La tercera puerta


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Cruza esta puerta y...
escribe



TEXTOS PUBLICADOS: Carmen López León · Pedro M. Martínez · Riforfo Rex · Ricardo Dávila Díaz Flores · Vicky · Unai García Amaro · Misteri · Antonia de J. Corrales · Issa M. Martínez Llongueras · Ana María Valcarce · Ana Márquez · Luis E. Mejía Godoy · Esther Zorrozua · Elalef · Javier · Guiomar Coimbra · Reyvaj · Rubén Fernández



Detuvo la furgoneta ante aquella puerta, y supo que le había encontrado. La calle estaba desierta y todos los edificios exhibían el mismo desolador aspecto, con sus maderas despintadas, alabeadas y desencajadas, y el intrincado dibujo de las chimeneas que asomaban por los cristales mal cubiertos por cortinas que se adivinaban sucias.

A pesar de que no se distinguía bien el número la casa, empujó el batiente, y un olor mohoso y rancio de trementina y barniz le inundó hasta la náusea.

Junto a la estufa, acurrucado, extremadamente pálido y tembloroso estaba él. No se detuvo a mirarle y subió directamente al primer piso. Los cuadros se amontonaban apoyados contra las paredes, la luz que penetraba por las ventanas, al iluminarlos, creaba un magnífico universo de colores y formas. Su instinto no le había engañado, eran realmente buenos.

Cuando acabó de cargarlos en el vehículo, se dijo que probablemente él se estaba muriendo. Cerró la puerta con cuidado.

La muestra fue un éxito, un buen marchante sabe lo que la muerte revaloriza una obra de arte.

Carmen López



Al fin, llegó ante la casa. Era la que le había indicado el viejo camarero, en el puerto. Los tres tubos surcando como venas la fachada, la madera sucia de salitre y abandono, las ventanas enrejadas y un timbre que daba repelús pulsarlo; sí, aquélla era.

Golpeó en una de las ásperas hojas de la puerta y esperó. ¿Qué le diría? ¿Querría hablar con ella? Repasó las palabras que se había repetido durante los últimos días: cómo le pediría que volviera a casa, cómo le juraría que todo iba a ser distinto... Oyó pasos dentro de la vieja casa y los recuerdos de él, de cuando era un niño de pelo rizado y brazos gordezuelos, le llovieron el alma. Una de las cortinas blancas del segundo piso de la casa se movió con cautela pero ella no se dio cuenta, la espera forjaba corazas a su alrededor. La puerta brilló, por un instante, con la luz de un rayo de sol extraviado entre las nubes que anunciaban tormenta. Apretó el bolso en donde llevaba el regalo para él, el regalo que le demostraría que lo aceptaba, a pesar de todo. Le había costado mucho comprarla, había pasado mucho miedo cuando sintió el envoltorio de aluminio polvoriento entre las manos.

La puerta se abrió. Vio una figura escuálida y olvidó todas las palabras de repente. Se echó a llorar.

Pedro Manuel Martínez Corada - www.martinezcorada.es



Las habitaciones del piso alto se alquilaban. Venía gente de fuera de la ciudad a pasar el fin de semana. Luego volvían al trabajo en las minas o en las vías del tren o donde fuera y no se les volvía a ver hasta el viernes siguiente. La parte de atrás de la casa daba al río. Los clientes que no volvían a por sus cosas el lunes por la mañana solían aparecer allí con el cuello roto. Formando con su cuerpo un embalse contra el que se iban acumulando las basuras que bajaban río abajo: cubos rotos, jirones de tela, perros muertos. No era raro que aún sostuvieran en la mano la navaja de afeitar y restos de espuma flotando alrededor de su cara.

Riforfo Rex - rperez[at]dis.ulpgc.es



¿Esa? Esa se hizo con lluvia de astillas. Sí, como las piedras, que para serlo tuvieron que llorar. Parecía un árbol. La gente no se atrevía a mirarla, mucho menos a abrirla. Tenían miedo, decían, de encontrar dentro algo que los hiciera dudar. Algunos daban golpecitos y corrían a esconderse. Pero nadie la abría.

Permanecían escondidos por años. Pensaban que si se descubrían, algo o alguien saldría de repente a cogerlos.
Algunos murieron de hambre, otros se acostumbraron a permanecer ahí, sobreviviendo, sin salir del escondite.

Pero un día tiraron la puerta. Encontraron un mapa y otra puerta.

Fui yo el que lo hice, y desde entonces, las abro todas.

Ricardo Dávila Díaz Flores - ridavil[at]yahoo.com



Tal vez debiera abrir de una vez la puerta, pero tengo miedo de dónde pueda llevarme. Es solo una puerta, al fin y al cabo, he abierto miles a lo largo de mi vida... sin embargo, nunca ninguna había había supuesto tanto esfuerzo. Tal vez, lo que haya detrás no me guste, no sería la primera vez que entro en una habitación oscura, pero sería aún más duro encontrar una habitación vacía, comprobar que no estás, que nunca vendrás...

Finalmente, acabé cruzando la tan temida puerta y como había sospechado, no encontré más que una solitaria habitación. La puerta se cerró tras de mí y no él no estaba conmigo, estaba sola, triste y abandonada. Creí que sin él ya no habría más puertas, pero sin duda me equivocaba; solo bastaba un simple vistazo a la habitación para encontrar una nueva puerta, algo distinta a la anterior, tal vez ésta era de madera en lugar de metal. Una puerta se había cerrado, pero ahora otra se abre nuevamente...

Vicky - mvghj[at]hotmail.com

La abrí y no había nada. Al marchar la dejé entornada.

Unai García Amaro - unaiuga[at]yahoo.es



Es la boca guardiana de una casa suicida. Todo el entramado que sustenta el cuerpo al que pertenece se ha rebelado contra la cabeza. Hay cataratas y lágrimas en los ojos-ventanas y quizás un rictus burlón en la mejilla-ventanas. La nariz-tubería se ha vuelto contra sus pulmones y esnifa ruina y orín.

Demasiados andrajos para un recuerdo. Un tímido sol-cartel y unos despojos.

Se ennegrecen los húmedos huesos-tablones, y el mutis es el mejor destino.

¡Adiós, gente!

Misteri - yallegue2002[at]yahoo.es



Pintaré una a una tus ventanas, las viejas y torcidas tuberías, las rejas, las puertas que al cerrarse desconciertan. Llenaré mis lienzos con tu imagen, iré pincelada a pincelada. Me perderé en tus balcones de barandillas estrechas, de miradores sin vistas, de verdades que, de tan frías, queman como si fuesen ascuas. Mostraré al mundo tus recodos, la sombra que en verano proyecta tu fachada. Abriré la puerta vieja para perderme en tus entrañas de cemento, de escaleras melladas de peldaños, de pisos sin calefacción, de gentes casi olvidadas. Iré piso por piso, imaginando comparsas de niños con bicicletas chirriantes y oxidadas. Mostraré el otro lado, el que se esconde tras la puerta de entrada, ésa que a pesar de estar abierta, algunos verán cerrada.

Antonia de J. Corrales



Sí, estoy vieja, lo sé.
En mi descuido escondo mil palabras,
infinitos recuerdos de risas y lágrimas.
Suspiros de amantes reverberan mis paredes,
llantos infantiles y hasta tiernos maullidos.
Nadie sabe de mi placer al albergar
enojos transmutados en besos
ni de mis dolores arraigados
en los adioses sin retorno.
Sí, estoy vieja, lo sé.
Pero aún conservo en mis entrañas
tus intentos de olvido, las marcas de tus cuadros
y máculas arraigadas con los años en mis suelos.
(Son mis evocaciones las que me mantienen en pie)

Issa M. Martínez Llongueras - ceramica65[at]yahoo.es



Pérdida.

Hacía media hora que nos habíamos despedido; -hasta mañana- me dijo. Sentí decirle adiós porque era pronto todavía, pero estaba un poco malo, gripe pensé, y me fui para que se metiera en la cama.

Se ha dormido. Han pasado tres meses, sigue dormido; pasarán otros tres, seis, doce y quien sabe, miles de meses... hasta mañana.

Ana María Valcarce - anavalcarce[at]terra.es



Cuando era niña creía en fantasmas. Los fantasmas de los niños brotan en la noche como esos muñecos que de día les divierten y de noche se transforman en monstruos de plástico. Los fantasmas de los niños se agazapan en los rincones de un desván oscuro o viven en casas viejas y destartaladas. Los fantasmas de los niños son reconocibles por sus sábanas, sus cadenas... No son tan repulsivos como los otros... Los fantasmas de los adultos. Ésos no viven en lugares olvidados, detrás de puertas que emiten gemidos metálicos de sorpresa cuando las abren. Los fantasmas de los adultos nos habitan dentro y ninguna sábana ni cadena les cuelga de su triste anatomía, para restarnos un ápice de dolor. Los fantasmas de los niños viven en casas viejas y destartaladas. Esa casa vieja y destartalada habitada por un fantasma... ahora soy yo.

Ana Márquez - orual16[at]hotmail.com



Es el doloroso paisaje enmohecido de una cuartería con una puerta clausurada y cinco ventanas cubiertas de sábanas. Quizás de un barrio marginal de un puerto sin nombre. Me sugiere un ojo espiando, una nariz de tubería herrumbrada y una boca amordazada por dos verjas de hierro. Tal vez detrás esté mi vida, con los huesos adoloridos y una canción en el alma, esperando tu regreso...

Luis E. Mejía Godoy - luislucy@cablenet.com.ni



Había soñado tantas veces con la fachada de aquella casa que cuando sin buscarla me encontré ante ella dudé de mi propia cordura. No supe si, dentro del propio sueño, acababa de caer a un vacío sin fin.

En mi sueño repetido siempre me había despertado sobresaltada en el momento en que hacía el gesto de empujar la puerta, así que nunca logré saber lo que había al otro lado. Esta vez no sucedería lo mismo. Apoyé mi palma sobre la madera carcomida. En ese momento, alguien me llamó a mis espaldas. Me volví para responder y, un segundo después, la puerta, la casa y la calle habían desaparecido.

Esther Zorrozua - esther_zorrozua[at]euskalnet.net


Del otro lado de las puertas siempre me ha ganado la incertidumbre. Nunca se sabe qué hay allí, agazapado, escondido o muy de pie, esperando que las gentes abran puertas. Ocurre que las puertas más que oportunidades, son amenazas, ocultan miedos, y hasta personas pueden ocultar.

Pero esta noche estoy excitado. Pienso en una hermosa mujer. Y se me ocurre que detrás de esa puerta está ella, voluptuosa, abierta, dulce...Entro por la puerta, la penetro, me vacío en ella, y detrás de esa misma puerta que ya se ha cerrado para darle intimidad a lo nuestro, alguien escucha y mira por el ojo de la cerradura. Se sienten los gemidos de mi mujer junto a los del voyeur. Me interesan los gemidos del voyeur, él encarna la esencia siempre oculta del ser humano: el voyeurismo.

Elalef - elalef2003[at]hotmail.com



Él es Thai, no debe levantar del suelo ni un metro sesenta, aunque aún no lo había visto de pie. Afuera es Bangkok y hace un calor duro, con olor a comida.

Al llegar al hotel quise usar el Internet en la habitación. Banda ancha, las 24 horas del día. Todo, paginas pornos, sitios de escritores, downloads. Un lujo asiático. Soy escritor en viernes. Llegué un jueves. Mi computadora no entiende de lujos así que algo no le funciona para el acceso a la red. Típico.

Él me mira desde su cuerpo delgado y sus ojos rasgados, casi como los míos. Ya esta, ok. Enciendo la computadora, lo miro, sonreímos. Estoy, como una mosca, frotándome las manos... lo que me espera. Nadie que me espie, el tesoro de Internet para mí solo. Lujuria pura.

No debe pesar mas de 60 kilos. Me quedo mirando fijamente la pantalla de mi computadora. Todos mis programas y mis archivos, desaparecidos. Ya funciona, ya se puede conectar a Internet de banda ancha —me dijo. Era un problema con Windows, pero ya lo solucioné, he «reseteado» la máquina... No problem. Me sonríe.

La policía, después casi dos horas, toma mis huellas. Él está con su jefe, sentado a la entrada de la comisaría. Mañana, lo más probable, es que me expulsen del país.

Javier - Javierrevolo[at]hotmail.com



La beca fue el pretexto para largarnos a Londres, lejos de las malas lenguas. No acudimos a clase ni un solo día, pero enseguida encontramos trabajo. Tú, traducías textos bíblicos para una editorial protestante e ibas descubriendo un universo de linajes, plagas, leyes y epopeyas, que me contabas por las noches con esa tu habilidad para transformar cualquier narración en un maravilloso cuento infantil repleto de magia y sorpresas. Yo engañaba a la gente dando clases de sevillanas en varios centros sociales donde nunca supieron mi procedencia manchega. Tampoco importaba tanto, porque mi juncal talle lorquiano y mis briosos zapatazos los tenían magnetizados.

Al anochecer regresábamos a la habitación que habíamos alquilado en aquel edificio feo y torcido y de la que nos había enamorado la inmensa chimenea que constituía toda la decoración. El escenario era de una sordidez deprimente, pero nos las arreglamos para transformarlo en algo cálido y acogedor, casi hogareño, amueblándolo con nuestra vitalidad, una alfombra y la clásica iconografía de la época.

Nos sentábamos en el suelo, frente al fuego, y charlábamos incansablemente mientras se asaban las patatas que componían nuestra cena habitual. Las llamas caldeaban la sala y las patatas iban perdiendo su piel al igual que nuestros cuerpos iban despojándose de sus cáscaras de lana para acabar amándonos, lenta y mimosamente, hasta que el sueño te cuajaba en mis brazos.

Contemplaba tu expresión, plácida y serena, y me sentía culpable. Culpable de haberte arrancado de tu vida, ordenada y fácil, para arrastrarte en aquella aventura en la que el precio de nuestro libre amor se pagaba con monedas de penuria económica e incertidumbre en el mañana. Te soplaba en los ojos, suave e insistentemente, hasta que lograba despertarte y te preguntaba, siempre con la misma ansia:

—¿Eres feliz?

Me sonreías entre las telarañas del sueño y, noche tras noche, me tranquilizabas con las mismas palabras de Ruth a Noemí en el Antiguo Testamento:

«... dónde vayas tú, iré yo; dónde mores tú, moraré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios; donde mueras tú, allí moriré yo ...».

Guiomar Coimbra - guiomar[at]club.lemonde.fr



Yo vivo en un volkswagen celeste. Mi madre lo conduce por el «Zanjon» de Lima. Me dice: No te preocupes, eres joven, ¡ya se te pasará!

La puerta de ustedes es una puerta de película. La de Psicosis de Hitchcok o la de Friedkin, en El Exorcista. Ustedes la dibujan, y uno va y la abre, tratando algo, y te arrolla un tren o te ves atado a una cama, dando saltos. Escribe. Yo no soy Borges, pero lo seré, es una cuestión de tiempo, o de Física. Partículas subatómicas, alguien, que también soy yo, ahí fuera, me entenderá. No creo que se me pase, mama. Hoy tengo 41 años. Tengo un hermano loco. Los otros estaban locos, ahora son profesionales. Tengo un hermano muerto, en un auto. Escribe. Hoy no soy Borges, me dije, y cerré, despacito, la puerta (todo es cuestión de tiempo) hizo click.

Reyvaj - javierrevolo[at]hotmail.com


A los dos días y ya casi amaneciendo salió una de las chicas de la tienda, se tambaleaba bastante, tenía el pelo muy grasiento y los ojos un poco subidos hacia arriba, estaba un poco ida, se acercó al coche, se apretujó contra la ventanilla y nos dejó ver sus pechos sudorosos que prácticamente no eran cubiertos por la camiseta negra que llevaba, estaba muy dada de sí y con algún que otro lamparón brillante, acercó su boca al cristal y dijo, bueno, gritó: “¡necesito una polla! ¡joder! ¡qué se me va la olla! ¡necesito una polla!” Yo pensé que realmente lo que necesitaba era un abrazo. Pero, en fin: “Pasa, yo tengo una...” Entró. Chupó. Tragó. Luego levantó la cabeza y me miró con media sonrisa en la cara, como queriéndome decir que hizo un buen trabajo. Pero notó algo en mi mirada. Y yo también en la suya. Era su alma quien me hablaba, dolida, perdida y a través de su mirada en su reflejo en su brillo, vi su dolor, leí su tristeza, su caos, su negrura, y ella se dio cuenta. Y ahora sí. Ahora la abracé. Rompió a llorar sobre mi abdomen.

Rubén Fernández - rdchuky[at]hotmail.com

Esta puerta estuvo abierta
hasta el 11 de enero de 2004


Las puertas anteriores (leer textos ya publicados...):

1 Fotografía: Carmen López León

Fotografía: Pedro M. Martínez
2
3 Pintura de Nick Harris Pintura de Paul Cezànne 4
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Puedes leer nuestra valoración de las colaboraciones recibidas
hasta la entrega n.º 5 por PUERTAS y por AUTORES.


Cruza esta puerta... y escribe, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
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ANTERIORES SECCIONES PUBLICADAS DE ESCRITURA COLECTIVA:

PINTURA VIVA · PON COLOR A LAS PALABRAS · CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE · CUÉNTANOS UN VIAJE EN... · PÓQUER LITERARIO · PÍDELE AL MAR UNA HISTORIA · LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES · ESPERANDO EN... ·
PRETÉRITO FUTURO: TIEMPO PARA ESCRIBIR




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