es la tercera vez en esta tarde que Paco pulsa el dispositivo que le permite abrir la puerta de la Notaría desde su escritorio situado estratégicamente entre la entrada y la sala de espera.

Paco es el becario contratado merced al convenio Universidad-Empresa que permite tener a un estudiante de los últimos cursos de carrera por 300 euros durante más de ocho horas.

Paco está a punto de terminar Derecho, a falta de 15 créditos, y se sintió feliz con el contrato; esperaba con ello aprender de verdad algo de su futura profesión, cosas que los apuntes que circulan por la Facultad y los exámenes tipo test con los que ha ido superando asignaturas no le proporcionaban.

Pero, por ahora, se limita a hacer pasar a los clientes al despacho de D. Fernando María Gil de Ramales y a fotocopiar la multitud de legajos que las dos secretarias, Myriam de dulces ojos color miel y sinuosos andares y la Srta. Rodríguez de acerada mirada y muchos años de experiencia, le dejan sobre la mesa. Fotocopiarlos o mandarlos por fax, con tanta celeridad que ni siquiera puede echarles un vistazo para ver cómo se redacta un contrato de compra-venta, un acta de constitución de sociedades o un testamento.

 

A las cuatro en punto abrió a LLobell, de «Veriblau Homes».  Paco ya le conoce, es uno de los clientes habituales de la Notaría, un constructor de éxito en la costa, gafas oscuras Rayban y polo de Ralph Laurent, trata de broncearse a base de rayos UVA pero no deja de tener el rojizo color de piel que delata su origen rural.

LLobell, siempre se muestra ajetreado, dando paseos nerviosos por el vestíbulo, preguntando a cada momento si ya ha llegado D. Fernando, porque a él le esperan en no se sabe cuántos sitios, con las manos llenas de papeles, escrituras, contratos, informes urbanísticos, planos; todo en un batiburrillo que trata inútilmente de  ordenar. Bromea con las secretarias a las que quiere caer simpático con frases sacadas de contexto que ha oído en algún lado y con pequeños obsequios que ellas, sistemáticamente, no han aceptado, y le evitan. Hoy Llobell  aguardaba a una mujer alta y robusta, de cabello corto, rubio con mechas grises y ojos de un azul tan nítido que resultan inescrutables y  que ha llegado un minuto después, con puntualidad germánica.  Es Hedera von Heim, su nueva socia. Ella se ha limitado a sentarse en la sala de espera, junto a la mesa rectangular del fondo, colocada allí por si los clientes desean dar una última ojeada a sus documentos. Ha dejado sobre esta mesa su portafolios negro y guarda silencio.

Hedera von Heim, habla ahora un correcto castellano. Cuando pisó por vez primera esta ciudad, en el 69, era una nota más de luz en los acantilados con sus rubios, casi albinos, cabellos al sol.

Había llegado con dos amigas, Helena y Herta, las chicas H las dieron en llamar porque llevaban camisetas de colores vivos, con su letra estampada sobre el bikini, casi como único atuendo.

Se reían de todo lo que no entendían, que era casi todo. Helena consiguió conquistar cada noche a un muchacho distinto, a despecho de la pandilla foránea, Herta se divertía con dos amigos de toda la vida a los que acabó haciendo enemigos irreconciliables y Hedera fijó la inmensidad azul de su mirada en un chico ya mayor, con novia formal, del que logró que hiciera por ella cualquier cosa,  por ridícula o arriesgada que resultara.

El 25 de agosto, las chicas H se fueron, las pandillas se reorganizaron, los amigos se sintieron estúpidos por su pique, y la boda prevista se celebró en octubre. Las chicas H tampoco volvieron el verano siguiente.

Llobell le ofrece una vez más comprobar los planos del apartotel que incluirá servicios de salud para la tercera edad «Veriblau Seniors», ella rehúsa con un gesto. LLobell, para un público inexistente porque nadie en la Notaría les presta atención, adopta una actitud de condescendiente superioridad: por supuesto, una mujer dejará en sus manos el asunto, una mujer divorciada que ha obtenido una sustanciosa suma de euros de su ex marido y desea refugiarse en el Mediterráneo al abrigo del sol y de un hombre de una pieza como él.

 

La tercera visita a la que Paco ha abierto la puerta es un anciano vestido pulcramente, con su traje oscuro de los días importantes, acompañado de dos jóvenes de aspecto universitario. Sí, es el Sr. Ivars y sus nietos, comprueba Paco en la agenda: Poderes Generales a estos nietos para gestionar propiedades que fueron parcelas agrícolas y ahora, al ser urbanas, han elevado su valor exponencialmente.

Se sientan en silencio, el abuelo flanqueado por los nietos. El abuelo mira indiferente por la ventada por donde asoman las copas de los plátanos de la avenida.

De pronto, Llobell se ha quitado las gafas para comprobar por enésima vez las cotas de los planos, el anciano se le queda mirando con impertinencia, los nietos, violentos, prontos a intervenir, cuando exclama:

—Pero, si eres el hijo del tío Pollancre, pues no las hemos hecho buenas tu padre y yo cuando éramos jóvenes.

Los nietos observan la reacción de LLobell, desean que su abuelo no se haya equivocado, para que no se ponga en duda su perfecto estado mental, entre otras cosas.

Pero no, no se ha equivocado, y Llobell no tiene más remedio que responder con un hosco:

—Pues claro que soy yo, tío Conna, remarcando a su vez el apodo del viejo.

Y sigue absorto en sus planos.

 

Al abuelo se le han despertado de pronto los recuerdos y comienza con chascarrillos de su juventud, relatados con tal gracia espontánea que no pueden por menos que hacer reír a los nietos. Paco, desde el vestíbulo contiene la carcajada, y hasta las secretarias aprovechan que D. Fernando no las reclama para acercarse a la puerta de la sala de espera a escuchar aquellas anécdotas de sainete vernáculo que implican al padre de Llobell.

Llobell, inseguro, no sabe qué gesto componer y la alemana sigue en su aislamiento indiferente.

 

Suena el timbre del interfono en la mesa de Paco. D. Fernando espera a los Srs. José Llobell y Hedera von Heim, Paco se acerca a la sala de espera y les hace pasar. Llobell no se despide del abuelo, éste mira fijamente a los ojos a la mujer de mirada azul. Cuando han salido de la habitación se vuelve hacia sus nietos y les dice en voz baja:

—¿Cómo dijo el muchacho que se llamaba la señora?

—Hedera no se qué, abuelo —responde el mayor.

—¿Por qué lo preguntas, abuelo? —indaga el menor de los nietos.

El abuelo se ha vuelto a quedar mirando los plátanos de la avenida y  melancólicamente, en un susurro, con una media sonrisa responde enigmático:

—Es que a este Pollancre se le ha olvidado que la hiedra, si se deja crecer, siempre acaba asfixiando al chopo y lo seca.
 

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Notas:

'Pollancre' es 'chopo' en catalán.
Hedera Helix
: nombre botánico de la hiedra.


Carmen López León

 

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UN PINO PARA SU JARDÍN

         

Estuvo esperando en la puerta antes que abriera la oficina para ser la primera. No quería que nadie se le adelantara. Debía terminar rápido el trámite. La última ligazón que la unía a él. No tuvo en cuenta que habían quedado algunos documentos pendientes del día anterior, por lo que se sentó en la sala del notario a esperar su turno, que si bien fue el primero del día, era el décimo a la firma.

—Generalmente no viene nadie a primera hora, por eso dejamos los últimos para resolverlos al otro día —le dijo la empleada tratando de congraciarse.

—No importa —no sonó demasiado convincente.

Las imágenes le fueron pasando por la mente. Las muñecas amoratadas por las ligaduras. El pelo revuelto y el olor. Ese hedor nauseabundo de días sin bañarse. Transpirado con la misma ropa. Aquellas palabras resonaban en su cabeza.

—¡Tené piedad! Dejame ir… conversémoslo tranquilos —le decía aterrorizado. Sólo era un poco del terror que le había hecho sentir.

—Tengo la misma conmiseración que vos cuando me golpeabas por tus enojos… —trató sólo una vez de explicárselo. Ni se acordaba el muy turro. Ahora ya era tarde.

Volvió a pensar en la casa, esa casa grande y hermosa que había comprado:

—Sólo para vos, para que vivas en ella esperando mi visita, con todas las comodidades —y eso era verdad. La morada era bella hasta que llegaba él. Con toda su perversión de celos infundados. Por lo menos una vez por mes terminaba en una soberana paliza. Intentó dejarlo, pero él se las ingeniaba para convencerla que sería la última vez.

—Roberto, eso no se puede hacer. Lo sabes —le dijo Ramiro por teléfono, ante el pedido de su amigo para que ponga la casa a nombre de ella, corroborando su firma.

—Venite por la escribanía y lo arreglamos —le había pedido.

—Viajo esta noche en un jet particular a Europa. No sé cuando vuelvo. Vos sabes que se lo debo. Hace cinco años que estamos juntos. Te mandé el pago con una transferencia bancaria. Está todo bien. Haceme la gauchada Ramiro —había insistido. Mientras ella apretaba la punta del bisturí sobre la herida abierta en el estómago. Para que fuera lo mas convincente posible.

—Está bien. La espero mañana y hago la transferencia. Por el pago puedo esperar, no te apures —terminó diciendo Ramiro. Un suspiro de alivio. Ella dejó por un momento de presionar el arma sobre la carne.

—Pase señorita. El señor Ramiro la va a atender —dijo la secretaria sacándola de sus pensamientos.

Ella evocó la última palada de tierra que había tirado sobre su cuerpo. Pensó antes de sentarse frente al escritorio. «Voy a sembrar un pino. De esos que crecen rápido».


Silvia Estela Mottes

 

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SEGUNDA LUNA DE MIEL

         

Siempre había odiado las esperas. Por lo general siempre eran en lugares espantosos, como la sala de urgencias de un hospital o la ventanilla de cobros de impuestos. Pero, aún en esas largas colas que se formaban en los teatros los sábados por la noche, siempre estaba molesto. Pero hoy no.

Debo confesar que la recepción de una notaría no es un lugar demasiado estimulante para la imaginación. Pero yo estaba a cientos de kilómetros de distancia de este lugar. Estaba pensando en lo que haríamos cuándo termináramos aquel trámite engorroso, pero a todas luces indispensable.

Al salir llegaría hasta el descapotable negro. Ya tenía preparado todo el equipaje, algunos bocados para el camino, la filmadora digital, las cañas de pescar y algunos otros elementos para practicar caminatas a campo traviesa, eso que ahora se da en llamar tracking.

La ruta caracoleaba entre las montañas, hasta la cabaña que había alquilado en aquel lugar alejado de todo. Estaríamos completamente aislados. Solos, todo el tiempo que nos quedara ahí. Esa misma noche tendríamos una especie de luna de miel. Abundante champagne Bollinger Grand Annè, un poco de caviar de Belluga y sexo.

Por supuesto que a la mañana siguiente protestaría. Con la resaca aún a cuestas, era inhumano salir a caminar por la montaña a esa hora temprana. Pero una vez en marcha, el aire fresco matinal casi la despejaría. Pero no lo suficiente. Sus reflejos... su conciencia no la ayudarían a evitar el accidente.

La policía haría un largo interrogatorio. ¿Como era posible que hubiéramos ido a un lugar tan escarpado después de beber como bebimos la noche anterior? Por supuesto que tendría un sentimiento de culpa espantoso por el resto de mi vida. Y unos cuántos millones en mi cuenta bancaria, para calmar mi neurosis.

No... esta vez la espera no me molestaba en lo absoluto. En unos pocos minutos habríamos terminado los papeles de la herencia.


Ricardo Juan Benítez

 

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EL TESTAMENTO

         

Encontrarme aquí me parece casi increíble, y sobre todo ha sido sorprendente conocer la existencia de alguien cuando ya no está en este mundo. No supe de él hasta hace dos días, cuando me llegó esa carta certificada de la notaría en la que se me citaba para hoy con objeto de leer el testamento de ¿mi hermano Carlos? ¿Desde cuándo tengo yo un hermano llamado Carlos? Tengo cincuenta años y he sido hijo único toda mi vida… No lo entiendo.

Ojalá no me tengan demasiado tiempo aquí sentado esperando, llevo dos días sin dejar de darle vueltas al asunto, ni tan siquiera me importa el dinero o las deudas que me haya dejado en su testamento, sólo quiero que alguien me dé una explicación, que me digan por qué no he sabido nada de su existencia a lo largo de mi vida. Mis padres ya no están para preguntarles o pedirles cuentas; sólo deseo que el notario me aclare algo, que ese testamento responda a todas mis preguntas, a todas estas dudas que golpean mi cabeza desde que recibí esa carta. ¡Y yo que pensaba que mi vida era una total monotonía, y que yo era un aburrido y solitario farmacéutico a quién el destino le tenía olvidado! Pienso y pienso y no dejo de pensar ¿Por qué me ocultaron esto mis padres? ¿Por qué «mi hermano» sí conocía mi existencia? Porque saber de mí tenía que saber puesto que estoy en su testamento y se me ha citado como su hermano y heredero.

Nunca hubiese imaginado esto y sin embargo, durante mi infancia, recuerdo que cada día de Reyes mi padre salía de casa con un paquete en sus manos, mientras mi madre se quedaba seria y callada y yo, con toda la inocencia de un niño, le preguntaba que dónde iba mi padre; ella siempre contestaba: «Papá ha ido a llevar felicidad a otro niño». Y yo me quedaba sin saber muy bien a qué se refería mi madre… ahora creo entenderlo.

Tuve unos padres maravillosos con los que nunca me faltó de nada, pero no consigo entender por qué me negaron la posibilidad de conocer y disfrutar de un hermano del que he sabido de su existencia con motivo de su muerte… Es algo tan increíble.

Ya llega la hora de entrar en el despacho, el notario me espera. Seguramente lo que me digan ahí dentro cambiará de alguna forma mi vida. Estoy nervioso, pero tengo que enfrentarme a esa verdad que se me ha negado hasta ahora. Ojalá que, después de oír lo que diga el testamento, tengan respuesta todas las preguntas que llevo haciéndome durante estos días…


Lourdes Macías Torrecillas

 

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ELEGIRNOS

         

Hay casos que no nos gustaría que se resuelvan frente a un abogado y hay abogados que no quisieran tener que resolver ciertos casos, no es una relación biunívoca pero suele suceder. Me pongo a pensar a discreción en el lobby del estudio Pietro Fiorenza, donde los pisos de porcelanato me reflejan en este día memorable donde se cree que firmaremos los papeles para que un juez dicte la sentencia que nos declare indisolublemente separados contra viento y marea. Pensaba en esos casos que nadie quiere llevar, creo que uno de los más difíciles puede ser un divorcio controvertido, de esos que los cónyuges ex cónyuges no se ponen de acuerdo en nada y esto pasa a ser un continuo de cientos de días de incomunicación previos donde no se han puesto de acuerdo en nada o no recuerdan acaso el disenso por el lugar de los muebles en la casa, el lugar de las próximas vacaciones, el lugar de la suegra cuando llega a pasar una temporadita como observadora casi nunca declarada de una situación que ella que ya las vivió puede contribuir a resolver como un rompecabezas de 5000 piezas que nunca terminamos y no, sólo termina por revolver el avispero tal que provoca su salida por la misma puerta que entró antes de lo esperado… dejando el nido convertido en un gran infierno pero ahora llamado a la paz… Pues mira cariño, que no nos hemos puesto de acuerdo por el colegio de los niños: que tú querías religioso, que yo prefería el estatal, ni por el emolumento de la sirvienta que yo llamaba «señora» y tú «mucama», ni nos pusimos de acuerdo por la adquisición de la casa de la playa que sería refugio de muchas vacaciones cuando las vacas vinieron flacas, que tú la querías mirando a la costa y yo que no, que el embate de las aguas me trae miedo y no me deja dormir y ni qué decir del uso de la tarjeta de crédito que tú la escondes y que yo en tus palabras «la dilapido», ni tampoco en el baile para abrir próximamente la fiesta de los quince de la pequeña, que tú te inclinas por el tradicional vals y yo por la música de esos «guarros» modernos de guitarra acústica y órgano, ni qué hablar de qué días cada uno se lleva el auto y qué hace cuando el otro se lo entrega con el tanque vacío y se le queda justo arriba de la autopista, en fin como se dice hemos vivido lidiando con nuestra inconsistencia vital y descubriendo que al menos había un acuerdo temporal para amarnos y tener los niños pero que al cabo eso no era todo en un bendito matrimonio sino un escenario donde ahora teníamos a los cuatro pequeños espectadores mirando silenciosos sorprendidos o con tristeza las peleas por nada de nada de sus padres, escondidos en el vano de la escalera o detrás del sillón de tres cuerpos.

Y bueno de golpe o de siempre que no nos hemos puesto de acuerdo pero no nos hemos aburridos con ese «ni un sí ni un no» en contra del otro que tal vez aburra más que esta rutina del disenso pero que terminamos admirando lo prolijos que son, lo bien que se llevan del brazo por la vida los Gimenéz, los González, los Prado y todos los cofrades casados en nuestra misma época y sujetos a nuestros mismos vaivenes para hacernos odiosamente comparables.

Y ahora se viene la mayor pelea que espero no sea por la tenencia de los chicos porque si en lo único que acordamos paz es en no tironearlos de aquí para allá, tratarlos con amor y con respeto, como lo aconsejan los libros de psicología que algún día nos tiramos por la cabeza, las abuelas que con su dulzura maternal nos quieren bien y querernos bien incluye que no nos agarremos de los cabellos ni estrenemos los libros contra las paredes.

Ya por lo hablado la pelea vendrá por los terrenos de la playa, la casita de madera en el bosque, los dos departamentos que están en alquiler, el auto que ya tiene diez años de molesto andar y bueno, algunos incunables en la biblioteca, un tapiz romano, unos cuadros de firma y otras banalidades que acumulamos y eso gracias a la tarjeta si no nos hubiéramos decidido tampoco y finalmente las cuentas bancarias. Lo haremos de común acuerdo aunque cueste ya que el controvertido nos dejará con la mitad de las tenencias, al menos hemos acordado en esto que nos va la supervivencia, la vida después de la vida que nos espera, que cómo será, no lo sé muchas veces me he preguntado, imaginado las nuevas parejas, los viajes para encontrarlas, aceptarlas y amarlas, en fin mañana comenzaremos otra aventura ya que de esta parece nos cansamos.

Te veo venir, el gesto de pocos amigos, te pusiste el último traje de Armani negro y los zapatos italianos, estás por sentarte y no hay asiento libre que no sea el de mi lado. Pero te sorprenden los pasos fuertes que te siguieron… giras y te detienes a dar el paso.

Ahí llega la notaria, tiene un traje azul corte sastre con fantasía y zapatos de tacones negros fuertes, que denotan su personalidad, ojos acerados y un peinado estilo reina Isabel, detrás a cortos pasos la sigue su secretaria de cabellos rubios a mitad de la espalda, lentes que le dan un aire intelectual —seguramente es una becada de la Universidad, concluyo— haciendo su práctica...

Entra a su despacho, la puerta se cierra tras ellas. Ahora te sientas, me gusta el perfume que te pusiste, qué peligroso es que me funcionen los sentidos, por el rabillo del ojo te veo las manos proporcionadas y cuidadas y el tono bronceado persistente del último viaje a la playa, cierro los oídos porque ni quiero sentir que respiras a mi lado… sentados así parecemos enemistados por siglos pero bueno nuestro expediente dirá «incompatibilidad de caracteres» y un sello de juzgado pondrá fin a la love story de nuestras vidas y luego habrá actas de divorcio, actas de divisiones de bienes, actas de tenencia de niños, actas de pase de alimentos, se llenarán nuestros arcones de nuevos papeles de alto compromiso comenzados con la palabra Actas.

Nos llamará de a uno a su despacho, esto lo sé porque me lo contó mi amiga Mariana y tú no sabrás qué diré yo ni yo sabré qué dirás vos. Será nuestro secreto frente a la notaria. Siento que pasaré primero pero un frío me recorre la espalda, me siento mal, pregunto por una toilette y me escapo. No quiero pasar por esto pienso, ¿es que alguien me ha preguntado si quiero o no pasar por cada etapa disgustante de la vida? No, desde pequeña se me dijo irás al colegio bilingüe de las monjas, martes francés y miércoles danza, tu pieza queda arriba a la derecha y tienes que saber comer con el juego de cubiertos finos en las reuniones de sociedad, te casarás luego de recibirte en el profesorado y tendrás casa con jardín porque se estila y tantos hijos como te mande Dios. Tantos mandamientos cumplidos y ahora tirando todo por la borda.

En cualquier momento nos llama, desde la toilette escucho mi apellido Danceus y no respondo, entonces va por el tuyo Demarías Glew y te levantas, yo también me seco las lágrimas y salgo al paso. Intercepto tu mirada esta vez descubro es cálida como las corrientes del golfo en la casa de la playa, dejo caer en tus ojos los míos algo tornasolados por las lágrimas. De pronto estirás tu mano y me tomas del saco, antes de entrar me decís: Flaca, yo no quiero divorciarme de vos, te amo. Me desarma tu declaratoria al pie del cadalso, te miro nuevamente para asegurarme que no estás corriendo tu reina para ganar tu partida. Sé que me hablás en serio estoy tan desarmada pero saco fuerzas de ese lado del corazón que yo afirmo que siempre es bueno, te sonrío y te confirmo que yo también te amo, que con gusto seguiremos llevando nuestras religiosas disputas por el resto de nuestras vidas, que esta vez cuando veamos a los chicos mirando a hurtadillas detrás del sillón nuestras peleas bobas nos uniremos a ellos jugando a tirarnos almohadones para sorprenderlos, que nada grave ha pasado, que nuestra incompetencia para conversar en vez de pelearnos nos ha llevado hasta acá, y digo todo esto sin decirlo porque no me salen las palabras, pero sé que me entendés que te pasa la maldita vida por este gran paso y que querés permanecer conmigo hasta que la muerte nos separe.

Algo nos sorprende el ensimismamiento, la notaria abrió de vuelta la puerta esta vez para llamar Danceaus-Demaría Glew, a los dos juntos, giramos, la miramos a los ojos y se da cuenta que no habrá divorcio. Con fastidio cierra su carpeta y nos sonríe con sabiduría, confirmando con su voz firme y segura el mensaje: ¡Señor, señora su expediente será archivado!...

 

Bajamos la escalera del estudio Pietro Fiorenza como si fuéramos saliendo del Civil y ahora mis sentidos son libres para verte, sentir tu perfume, apreciarte y volver a enamorarme en libertad porque de vuelta nos elegimos.


Marisa Aragón Willner

 

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ES ELLA

         

Sentada junto a todos aquellos desconocidos era incapaz de mantener la mirada, la narcolepsia del madrugón y el runrún continuo de la gente en la notaría me sumen en un dulce e irrefrenable sopor. 

—Me he levantado muy temprano esta mañana... —pienso, sentenciando así, todo un repaso mental donde enumero y compruebo los documentos necesarios... Todo está dispuesto. 

La puerta se abre, despierto sobresaltada, soy consciente que me he dormido, miro el reloj, tan sólo han pasado cinco minutos y en ese tiempo, he conseguido transportarme al momento en que la conocí, aquel tiempo en que la amaba, cuando compramos aquella casa rural donde viviríamos trabajando codo a codo... 

Es ella la razón por la que hoy me encuentro aquí. 

El oficial llama a un tal Roberto Fernández Marco, se levantan todos y salen; allí sola, tras repasar los insulsos cuadros de la sala, vuelvo a dormir y a recordar... 

Me sitúo rápidamente en el momento exacto, aquel instante en que todo se fue al garete. Las palabras llenas de carga y esas lágrimas verdes. Lágrimas ahora que humedecen mis ojos y despierto. 

Ni siquiera la he oído llegar, está sentada enfrente. El abogado llega y nos avisa para entrar.


Saladina Cuenca Milán

 

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EL BUEN CONSUELO

         

Hacía años que no coincidíamos con algunos de los miembros de nuestra familia cuando aquella mañana, lluviosa y gélida, nos vimos obligados a encontrarnos en la sala de espera de un notario famoso.

Un par de meses antes el abuelo Nicolás murió en la residencia «El buen consuelo». Llevaba más de una década viviendo en ella. Según me contaron mis padres marchó de forma voluntaria, dijo que era lo mejor, que así no molestaría a nadie y que, además, se lo podía permitir pues su fortuna era mucha.

El hermano de mi padre montó en cólera. Adujo que en aquel lugar lo único que iban a hacer por él era sacarle todos sus cuartos y a ellos, sus hijos, les dejarían sin su herencia. Entonces yo era aún muy pequeño pero recuerdo bien el jaleo que se montó, para nada, porque el abuelo Nicolás acabó en la residencia y mi padre y su hermano pegados. Y hoy, se verían nuevamente las caras después de años sin hablarse.

Tres días antes de esta reunión llegó a casa una carta. El señor notario escribió en ella:

«Adjunto les remito copia del testamento redactado en Madrid a veinte de diciembre de 1997, por don Nicolás del Puño Cerrada estando en plenas facultades físicas y psíquicas de todo lo cual doy fe como amigo y notario del citado don Nicolás. Sírvanse pasarse por mi notaría, con la copia bien redactada, el próximo martes 13 de enero de 2007».

Cuando abrí la carta del notario y la leí todo me pareció en orden. Lo que me descolocó fue la frase sírvanse pasarse por la notaría con la copia bien redactada… Pensé: ¿qué demonios tenemos que redactar nosotros, es que eso no es cosa suya? Entonces abrí el sobre en el que mi abuelo Nicolás dejó escrita esta nota tan escueta como extraña:

«Lego mis bienes a mi nieto Nicolás no a mi hijo Nicolás Primero en absoluto a mi hijo Anselmo nunca jamás para las hermanitas de “El buen consuelo” todo lo anteriormente dicho es lo que deseo».

Y allí estábamos: mi padre y yo que iba de acompañante, perro guardián de sus intereses, traductor (pues últimamente está algo sordo y bastante espeso de entendederas, y no se debe dejar que ciertas cosas se vayan por el desagüe por hacerlo mal, al menos en cuestión de herencias…); mi tío Anselmo, con cara de pocos amigos y sí con ganas de pillar una buena tajada de las posesiones del abuelo; las hermanitas de «El buen consuelo», que durante años le cuidaron y a las que también vi deseosas por rebañar algo de aquella salsa… Bueno, también debo decir que yo mismo, Nicolás Segundo, como me llamaba el abuelo cuando era pequeño y las cosas iban bien, buscaba sacar algo de todo aquello: tengo novia, me gustaría vivir con ella, no tengo un empleo fijo y el sueldo… Además, bien mirado, se puede decir que yo soy su heredero: no existe otro nieto. En fin, eso puede dar paso a otra historia, la que importa es la de la herencia.

En la sala de espera coincidimos con mi tío Anselmo. No le recordaba tan calvo, ni a su mujer tan pequeña y mal encarada. Las monjas de «El buen consuelo» no paraban de rezar y de pasar las cuentas del rosario. Me dije: como en realidad tengan enchufe con las alturas…, apañados vamos los demás. Miré el entorno, el caso era pasar el tiempo. La sala de espera, oscura y fría, recargada con muebles castellanos, vetustos, rancios, tan negros como la mañana me produjeron una gran desazón.

Al cabo de un cuarto de hora salió la secretaria, tan ajada y oscura como los muebles. Con voz fúnebre nos hizo pasar al despacho. En él, sentado tras un escritorio enorme, fumaba un habano de medio metro el notario, hombre grueso, de mejillas blancas y blandas, de papada caída y móvil como gelatina. Impecablemente vestido de negro, sólo se alzó un poco para saludarnos, luego nos hizo sentar al otro lado de su mesa. La secretaria tomó asiento a su vez frente a una antigua máquina de escribir.

Bien, dijo el notario frotándose las manos y sonriendo, veamos qué me traen. Entonces comenzó a leer en voz alta, una por una, las cartas que nos fueron enviadas y que nosotros corregimos.

Primero leyó la recibida en casa y que puntué como sigue:

«Lego mis bienes a mi nieto Nicolás. No a mi hijo Nicolás Primero. En absoluto a mi hijo Anselmo. Nunca jamás para las hermanitas de “El buen consuelo”. Todo lo anteriormente dicho es lo que deseo». 

La carta de mi tío Anselmo quedó así: 

«¿Lego mis bienes a mi nieto Nicolás?, no. ¿A mi hijo Nicolás Primero?, en absoluto. A mi hijo Anselmo. ¡Nunca jamás para las hermanitas de “El buen consuelo”! Todo lo anteriormente dicho es lo que deseo». 

Las hermanitas de «El buen consuelo» arreglaron la carta como sigue: 

«¿Lego mis bienes a mi nieto Nicolás? No. ¿A mi hijo Nicolás Primero? En absoluto. ¿A mi hijo Anselmo? Nunca jamás. Para las hermanitas de “El buen consuelo” todo. Lo anteriormente dicho es lo que deseo». 

El notario no daba crédito al embrollo en el que mi abuelo, por negligencia, o por hartazgo, le dejó sumido. Así que el susodicho redactó el testamento como sigue: 

«¿Lego mis bienes a mi nieto Nicolás? No. ¿A mi hijo Nicolás Primero? En absoluto. ¿A mi hijo Anselmo? Nunca. Jamás para las hermanitas de “El buen consuelo”. Todo lo anteriormente dicho es lo que deseo». Por tanto, al no poder nombrar heredero a ninguno de los referidos, y por el poder que me otorga el Estado y el haber sido amigo íntimo y notario en todas las transacciones legales, y de todos los negocios de don Nicolás del Puño Cerrada. Yo, don Guillermo de la Rica Talega, me incauto de la susodicha herencia. Sin más asuntos que tratar se levanta la sesión a… Ya sabe, Guillermina, cómo debe terminar el Acta. Bien señores, deseo que tengan una agradable jornada.

Así es como acabó aquella mañana gris y lluviosa que empezó en la sala de espera de una notaría.


Juana Castillo Escobar


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Han ido llegando, todos, enlutados, tristes, correctos. No se han olvidado de sus ornamentos de duelo. Llevan puesta la máscara de la pena, del desamparo, de la ausencia. Yo los miro e intento adivinar la reacción de cada uno cuando sepan la noticia. Esperan su parte, como los buitres, solapados, con el camuflaje negro de la avaricia. Se miran por el rabillo del ojo, esperando la señal del otro para proferir el suspiro más sonoro o secar la lágrima más evidente. Los miro descaradamente, sin recato y sonrío. Disfruto en secreto de ese momento en el que el notario extraiga con parsimonia el testamento del sobre y comience la lectura monótona, mecánica, impersonal de su última voluntad. Me mirarán entonces, ya sin disimulo, con toda la estupefacción en los rostros hipócritas y modosos de ahora y podré devolverles con firmeza la mirada.

Ellos sólo sospecharán, Tan sólo yo sabré porqué y entonces, podré volver triunfante a la celda.


Mistery
 

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EL TESTAMENTO DEL INDIANO

         

Beltrán se sintió satisfecho. «Objetivo cumplido». Lo había conseguido; un mes pateando los más peligrosos lugares de la ciudad y todo para encontrar a Diógenes González Ramón, el único familiar vivo del indiano. Por eso no podía dejar de recrearse ante la visión de aquel hombrecillo. Rondaba los cincuenta, pero parecía mayor. Tenía el rostro curtido por el sol, una incipiente alopecia, los ojos hundidos y el cuerpo maltrecho. Se lo había repetido, el día del primer encuentro, y esa misma mañana cuando le abrió la puerta. «No soy la persona que busca, creo que se ha equivocado...». Y allí estaba, sentado en el sofá de piel, en la vieja sala de espera de la Notaría, flanqueado por dos bolsas de plástico a punto de reventar. «Déjelo todo en mis manos. No se traiga nada, Diógenes. El documento nacional de identidad, sólo el documento de identidad». Pero, era evidente que o no le había entendido o había olvidado su advertencia. Diógenes estaba asustado, mas no decía nada. De pocas cosas se hallaba seguro, pero albergaba la certeza de que todo lo que estaba ocurriendo era fruto de una equivocación. Observaba de reojo las viejas revistas, a algunas les faltaba la portada, luego miraba de soslayo a una señora muy bien vestida que se aferraba a su bolso como si fuera una parte de su propio cuerpo. Cuando ésta se levantó, después de que Beltrán la reclamara, se sintió aliviado. «En seguida estamos contigo Diógenes». Le había tuteado, para hacerle sentir más cómodo. Pero cuando la sala se quedó vacía, un miedo se apoderó del hombre. Aquellas paredes desnudas parecía que se iban comprimiendo sobre él, como si su objetivo fuera aplastarle. Se levantó y después de asomarse y comprobar que no había nadie en recepción, volvió hacia la mesilla donde se apilaban infinidad de revistas. Cogió las que estaban más deterioradas y las introdujo en las bolsas. Y tomando su «equipaje» se marchó, prácticamente sin hacer ruido. «No soy la persona que busca...», exclamó mientras cerraba la puerta.


Ana M. Rubio Cabrera

 

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HÁGASE SU VOLUNTAD

         

Veinte hombres y veinte mujeres, frente a frente, y, por parejas, enfrentados. Desiguales ellas, semejantes ellos. Veinte espejos y una sola imagen en la celosa custodia de cada uno de sus veinte rostros de madres ofendidas.

Uno a uno se reconocen ellos en el rostro de los otros: labios como látigos, a juego con los asimétricos flagelos de sus extremidades, narices aguileñas, rostros angulosos, pelos lacios, descomunales estaturas, extremadas delgadeces; voces graves, agudos silencios, miradas esquivas, perezosos andares, ojos incendiados de genios mal disimulados, ingenios incendiados de rabias no saciadas.

Y en cada uno de ellos se reconocen ellas, sin otra pena que la amargura que ello les produce, como mejores amantes que esposas.

Una a uno y uno a una se habían jurado no ir si iban los otros. Y en esa esperanza habían ido todos. Y todos, ellas y ellos, maldijeron en el otro semejante descaro, tamaña desvergüenza. Siendo bien cierto que lo que a unos legítima, legítima también a los otros. Pero cada uno es consciente de lo exclusivo de su derecho.

No se hablan pese a conocerse, no en vano viven todos en la misma comarca. Una comarca en la que cada uno de ellos es la vergüenza del otro, y todos en conjunto la comidilla de sus vecinos.

Cuando el notario los manda pasar, no rehúsa ninguno, dejando claro todos, ellos y ellas, que no van a renunciar a lo que entienden que por derecho les corresponde.

Fuera, en la calle, miles de convecinos gritan enfurecidos.

El notario, ordena al oficial que cierre la ventana. La fe pública es una algarabía que necesita del silencio. El empleado cumple solícito lo ordenado: cierra la ventana, asea los visillos y remueve con arte los cortinones. Pero aún así, siguen oyéndose, nítidas, las voces de aquellos hombres y mujeres que claman por lo suyo, coreando: «Bastardos, oído, el pueblo está dolido». «Zorras de sacristía no sois cofradía». «Lo que no es propiedad no es heredad».

Se mira una a otro para finalmente mirarse todos y entonar, por primera y última vez en su vida, una sonrisa tan cómplice como pícara. Una mirada y una sonrisa que por tumultuosa acalla por un momento los alaridos de aquel pueblo temeroso de Dios pero descontento con su ministro.

Después de que el oficial les fuese nombrando uno a uno, leyó, con voz grave, el notario: «Cumpliendo la voluntad del, en su caso, concubina y, en su caso, padre, D. Faustino Retuerto Pingón, hombre de Dios y cura párroco, que fue, del Pueblo de Progo, Ayuntamiento de Riós, Partido Judicial de Verín, Diócesis de Orense, les asigno a cada uno de Uds. una cuarentava parte indivisa de la casa Rectoral y huerta que la circunda, así como todo cuanto: animal, vegetal o inanimado que en ellas exista. Inmueble, finca y enseres que se describen, ubican y detallan en anexo adjunto al presente documento. Disfrútenlas con salud».

Ahora fue él quien esbozó una sonrisa irónica que daba fe de la mala fe de unos y otros.
         


José Romero P. Seguín

 

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...POR SI ME MUERO

         

Recordé con tristeza contenida la frase que, de vez en cuando, cuando me confiaba algún secretillo de despacho, solía decir, mirándome con aquellos ojos majestuosos y un poco míos...: «Por si me muero...».

El camino hacia la notaría era largo, pero tenía la necesidad de caminar, me asfixiaba la idea de recorrerlo en coche. Además quería recorrer ese camino sola, para recrearme en tantos recuerdos que habíamos compartido y que, ahora, tendría que revivir más sola todavía, porque él ya no estaba.

Me despertó el teléfono muy temprano y la noticia se extendió por mi cuerpo poco a poco. Como en un torbellino se me vino su voz a los oídos y se me vino su mirada, el deseo, las caricias, y se me vinieron sus manos. Dos lágrimas cobardes resbalaron hasta el cuello y cerré los ojos queriendo morirme en ese momento, como si morirme fuera seguirle en su camino, abrazarle una vez más.

Hago mis pasos más lentos por la acera. Está empezando a llover y no tengo paraguas. Llegaré empapada a la notaría... ¿Y qué más da?

El funeral, los besos a la familia, no más lágrimas de las necesarias, no más pena de la necesaria, controlar, controlar, controlar... no ser descubierta...

Aquí está, la sala de espera está vacía, me siento en un sillón verde y hasta eso despierta mis recuerdos.

Es extraño. Hasta el último momento, ha sabido como nadie confundirme. Un testamento real y una cláusula secreta (para un amor secreto, claro) en la que está mi nombre... Recuerdo cómo decía mi nombre, varias veces y casi en susurros... lo recuerdo como si estuviera sucediendo en este instante.

El notario me hace esperar pero no me importa. Me quedaría en esta sala de espera hasta perder la noción del tiempo. Ni siquiera me impacienta la curiosidad de saber qué escribió en esa cláusula. Lo único que soy capaz de sentir es la ausencia, lo demás se ha convertido en frío y mecánico devenir...

—Puede pasar, señora.

Y la voz sonó desde lejos, fantasmagórica...

El notario, serio, distante, puso en mis manos una caja preciosa, de madera tallada... tenía el olor de sus manos y escuché las palabras escritas...

«Esta caja es para ella, nadie debe abrirla, sino ella, nadie debe saberlo sino ella, porque nadie fue, sino ella, quien me amó...».

La humedad que noté en el cuello, me avisó del llanto... Ya sabes que me costaba contener las lágrimas...

Dentro de la caja estaba nuestra historia, la que seguía viva dentro de mí, la que yo iría contando poquito a poco, sin que apenas nadie se diera cuenta. La contaría para que nunca se perdiera... Por si me muero.         


Mary Carmen

 

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LA TÍA

         

Fui la primera en llegar y todavía no me han atendido. En algunos momentos estuve a punto de avisarle a la chica de la mesa de entradas que yo estaba desde las dos, pero algo me detuvo, tal vez desidia o timidez, ya que me siento bien aquí en estos sillones cómodos con almohadones de plumas.

Los he visto entrar a todos, uno por uno. En primer lugar, apareció Gerardo con su mujer, colgada del brazo, tan bien vestida y sofisticada como siempre; no hablaron durante la espera, miraron una o dos veces hacia la puerta, pero en ningún momento se acercaron a saludarme y estaba a punto de hacerlo yo, pero me vencía la modorra en una sala mal iluminada y fría, que repite adentro este cielo pobre de fines de abril. Además me resultó fastidioso que no reparasen en mí, yo siempre he estado pendiente de ellos.

Luego llegó Ester con la nena, una verdadera muñequita con las colitas rubias en tirabuzón y el delantal del jardín de infantes. La pequeña se inquietaba con la espera y empezaba a correr por los pasillos y a deshojar las hojas de las revistas que hay sobre la mesa. Ester tuvo que alzarla y la llevó hasta el ventanal y empezaron a mirar los coches que pasan incesantemente por la avenida.

Después se sentaron y la nena se durmió, entonces me levanté y miré a través de los vidrios. El paisaje también es deprimente. Mal lugar paran una escribanía con tantas marmolerías y servicios fúnebres en los alrededores. Más allá de la calzada, se ven los mausoleos, las bóvedas y los cipreses enfilados. Por fin se abre la puerta del despacho y la notaria nos invita a pasar: es una mujer mayor con el cabello plateado y un traje gris antiguo, que le hace juego con el pelo. Lee en voz alta el documento y, en la mitad de la lectura, aparece Mariana que siempre llega tarde a todos lados. Pobrecita, se la ve triste, agotada: me alegra la idea de que pueda mejorar su situación económica con la herencia. Nadie escucha el acta entera. A la pesadez de la sala de espera y de este tiempo perezoso, se suma ahora la voz monocorde de la mujer, que no se cansa de leer nombres, artículos y direcciones. Todos están cabizbajos, mortificados. Yo quería verlos felices, tranquilos, siempre pensé que los aliviaría el momento del desenlace. Después de una enfermedad tan larga como la mía y de tantos sinsabores que les he causado, tenía la esperanza de verlos sonreír.

Gerardo se vuelve hacia Mariana y escucho que le dice bajito:

—De qué sirve la plata, si la tía ya no está entre nosotros…
         


Jordana Lee

 

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LA HORA DE LA VERDAD

         

Había discutido con mi hija antes de salir para la notaría. Elisa podía ser muy inteligente en su ámbito laboral, pero resultaba una inepta en terrenos menos profesionales, más de andar por casa y, en especial, con todo lo que tenía que ver con la empatía. Se me ocurría a veces que había engendrado un monstruo: eficaz como un perno bien ajustado, pero dura y sin alma como un pedernal. Era difícil entender cómo podía trabajar en equipo e incluso cosechar felicitaciones de sus jefes, cuando en la vida diaria se mostraba incapaz de ponerse en el lugar del otro.

 

Desde pequeña había sido puramente cerebral. Ni siquiera a esa edad en que los niños simpatizan con las mascotas y viven sus incidencias con emoción genuina, había mostrado Elisa el más mínimo indicio de interés. Recuerdo que cuando cumplió cinco años, advertidos ya de esta clase de desapego, y por consejo de un profesional, le regalamos un cachorrito, un beagle de mirada tierna y cuerpo suave. Lo miró sorprendida, como si no encajase en su vida y no volvió a ocuparse de él. Ni siquiera le adjudicó un nombre. En las escasas ocasiones en que se le dirigía, lo hacía llamándole «perro», simplemente. «Perro, estate quieto» o «perro, fuera de ahí». Y eso que el animal se volvió casi humano en su afán por congraciarse con ella. De nada sirvió.

Al final, el perro se aficionó a mí y yo a él. Fui el único que se entristeció cuando, doce años después, ya casi ciego, lo atropelló una furgoneta de reparto y murió sobre el asfalto sin un quejido. Elisa, que en ese momento salía de la adolescencia con paso firme, se quedó mirándome, sin entender lo que a sus ojos no era más que una reacción inapropiada, un síntoma de debilidad injustificable. No sé qué me dolió más: el vacío que dejó el animal o la falta de sensibilidad de Elisa. Pero para entonces ya nos había dado suficientes pruebas de indiferencia en todos los órdenes de la vida.

 

Nunca llegué a entender cómo ni por qué se casó con esa especie de clon suyo que encontró en las frías tierras del norte, un vikingo que responde (pocas veces) al nombre de Johan y cuyo máximo signo de expresividad es una casi imperceptible elevación de las cejas cuando nota que alguien ha cambiado sus cosas de sitio.

Pero la vida es ciertamente sorprendente y absurda. No existe otra explicación para que Johan y Elisa decidieran tener un hijo y, menos aún, para que de semejante combinación genética saliera una criatura como mi nieto Adrián, la quintaesencia de la afabilidad y la ternura, sin entrar nunca en el territorio de lo almibarado y ñoño; un niño con todos los poros abiertos a la vida, a la curiosidad y al disfrute, generoso gratuitamente porque no sabe ser de otra manera, derrochador de abrazos y de risas en cantidad inagotable. Un niño, por otra parte, condenado desde su nacimiento a un aparato de diálisis porque sus riñones no han aprendido a funcionar, pero que acepta su destino con las pupilas brillantes y los brazos abiertos, como si tras cada curva fuese a encontrar un aliciente. Y está tan convencido de ello, que el estímulo le sale al paso, retoza con él, trastea y zaragatea, hasta que lo hace caer rendido, con las mejillas subidas de color y el corazón henchido.

 

Y en mis entretelas, la desazón va ganando la partida al entusiasmo. Y constato que no hay justicia divina ni natural, y tomo una decisión. Le voy a donar mis riñones. Hablo con el especialista para que me haga las pruebas de forma discreta. No quiero alimentar ilusiones vanas. Los resultados son favorables: resulto ser idóneo como donante.

 

Cuando se lo comunico a Elisa, me mira como ella sabe hacer, con el mismo desinterés de siempre. Y, a continuación, me dice que no.

—¿Por qué no?

—Aunque seáis compatibles, tus riñones están gastados de toda una vida. No merece la pena. En todo caso, tendría sentido cambiárselos por riñones jóvenes.

—Llevamos tres años esperando donantes. No es justo para Adrián.

—Esperaremos lo que haga falta.

—Mientras tanto puede utilizar los míos.

—Es una estupidez que tengas que morir por una solución a medias.

—No me importa. Yo ya he vivido, y ahora quiero dárselos.

—No es sensato ni rentable.

—¿Rentable? ¿No eres capaz de valorar la vida de tu hijo más que en términos de rentabilidad? ¿Es que no sientes nada por él? ¿No te conmueve, ni siquiera un poco, verlo tan limitado, sin poder correr con sus amigos ni chutar un balón, sin poder subirse a los árboles?

—No me planteas más que tópicos. Se puede crecer sin hacer nada de eso.

 

No quiero seguir escuchándola. Me duele mi nieto, cada palmo de su pequeño cuerpo. Me duelen mis vísceras, las raíces del pelo. Entiendo al poeta, «por doler, me duele hasta el aliento». Acudo al notario para redactar mi testamento vital. Ya que voy a morir, voy a seguir los protocolos de este mundo tan sistematizado. No sé si Adrián me lo agradecerá. Yo creo que sí, aunque este no sea el mejor de los mundos posibles. Ya ayudará él a hacerlo un poco mejor.

 

Mientras espero en la antesala de la notaría, me voy calmando. Tengo que hacerlo. Un corazón desbocado no es lo más idóneo para dar un paso como este. Respiro hondo, tomando aire y expulsándolo despacio. Tengo que serenarme. Es necesario.

 

—Don Alberto Aguilar, adelante, por favor —es el pasante que viene a buscarme. El notario espera dentro.

—Ya voy —«estoy preparado», me digo. Visualizo la carita luminosa de Adrián y entro en el despacho. No creo que todo el proceso me lleve más de media hora.
         


Esther Zorrozua

 

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SAL CORRIENDO

         

Cuando entré en aquella salita fría, desangelada y oscura me pregunté porqué los despachos de los notarios eran todos tan tristes y anticuados. Lo miré todo a mi alrededor, intentando captar el más mínimo detalle. Nada más entrar resaltaba la presencia de una mesa enorme, llena de revistas aburridas y pasadas de fecha, como de un par de años atrás; un cenicero de latón que contrastaba con un cartel que decía «no se puede fumar». Las sillas, dignas de tener en cuenta, apoyadas en cuatro patas retorcidas. Un gran tresillo, con horribles cojines de terciopelo marrón, que invitaba a todo excepto a sentarse en él.

Durante los cuarenta y cinco minutos, que duró mi espera, miré los cuadros que colgaban de sendas escarpias. Una imagen del generalísimo, una Virgen del Carmen y un cuadro de Miguel Ángel. ¡Ah! y un paisaje algo surrealista diría yo, que lo debió pintar alguien en un momento de locura o algo así. Las otras personas que me acompañaban permanecían serias y pensativas. Nadie hablaba. Seguramente que estaban sobrecogidas por el ambiente de tan lúgubre estancia. Nadie leía ninguna de las revistas momificadas que había sobre la mesa. Alguien fumaba; sería para no despreciar el cenicero, o porque no habían leído el cartelito. Todos parecían poner cara de querer salir corriendo.

Por fin llegó el esperado momento. Una secretaria con gafas de la época de mi bisabuela, delgaducha y desgarbada, abrió la puerta y leyó mi nombre en voz alta. Acto seguido me levanté, cogí el abrigo y el bolso y la seguí por un largo pasillo hasta un despacho, que más bien parecía la cueva del terror. Ya sólo la puerta, en lugar de invitarme a pasar, me sugería que huyera. Y estuve a punto de hacerlo a no ser porque una voz me frenó desde dentro: «Buenas tardes señorita, pasé usted».

Una persona de edad avanzada estaba frente a mí, tendiéndome su mano. Me recibió cortésmente invitándome a tomar asiento. Me senté y cuando estaba dispuesta para escucharle con atención, después de haberlo mirado todo, algo llamó mi atención. Aquel despacho parecía robado de un cuadro de Velázquez.

Luego le miré de frente, ya que él se había sentado al otro lado del escritorio, y vi cómo se colocaba las gafas, que insistían en resbalar por su nariz, una y otra vez. Luego se rascó la sien, como queriendo pensar; ojeó aquellos documentos reiteradamente y cuando lo tuvo todo claro, me los tendió para que los firmara. Los firmé, con mi firma sobria y habitual, aunque tengo que reconocer que me entraron ganas de hacer una firma churrigueresca. «Es todo», me dijo a continuación, «le enviaré la copia por correo». Me despidió con la misma amabilidad que me había recibido. A continuación volví a recorrer el mismo pasillo. Bajé las escaleras. Cuando salí a la calle sentí una extraña sensación, me parecía que acababa de salir de la maquina del tiempo. Por fin había vuelto a mi siglo.
         


Sofía Campo Diví



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    ESTA SECCIÓN DE ESPERANDO EN... ESTUVO ABIERTA HASTA EL DÍA 31.05.07 

Esperando en..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

(http://mural.uv.es/carlole/)

Ilustración página: College Math Papers, By Loty from United States (College Math Papers Uploaded by JohnnyMrNinja)
[CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)],
via Wikimedia Commons.

 

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PERSONAJES SECUNDARIOS / PINTURA VIVA /
PON COLOR A LAS PALABRAS / CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE /
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/ ESPERANDO EN... / PRETÉRITO FUTURO: TIEMPO PARA ESCRIBIR



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